Testimonios para la Iglesia, Vol. 6, p. 109-118, día 349

La casa donde Dios se reúne con su pueblo será amada y sagrada para cada uno de sus hijos del reino. No dejaréis que las deudas la debiliten. Permitir tal cosa parecería casi una negación de vuestra fe. Estaríais preparados para hacer un gran sacrificio personal si solamente pudierais tener una casa libre de deudas donde Dios pueda reunirse con su pueblo y bendecirlo.

Todas las deudas de las iglesias podrían ser pagadas si los miembros hicieran planes sabios y esmerados y fervorosos esfuerzos para pagarlas. En cada lugar donde la deuda es saldada, que se lleve a cabo un servicio de agradecimiento, que será una nueva dedicación a Dios de su casa.

Dios pone a prueba la fe de su pueblo para probar su carácter. Quienes están dispuestos a hacer sacrificios por él en tiempos apremiantes, son los que él honrará con una participación en su obra. Los que no están dispuestos a practicar la abnegación personal para promover los propósitos de Dios, serán probados para que los ojos humanos puedan percibir sus acciones en la misma forma como son percibidas por los ojos de Aquel que lee el corazón.

Cuando el Señor vea a su pueblo restringir sus necesidades imaginarias, practicar la abnegación, no con un espíritu triste y apesadumbrado—como en el caso de la mujer de Lot cuando salió de Sodoma—, sino lleno de regocijo por el amor de Cristo, entonces la obra avanzará con poder.

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Reuniones para niños y escuelas de iglesia

En todos nuestros congresos campestres debería trabajarse por los niños y los jóvenes. Debería celebrarse una reunión bíblica diaria para niños del jardín de infantes, bajo la dirección de maestros calificados. Preséntense a los niños, con lenguaje sencillo, lecciones de la Biblia y de la naturaleza. El empleo de métodos del jardín de infantes y de lecciones prácticas de la naturaleza, contribuirán definidamente a interesar a los pequeños. En algunas de nuestras concentraciones religiosas se han realizado reuniones para los niños dos veces al día. Después del estudio de la mañana, en días agradables, los maestros y los niños podrían hacer una caminata larga a la orilla de un río, o por el campo cubierto de hierba. En esas ocasiones convendría detenerse unos momentos para hablar brevemente sobre algún aspecto de la naturaleza. Se les pueden enseñar a los niños algunas parábolas de Cristo. La verdad se afirmará en sus mentes como un clavo metido con firmeza.

En nuestra obra por los niños, el objetivo no debería ser únicamente educar y entretenerlos, sino trabajar por su conversión. Deberíamos pedir la bendición de Dios sobre la semilla sembrada, y la convicción del Espíritu Santo se apoderará aun de los pequeños. Si tenemos fe en Dios, seremos capacitados para guiarlos al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Esta obra es de importancia incalculable para los miembros más jóvenes de la familia del Señor. En estas reuniones, aun los niños que son favorecidos con una instrucción cristiana en el hogar, pueden aprender mucho, lo cual les será de gran ayuda. Si se enseña a los niños con la sencillez de Cristo, recibirán el conocimiento; y al regresar a sus hogares repetirán preciosas lecciones atesoradas en su corazón.

Debería darse oportunidad a los menores para que reciban mejor instrucción en la Palabra de Dios. Se les debería explicar con claridad las verdades bíblicas. Las personas que poseen un conocimiento cabal de la verdad debieran estudiar las Escrituras con ellos, porque será semilla sembrada en terreno fértil.

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A estas reuniones para niños y adolescentes, bien conducidas, asistirán muchos que no son de nuestra fe, y las lecciones aprendidas las repetirán en el hogar. Los padres pueden ser alcanzados a través de sus hijos. En nuestros congresos campestres en Australia, estas reuniones han sido sumamente beneficiosas.

A continuación un breve relato de la obra realizada en una concentración religiosa al aire libre en Australia, referido por alguien que participó en el trabajo:

“Los niños fueron organizados el primer sábado en departamentos y clases, y los maestros empezaron su trabajo. Al comienzo había unos seis niños en el departamento de primarios y alrededor de quince en el de jardín infantes. Tan pronto como los niños que vivían en el vecindario supieron de las reuniones que se llevaban a cabo para ellos, empezaron a venir, y cada día había muchos que se sumaban a las clases. El promedio de asistencia fue de ochenta a cien niños y durante los domingos, el número era aún mayor. La mayoría de ellos asistía en forma regular. El mismo espíritu de fervor, atención y orden que distinguía los servicios entre los mayores, prevaleció también en las reuniones para los niños. Tanto en el trabajo de clases como en los ejercicios generales de repaso, el trabajo se organizó de tal manera que los niños participaron tanto en hacer como en prestar atención, y de esta manera, pronto se sintieron como en casa y su deseo de ayudar en parte del trabajo fue una muestra de su interés.

“Cada lección se iniciaba con un ejercicio general, seguido por estudios por clases; y al tiempo de clausura, todos se reunían para un breve repaso y para cantar. En los ejercicios de apertura, después del canto y la oración, el lema y todos los versículos de memoria aprendidos previamente, eran recitados en conjunto, individualmente o ambos. Se presentaba una lectura o narración por algún niño que había consentido previamente en prepararla. El alfabeto de la Escritura era aprendido y recitado por los niños, cada uno escogía su propia letra y versículo. La selección y memorización de los versículos se hacía en la casa, y esta responsabilidad colocada sobre los niños fue un incentivo adicional para que asistieran el día siguiente y los días sucesivos.

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“Las rápidas respuestas en los ejercicios de revisión testificaban del gran interés manifestado en el trabajo por clases, y demostraban que muchas verdades valiosas se habían fijado en las mentes y los corazones de los niños. Cuando los niños regresaban a sus hogares, los padres se sorprendían de oírlos repetir la lección completa. Muchos padres expresaban de diferentes maneras su aprecio por la obra que se había hecho por los hijos y se lamentaban que las reuniones debieran terminar tan pronto.

“Varios maestros de escuelas dominicales asistieron a las reuniones y declararon que estaban muy complacidos y que se habían beneficiado con el trabajo realizado. Algunas veces los padres venían con sus niños y parecían tan interesados como los niños mismos. Otros, aunque no estaban de acuerdo con nuestra manera de ver las cosas, se tomaron el trabajo de vestir adecuadamente a sus hijos y les permitieron asistir. Algunos padres comentaron que aunque no sabían lo que habíamos hecho con sus hijos, una cosa era evidente: los niños querían venir a las clases y no podían retenerlos en casa. Algunos de los niños venían de lugares retirados, y tenemos razones para creer que mucha de la semilla sembrada cayó en terreno fértil”.

La buena semilla sembrada en estas reuniones no debería dejarse perecer por falta de atención. Muchos padres se alegrarían si las instrucciones impartidas a sus hijos en los congresos campestres continuaran. Con gusto los enviarían a una escuela donde se enseñaran y practicaran los mismos principios. Cuando el interés de padres e hijos se despierta, es una oportunidad dorada para establecer una escuela para continuar la obra empezada en el congreso campestre.

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A medida que aumentan los creyentes y se organizan iglesias, dicha escuela será de gran valor para promover la permanencia y estabilidad de la obra. Los obreros que trabajan en nuevos lugares no deben sentirse libres para dejar sus campos de labor hasta que se hayan provisto las instalaciones y equipos necesarias para las iglesias bajo su cuidado. No solamente debe construirse una sencilla casa de adoración, sino que también deberían hacerse todos los arreglos necesarios para el establecimiento permanente de una escuela de iglesia.

Este asunto se me presentó con gran claridad. Vi grupos de nuevos creyentes formados en muchos lugares, e iglesias que se construían. La gente nueva que había entrado a la fe, ayudaba con buena voluntad con sus manos, y los que tenían recursos económicos contribuían con ellos. En el sótano de una iglesia, sobre el terreno, se me mostró un salón hecho para una escuela donde los niños se educarían en las verdades de la Palabra de Dios. Se invitó a maestros consagrados a que fueran a esos lugares. La matrícula en esas escuelas no era numerosa, pero era un feliz comienzo.

A medida que la obra se adelantaba, oí las voces de padres y niños que cantaban:

“Si Jehová no edificare la casa, En vano trabajan los que la edifican; Si Jehová no guardare la ciudad, En vano vela la guardia”.

“Alaba, oh alma mía, a Jehová. Alabaré a Jehová en mi vida; Cantaré salmos a mi Señor Mientras viva. No confiéis en los príncipes, Ni en hijo de hombre, Porque no hay en él salvación”.

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“Alabad a Jehová desde los cielos; Alabadle en las alturas. Alabadle, vosotros todos sus ángeles; Alabadle, vosotros todos sus ejércitos. Alabadle, sol y luna; Alabadle, vosotras todas, lucientes estrellas”. Salmos 127:1; 146:1-3; 148:1-3.

El establecimiento de iglesias y la construcción de edificios para reuniones y escuelas se llevó a cabo de ciudad en ciudad. En cada lugar los creyentes llevaban a cabo esfuerzos unidos y perseverantes, y el Señor trabajaba para aumentar sus fuerzas. Se estaba estableciendo algo que proclamaría la verdad.

Esta es la obra que debe hacerse en Estados Unidos, Australia, Europa y dondequiera se establezcan grupos basados en la verdad. Los grupos que se organizan requieren un lugar de adoración. Se necesitan escuelas donde se pueda ofrecer instrucción bíblica a los niños. El salón de clase es tan necesario como el edificio de iglesia. El Señor cuenta con personas para que se ocupen en la obra de establecer escuelas de iglesia tan pronto como se hace algo para preparar el camino para ellos.

En lugares donde los creyentes son pocos, que dos o tres iglesias se unan para construir un edificio escolar sencillo. Que todos participen en los gastos. Es apremiante para los observadores del sábado separar a sus hijos de las asociaciones mundanales y colocarlos bajo los mejores maestros, quienes harán de la Biblia el fundamento de todo estudio.

La obra de la temperancia

En nuestra obra debe dedicarse más atención a la reforma en favor de la temperancia. Todo deber que exige reforma entraña arrepentimiento, fe y obediencia. Significa elevar el alma a una vida nueva y más noble. De modo que toda verdadera reforma tiene su lugar en la obra del mensaje del tercer ángel. Especialmente la reforma en la temperancia exige nuestra atención y apoyo. En nuestros congresos debemos llamar la atención a esta obra y hacer de ella un asunto de viva importancia. Debemos presentar a la gente los principios de la verdadera temperancia y solicitarles que firmen la promesa de abstinencia. Debe dedicarse atención especial a los que están esclavizados por los hábitos. Debemos conducirlos a la cruz de Cristo.

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Nuestros congresos necesitan recibir la visita y la colaboración de los médicos. Ellos deben ser hombres de sabiduría y sano juicio, hombres que respeten el ministerio de la Palabra, y que no sean víctimas de la incredulidad. Son los guardianes de la salud del pueblo, y deben ser reconocidos y respetados. Deben dar instrucción a la gente acerca de los peligros de la intemperancia. En el futuro este mal deberá combatirse más decididamente que en el pasado. Los ministros y los médicos deben presentar los males de la intemperancia. Ambos grupos deben trabajar en el Evangelio con poder para condenar el pecado y ensalzar la justicia. Los ministros y los médicos que no dirigen advertencias personales a la gente son remisos en su deber. No cumplen la obra que Dios les ha asignado.

En otras iglesias hay cristianos que se destacan en defensa de los principios de la templanza. Debemos procurar acercarnos a estos obreros y preparar el terreno para que nos acompañen. Debemos invitar a hombres grandes y buenos a que apoyen nuestros esfuerzos por salvar lo que se ha perdido.

Si lleváramos adelante la obra de la temperancia como se inició hace treinta años; si en nuestros congresos presentáramos a la gente los males de la intemperancia en la comida y la bebida, especialmente los males de la bebida; si estas cosas fueran presentadas en relación con las evidencias de la pronta venida de Cristo, la gente se conmovería. Si manifestáramos un celo proporcional a la importancia de las verdades que presentamos, podríamos contribuir a rescatar de la ruina a centenares, sí, a millares de seres humanos.

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Únicamente la eternidad habrá de revelar lo que ha alcanzado este ministerio, y cuántas almas enfermas de duda y cansadas de la mundanalidad y la agitación, fueron llevadas al gran Médico que anhela salvar hasta lo sumo a cuantos acuden a él. Cristo es un Salvador resucitado, y hay sanidad bajo sus alas.

Mientras vemos a los hombres ir a los lugares donde se expende el veneno líquido que destruye su razón; mientras vemos peligrar sus almas, ¿qué estamos haciendo para rescatarlos? Nuestra obra en favor de los tentados y caídos alcanzará verdadero éxito únicamente en la medida en que la gracia de Cristo vuelva a formar el carácter, y el hombre sea puesto en relación viva con el Dios infinito. Tal es el propósito de todo verdadero esfuerzo en favor de la temperancia. Somos invitados a trabajar con energía más que humana, a obrar con el poder que hay en Cristo Jesús. El que condescendió a tomar la naturaleza humana es el mismo que nos mostrará cómo dirigir la batalla. Cristo dejó su obra en nuestras manos y hemos de luchar con Dios, implorando día y noche el poder invisible. Echando mano de Dios por intermedio de Jesucristo es como ganaremos la victoria.

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Lecciones objetivas para la reforma pro salud

Las concurridas reuniones para nuestros miembros ofrecen una excelente oportunidad para ilustrar los principios de la reforma en la salud. Hace algunos años en estas reuniones se habló mucho acerca de la reforma en el ámbito de la salud, y los beneficios obtenidos mediante el uso de una dieta vegetariana; pero al mismo tiempo se servían comidas con carne en las mesas del comedor; además en el almacén se vendían diversos artículos alimenticios de dudoso provecho. La fe sin obras está muerta; y las instrucciones sobre la reforma de la salud, negadas en la práctica, no produjeron una impresión muy profunda. En congresos campestres posteriores, los encargados han educado a los asistentes mediante la práctica así como también por precepto. No se sirvió carne en las mesas del comedor, en cambio había abundancia de frutas, cereales y verduras. Cuando los visitantes hacían preguntas acerca de la carne, se les contestaba claramente que la carne no es el alimento más saludable.

A medida que nos aproximemos al final del tiempo debemos mejorar cada vez más nuestro concepto acerca de las reformas en la salud y la temperancia cristiana, y presentarlas en forma más positiva y con mayor decisión. Tenemos que procurar continuamente educar a la gente, no sólo mediante nuestras palabras sino también por medio de nuestras prácticas. Las normas y la práctica combinadas producen una influencia eficaz. Durante el congreso campestre debieran presentarse a la gente instrucciones acerca de temas sobre salud. En las reuniones campestres que realizábamos en Australia se presentaban diariamente temas de salud, lo cual despertaba un profundo interés. Había una carpa para uso de los médicos y las enfermeras; se proporcionaba información médica gratuitamente y mucha gente se beneficiaba. Miles de personas asistían a las conferencias, y al final del congreso los asistentes no se conformaban con lo que habían aprendido. En diversas ciudades donde se efectuaron congresos campestres algunos de los ciudadanos más influyentes solicitaban con urgencia que se estableciera una sucursal local del sanatorio y prometían su colaboración. En numerosas ciudades se ha iniciado la obra con buen éxito. Una institución de salud debidamente administrada proporciona prestigio a la obra que se establece en nuevos lugares. Y no sólo es un beneficio para la gente, sino además los obreros relacionados con ella pueden ayudar a los que trabajan en tareas de evangelismo.

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En cada ciudad donde tenemos una iglesia se necesita un lugar para ofrecer tratamientos médicos. Entre los hogares de los miembros de iglesia hay muy pocos que disponen de un cuarto y facilidades para el cuidado adecuado de los enfermos. Por eso se hace necesario proveer un lugar de tratamiento para los problemas comunes de salud. Los edificios pueden ser sencillos y hasta toscos, pero deben estar bien equipados con lo necesario para proporcionar tratamientos simples. Si estos recursos se emplean con habilidad, serán una bendición no solamente para nuestros miembros, sino también para sus vecinos, y hasta podrían ser el medio de atraer la atención de mucha gente hacia los principios de la salud.

El Señor tiene el propósito de que en todas partes del mundo se establezcan instituciones de salud como ramas de la obra evangélica. Estas instituciones debieran ser agencias de Dios para beneficiar a una clase de personas que de ninguna otra forma se favorecería. No es necesario que sean edificios de gran tamaño, pero debieran estar equipados de tal manea que permitan realizar un trabajo eficaz.

Podría comenzarse en cada lugar destacado donde se realizan congresos campestres. Comenzad con sencillez y creced a medida que las circunstancias lo exijan. Calculad el costo de cada empresa para tener la seguridad de que podréis terminarla. Solicitad la menor cantidad posible de dinero a la tesorería. Se necesitan hombres de fe y habilidad financiera para que hagan planes económicos. Nuestros dispensarios deben construirse con un gasto mínimo de recursos. Los edificios necesarios para comenzar la obra suelen poder obtenerse a bajo costo.

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Tatiana Patrasco