Testimonios para la Iglesia, Vol. 6, p. 139-148, día 352

¡Cuánto cuidado debiera tenerse entonces para elegir a instructores apropiados a fin de que no solamente sean fieles en su trabajo sino que manifiesten también el debido temperamento! Si no son dignos de confianza, deberá exonerárselos. Dios tendrá a toda institución por responsable de cualquier descuido en ver que se estimule la bondad y el amor. Nunca debiera olvidarse que Cristo mismo tiene la dirección de nuestras instituciones.

Debe designarse a los predicadores más talentosos para que enseñen las clases de Biblia en nuestras escuelas. Los escogidos para este trabajo tienen que ser estudiantes cabales de la Biblia, que posean una profunda experiencia cristiana, y su salario debe pagarse del diezmo. Es designio de Dios que todas nuestras instituciones lleguen a ser medios para educar y desarrollar obreros de quienes él no se avergüence. Obreros que puedan ser enviados como misioneros idóneos que trabajen para el Maestro; pero este fin no se ha tomado en cuenta. En muchos respectos nos hallamos muy rezagados en esta obra, y el Señor exige que se manifieste en ella un celo infinitamente mayor que el que hasta aquí se ha manifestado. Nos ha llamado a salir del mundo para que seamos testigos de su verdad; y en todas nuestras filas hombres y mujeres jóvenes debieran prepararse para ocupar puestos de utilidad e influencia.

Hay una urgente demanda de obreros en el campo misionero. Hacen falta hombres jóvenes para esta obra; Dios los solicita. Su educación es de primordial importancia en nuestros colegios y en ningún caso debiera ello ignorarse o considerarse como cosa secundaria. Es una acción totalmente equivocada que los maestros, al aconsejar otras ocupaciones, desanimen a los jóvenes que pudieran prepararse para realizar una obra aceptable en el ministerio. Los que presentan obstáculos para impedir a los jóvenes que se preparen para este trabajo están contrarrestando los planes de Dios y tendrán que dar cuenta de su proceder. Hay entre nosotros un gran porcentaje de hombres capaces. Si sus aptitudes se pusieran en uso, tendríamos veinte ministros donde ahora tenemos uno.

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Los jóvenes que ahora se proponen entrar en el ministerio no debieran dedicar un número de años solamente a instruirse. Los maestros debieran ser capaces de comprender la situación y adaptar la enseñanza a los anhelos de esta clase, a la cual se le debería conceder ventajas especiales para que haga un estudio breve y compendioso de las fases más necesarias para su obra. Pero no se ha seguido este plan. No se ha prestado suficiente atención a la educación de los jóvenes para el ministerio. No tenemos muchos años para trabajar, y los maestros debieran estar henchidos del Espíritu de Dios y trabajar en armonía con su voluntad revelada, en lugar de ejecutar sus propios planes. Estamos perdiendo mucho cada año, debido a que no damos oídos al consejo del Señor en este respecto.

En nuestras escuelas, los enfermeros misioneros debieran recibir lecciones de parte de médicos bien preparados y aprender como parte de su educación, la manera de luchar con la enfermedad y mostrar el valor de los remedios naturales. Este trabajo es muy necesario. Las ciudades y los pueblos están sumidos en el pecado y la corrupción moral; sin embargo, hay hombres como Lot en cada Sodoma. El veneno del pecado está obrando en el corazón de la sociedad, y Dios pide a los reformadores que se levanten en defensa de las leyes que él ha establecido para gobernar el organismo físico. Al mismo tiempo deben mantener una alta norma en la disciplina de la mente y la cultura del corazón, para que el gran Médico coopere con la auxiliadora mano humana en llevar a cabo una obra de misericordia necesaria en el alivio del sufrimiento.

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Es también el designio del Señor que nuestras escuelas impartan a los jóvenes una preparación que los capacite para enseñar en cualquier división de la Escuela Sabática, o para asumir cualquier cargo en ella. Veríamos un estado de cosas diferente si un número de personas jóvenes consagradas se dedicara a la obra de la Escuela Sabática, tomándose la molestia de educarse y luego instruir a otros en cuanto a los mejores métodos que pudieran emplearse para guiar almas a Cristo. Esta línea de trabajo produce resultados positivos.

Maestros misioneros

Deben educarse maestros para la obra misionera. Por doquiera existen oportunidades para el misionero, y no será posible proporcionar obreros procedentes de dos o tres países para responder a todos los pedidos de ayuda. Aparte de la educación de aquellos que han de ser enviados como misioneros desde nuestras asociaciones más antiguas, deben educarse personas de diferentes partes del mundo, para trabajar por sus compatriotas y vecinos, y hasta donde sea posible, es mejor y más seguro para ellos obtener su educación en el campo donde tienen que trabajar. Rara vez resulta mejor para el obrero o para el progreso de la obra que vaya a tierras lejanas para educarse. El Señor quiere que se haga toda provisión posible para suplir dichas necesidades, y si las iglesias reconocen sus responsabilidades sabrán cómo proceder en cualquier emergencia.

Para suplir la falta de obreros, Dios desea que en diferentes países se establezcan centros educativos donde los alumnos promisorios puedan estudiar los ramos prácticos del conocimiento y en la verdad bíblica. A medida que estas personas se ocupen en la obra, irán dando carácter a la predicación de la verdad presente en nuevos campos. Despertarán interés entre los incrédulos y ayudarán a rescatar almas de la esclavitud del pecado. Los mejores maestros debieran enviarse a los diversos países donde se han de establecer escuelas, para realizar la obra educativa.

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Es posible que haya demasiadas instituciones concentradas en un solo lugar. Escuelas más pequeñas, dirigidas según el modelo de las escuelas de los profetas, serían una bendición mucho mayor. El dinero que se invirtió en ampliar el Colegio de Battle Creek para acomodar el instituto ministerial, se habría empleado mejor estableciendo escuelas en distritos rurales en Estados Unidos y en el extranjero. No se necesitaban más edificios en Battle Creek, porque ya se habían provisto amplias instalaciones para la educación de tantos alumnos como convenía que se congregaran en un solo lugar.

No era lo mejor que demasiados alumnos asistieran a esta escuela, porque en ella había talento y sabiduría para atender bien solamente a cierto número. Los institutos ministeriales pudieron haberse alojado en edificios ya construidos, y el dinero usado en agrandar el colegio pudo haberse invertido con mayor ventaja en la construcción de edificios escolares en otras localidades.

Los nuevos edificios en Battle Creek fomentaron la mudanza de familias que deseaban educar a sus hijos en el colegio. Pero habría sido una mayor bendición para todos los involucrados, si los alumnos se hubieran alojado en alguna otra localidad y en Números más reducidos. La afluencia de la gente a Battle Creek es tanto la falta de aquellos que están en posiciones de dirección, como de los que se mudaron a ese lugar. Hay mejores campos que Battle Creek para las empresas misioneras, pero aquellos en posiciones de responsabilidad han estado planeando tener allí todo lo que sea de carácter más conveniente; y las más amplias instalaciones le están diciendo a la gente: “Venid a Battle Creek; mudaos aquí con vuestras familias, y educad vuestros hijos aquí”.

Si algunas de nuestras instituciones educativas fueran fraccionadas en unidades más pequeñas, y se establecieran escuelas en varios lugares, se podría lograr mayor progreso en la cultura física, mental y moral. El Señor no ha dicho que deben haber menos edificios, sino que estos edificios no debieran concentrarse en un solo lugar. Las cuantiosas sumas invertidas en pocas localidades debieran haberse usado para proveer instalaciones a más lugares para acomodar a un mayor número de alumnos.

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Ha llegado el tiempo para enarbolar el estandarte de la verdad en muchos lugares, para así despertar mayor interés y ampliar el campo misionero, hasta que se abarque toda la tierra. Ha llegado el tiempo cuando a muchos más debiera presentárseles el mensaje de verdad. Puede hacerse mucho de lo que no se ha hecho en esta dirección. Mientras las iglesias son responsables por mantener sus lámparas aparejadas y encendidas, jóvenes dedicados deben ser educados en sus países de origen para llevar adelante esta obra. Debieran establecerse escuelas, no tan afectadas o pedantes como las del Colegio de Battle Creek y College View, pero más sencillas y edificios menos ostentosos y con maestros que adopten el mismo plan de las escuelas de los profetas. En vez de concentrar la luz en un solo lugar, donde muchos no aprecian ni mejoran aquello que les ha sido dado, la luz debiera ser llevada a numerosos lugares de la tierra. Si maestros dedicados y temerosos de Dios, de mentes balanceadas e ideas prácticas, fueran a los campos misioneros y trabajaran de manera humilde, impartiendo aquello que han recibido, Dios dotaría de su Santo Espíritu a muchos que están destituidos de su gracia.

Principios básicos del éxito

Maestros y alumnos deberían colaborar en la obra de reforma, cada uno trabajando en la forma más provechosa, para hacer de nuestras escuelas aquello que el Señor puede aprobar. Se necesita unidad de acción para el éxito. Un ejército en combate se confundiría y sería derrotado, si los soldados actuaran conforme a sus impulsos individuales, en vez de moverse al unísono bajo la dirección de un general competente. Los soldados de Cristo también deben actuar en armonía. Un puñado de almas convertidas, unidas en un gran propósito, bajo una sola dirección, obtendrá victorias en cada combate.

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Si hay desunión entre los que pretenden creer en la verdad, el mundo llegará a la conclusión de que esta gente no es de Dios, porque trabajan unos contra otros. Cuando somos uno con Cristo, estaremos unidos entre nosotros mismos. Aquellos que no están enyugados con Cristo, siempre halan hacia el lado equivocado. Poseen un temperamento que corresponde a la naturaleza humana carnal, y a la más mínima excusa, la pasión está ampliamente dispuesta para enfrentarse con la pasión. Esto causa choques; y se oyen voces estridentes en reuniones de juntas, comisiones y asambleas públicas, oponiéndose a los métodos de reforma.

Otra condición para el éxito es la obediencia a cada palabra de Dios. No se ganan victorias a través de ceremonias o exhibiciones, sino por medio de la obediencia sencilla al Generalísimo, Señor Dios del cielo. Aquel que pone su confianza en este Líder, jamás sabrá lo que es la derrota. La derrota viene del error de confiar en métodos humanos y en invenciones humanas, y por colocar lo divino en segundo lugar. La obediencia fue la lección que el Capitán de las huestes del Señor procuró enseñar a los grandes ejércitos de Israel: obediencia en las cosas en que no podían vislumbrar ningún éxito. Cuando hay obediencia a la voz de nuestro Líder, Cristo dirigirá sus batallas en maneras que sorprenderán a los grandes poderes de la tierra.

Somos soldados de Cristo; y se espera de aquellos que se registran en su ejército que realicen faenas difíciles, faenas que agotarán sus energías en grado sumo. Debemos entender que la vida de un soldado conlleva lucha agresiva, perseverancia y fortaleza. Debemos soportar pruebas por el amor de Cristo. No estamos involucrados en batallas de gestos. Debemos enfrentar adversarios muy poderosos; “porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”. Efesios 6:12. Debemos encontrar nuestra fortaleza en el mismo lugar donde la encontraron los primeros discípulos. “Todos estos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos”. “Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la Palabra de Dios. Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común”. Hechos 1:14; 4:31, 32.

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Lo que impide la reforma

La Biblia ha sido introducida hasta cierto punto, en nuestras escuelas y se han hecho algunos esfuerzos en el sentido de la reforma; pero es muy difícil adoptar principios rectos después de haber estado acostumbrados, por tanto tiempo a los métodos populares. Las primeras tentativas para cambiar las viejas costumbres acarrearon pruebas severas para los que deseaban andar en el camino señalado por Dios. Se han cometido errores que ocasionaron resultando grandes pérdidas. Ha habido obstáculos que tendieron a hacernos transitar por senderos comunes y mundanales y a impedirnos que comprendiéramos los principios de la educación verdadera. A los inconversos que miraban las cosas desde las bajas regiones del egoísmo, de la incredulidad y de la indiferencia, los principios y métodos correctos les parecieron erróneos.

Algunos maestros y administradores, convertidos sólo a medias, son piedras de tropiezo para otros. Ceden en algunas cosas y hacen reformas a medias; pero cuando se produce un mayor conocimiento, rehúsan avanzar, prefiriendo trabajar de acuerdo con sus propias ideas. Al hacer esto están tomando y comiendo de aquel árbol de conocimiento que coloca a lo humano por encima de lo divino. “Ahora, pues, temed a Jehová, y servidle con integridad y en verdad; y quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid a Jehová. Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová”. AY acercándose Elías a todo el pueblo, dijo: ¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él. Y el pueblo no respondió palabra” Josué 24:14, 15; 1 Reyes 18:21. Habríamos superado por mucho nuestra presente condición espiritual si hubiéramos avanzado a medida que nos llegaba la luz.

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Cuando se abogó por nuevos métodos, se suscitaron tantas preguntas y dudas, y fueron tantas las reuniones celebradas para discernir toda dificultad, que los reformadores se vieron estorbados y algunos cesaron de pedir reformas. Parecieron incapaces de detener la corriente de duda y crítica. Fueron pocos, comparativamente, los que recibieron el Evangelio en Atenas, debido a que la gente albergaba orgullo intelectual y sabiduría mundana y reputaba como locura el Evangelio de Cristo. Pero, “lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres”. “Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios”. 1 Corintios 1:25, 23, 24.

Nos toca ahora comenzar de nuevo. Las reformas deben emprenderse de todo corazón, alma y voluntad. Los errores pueden ser muy antiguos, pero los años no hacen del error verdad, ni de la verdad error. Se han seguido por demasiado tiempo los viejos hábitos y costumbres. El Señor quiere que maestros y alumnos desechen ahora toda idea falsa. No tenemos libertad para enseñar lo que coincida con la norma del mundo o la norma de la iglesia, sencillamente porque así se suele hacer. Las lecciones enseñadas por Cristo han de constituir la norma. Ha de tenerse estrictamente en cuenta lo que el Señor ha dicho con respecto a la enseñanza que se ha de impartir en nuestras escuelas; pues si en algunos respectos no existe una educación de carácter completamente diferente de la que se ha venido dando en algunas de nuestras escuelas, no necesitábamos haber gastado dinero en la compra de terrenos y la construcción de edificios escolares.

Algunos sostendrán que si se da preferencia a la enseñanza religiosa, nuestras escuelas llegarán a ser impopulares y que aquellos que no son de nuestra fe no las patrocinarán. Muy bien; vayan los tales a otras escuelas donde encuentren un sistema de educación que concuerde con sus gustos. Es el propósito de Satanás impedir por medio de estas consideraciones que se logre el objetivo por el cual nuestras escuelas fueron establecidas. Estorbados por estas artimañas, los dirigentes razonan a la usanza del mundo. Copian sus planes e imitan sus costumbres. Muchos han demostrado su falta de sabiduría de lo alto hasta el extremo de unirse a los enemigos de Dios y de la verdad al proveer entretenimientos mundanos a los alumnos. Al hacer esto atraen sobre ellos mismos la ira de Dios, pues desvían a los jóvenes y hacen la obra de Satanás. Esta obra, con todos sus resultados, la tendrán que arrostrar ante el tribunal de Dios.

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Los que siguen semejante conducta dan a entender que no se puede confiar en ellos. Después que el mal ha sido hecho, podrán confesar su error; pero, ¿podrán acaso destruir la influencia que han ejercido? ¿Se dirá el “bien, buen siervo” a los que no cumplieron su cometido? Estos obreros infieles no han edificado sobre la Roca eterna, y su fundamento resultará ser arena movediza. En vista de que el Señor nos manda ser diferentes y singulares, ¿cómo podremos apetecer la popularidad o tratar de imitar las costumbres y prácticas del mundo? “¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad con Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios”. Santiago 4:4.

Rebajar las normas para conseguir popularidad y un aumento en número de feligreses y luego hacer de este aumento un motivo de regocijo, pone de manifiesto gran ceguedad. Si la cantidad fuera una prueba del éxito, Satanás podría pretender la preeminencia, porque en este mundo sus seguidores forman la gran mayoría. Es el grado de poder moral que compenetra una escuela lo que constituye una prueba de su prosperidad. Es la virtud, la inteligencia y la piedad de las personas que componen nuestras escuelas, y no su número, lo que debiera ser una fuente de gozo y gratitud. ¿Deberían, acaso, nuestras escuelas convertirse al mundo y seguir sus costumbres y modas? “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que… no os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. Romanos 12:1, 2.

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Tatiana Patrasco