Testimonios para la Iglesia, Vol. 6, p. 199-208, día 358

Separación del mundo

Cuando los hijos de Israel fueron separados de entre los egipcios, el Señor dijo: “Pues yo pasaré aquella noche por la tierra de Egipto… así de los hombres como de las bestias: y ejecutare mis juicios en todos los dioses de Egipto. Yo Jehová… Y tomad un manojo de hisopo, y mojadlo en la sangre que estará en un lebrillo, y untad el dintel y los dos postes con la sangre que estará en el lebrillo; y ninguno de vosotros salga de las puertas de su casa hasta la mañana. Porque Jehová pasará hiriendo a los egipcios; y cuando vea la sangre en el dintel y en los dos postes, pasará Jehová aquella puerta, y no dejará entrar al heridor en vuestras casas para herir. Guardaréis esto por estatuto para vosotros y para vuestros hijos para siempre”. Éxodo 12:12, 22, 24. La sangre puesta sobre el dintel de la puerta simbolizaba la sangre de Cristo, el único que salvó a los primogénitos hebreos de la calamidad. Todo hijo de hebreos hallado en una vivienda egipcia fue destruido.

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Este incidente de la historia de los israelitas se registró para la enseñanza de los que vivan en los últimos días. Antes que el azote llegue como avenida de aguas sobre los habitantes de la tierra, el Señor exhorta a todos los que son israelitas espirituales de verdad a prepararse para aquel suceso. A los padres les hace llegar este grito de alarma: Juntad a vuestros hijos en vuestros hogares; separadlos de aquellos que desprecian los mandamientos de Dios, que enseñan y practican lo malo. Salid de las grandes ciudades tan pronto como os sea posible. Estableced escuelas de iglesia. Dad a vuestros hijos la Palabra de Dios por fundamento de toda su educación. Ella está llena de hermosas lecciones y si los alumnos la convierten en tema de estudio en el curso primario de esta vida, estarán preparados para el curso superior en la por venir.

La Palabra de Dios nos habla así: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿y qué concordia Cristo con Belial? ¿o qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios con los ídolos? porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré en ellos; y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Por lo cual salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso”. 2 Corintios 6:14-18. ¿Dónde están vuestros hijos? ¿Los estáis educando para que disciernan y eviten las corrupciones que imperan en el mundo por la concupiscencia? ¿Estáis tratando de salvar sus almas, o por vuestra negligencia estáis colaborando con su destrucción?

Los niños descuidados

En general, no se ha prestado suficiente atención a nuestros menores y adolescentes. Los miembros de mayor edad de la iglesia no los han mirado con ternura y simpatía, con deseos de que progresen en la vida santificada, y, por lo tanto, los menores han dejado de desarrollarse en la vida cristiana como debieran haberlo hecho. Algunos miembros de la iglesia que en el pasado amaron y temieron a Dios permiten ahora que sus negocios lo absorban todo y esconden su luz debajo de un almud. Se han olvidado de servir a Dios y están haciendo de sus negocios la tumba de su religión.

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¿Ha de permitirse que los adolescentes sean llevados de aquí para allá, que se desanimen y que caigan en las tentaciones que por doquier los acechan para enredar sus incautos pies? La obra que se halla más a mano de los miembros de nuestras iglesias es la de interesarse en nuestros jóvenes y con bondad, paciencia y ternura enseñarles renglón tras renglón y precepto tras precepto. ¡Oh! ¿Dónde están los padres y las madres de Israel? Debieran ser muchos los que, como dispensadores de la gracia de Cristo, manifiesten por los jóvenes un interés especial, y no meramente casual. Muchos debieran sentirse conmovidos por la situación lastimosa en que se encuentran nuestros jóvenes, y darse cuenta de que Satanás se vale de toda artimaña imaginable para atraparlos en sus redes. Dios pide definidamente que la iglesia se despierte de su letargo y discierna el servicio que se le exige en este tiempo de peligro.

Los ojos de nuestros hermanos y hermanas deben ser ungidos con el colirio celestial a fin de que vean las necesidades del momento. Los corderos del rebaño necesitan ser apacentados, y el Señor del cielo observa para ver quién hace la obra que él quiere que se haga en favor de los niños y los jóvenes. La Iglesia duerme y no se percata de la magnitud de este asunto. Alguien dirá: “¿Qué necesidad hay de ser tan escrupuloso en educar a nuestros jóvenes de manera cabal? Me parece que si unos cuantos de los que hayan decidido seguir alguna vocación literaria o alguna otra carrera que exige cierta disciplina, reciben atención especial, es todo lo que se necesita. No es necesario que todos nuestros jóvenes sean tan bien enseñados. ¿No bastará, acaso, la completa educación de unos cuantos para todo requerimiento esencial?”

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No, respondo, y lo recalco enérgicamente. ¿Qué selección podríamos hacer entre nuestros jóvenes? ¿Cómo podríamos decir nosotros quién habría de ser el más promisorio, quién habría de rendir a Dios el mejor servicio? Con nuestro juicio humano, haríamos lo que hizo Samuel, quien, al ser enviado en busca del ungido del Señor, miró a la apariencia exterior. Pero el Señor le dijo: “No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón”. 1 Samuel 16:7. A ninguno de los hijos de Isaí, de parecer noble, aceptaba el Señor; mas cuando David, el hijo menor, un simple pastor de ovejas, fue traído del campo y pasó ante Samuel, el Señor dijo: “Levántate y úngelo, que este es”. ¿Quién podría determinar cuál joven miembro de una familia, resultaría un eficiente servidor en la obra de Dios? Se debe permitir a todos los jóvenes gozar de los beneficios y privilegios de la educación en nuestras escuelas, a fin de que reciban estímulo para ser colaboradores de Dios.

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Se necesitan escuelas de iglesia

Muchas familias que con el objeto de educar a sus hijos se trasladan a los lugares donde están establecidas nuestras escuelas principales prestarían mejor servicio al Maestro si se quedaran donde se encuentran. Debieran animar a la iglesia de la cual son miembros a establecer una escuela de iglesia donde los niños que habiten dentro de sus confines puedan recibir una educación cristiana perfecta y práctica. Sería muchísimo mejor para sus hijos, para ellos mismos y para la causa de Dios, si se quedaran en las iglesias más pequeñas, donde más se necesita su ayuda; en lugar de ir a las más grandes, donde, a causa de que no se les necesita, existe la constante tentación a caer en la inercia espiritual.

Dondequiera que haya unos cuantos observadores del sábado, los padres deben unirse para habilitar un lugar destinado a una escuela de iglesia donde sus menores y los adolescentes puedan ser enseñados. Deben emplear a un maestro cristiano que, como consagrado misionero, eduque a los niños de manera que los encamine hacia la vocación misionera. Se deben contratar maestros que impartan una educación apropiada en los ramos comunes, haciendo de la Biblia el fundamento y el centro de todo estudio. Los padres deben ceñirse la armadura, y mediante su propio ejemplo enseñar a sus hijos a ser misioneros. Deben trabajar mientras dure el día; porque “la noche viene, cuando nadie puede trabajar”. Juan 9:4. Si quieren hacer esfuerzos abnegados, enseñando con perseverancia a sus hijos a llevar responsabilidades, el Señor obrará con ellos.

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Algunas familias de observadores del sábado viven aisladas o muy separadas de otras de la misma fe. Ocasionalmente han enviado a sus hijos a nuestras escuelas de internos, donde recibieron marcado beneficio, regresando después para ser una bendición en su propio hogar. Pero algunas no pueden enviar a sus hijos lejos del hogar para que se eduquen. En tales casos, los padres deben hacer lo posible por emplear a un maestro de vida religiosa ejemplar, para quien sea agradable trabajar por el Maestro en cualquier actividad y que esté dispuesto a cultivar cualquier porción de la viña del Señor. Los padres y las madres deben cooperar con el maestro, trabajando fervorosamente por la conversión de sus hijos. Procuren ellos mantener vivo y lozano el interés espiritual en el hogar y criar a sus hijos en la disciplina y amonestación del Señor. Consagren una parte de cada día al estudio, haciéndose estudiantes con sus hijos. De esta manera pueden convertir la hora destinada a la educación en momentos de quietud y provecho, y aumentará su confianza en este método para obtener la salvación de sus hijos. Los padres hallarán que su crecimiento personal será más rápido a medida que aprendan a trabajar en favor de sus hijos. Al trabajar con humildad, desaparecerá la incredulidad. La fe y la actividad impartirán una confianza y satisfacción que aumentarán de día en día, a medida que continúen tratando de conocer al Señor y haciendo que otros lo conozcan. Sus oraciones se volverán fervientes, porque tendrán algún objeto definido por el cual orar.

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En algunos países, la ley obliga a los padres a enviar sus hijos a la escuela. En esos países se debieran establecer escuelas en las localidades donde haya iglesias, aun en el caso en que hubiera sólo seis niños para asistir a cada una de ellas. Trabajad para impedir que vuestros hijos se ahoguen en las influencias viciosas y corruptoras del mundo, como si estuvierais trabajando por vuestra propia vida.

Estamos muy atrasados en el cumplimiento de nuestro deber en este importante asunto. En muchos lugares hace años que debieran estar funcionando escuelas. Muchas localidades habrían tenido así representantes de la verdad que podrían haber proyectado una mejor imagen del carácter de la obra del Señor. En vez de concentrar tantos edificios imponentes en unos pocos lugares, habría sido mejor establecer escuelas en muchas localidades.

Establézcanse ahora dichas escuelas con sabia dirección para que los niños y jóvenes sean educados en sus propias iglesias. Es una hiriente ofensa contra Dios el hecho de que haya existido tanto descuido en esto, cuando la Providencia nos ha concedido tan abundantes facilidades para trabajar. Pero, aunque en el pasado no hemos hecho lo que debíamos en favor de nuestros jóvenes y niños, arrepintámonos ahora y redimamos el tiempo. El Señor dice: “Venid luego… y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos: si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana. Si quisiereis y oyereis, comeréis el bien de la tierra”. Isaías 1:18, 19.

El carácter de las escuelas de iglesia y sus maestros

El carácter de la obra efectuada en nuestras escuelas de iglesia debe ser lo más elevado. Jesucristo, el Restaurador, es el único remedio para una educación incorrecta y las lecciones enseñadas en su Palabra debieran presentarse siempre a los jóvenes en la forma más atrayente. La disciplina escolar debe completar la enseñanza doméstica, y tanto en el hogar como en la escuela es necesario conservar la sencillez y la piedad. Se hallará a hombres y mujeres de talento para trabajar en estas escuelas pequeñas, pero que no pueden hacerlo con ventaja en las más grandes. Al practicar las lecciones bíblicas; obtendrán para sí mismos una educación del más elevado valor.

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Al escoger maestros, es indispensable proceder con extrema precaución, sabiendo que éste es un asunto tan solemne como el de escoger personas para el ministerio. Hombres entendidos, capaces de discernir el carácter, deben hacer la elección; porque se requiere el mejor talento que pueda obtenerse para educar y amoldar las inteligencias de los jóvenes. Asimismo para llevar a cabo con éxito los múltiples aspectos de labor en que será necesario que el maestro se ocupe en nuestras escuelas de iglesia. No debiera ponerse al frente de estas escuelas a persona alguna de miras intelectuales inferiores o estrechas. No se ponga a los niños bajo la dirección de maestros jóvenes e inexpertos que carezcan de capacidad administrativa; pues sus esfuerzos se inclinarán a la desorganización. El orden es la primera ley del cielo, y cada escuela debe ser en este respecto un trasunto del cielo.

Poner a los niños bajo la dirección de maestros altivos y adustos es una crueldad. Un maestro de esta clase perjudicará mucho a los que están desarrollando rápidamente su carácter. Si los maestros no se someten a Dios, si no tienen amor por los niños a ellos confiados, o si demuestran parcialidad por los que concuerdan con sus ideas y manifiestan indiferencia hacia los que son menos atractivos o por los que son inquietos y nerviosos, no deben ser empleados; pues el resultado de su trabajo será una pérdida de almas para Cristo.

Se necesitan maestros, especialmente para los niños, que sean apacibles y bondadosos; y que manifiesten indulgencia y amor precisamente por aquellos que más lo necesiten. Jesús ama a los niños; los considera como los miembros más jóvenes de la familia del Señor. Él siempre los trató con bondad y respeto, y los maestros han de seguir su ejemplo. Debieran poseer el verdadero espíritu misionero; pues los niños deben prepararse para ser misioneros. Los maestros deben sentir que el Señor les ha confiado, en solemne custodia, las almas de los niños y jóvenes.

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Nuestras escuelas de iglesia necesitan maestros que tengan elevadas cualidades morales; maestros en quienes se pueda confiar; que sean de fe sana y tengan tacto y paciencia; que anden con Dios y se abstengan de toda apariencia de mal. En su trabajo habrá nubes y oscuridad, borrascas y tempestades. Tendrán que afrontar prejuicios provenientes de padres que tienen ideas incorrectas respecto al carácter que deben adquirir sus hijos; pues hay muchos que aseveran creer en la Biblia al paso que dejan de sembrar sus principios en la vida doméstica. Con todo, si los maestros son alumnos perseverantes en la escuela de Cristo, estas circunstancias no los vencerán.

Busquen los padres al Señor con fervor intenso, para que no sean piedras de tropiezo en el camino de sus hijos. Desalójense del corazón la envidia y los celos y que la paz de Cristo venga a reemplazarlos para unir a los miembros de la iglesia en verdadera comunión cristiana. Ciérrense las ventanas del alma a los ponzoñosos miasmas de la tierra y ábranse hacia el cielo, para recibir los rayos sanadores del sol de la justicia de Cristo. Mientras que el espíritu de crítica y suspicacia no sea desalojado del corazón, el Señor no podrá hacer por la iglesia lo que él anhela conseguir en lo que se refiere a abrir el camino para el establecimiento de escuelas. Mientras no haya unión, el Señor no obrará en aquellos a quienes confió recursos y capacidad para hacer adelantar esta obra. Los padres deben alcanzar una norma más elevada, seguir el camino del Señor y practicar la justicia para ser portadores de luz. Debe haber una transformación completa de la mente y del carácter. Un espíritu de desunión, albergado en el corazón de unos pocos, se transmitirá de por sí a otros y destruirá la buena influencia que podría ejercer la escuela. Si los padres no están bien dispuestos y ansiosos de cooperar con el maestro para la salvación de sus hijos, tampoco estarán preparados para que haya una escuela entre ellos.

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Resultado de la obra de las escuelas de iglesia

Debidamente dirigidas, las escuelas de iglesia serán los medios de levantar el estandarte de la verdad en los lugares donde se establezcan; pues gracias a ellas los niños que estén recibiendo una educación cristiana serán testigos de Cristo. Así como Jesús aclaró en el templo los misterios que sacerdotes y príncipes no habían discernido; en la obra final de esta tierra los niños que hayan sido debidamente educados pronunciarán, en su sencillez, palabras que asombrarán a quienes ahora hablan de “educación superior”. Así como los niños cantaron en los atrios del templo “¡Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor”, en estos últimos días las voces infantiles se elevarán para dar el último mensaje de amonestación a un mundo que perece. Cuando los agentes celestiales vean que no se permite más a los hombres presentar la verdad, el Espíritu de Dios descenderá sobre los niños y ellos harán la proclamación de la verdad, una labor que los obreros de más edad no podrán hacer, por cuanto su camino estará cerrado.

Nuestras escuelas de iglesia han sido instituidas por Dios con el fin de preparar a los niños para esta gran obra. En se debe educar los niños en las verdades especiales para este tiempo y en la obra misionera práctica. Ellos han de alistarse en el ejército de obreros, para auxiliar a los enfermos y a los que sufren. Los niños pueden tomar parte en la obra médica misionera y mediante sus “jotas y tildes” pueden contribuir a llevarla adelante. Sus aportes podrán ser pequeños, pero todo poquito ayuda, sin embargo, por medio de sus esfuerzos muchas paersonas serán ganadas para la verdad. Por su intermedio se hará notorio el mensaje de Dios y su salud salvadora para a todas las naciones. Por lo tanto, preocúpese la iglesia de los corderos del rebaño. Sean los niños educados y preparados para servir a Dios, pues ellos son la heredad del Señor.

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Hace años que debieran haberse levantado edificios apropiados para escuelas de iglesia, donde los niños y jóvenes puedan recibir verdadera educación.

Los libros de texto que se emplean en nuestras escuelas de iglesia deben ser de naturaleza tal, que llamen la atención hacia la ley de Dios. De esta manera, la luz, la fuerza y el poder de la verdad serán magnificados. Jóvenes procedentes del mundo, y hasta algunos cuyas mentes se habían depravado, se unirán a estas escuelas y en ellas se convertirán. Su testimonio en favor de la verdad podrá ser obstaculizado por algún tiempo por las falsas teorías acariciadas por algunos padres, pero al fin la verdad triunfara. Se me ha dado instrucción para que diga que esta clase de obra misionera tendrá una influencia eficaz en cuanto a difundir luz y conocimientos.

¡Cuán importante es que las familias que se radican donde hay una escuela, sean buenas representantes de nuestra fe!

Las iglesias con escuelas, pueden temblar al ver cómo se les confiaron responsabilidades morales demasiado grandes para que se puedan expresar en palabras. ¿Habrá de fracasar o languidecer por falta de obreros consagrados esta obra que se inició tan noblemente? ¿Hallarán cabida en esta empresa, proyectos y ambiciones egoístas? ¿Permitirán los obreros que la falta de piedad y el amor a la ganancia y a la comodidad destierren a Cristo de su corazón y le excluyan de la escuela? No lo permita Dios. La obra ya ha progresado mucho. En los asuntos educativos todo está en orden para que se realice una reforma ferviente en favor de la educación más eficaz y verdadera. ¿Aceptará nuestro pueblo este cometido santo? ¿Se humillará a sí mismo al pie del Calvario, dispuesto a todo sacrificio y servicio?

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Los padres y maestros deben procurar con todo fervor la sabiduría que Jesús está siempre dispuesto a darles; porque están tratando con mentes humanas en el momento más interesante e impresionable de su desarrollo. Deben procurar cultivar de tal manera las preferencias de los jóvenes, para que en cada etapa de su vida puedan representar la belleza natural propoia de ese período, algo que se desarrollará gradualmente, como lo hacen las plantas y las flores en el jardín.

La dirección e instrucción de los niños es la obra misionera más noble que cualquier hombre o mujer pueda emprender. Mediante el debido empleo de objetos, deben hacerse muy claras las lecciones, a fin de que puedan dirigir las mentes de la naturaleza, al Dios de la naturaleza. Debemos tener en nuestras escuelas personas que posean tacto y habilidad para realizar esta labor y sembrar así las semillas de verdad. Únicamente el gran día de Dios podrá revelar el bien que logrará esta obra.

Debe emplearse maestros con talento especial en la educación de los pequeñuelos. Muchos ponen el pesebre a cierta altura, y dan alimento a las ovejas; pero es asunto más difícil poner el pesebre más bajo y apacentar a los corderos. Esta es una lección que necesitan aprender los maestros de escuela primaria.

Es necesario educar el ojo de la mente, o el niño hallará placer en la contemplación del mal.

A veces los maestros deben participar en los deportes y juegos de los niños pequeños, y enseñarles a jugar. De esta manera estarán en situación de refrenar los sentimientos y los actos desprovistos de bondad, sin aparentar criticar ni censurar. Este compañerismo vinculará los corazones de maestros y alumnos, y la escuela proporcionará deleite a todos.

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Los maestros deben amar a los niños porque son los miembros más jóvenes de la familia del Señor. El Señor les preguntará a ellos de igual manera que a los padres: “¿Dónde está el rebaño que te fue dado, tu hermosa grey?” Jeremías 13:20.

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Tatiana Patrasco