Testimonios para la Iglesia, Vol. 6, p. 169-178, día 355

Poniendo la Biblia en manos de ellos, siguió diciendo: “Sabéis poco de este libro. Ignoráis las Escrituras y el poder de Dios y tampoco comprendéis la profunda importancia del mensaje que ha de proclamarse a un mundo que perece. Lo pasado ha demostrado que tanto los maestros como los alumnos saben muy poco de las imponentes verdades que son asuntos vitales para este tiempo. Si el mensaje del tercer ángel fuera proclamado en todos sus aspectos a muchos de los que ocupan el puesto de maestros, no lo comprenderían. Si tuvieseis el saber que viene de Dios, vuestro ser entero proclamaría la verdad del Dios vivo a un mundo muerto en sus transgresiones y pecados. No obstante, se exaltan libros y periódicos que poco contienen de la verdad presente y los hombres se vuelven demasiado doctos para seguir un ‘así dice Jehová’.

“Cada maestro de nuestras escuelas debe ensalzar al único Dios verdadero; pero muchos de los centinelas están durmiendo. Son como ciegos que guían a otros ciegos. Mas el día del Señor está por sobrecogernos. Como ladrón, viene con paso furtivo y sorprenderá a todos los que no velan. ¿Quiénes, entre los maestros, están despiertos y como fieles dispensadores de la gracia de Dios están dando a la trompeta sonido inconfundible? ¿Quiénes proclaman el mensaje del tercer ángel e invitan al mundo a prepararse para el gran día de Dios? El mensaje que damos tiene el sello del Dios vivo”.

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Señalando la Biblia, añadió: “Las Escrituras del Antiguo Testamento y del Nuevo se han de combinar en la obra de preparar a un pueblo que subsista en el Día del Señor. Aprovechad fervorosamente vuestras oportunidades actuales. Haced de la Palabra del Dios viviente vuestro libro de texto. Si siempre se hubiera hecho esto, ciertos alumnos ahora perdidos para la causa de Dios serían misioneros. Jehová es el único Dios verdadero y ha de ser reverenciado y adorado. Los que respetan las palabras de autores incrédulos e inducen a los alumnos a considerar estos libros como esenciales en su educación, menoscaban su fe en Dios. El tono, el espíritu, la influencia de estos libros son deletéreos para los que dependen de ellos para adquirir conocimiento. Los alumnos han sido hechos el blanco de influencias que los indujeron a apartar los ojos de Cristo, la Luz del mundo, y los malos ángeles se regocijan porque quienes profesan conocer a Dios le niegan en la forma en que se le ha negado en nuestras escuelas. El Sol de Justicia ha estado resplandeciendo sobre la iglesia, para disipar las tinieblas, y para llamar la atención del pueblo de Dios a la preparación esencial para los que quieren resplandecer como luminares en el mundo. Los que reciban esta luz la comprenderán; los que no la reciban andarán en tinieblas, no sabiendo dónde tropiezan. Nunca esta el alma segura a menos que se halle bajo la dirección divina. Entonces será guiada a toda verdad. La palabra de Cristo caerá con vivo poder sobre los corazones obedientes, y mediante la aplicación de la verdad divina se reproducirá la imagen perfecta de Dios y en el cielo se dirá: ‘Vosotros estáis completos en él’”. Colosenses 2:10.

En ningún caso debe permitirse a los alumnos emprender tantos estudios que no puedan asistir a los cultos.

Nadie sino Aquel que creó al hombre puede efectuar un cambio en el corazón humano. Solamente Dios puede realizar la mejora. Cada maestro deberá darse cuenta que debe ser movido por agencias divinas. Los juicios e ideas humanas del más experimentado personaje se hallan propensos a ser imperfectos y defectuosos, y el frágil instrumento, sujeto a sus propios rasgos de carácter hereditario, tiene necesidad de someterse diariamente a la santificación del Espíritu Santo, de lo contrario, el yo tomará las riendas y querrá dirigir. En el espíritu manso y humilde del estudiante, todos los planes, ideas y métodos humanos deben ser traídos a Dios para que los corrija y endose; de otra manera la energía incansable de Pablo y la hábil lógica de Apolos no tendrán poder para efectuar la convicción de las almas.

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Los internados

Al asistir a nuestros colegios muchos jóvenes quedan separados de las tiernas y refrenadoras influencias del hogar. Precisamente en la época de la vida en que necesitan observación vigilante son arrebatados a la restricción de la influencia y autoridad paternas y colocados en compañía de un gran número de jóvenes de igual edad y de caracteres y costumbres de vida diversos. Muchos de estos han recibido en su infancia escasa disciplina y son superficiales y frívolos; otros han sido reprimidos hasta el exceso y al alejarse de las manos que tenían tal vez demasiado tirantes las riendas del mando, creyeron que tenían libertad para proceder como quisieran. Desprecian hasta el mismo pensamiento de la restricción. Esas compañías aumentan grandemente los peligros de los jóvenes.

Los internados de nuestras escuelas se han establecido para que nuestros jóvenes no sean llevados de aquí para allá y expuestos a las influencias perjudiciales que abundan por doquiera, sino que, hasta donde sea posible, se les ofrezca la atmósfera de un hogar para que se protejan de las tentaciones conducentes a la inmoralidad y sean guiados a Jesús. La familia del cielo representa lo que debiera ser la familia de la tierra, y los hogares de nuestras escuelas, donde se reúnen jóvenes que buscan una preparación para el servicio de Dios, debieran aproximarse tanto como fuera posible al modelo divino.

Los maestros que están a cargo de estos hogares llevan graves responsabilidades, pues tienen que hacer las veces de padres y madres, demostrando, lo mismo para uno que para todos los alumnos, un interés semejante al que los padres demuestran por sus hijos.

Los diversos elementos del carácter de los jóvenes con quienes tienen que tratar les imponen muchas cargas pesadas, y necesitan mucho tacto y paciencia para inclinar en la dirección debida las inteligencias que han sido desviadas por la mala enseñanza. Los maestros necesitan gran capacidad directiva; deben ser fieles a los principios; y, sin embargo, prudentes y benignos, uniendo la disciplina al amor y a la simpatía propia de Cristo. Debieran ser hombres y mujeres de fe, sabiduría y oración. No debieran manifestar una dignidad severa e inflexible, sino mezclarse con los jóvenes e identificarse con ellos en sus gozos y tristezas, como también en la diaria rutina del trabajo. Por lo general, una obediencia alegre y amante será el fruto de tal esfuerzo.

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Deberes domésticos

La educación que los jóvenes de uno y otro sexo que asisten a nuestros colegios debieran recibir sobre la vida doméstica, merece especial atención. En la tarea de edificar el carácter, es de gran importancia que se enseñe a los alumnos que asisten a nuestros colegios a hacer el trabajo que se les asigna, y librarse de toda tendencia a la pereza. Han de familiarizarse con los deberes de la vida diaria. Se les debiera enseñar a cumplir bien y esmeradamente sus deberes domésticos, con el menor ruido y confusión posibles. Todo debiera hacerse decentemente y con orden. La cocina y cualquier otra parte de la casa debe mantenerse barrida y limpia. Los libros deben poder guardarse hasta el momento debido y los estudios no debieran ser más que los que sea posible atender sin descuidar los deberes domésticos. El estudio de los libros no debiera absorber la mente con perjuicio de las obligaciones del hogar, de las cuales depende la comodidad de la familia.

En el cumplimiento de estos deberes debieran vencerse los hábitos de indiferencia, dejadez y desorden; porque, a menos que se corrijan, esos hábitos serán introducidos en toda fase de la vida y esta verá arruinada su utilidad para la verdadera obra misionera. Si no se corrigen con perseverancia y resolución, vencerán al estudiante para el presente y para la eternidad. Se ha de estimular a los jóvenes a formar hábitos correctos de vestir, de modo que su apariencia sea aseada y atractiva; se les ha de enseñar a conservar su ropa limpia y cuidadosamente arreglada. Todas sus costumbres debieran ser de tal carácter que hagan de ellos una ayuda y un alivio para otros.

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Se dieron a los ejércitos de los hijos de Israel instrucciones especiales para que, en sus tiendas y alrededor de ellas, todo estuviese limpio y en orden; no fuese que el ángel de Dios pasase por medio de su campamento y viese sus inmundicias. ¿Era el Señor tan meticuloso que se fijaría en estas cosas? Sí, pues se nos dice que si veía sus inmundicias no podría salir con sus ejércitos a la batalla contra sus enemigos. Asimismo él ve todas nuestras acciones. Aquel Dios que tuvo tanto cuidado de que los hijos de Israel adquiriesen hábitos de limpieza, no sancionará hoy impureza alguna en el hogar.

Dios confió a los padres y maestros la tarea de educar a niños y jóvenes en este sentido, y de cada acto de la vida se les puede enseñar lecciones espirituales. Al inculcarles hábitos de limpieza física, debemos enseñarles que Dios quiere que sean limpios tanto en su mente como en su cuerpo. Al barrer una habitación pueden aprender cómo el Señor purifica la mente. No les bastaría cerrar puertas y ventanas después de poner en la pieza alguna sustancia purificadora, sino que abrirían las puertas y las ventanas de par en par y con esfuerzo diligente eliminarían todo el polvo. Del mismo modo las ventanas de los impulsos y sentimientos han de abrirse hacia el cielo para expulsar el polvo del egoísmo y de la vanidad mundana. La gracia de Dios debe barrer las cámaras de la mente y todo elemento de la naturaleza ha de ser purificado y vitalizado por el Espíritu de Dios. El desorden y el desaliño en los deberes diarios llevará al olvido de Dios y a manifestar una piedad formal en la profesión de la fe, pero sin que sea genuina. Tenemos que velar y orar; de otro modo estaremos asiéndonos de la sombra y perderemos la sustancia.

Como hebras de oro, una fe viva debe entretejerse con la experiencia cotidiana en el cumplimiento de las pequeñas obligaciones. Entonces los alumnos serán inducidos a comprender los principios puros que según lo ha dispuesto Dios, debieran motivar cada acto de sus vidas. Entonces todo el trabajo diario será de tal índole que promoverá el crecimiento cristiano. Entonces los principios vitales de la fe, la confianza y el amor hacia Jesús penetrarán hasta en los detalles más ínfimos de la vida diaria. Se contemplará a Jesús y el amor hacia él constituirá el móvil constante que proporcione una fuerza vital a cada obligación asumida. Habrá porfía por la justicia y una esperanza que “no avergüenza”. Romanos 5:5. Todo lo que se haga se hará para gloria de Dios.

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A cada estudiante del internado digo: Sea fiel en las obligaciones domésticas. Sea fiel en el cumplimiento de las pequeñas responsabilidades. Sea en realidad un cristiano lleno de vida en el hogar. Gobiernen los principios cristianos su corazón y fiscalicen su conducta Preste atención a toda sugerencia dada por el maestro; pero obre de modo que no sea necesario decirle siempre lo que tiene que hacer. Discierna las cosas por sí mismo. Vea usted mismo si en su habitación todas las cosas están limpias y en orden; procure que nada de lo que haya en ella ofenda a Dios, sino que cuando los ángeles santos pasen por su pieza se sientan movidos a detenerse, atraídos por el orden y la limpieza que hay en ella. Al realizar sus deberes con buena voluntad, con esmero y fidelidad, actuará como un misionero. Testifique por Cristo. Demuestre que la religión de Cristo no lo convierte en un individuo—ni en principios ni en práctica—desaliñado, ordinario, irrespetuoso hacia sus maestros al punto de prestar poca atención a su consejo e instrucción. Si práctica la religión de la Biblia, ella le hará bondadoso, reflexivo, fiel. Le inducirá a no descuidar las cosas pequeñas que deben hacerse. Adopte por lema las palabras de Cristo: “El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel”. Lucas 16:10.

La sociabilidad y la cortesía cristiana

El pueblo de Dios no cultiva bastante la sociabilidad cristiana. Esta rama de la educación no debe descuidarse ni perderse de vista en nuestras escuelas.

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Se debe enseñar a los alumnos que no son átomos independientes, sino que cada uno es una hebra de hilo que ha de unirse con otras para completar una tela. En ningún departamento puede darse esta instrucción con más eficacia que en el internado escolar. Es allí donde los alumnos están rodeados diariamente de oportunidades que, si las aprovechan, les ayudarán en gran manera a desarrollar los rasgos sociales de su carácter. Pueden aprovechar de tal modo su tiempo y sus oportunidades que logren desarrollar un carácter que los hará felices y útiles. Los que se encierran en sí mismos y no están dispuestos a prestarse para beneficiar a otros mediante amigable compañerismo, pierden muchas bendiciones; porque merced al trato mutuo el entendimiento se pule y refina; por el trato social se normalizan relaciones y amistades que acaban en una unidad de corazón y en una atmósfera de amor agradables a la vista del cielo.

Especialmente aquellos que han gustado el amor de Cristo debieran desarrollar sus facultades sociales; pues de esta manera pueden ganar almas para el Salvador. Cristo no debiera ser ocultado en sus corazones, encerrado como tesoro codiciado, sagrado y dulce, que sólo ha de ser gozado por ellos; ni tampoco debieran ellos manifestar el amor de Cristo sólo hacia aquellos que les son más simpáticos. Se debe enseñar a los alumnos la manera de demostrar, lo mismo que Cristo, un amable interés y una disposición sociable para aquellos que se hallan en una mayor necesidad, aun cuando los tales no sean sus compañeros preferidos. En todo momento y en todas partes, manifestó Jesús amante interés por la familia humana y esparció en derredor suyo la luz de una piedad alegre. Se debe enseñar a los alumnos a seguir sus pisadas. Se les ha de enseñar a manifestar interés cristiano, simpatía y amor hacia sus compañeros jóvenes y a empeñarse en atraerlos a Jesús; Cristo debiera ser en sus corazones como un manantial de agua que brote para vida eterna, que refresque a todos aquellos con quienes tratan.

Este ministerio voluntario y amante, prestado a otros momentos de necesidad, es el que Dios aprecia. De esta manera, aun mientras asisten a la escuela, los alumnos pueden ser, si son fieles a su profesión, misioneros vivos para Dios. Todo esto llevará tiempo; pero el tiempo así empleado es de provecho, porque así aprende el alumno a presentar el cristianismo al mundo.

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Cristo no rehusó alternar con otros en trato amistoso. Cuando era invitado a un banquete por un fariseo o un publicano, aceptaba la invitación. En tales ocasiones cada palabra que pronunciaba tenía sabor de vida para sus oyentes; porque hacía de la hora de la comida una ocasión para impartir muchas lecciones preciosas adaptadas a sus necesidades. De este modo Cristo enseñó a sus discípulos cómo debían conducirse cuando se hallasen en compañía, tanto de los que no eran religiosos, como de los que lo eran. Por su ejemplo, les enseñó que al asistir a alguna reunión pública, su conversación no tenía por qué ser como la que se solía sostener en tales casos.

Si el Señor Jesús habita en el alma de los alumnos cuando estos se sientan a la mesa, saldrán del cofre de su corazón palabras puras y elevadoras. Si Cristo no habita allí, eso se manifestará en la frivolidad, en las chanzas y en los chistes; habrá una distracción que estorbará el crecimiento espiritual y causará pesar a los ángeles de Dios. La lengua es un miembro ingobernable; pero no debiera ser así. Se la debe convertir pues el talento del habla es valiosísimo. Cristo está siempre dispuesto a impartir sus riquezas y nosotros debiéramos adquirir las joyas que proceden de él, a fin de que cuando hablemos esas joyas se desprendan de nuestros labios.

El temperamento, las peculiaridades personales, los hábitos mediante los cuales se desarrolla el carácter, todo lo que se práctica en el hogar, se revelará de por sí en todas las relaciones de la vida. Las inclinaciones secretas culminarán en pensamientos, palabras y acciones del mismo carácter. Si cada alumno de los que componen la familia escolar, se esforzara por reprimir toda palabra impropia y descortés, y por hablar a todos con respeto; si tuviera presente que se está preparando para ser miembro de la familia celestial; si protegiera su influencia por medio de sagrados centinelas de modo que no apartase a nadie de Cristo; si se esforzara para que cada acto de su vida hiciese públicas las alabanzas de Aquel que lo ha llamado de las tinieblas a su luz admirable, ¡qué influencia reformadora provendría de cada hogar escolar!

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Ejercicios religiosos

De todas las facetas de la educación que se ha de impartir en los internados de nuestros colegios, los ejercicios religiosos son los más importantes. Debe considerárselos con la mayor solemnidad y reverencia, si bien se les ha de añadir, hasta donde sea posible todo aquello que los haga agradables. No se los debe prolongar al extremo de que se vuelvan tediosos, por cuanto la impresión grabada así en la mente de los jóvenes les haría asociar la religión con todo lo que es árido y desprovisto de interés; e induciría a decidirse por el partido del enemigo a muchos que, si fuesen debidamente enseñados llegarían a beneficiar al mundo y a la iglesia.

A menos que sean sabiamente dispuestos y vitalizados, además, por el Espíritu Santo, las reuniones del sábado, el culto de la mañana y de la tarde, en el hogar y en la capilla; llegarán a ser los ejercicios más formalistas, desagradables, carentes de atractivo, y, para los jóvenes, serán los más incómodos de todos los ejercicios escolares. Las reuniones de testimonios y todos los demás cultos religiosos debieran prepararse y dirigirse de tal modo que no sólo sean provechosos sino tan agradables que resulen positivamente atrayentes. Orar juntos ligará los corazones con Dios por medio de lazos que perdurarán; confesar a Cristo franca y valientemente, mostrando en nuestro carácter su mansedumbre, humildad y amor; contagiará a otros con la belleza de la santidad.

En todas estas ocasiones debiera ensalzarse a Cristo como “señalado entre diez mil”, como Aquel que es “todo él codiciable”. Cantares 5:10, 16 ¿Debiera presentársele como la Fuente de todo verdadero placer y satisfacción, como el Dador de toda dádiva buena y perfecta, como el Autor de toda bendición, como Aquel en quien están concentradas todas nuestras esperanzas de vida eterna. Aparezcan en todo ejercicio religioso el amor de Dios y el gozo de la experiencia cristiana en su verdadera belleza. Preséntese al Salvador como el que restaura del efecto toda consecuencia del pecado.

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Tatiana Patrasco