Testimonios para la Iglesia, Vol. 6, p. 209-218, día 359

La administración de los colegios y las finanzas

Desearía tener mejor dominio del lenguaje para poder expresar claramente la importancia de la debida administración de nuestras escuelas. Todos debieran considerar que nuestras escuelas son los medios por los cuales el Señor quiere darse a conocer. Por doquiera se necesitan hombres y mujeres que hagan las veces de conductos de luz. La verdad de Dios tiene que llevarse a todos los países, a fin de que todos sean iluminados por ella.

Por ser el pueblo que tiene más luz, debiéramos idear medios para formar un ejército de misioneros educados que ingresen en los diferentes departamentos de la obra de Dios. Necesitamos jóvenes y señoritas bien disciplinados y educados en nuestras escuelas y sanatorios, en la obra misionera médica y en las casas editoras de diversos lugares, y en el campo en general. Necesitamos jóvenes que por su excelente cultura intelectual sean idóneos para hacer una buena obra para el Señor. Hemos conseguido algo en el sentido de alcanzar esta norma, pero aún así estamos muy por debajo de lo que el Señor ha indicado. Como iglesia y como individuos, si queremos estar sin culpa en el juicio, debemos hacer esfuerzos más definidos para educar a nuestra juventud, a fin de que esté mejor preparada para los diversos ramos de la gran obra que se nos ha confiado. Como pueblo que tiene gran luz, debiéramos hacer planes sabios a fin de que las inteligencias de los que poseen talento se fortalezcan, disciplinen y pulan. Así la obra de Cristo no será estorbada por falta de obreros expertos que hagan su trabajo con fervor y fidelidad.

Algunos se contentarían con dar una educación esmerada a un número limitado de jóvenes muy promisorios; pero todos nuestros jóvenes necesitan educarse a fin de estar preparados para ser útiles en esta vida, capacitados para ocupar puestos de responsabilidad tanto en la vida privada como en la publica. Hay gran necesidad de planes para proveer muchos obreros competentes, y numerosas personas jóvenes harían bien en prepararse para ser maestros que a su vez participen en la preparación de otros para la gran obra futura. La iglesia debe considerar la situación, y por su influencia y sus recursos tratar de alcanzar este tan deseado fin.

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Libres de deudas

A fin de que nuestros colegios cumplan noblemente el propósito para el cual fueron establecidos, es necesario que esén libres de deudas. No se debe permitir que lleven la carga de pagar intereses. Al establecer colegios destinados a preparar obreros, especialmente en campos nuevos donde los hermanos son pocos y sus recursos limitados; en vez de retardar la obra, sería mejor suscribir préstamos entre las personas interesadas en el proyecto. Sin embargo, siempre que sea posible hacerlo, nuestras instituciones deben inaugurarse libres de deudas.

El Señor tiene en las manos de sus instrumentos humanos, recursos para su obra. Mientras nuestras escuelas mantengan deudas contraídas en el establecimiento de las mismas, en la construcción de los edificios y en la provisión de las instalaciones necesarias; es nuestro deber presentar el caso a nuestros hermanos y pedirles que reduzcan dichas deudas. Nuestros ministros debieran sentir una responsabilidad definida por esta obra. Debieran estimular a todos a trabajar armoniosamente, y a contribuir según su capacidad. Si esta tarea se hubiera emprendido con fidelidad y diligencia en el pasado, las deudas que pesan sobre nuestros colegios más antiguos, podrían haberse cancelado hace mucho.

Economía

En la construcción de edificios escolares, en la adquisición de sus equipos y en cada pormenor de la administración, debe practicarse la más estricta economía. Nuestros colegios no deben dirigirse con sujeción a planes estrechos o egoístas. Tienen que ser tan semejantes a un hogar como sea posible, y en cada detalle deben enseñar lecciones adecuadas de sencillez, utilidad, moderación y economía.

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Los alumnos están en nuestras escuelas para recibir una preparación especial y familiarizarse con todos los ramos de trabajo manual, de modo que si tuvieran que ir como misioneros puedan valerse por sí mismos y ser aptos, merced a sus perfeccionadas aptitudes, para proporcionarse las comodidades y facilidades necesarias. Sean hombres o mujeres, deben aprender a remendar, lavar y tener en orden su ropa. Deben ser capaces de preparar su comida. Deben familiarizarse con la agricultura y con los trabajos de mecánica. De este modo pueden reducir sus gastos y con su ejemplo inculcar principios de moderación y economía. Estas lecciones pueden enseñarse mejor cuando se práctica concienzudamente el ahorro en todas las cosas.

No solo a causa del bienestar financiero de los colegios, sino también como educación para los alumnos, debiera estudiarse fielmente la economía y aplicársela concienzuda y diligentemente. Los administradores deben vigilar cuidadosamente cada detalle a fin de que no haya gastos innecesarios que ocasionen deudas al colegio. Todo alumno que ame a Dios por sobre todas las cosas, ayudará a llevar la responsabilidad en este asunto. Los que han sido enseñados a proceder así, podrán demostrar por precepto y ejemplo a aquellos con quienes se pongan en contacto, los principios enseñados por nuestro abnegado Redentor. La satisfacción de sí mismo es un mal peligroso y debe dominarse.

Algunos prefieren que los alumnos no conozcan la situación financiera apremiante de los colegios. Pero será muchísimo mejor que vean y comprendan nuestra falta de recursos, porque así podrán ayudar en la práctica de la economía. Muchos de los que asisten a nuestros colegios provienen de hogares sin lujo alguno, donde se acostumbraron a comer alimentos sencillos, sin excesos. ¿Qué influencia tendrá nuestro ejemplo sobre ellos? Enseñémosles que mientras tenemos muchas maneras de emplear nuestros recursos, miles están hundidos en la mayor miseria, muriendo a causa de plagas, hambre, derramamientos de sangre e incendios. Conviene que cada uno piense cuidadosamente y que no adquiera cosas innecesarias sólo con el fin de satisfacer el apetito, o con el deseo de aparentar.

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Si nuestros colegios son dirigidos como es debido, las deudas no se amontonarán y hasta podrán los alumnos gozar de comodidad y la mesa surtirse de alimentos abundantes, buenos y sustanciosos. Jamás debe el deseo de ahorrar inducirnos a proporcionar comidas escasas. Los alumnos deben tener abundancia de alimentos saludables. Pero los que estén encargados de cocinar deben saber recoger lo que sobra para que nada se pierda.

Se debiera enseñar a los alumnos a proteger cuidadosamente las cosas que les pertenecen como también las del colegio. Se les debiera inculcar la obligación de evitar cualquier gasto innecesario, tanto en la escuela como cuando van y vienen de sus casas. La abnegación es esencial. Debemos prestar oídos a la instrucción recibida, porque nos estamos acercando al fin del tiempo. Cada vez estaremos más obligados a hacer planes para economizar. No podemos administrar las cosas como si tuviésemos un banco de donde sacar en caso de emergencia; por lo tanto; no debemos meternos en aprietos. Como individuos y administradores de las instituciones del Señor, tenemos necesariamente que suprimir todo lo que tenga carácter ostentoso y ajustar nuestros gastos dentro del estrecho círculo de los ingresos.

La administración eficiente

En algunos de nuestros colegios, la administración financiera puede mejorar mucho. Debe aplicarse a la obra más prudencia y reflexión. Deben introducirse métodos prácticos para controlar el aumento de los gastos, los cuales llevarían a endeudarse. En Battle Creek y College View se ha gastado en general demasiado dinero en construcciones, y más de lo que era necesario para amueblar los internados.

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Cuando los administradores de un colegio encuentran que éste no produce para cubrir sus gastos, y las deudas se acumulan, deben proceder como serenos hombres de negocios y cambiar sus métodos y planes. Cuando después de un año se haya demostrado que la administración financiera ha sido desacertada, hágase oír la voz de la prudencia. Haya entonces una reforma resuelta. Los maestros pueden manifestar una dignidad propia de Cristo al trazar e idear planes serios y sólidos para mejorar el estado de cosas. Deben apoyar de todo corazón los planes de los administradores y compartir sus cargas.

Tarifas escolares demasiado bajas

En algunos de nuestros colegios las tarifas de la enseñanza son demasiado bajas. Esto, en muchos sentidos, ha prejudicado la obra educativa. Ha ocasionado deudas desalentadoras; ha afectado la administración con la constante sospecha de malos cálculos, falta de economía y planes desacertados; ha sido muy desalentador para los maestros e induce a exigir precios proporcionalmente bajos en otras escuelas. Cualquiera que haya sido el propósito al establecer la tarifa de la enseñanza en una suma menor que los costos, el hecho de que un colegio se haya endeudado mucho constituye una razón suficiente para reconsiderar los planes y fijar los precios, de modo que en el futuro las cosas vayan mejor. La cantidad cobrada por la enseñanza, comida y alojamiento, debiera bastar para el pago de los sueldos del personal docente, para surtir la mesa con abundancia de alimentos saludables y nutritivos, para conservar los muebles de las habitaciones y para mantener reparado el edificio y hacer frente a otros gastos corrientes que sean necesarios. Este es un asunto importante y no requiere un cálculo elaborado, sino una investigación cuidadosa. Se necesita el consejo del Señor. El colegio debiera tener ingresos suficientes no sólo para pagar los gastos corrientes necesarios, sino también para proporcionar a los alumnos durante el curso escolar algunas cosas esenciales para su desarrollo.

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No se debe acumular las deudas año tras año. La mejor educación que pueda impartirse consiste en evitar las deudas así como se evitaría la enfermedad. Cuando pasa un año tras otro y no hay señales de que la deuda disminuya, sino más bien que aumente, debe hacerse un alto. Digan los administradores: “Nos negamos a dirigir el colegio por más tiempo a no ser que se provea algún plan seguro”. Será mejor, sí, mucho mejor, cerrar el colegio hasta que los administradores aprendan la ciencia de hacerlo funcionar sobre uina base de solvencia. Por causa de Cristo, como pueblo escogido de Dios, dedicaos a la tarea de establecer un sólido sistema financiero en nuestras instituciones.

Siempre que sea necesario elevar las tarifas en algún colegio, primero hay que someter el asunto a los patrocinadores de la institución, y explicarles que los precios se fijaron a un nivel demasiado bajo y como resultado, las deudas se acumularon y estorban la obra. Aumentar debidamente los precios por concepto de enseñanza, disminuirá posiblemente la matrícula; pero una numerosa asistencia no debiera causar tanto regocijo como el estar libres de deuda.

Uno de los resultados de los costos inferiores de enseñanza que regían en Battle Creek ha sido la concentración en un solo sitio de un gran número de alumnos y familias, mayor que el aconsejado por la prudencia. Si los dos tercios de las personas que viven en Battle Creek fueran testigos del Señor en otras localidades, tendrían un mayor espacio para crecer. Se habrían visto mejores resultados si una parte del tiempo y de la energía dedicados a mantener en buenas condiciones higiénicas la gran institución de Battle Creek se hubiese empleado en colegios de otras localidades donde hay espacio para llevar a cabo trabajos agrícolas que podrían incorporarse como una parte de la misma educación. Si hubiese habido voluntad para seguir los caminos del Señor y sus planes, muchos establecimientos estarían ahora desarrollándose en otros lugares. Vez tras vez nos ha llegado la palabra del Señor diciéndonos que debieran levantarse templos y colegios en otras localidades, que había ya un número excesivo de instituciones en un solo lugar. La instrucción dada es: salga la gente de los grandes centros y establezca facilidades en otros lugares. Si se hubiese prestado oído a esta instrucción, si hubiese habido una distribución de medios y facilidades, el dinero empleado en los edificios adicionales del colegio de Battle Creek habría servido sobradamente para dos nuevos edificios en otras localidades. Así el árbol habría crecido y llevado fruto en una forma que no ha sido posible porque los hombres prefirieron seguir su propia sabiduría.

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Nuestros hermanos dicen que de parte de pastores y padres llegan informes y solicitudes suplicantes acerca de que veintenas de jóvenes de la iglesia necesitan los beneficios de nuestras escuelas preparatorias y no pueden asistir a menos que el costo de la enseñanza sea más bajo. Pero quienes abogan por precios reducidos debieran pesar con cuidado el asunto en todas sus dimensiones. Si los alumnos no pueden disponer por sí mismos de medios suficientes para pagar los gastos reales de un buen trabajo para su educación, ¿no es mejor que sus padres, sus amigos, las iglesias a que pertenecen, o algunos hermanos generosos de su asociación les ayuden, en vez de dejar que se acumule una deuda sobre la escuela? Será mucho mejor que los numerosos alumnos de la institución compartan los gastos, y no que la escuela funcione con deudas.

Se han de idear métodos para impedir la acumulación de deudas sobre nuestras instituciones. No debe hacerse sufrir a la causa entera por deudas que no se cancelarán, a menos que haya un cambio completo y la obra se rija por principios diferentes. Que todos los que han tenido una parte en atraer sobre sí esta nube de deudas, sientan ahora que es su deber hacer todo cuanto puedan para que desaparezca.

Ayuda para estudiantes promisorios

Las iglesias de diferentes localidades deben sentir que pesa sobre ellas una solemne responsabilidad referente a la preparación de jóvenes talentosos que se dediquen a la obra misionera. Cuando se vea que hay en la iglesia personas promisorias que pudieran desarrollarse como obreros de provecho, pero que no pueden sufragar sus gastos escolares, se debería asumir la responsabilidad de enviarlos a alguna de nuestras escuelas preparatorias. Existen en las iglesias excelentes talentos que es necesario aprovechar. Hay personas que prestarían un buen servicio en la viña del Señor, pero que son demasiado pobres para obtener, sin ninguna ayuda, la educación que necesitan. Las iglesias debieran considerar un privilegio contribuir a costear los gastos de tales personas.

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Aquellos que tienen la verdad en su corazón serán siempre generosos y ayudarán donde es necesario. Si ellos comienzan a prestar su ayuda, otros imitarán su ejemplo. Si hay quienes debieran gozar de los beneficios de una educación, pero no pueden pagar el precio completo de la enseñanza, entonces manifiesten las iglesias su liberalidad ayudándoles.

Aparte de esto, en cada asociación debiera establecerse un fondo para hacer préstamos a alumnos pobres, pero meritorios, que desean dedicarse a la obra misionera, y en algunos casos estos también debieran recibir donativos. Cuando empezó a funcionar el Colegio de Battle Creek, había un fondo en la Review and Herald para beneficio de los que deseaban obtener una educación en nuestros colegios, pero que carecían de recursos. Varios alumnos se valieron de tal fondo hasta lograr estabilizarse; luego, con sus ingresos reponían lo utilizado para que otros se beneficiaran con esos recursos. Los jóvenes deben comprender claramente que tienen que abrirse camino por sí mismos hasta donde sea posible y costear así sus gastos. Lo que poco cuesta será tenido en poco; pero todo aquello por lo cual se pague un precio que se aproxime a su verdadero valor, será apreciado en proporción.

Cómo enseñar la confianza en sí mismo

Por precepto y ejemplo enseñad la abnegación, la economía, la generosidad y la autosuficiencia. Todo aquel que posea un carácter firme estará capacitado para hacer frente a las dificultades y listo para obedecer un “Así dice Jehová”. La gente no está preparada para comprender su obligación con Dios hasta no haber aprendido en la escuela de Cristo a llevar su yugo de restricción y obediencia. El sacrificio se encuentra en el comienzo mismo de nuestra obra de hacer progresar la verdad y de establecer instituciones. Es una parte esencial de la educación. El sacrificio debe llegar a ser habitual en la formación de nuestro carácter en esta vida, si queremos tener un edificio no hecho con manos; eterno, en los cielos.

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Las ideas erróneas relativas al uso del dinero exponen a los jóvenes a muchos peligros. No se los debe mantener ni suministrárseles dinero como si hubiese una provisión inagotable de la cual pueden hacer retiros para satisfacer cualquier necesidad imaginaria. Se ha de considerar al dinero como un don que Dios nos ha confiado para llevar a cabo su obra, para establecer su reino; y los jóvenes deben aprender a poner freno a sus deseos. Enseñad que nadie debe corromper sus facultades por la complacencia y satisfacción de sí mismo. Aquellos a quienes Dios ha dotado de aptitudes para obtener recursos, tienen hacia él la obligación de emplear dichos recursos, mediante la sabiduría que el cielo les imparta; para gloria de su nombre. Cada centavo gastado en la complacencia de sí mismo, o entregado a determinados amigos que lo gastarán para satisfacer su orgullo y egoísmo; es algo substraído a la tesorería de Dios. El dinero gastado en atavíos destinados a realzar la figura debiera haberse usado para hacer progresar la causa de Dios en lugares nuevos. ¡Oh, que Dios le conceda a todos un verdadero concepto de lo que significa ser cristiano! Es algo que significa ser semejante a Cristo, y Cristo no vivió para complacerse a sí mismo.

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Tatiana Patrasco