Testimonios para la Iglesia, Vol. 6, p. 159-168, día 354

Los maestros deben inducir a los alumnos a pensar, y a comprender claramente la verdad por sí mismos. No basta que el maestro explique o que el alumno crea; se ha de provocar la investigación e incitar al alumno a enunciar la verdad en su propio lenguaje para demostrar que valora su fuerza y se la aplica. Con esmerado esfuerzo deben grabarse así en la mente las verdades vitales. Podrá ser este un procedimiento lento; pero vale más que atender con demasiada prisa asuntos importantes sin darles la consideración debida. Dios desea que sus instituciones sobrepujen a las del mundo por cuanto le representan. Quienes se hallen verdaderamente unidos con Dios mostrarán al mundo que él es quien dirige el timón.

Nuestros maestros necesitan aprender de continuo. Los reformadores deben reformarse a sí mismos no sólo en sus métodos de trabajo, sino también en su corazón. Necesitan ser transformados por la gracia de Dios. Cuando Nicodemo, un gran Maestro de Israel, vino a Jesús, el Maestro le reveló las condiciones de la vida divina, y le enseñó cuáles eran las bases de la conversión. Respondió Nicodemo y le dijo: ¿Cómo puede hacerse esto? Respondió Jesús y le dijo: ¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto? Juan 3:9, 10 Esta pregunta podría dirigirse a muchos de los que ahora ocupan el puesto de maestros, sin embargo han descuidado la preparación esencial que los habilite para dicha tarea. Si las palabras de Cristo fueran recibidas íntimamente, habría una percepción mucho más elevada y un conocimiento espiritual mucho más profundo de lo que constituye un discípulo, un sincero seguidor de Cristo y un educador a quien él pueda aprobar.

Deficiencias de los maestros

Muchos de nuestros maestros tienen bastante que desaprender y que aprender, en diversos sentidos. A menos que estén dispuestos a hacer esto, a menos que lleguen a familiarizarse perfectamente con la Palabra de Dios y sus inteligencias se dediquen a estudiar las gloriosas verdades referentes a la vida del gran Maestro, fomentarán precisamente los errores que el Señor está tratando de corregir. Planes y opiniones que no debieran concebirse se grabarán en su mente; y con toda sinceridad llegarán a conclusiones erróneas y peligrosas. De este modo se sembrará una semilla que no es grano verdadero. Muchas costumbres y prácticas comunes en la obra escolar, y que tal vez se tienen por cosas pequeñas, no deben ahora introducirse en nuestras escuelas. Podrá ser difícil para los maestros abandonar ideas y métodos por largo tiempo acariciados; con todo, si quieren, sincera y humildemente, preguntarse a cada paso: ¿Es éste el camino del Señor? Y se entregan a su dirección, él los conducirá a medida que vayan adquiriendo experiencia.

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Los maestros de nuestras escuelas tienen necesidad de escudriñar las Escrituras hasta que las comprendan individualmente; abriendo sus corazones a los preciosos rayos de luz que Dios ha dado, y andando en su luz. Entonces serán enseñados por Dios y trabajarán de modo enteramente diferente, mezclando con sus enseñanzas menos de las teorías y sentimientos de hombres que jamás estuvieron en unión con Dios. Honrarán mucho menos la sabiduría finita, y sentirán en el alma un hambre profunda por aquella sabiduría que procede de Dios.

A la pregunta formulada por Jesús a los doce: “¿Queréis acaso iros también vosotros?” Pedro contestó: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creido y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios viviente” Juan 6:67-69. Si los maestros entrelazan estas palabras con la labor de sus aulas, el Espíritu Santo estará presente para efectuar su obra sobre las mentes y los corazones.

La obra del maestro

Los maestros deben colaborar con Dios para promover y efectuar la obra que Cristo, por su propio ejemplo, les ha enseñado a realizar. Deben ser, en verdad, la luz del mundo, porque revelan los agradables atributos revelados en el carácter y la obra de Cristo: atributos que enriquecerán y embellecerán sus propias vidas como discípulos de Cristo.

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¡Qué solemne, sagrado, e importante es el esfuerzo para exponer el carácter de Cristo y su Espíritu ante nuestro mundo! Éste es el privilegio de cada director y maestro conectados con él en la obra de educar, entrenar y disciplinar las mentes de los jóvenes. Todos necesitan estar bajo la inspiración, la segura convicción de que están llevando realmente el yugo de Cristo y transportando su carga.

Habrá pruebas en esta obra; el desánimo abrumará a los maestros cuando vean que sus obras no son siempre apreciadas. Satanás ejercerá su poder sobre ellos mediante tentaciones, desánimos, aflicciones por enfermedades físicas; esperando poder hacerlos murmurar contra Dios y cerrar su entendimiento a su bondad, misericordia y amor. El excelente peso de gloria que será la recompensa del vencedor. Pero Dios dirige estas almas para que adquieran una confianza más perfecta en su Padre celestial. Su ojo está sobre ellos cada momento; y si ellos claman ante él con fe, y si le rinden sus almas en su incertidumbre, el Señor los presentará como oro afinado. El Señor Jesús ha dicho: “No te desampararé, ni te dejaré”. Hebreos 13:5. Dios permitirá que una serie de circunstancias los induzca a huir en busca de la Fortaleza, y avanzar por fe hacia el trono de Dios en medio de nubes de oscuridad; porque aun aquí, su presencia está velada. Pero Dios está siempre listo para liberar a todos los que confían en él: “Aunque él me matare, en él esperaré”. Job 13:15. “Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labradores no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación”. Habacuc 3:17, 18.

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Un llamado personal

Suplico a los maestros que trabajan en nuestras instituciones educativas que no permitan que retrocedan el celo y el ardor religioso. Que no se haga ningún movimiento de retroceso, sino que vuestra consigna sea: “Avanzad”. Nuestras escuelas deben elevarse hacia un plano de acción más prominente; hay que tener perspectivas más amplias; hay que manifestar una fe más fuerte y más profunda piedad; Palabra de Dios debe ser raíz y rama de toda sabiduría y realizaciones intelectuales. Cuando el poder transformador de Dios se apodere de ellos, comprenderán que el conocimiento de Dios cubre un campo mucho más amplio que los así llamados “métodos avanzados” de educación. En toda la educación impartida, los educadores deben recordar las palabras de Cristo: “Vosotros sois la luz del mundo”. Mateo 5:14. Cuando lo recuerden, entonces no experimentarán tantas dificultades en la preparación de misioneros que saldrán a impartir sus conocimientos a otros.

Hemos recibido toda la capacitación necesaria y las facilidades requeridas para cumplir las responsabilidades que recaen sobre nosotros. Debemos estar agradecidos a Dios porque por su misericordia tenemos estas ventajas, y porque poseemos el conocimiento de su gracia, de la verdad presente y el deber. ¿Procuráis, entonces, como maestros, mantener la falsa educación que habéis recibido? ¿Estáis perdiendo las preciosas oportunidades otorgadas para relacionaros con los planes y métodos de Dios? ¿Creéis en Palabra de Dios? ¿Estáis siendo cada día más capaces de entender, de entregaros al Señor y ser usados en su servicio? ¿Sois misioneros dispuestos a realizar la voluntad de Dios? ¿Creéis la Biblia y hacéis lo que dice? ¿Creéis que vivimos en los últimos días de la historia de esta tierra? ¿Y tenéis corazones capaces de sentir? Tenemos una gran obra delante de nosotros; debemos ser portadores de la sagrada luz del mundo que debe iluminar todas las naciones. Somos cristianos, ¿y qué estamos haciendo?

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Ocupad vuestras posiciones, maestros, como verdaderos educadores, y con palabras y expresiones de interés por la salvaciòn de los alumnos, colocad en sus corazones la corriente viva del amor redentor. Consultadlos antes de que sus mentes se preocupen con sus trabajos literarios. Suplicadles que busquen a Cristo y su justicia. Explicadles los cambios que ciertamente ocurrirían si entregaran el corazón a Cristo. Afianzad su atención en él; esto cerrará la puerta a las aspiraciones insensatas que naturalmente surgirán y preparará sus mentes para recibir la verdad divina. Debe enseñarse a la juventud que el tiempo es oro, que es peligroso pensar que pueden divertirse todo lo que quieran sin después recoger una cosecha de ruina y miseria. Debe enseñárseles a ser sobrios y admirar lo bueno en el carácter de los demás. Edúqueselos para que coloquen su voluntad junto a la de Dios y para que finalmente puedan cantar el nuevo cántico y unirse con las armonías celestiales.

Deponed toda manifestación de vanidad, porque no os ayuda en vuestra obra; y aun os ruego que estiméis en su verdadero valor vuestro carácter, pues habéis sido comprados por un precio infinito. Sed cuidadosos, dedicados a la oración, serios. No sintáis que podéis mezclar lo común con lo sagrado, lo cual se ha hecho con tanta frecuencia en el pasado, que el discernimiento espiritual de los maestros se ha empañado hasta el punto de no poder distinguir entre lo sagrado y lo común. Han tomado fuego extraño y lo han exaltado, alabado y honrado; y el Señor se ha apartado con desagrado. Maestros, ¿no sería mejor consagrarse plenamente a Dios? ¿Pondríais en peligro vuestras almas por un servicio dividido?

Tributad el honor debido a Dios por medio de escritos y de la Palabra. Santificad al Señor Dios en vuestros corazones y manteneos siempre listos para dar razón de vuestra esperanza, con humildad y temor, a toda persona que os preguntare. ¿Entenderán esto los maestros de nuestras escuelas? ¿Adoptarán la Palabra de Dios como el libro de texto que los capacitará para ser sabios para la salvación? ¿Impartirán esta excelentísima sabiduría a los alumnos, sugiriendo ideas claras y precisas para que puedan presentarlas a otros? Puede parecer que la enseñanza de Palabra de Dios tiene solamente un efecto ínfimo sobre muchas mentes y corazones; pero si la obra del maestro ha sido cimentada en Dios, algunas lecciones de verdades divinas permanecerán en la memoria, aun de los más negligentes. El Espíritu Santo rociará la semilla sembrada y a menudo brotará después de muchos días, y producirá fruto para la gloria de Dios.

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El gran Maestro que descendió del cielo no ha instruido a nuestros maestros para que estudien a los autores famosos. Él dice: “Venid a mí… Aprended de mí… y hallaréis descanso para vuestras almas”. Mateo 11:28, 29. Cristo ha prometido, y al aprender lecciones de él, hallaremos reposo. Todos los tesoros del cielo fueron puestos a su disposición a fin de dar estos dones al que busca en forma diligente y perseverante. Él es hecho “sabiduría, justificación, y santificación, y redención”. 1 Corintios 1:30.

Los maestros deben entender cuáles son las lecciones que deben impartir, o no podrán preparar a los alumnos para ser promovidos a los grados superiores. Deben estudiar las lecciones de Cristo y el carácter de su enseñanza. Deben darse cuenta de la libertad que ellas ofrecen del formalismo y la tradición; y apreciar la originalidad, la autoridad, la espiritualidad, la ternura, la benevolencia y la accesibilidad de sus enseñanzas. Quienes hacen de la Palabra de Dios su estudio, quienes cavan en busca de los tesoros de verdad, llegarán a imbuirse con el espíritu de Cristo, y contemplándolo, serán transformados a su semejanza. Los que aprecian la Palabra enseñarán como discípulos que han estado a los pies de Jesús y se han acostumbrado a aprender de él. En vez de traer libros que contienen las suposiciones de los autores famosos del mundo, dirán: “No me tentéis a considerar de poco valor al más grande Autor y al más prominente Maestro, por medio de quien tengo vida eterna. Él jamás se equivoca. Es la fuente principal de donde fluye toda sabiduría”. Permitid entonces a cada maestro sembrar la semilla de la verdad en la mente de los alumnos. Cristo es el Maestro por excelencia.

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Nuestro guía es la Palabra del Dios eterno. Ella nos ha hecho sabios para la salvación. Ella debe estar siempre en nuestros corazones y labios. “Escrito está” debe ser nuestra ancla. Los que hacen de la Palabra de Dios su consejera, comprenden las flaquezas del corazón humano y el poder de la gracia de Dios para subyugar cada impulso no santificado e impío. Sus corazones están siempre en oración y tienen el cuidado de ángeles santos. Cuando el enemigo se aproxima como una inundación, el Espíritu de Dios levanta un estandarte contra él, en favor del Maestro. Hay armonía en el corazón; porque la influencia preciosa y poderosa de la verdad gobierna. Hay una revelación de fe que obra por amor y purifica el alma.

Orad para que podáis nacer de nuevo. Si tenéis este nuevo nacimiento os deleitaréis, no en las formas torcidas de vuestros propios deseos, sino en el Señor. Desearéis estar bajo su autoridad. Lucharéis constantemente por alcanzar un estandarte más elevado. Sin embargo, no seáis solamente lectores de la Biblia, sino también esmerados estudiantes para que sepáis qué demanda Dios de vosotros. Necesitáis un conocimiento experimental de cómo cumplir su voluntad. Cristo es nuestro Maestro.

Que cada maestro en nuestras escuelas y cada administrador en nuestras instituciones estudie lo que es esencial hacer a fin de trabajar en sus filas y llevar con ellos un sentido de perdón, de consuelo y esperanza.

Mensajeros celestiales son enviados para ministrar a los que serán herederos de salvación; y conversarán con los maestros cuando ellos no estén satisfechos con la muy transitada senda de la tradición, cuando no teman apartarse de las sombras del mundo. Los maestros debieran tener cuidado, no sea que cierren las puertas y el Señor no encuentre la manera de entrar en los corazones de los jóvenes.

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Palabras de un maestro divino

En sueños de la noche me hallaba yo entre una gran compañía en la que el tema de la educación agitaba la mente de todos los presentes. Muchos presentaban objeciones en cuanto a cambiar el carácter de la educación que había estado en boga por largo tiempo. Uno que desde mucho tiempo había sido nuestro enseñador hablaba a los congregados. Decía: “El asunto de la educación debiera interesar a toda la organización adventista del séptimo día. Las decisiones concernientes al carácter de nuestra obra escolar no debieran dejarse del todo a los directores y maestros”.

Algunos insistían enérgicamente en que se estudiaran ciertos autores incrédulos y recomendaban los mismos libros condenados por el Señor, libros que por lo tanto, no debieran en manera alguna utilizarse. Después de mucha conversación y acaloradas discusiones, nuestro instructor se adelantó, y tomando algunos libros por los cuales se había abogado calurosamente, por considerarlos esenciales para una educación superior, dijo: “¿Acaso hallaréis en estos autores sentimientos y principios que permitan colocarlos sin peligro alguno en manos de los alumnos? Las inteligencias humanas quedan con facilidad fascinadas por los engaños de Satanás, y estas obras producen desgano por el estudio de la Palabra de Dios, la cual, si se la recibe y aprecia, asegura la vida eterna. Vosotros sois seres sujetos a hábitos, y debéis recordar que los hábitos correctos son bendiciones, tanto en sus efectos sobre vuestro carácter como en su influencia benéfica sobre los demás. Por otra parte, los malos hábitos, una vez establecidos, ejercen un poder despótico y esclavizan las inteligencias. Si nunca hubierais leído una sola palabra en estos libros, seríais hoy mucho más capaces de comprender el Libro más digno de ser estudiado y que proporciona las únicas ideas correctas sobre educación.

“El hecho de que haya sido costumbre incluir estos autores entre los libros de texto, y de que esta costumbre sea muy antigua, no es ningún argumento en su favor. El extendido uso no recomienda necesariamente a dichos libros como seguros o esenciales. Han llevado a millares adonde Satanás llevó a Adán y Eva; esto es, al árbol del conocimiento cuyo fruto Dios nos ha prohibido comer. Han inducido a los alumnos a dejar el estudio de las Escrituras por una clase de estudios que no es esencial. A fin de que los alumnos educados de esa manera lleguen alguna vez a ser idóneos para trabajar por las almas, tendrán que desaprender mucho de los conocimientos adquiridos. Encontrarán, empero, que desaprender es un trabajo difícil, por cuanto ideas censurables han echado raíces en sus mentes como la maleza en un jardín, y como resultado, algunos jamás podrán discernir entre lo correcto y lo erróneo. El bien y el mal se han mezclado en su educación. Se han ensalzado, para que las contemplasen, las imágenes de los hombres y las teorías humanas; de manera que cuando intentan enseñar a otros, la poca verdad que pueden repetir está entretejida con opiniones, dichos y hechos humanos. Las palabras de hombres que demuestran no tener un conocimiento práctico de Cristo no debieran encontrar sitio en nuestras escuelas, pues sólo constituirán obstáculos para la debida educación de la juventud.

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“Tenéis la Palabra del Dios vivo y con sólo pedirlo podéis recibir el don del Espíritu Santo para hacer de dicha Palabra un poder para los que creen y obedecen. La obra del Espíritu Santo es guiar a toda verdad. Cuando dependéis de la Palabra del Dios vivo con el corazón, la mente y el alma, el conducto de comunicación queda expedito. El estudio profundo y ferviente de la Palabra bajo la dirección del Espíritu Santo os suministrará maná fresco, y el mismo Espíritu hará eficaz su empleo. El esfuerzo de los jóvenes para disciplinar la mente para alcanzar elevadas y santas aspiraciones será recompensado. Los que hacen esfuerzos perseverantes en este sentido, y aplican la mente a la tarea de comprender la Palabra de Dios, están preparados para ser obreros juntamente con Dios.

“El mundo reconoce como maestros a algunos a quienes Dios no puede aprobar como instructores seguros. Dejan de lado la Biblia y en cambio recomiendan las producciones de autores ateos como si ellas contuviesen aquel sentir que debiera entrelazarse con el carácter. ¿Qué podéis esperar de una siembra tal? En el estudio de estos libros censurables, tanto la mente de los maestros como la de los alumnos se corrompe, y el enemigo siembra su cizaña. No puede ser de otra manera. Al beber de una fuente impura, se introduce veneno en el organismo. Los jóvenes inexpertos a quienes se hace seguir este orden de estudios reciben impresiones que encauzan sus pensamientos por canales fatales para la piedad. Jóvenes enviados a nuestras escuelas han aprendido de libros tenidos por dignos de confianza, debido a que se usaban y favorecían en las escuelas del mundo. Pero de las escuelas mundanas, imitadas de esta manera, han salido muchos alumnos convertidos en ateos por el estudio de estos mismos libros.

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“¿Por qué no habéis ensalzado la Palabra de Dios por encima de toda producción humana? ¿No basta con mantenerse unido al Autor de toda verdad? ¿No estáis satisfechos con sacar agua fresca de las corrientes del Líbano? Dios tiene fuentes vivas con las cuales refrigerar al alma sedienta, y depósitos de precioso alimento con el cual vigorizar la espiritualidad. Aprended de él y él os habilitará para dar a los que la solicitan una razón de la esperanza que hay en vosotros. ¿Habéis pensado que un conocimiento mejor de lo que el Señor ha dicho tendría efecto deletéreo sobre maestros y alumnos?”

Hubo silencio en la asamblea y la convicción se apoderó de cada corazón. Hombres que se habían creído entendidos y fuertes vieron que eran débiles y carentes del conocimiento de aquel Libro que concierne al eterno destino del alma humana. El mensajero de Dios tomó entonces de las manos de varios maestros los libros que habían estado estudiando, algunos de los cuales, escritos por autores incrédulos, contenían sentimientos ateos, y los puso a un lado diciendo: “Jamás ha habido momento alguno en vuestra vida en que el estudio de estos libros haya contribuido a vuestro bien y progreso actuales o a vuestro bien eterno futuro. ¿Por qué habríais de llenar vuestros anaqueles con libros que apartan de Cristo la inteligencia? ¿Por qué gastáis dinero en aquello que no es pan? Cristo os ruega: ‘Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón’. Mateo 11:29. ¿Necesitáis comer del Pan de vida que descendió del cielo. Os es necesario ser estudiantes más diligentes de las Sagradas Escrituras y beber de la Fuente de la vida. Sacad, sacad de Cristo en oración ferviente. Lograd una experiencia diaria con respecto a comer la carne y beber la sangre del Hijo de Dios. Nunca podrán los autores humanos satisfacer vuestra gran necesidad para este tiempo; pero con templando a Cristo, autor y consumador de vuestra fe, seréis transformados a su semejanza”.

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Tatiana Patrasco