Testimonios para la Iglesia, Vol. 6, p. 229-238, día 361

Nuestros sanatorios han de ser, en todos sus departamentos, monumentos para Dios, instrumentos suyos para sembrar las semillas de la verdad en los corazones humanos. Lo lograrán si son debidamente dirigidos.

En nuestras instituciones médicas, debe darse a conocer la verdad viviente de Dios. Muchas de las personas que llegan a ellas tienen hambre y sed de verdad, y cuando se la presenta correctamente, la reciben con alegría. Nuestros sanatorios han sido el medio de enaltecer la verdad para este tiempo y darla a conocer a millares de personas. La influencia religiosa que reina en esas instituciones inspira confianza a los pacientes. La seguridad de que el Señor preside allí, y las muchas oraciones ofrecidas en favor de los enfermos, hacen una impresión en su corazón. Muchos que antes nunca pensaban en el valor del alma quedan convencidos por el Espíritu de Dios, y no pocos son inducidos a cambiar todo el curso de su vida. Muchos que estaban satisfechos de sí mismos, que pensaban que su norma de carácter era suficiente y no habían sentido la necesidad de la justicia de Cristo, recibirán impresiones que nunca se borrarán. Cuando llegue la prueba futura, cuando sean iluminados, no pocos de estos se unirán con el pueblo remanente de Dios.

Dios es honrado por instituciones dirigidas de esta manera. En su misericordia, ha hecho de los sanatorios un poder tal para el alivio de los sufrimientos físicos, que millares han sido atraídos a ellos para ser curados de sus enfermedades; en muchos, la sanidad física va acompañada de la curación del alma. Reciben del Salvador el perdón de sus pecados. Reciben la gracia de Cristo, y se identifican con él, con sus intereses y su honor. Muchos salen de nuestros sanatorios con corazones renovados. El cambio es notable. Al volver a sus hogares, son como luces en el mundo. El Señor los hace testigos suyos. Su testimonio es: “He visto su grandeza, he probado su bondad”. “Venid, oíd todos los que teméis a Dios, y contaré lo que ha hecho a mi alma”. Salmos 66:16.

-230-

Así, por medio de la mano de nuestro Dios que los prospera sobre ellos, nuestros sanatorios han sido el medio de lograr mucho bien. Y se elevarán aún más alto. Dios obrará con el pueblo que le honre.

Maravillosa es la obra que Dios quiere realizar por medio de sus siervos, a fin de que su nombre sea glorificado. Dios hizo de José una fuente de vida para la nación egipcia. Por medio de José conservó la vida a todo el pueblo. Por medio de Daniel, Dios salvó la vida de todos los sabios de Babilonia. Y estas liberaciones fueron lecciones objetivas; ilustraron ante el pueblo las bendiciones espirituales que le eran ofrecidas por la relación con el Dios a quien adoraban José y Daniel. Así también desea impartir hoy por medio de su pueblo, bendiciones al mundo.

Cada obrero en cuyo corazón habita Cristo, todo aquel que quiere revelar su amor al mundo, es colaborador con Dios para beneficiar a la humanidad. Mientras recibe del Salvador gracia para impartirla a otros, fluye de su ser entero la oleada de vida espiritual. Cristo vino como el gran Médico, para sanar las heridas que el pecado había hecho en la familia humana, y su Espíritu, obrando por medio de sus siervos, imparte a los enfermos del pecado, a los dolientes seres humanos, un intenso poder curativo, eficaz para el cuerpo y el alma. “En aquel tiempo—dice la Escritura—habrá manantial abierto para la casa de David y para los moradores de Jerusalén, para la purificación del pecado y la inmundicia”. Zacarías 13:1. Las aguas de este manantial sanarán los padecimientos físicos y espirituales.

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Desde este manantial fluye el caudaloso río que vio Ezequiel en visión. “Estas aguas salen a la región del oriente, y descenderán al Arabá, y entrarán en el mar: y entradas en el mar, recibirán sanidad las aguas. Y toda alma viviente que nadare por dondequiera que entraren estos dos ríos, vivirá… Y junto al río, en la ribera a uno y otro lado, crecerá toda clase de árboles frutales: sus hojas nunca caerán, ni faltará su fruto. A su tiempo madurará, porque sus aguas salen del santuario; y su fruto será para comer, y su hoja para medicina”. Ezequiel 47:8-12.

Dios quiere que nuestros sanatorios sean, en virtud de su poder, un río semejante, de vida y curación.

Nuestros sanatorios deben revelar al mundo la benevolencia del cielo; y aunque no se note exteriormente la presencia visible de Cristo, los obreros pueden aferrarse a la promesa: “He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Mateo 28:20.

Las promesas de Dios a Israel son también para las instituciones establecidas hoy para la gloria de su nombre: “Así ha dicho Jehová, que hizo la tierra, Jehová que la formó para afirmarla; Jehová es su nombre: Clama a mí y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces. Porque así ha dicho Jehová Dios de Israel acerca de… esta ciudad. He aquí que yo les traeré sanidad y medicina; y los curaré y les revelaré abundancia de paz y de verdad… Y los limpiaré de toda su maldad… Y me serán a mí por nombre de gozo, de alabanza y de gloria, entre todas las naciones de la tierra, que habrán oído todo el bien que yo les hago”. “En aquellos días Judá será salvo, y Jerusalén habitará segura, y se le llamará: Jehová, justicia nuestra”. Jeremías 33:2-9, 16.

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Nuestros sanatorios han de ser, en todos sus departamentos, monumentos para Dios, instrumentos suyos para sembrar las semillas de la verdad en los corazones humanos. Lo lograrán si son debidamente dirigidos.

En nuestras instituciones médicas, debe darse a conocer la verdad viviente de Dios. Muchas de las personas que llegan a ellas tienen hambre y sed de verdad, y cuando se la presenta correctamente, la reciben con alegría. Nuestros sanatorios han sido el medio de enaltecer la verdad para este tiempo y darla a conocer a millares de personas. La influencia religiosa que reina en esas instituciones inspira confianza a los pacientes. La seguridad de que el Señor preside allí, y las muchas oraciones ofrecidas en favor de los enfermos, hacen una impresión en su corazón. Muchos que antes nunca pensaban en el valor del alma quedan convencidos por el Espíritu de Dios, y no pocos son inducidos a cambiar todo el curso de su vida. Muchos que estaban satisfechos de sí mismos, que pensaban que su norma de carácter era suficiente y no habían sentido la necesidad de la justicia de Cristo, recibirán impresiones que nunca se borrarán. Cuando llegue la prueba futura, cuando sean iluminados, no pocos de estos se unirán con el pueblo remanente de Dios.

Dios es honrado por instituciones dirigidas de esta manera. En su misericordia, ha hecho de los sanatorios un poder tal para el alivio de los sufrimientos físicos, que millares han sido atraídos a ellos para ser curados de sus enfermedades; en muchos, la sanidad física va acompañada de la curación del alma. Reciben del Salvador el perdón de sus pecados. Reciben la gracia de Cristo, y se identifican con él, con sus intereses y su honor. Muchos salen de nuestros sanatorios con corazones renovados. El cambio es notable. Al volver a sus hogares, son como luces en el mundo. El Señor los hace testigos suyos. Su testimonio es: “He visto su grandeza, he probado su bondad”. “Venid, oíd todos los que teméis a Dios, y contaré lo que ha hecho a mi alma”. Salmos 66:16.

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Así, por medio de la mano de nuestro Dios que los prospera sobre ellos, nuestros sanatorios han sido el medio de lograr mucho bien. Y se elevarán aún más alto. Dios obrará con el pueblo que le honre.

Maravillosa es la obra que Dios quiere realizar por medio de sus siervos, a fin de que su nombre sea glorificado. Dios hizo de José una fuente de vida para la nación egipcia. Por medio de José conservó la vida a todo el pueblo. Por medio de Daniel, Dios salvó la vida de todos los sabios de Babilonia. Y estas liberaciones fueron lecciones objetivas; ilustraron ante el pueblo las bendiciones espirituales que le eran ofrecidas por la relación con el Dios a quien adoraban José y Daniel. Así también desea impartir hoy por medio de su pueblo, bendiciones al mundo.

Cada obrero en cuyo corazón habita Cristo, todo aquel que quiere revelar su amor al mundo, es colaborador con Dios para beneficiar a la humanidad. Mientras recibe del Salvador gracia para impartirla a otros, fluye de su ser entero la oleada de vida espiritual. Cristo vino como el gran Médico, para sanar las heridas que el pecado había hecho en la familia humana, y su Espíritu, obrando por medio de sus siervos, imparte a los enfermos del pecado, a los dolientes seres humanos, un intenso poder curativo, eficaz para el cuerpo y el alma. “En aquel tiempo—dice la Escritura—habrá manantial abierto para la casa de David y para los moradores de Jerusalén, para la purificación del pecado y la inmundicia”. Zacarías 13:1. Las aguas de este manantial sanarán los padecimientos físicos y espirituales.

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Desde este manantial fluye el caudaloso río que vio Ezequiel en visión. “Estas aguas salen a la región del oriente, y descenderán al Arabá, y entrarán en el mar: y entradas en el mar, recibirán sanidad las aguas. Y toda alma viviente que nadare por dondequiera que entraren estos dos ríos, vivirá… Y junto al río, en la ribera a uno y otro lado, crecerá toda clase de árboles frutales: sus hojas nunca caerán, ni faltará su fruto. A su tiempo madurará, porque sus aguas salen del santuario; y su fruto será para comer, y su hoja para medicina”. Ezequiel 47:8-12.

Dios quiere que nuestros sanatorios sean, en virtud de su poder, un río semejante, de vida y curación.

Nuestros sanatorios deben revelar al mundo la benevolencia del cielo; y aunque no se note exteriormente la presencia visible de Cristo, los obreros pueden aferrarse a la promesa: “He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Mateo 28:20.

Las promesas de Dios a Israel son también para las instituciones establecidas hoy para la gloria de su nombre: “Así ha dicho Jehová, que hizo la tierra, Jehová que la formó para afirmarla; Jehová es su nombre: Clama a mí y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces. Porque así ha dicho Jehová Dios de Israel acerca de… esta ciudad. He aquí que yo les traeré sanidad y medicina; y los curaré y les revelaré abundancia de paz y de verdad… Y los limpiaré de toda su maldad… Y me serán a mí por nombre de gozo, de alabanza y de gloria, entre todas las naciones de la tierra, que habrán oído todo el bien que yo les hago”. “En aquellos días Judá será salvo, y Jerusalén habitará segura, y se le llamará: Jehová, justicia nuestra”. Jeremías 33:2-9, 16.

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La obra del médico en favor de la gente

Mientras ejerce su profesión, todo médico puede por la fe en Cristo disponer de una cura del más alto valor: un remedio para el alma enferma de pecado. El médico convertido y santificado por la verdad queda anotado en el cielo como colaborador de Dios, como discípulo de Jesucristo. Por la santificación de la verdad, Dios da a los médicos y enfermeros sabiduría y habilidad para tratar a los enfermos, y esta obra abre la puerta de muchos corazones. Los hombres y mujeres son inducidos a comprender la verdad que es necesaria para salvar el alma y el cuerpo.

Este es un elemento que caracteriza la obra para este tiempo. La obra médica misionera es como el brazo derecho del mensaje del tercer ángel que debe ser proclamado a un mundo caído; y los médicos, administradores y obreros de cualquier ramo, al desempeñar fielmente su parte, están haciendo la obra del mensaje. Así la proclamación de la verdad va a toda nación, lengua y pueblo. En esta obra los ángeles celestiales tienen una parte. Despiertan gozo espiritual y melodías en los corazones de aquellos que han sido librados del sufrimiento, y el agradecimiento a Dios brota de los labios de muchos que han recibido la verdad preciosa.

Cada médico de nuestras filas debe ser cristiano. Solamente los médicos que son verdaderos cristianos según la Biblia pueden desempeñar debidamente los altos deberes de su profesión.

El médico que comprende su responsabilidad, sentirá la necesidad de la presencia de Cristo con él en su obra para aquellos en cuyo favor hizo tan grande sacrificio. Dejará subordinado todo lo demás a los intereses superiores que conciernen a la vida que puede salvarse para la eternidad. Hará cuanto esté en su poder para salvar tanto el cuerpo como el alma. Tratará de hacer la misma obra que Cristo haría si es tuviese en su lugar. El médico que ame a Cristo y las almas por quienes Cristo murió tratará fervientemente de llevar a la habitación de los enfermos una hoja del árbol de la vida y de proporcionar el pan de vida al doliente. A pesar de los obstáculos y dificultades que encuentre, esta es la obra solemne y sagrada de la profesión médica.

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La verdadera obra misionera es aquella en la cual la obra del Salvador está mejor representada, sus métodos aplicados más de cerca y mejor mostrada su gloria. La obra misionera que no alcance esta norma se registra en el cielo como defectuosa. Será pesada en las balanzas del santuario y se encontrará que está fallada.

Los médicos deben tratar de dirigir la mente de sus pacientes a Cristo, el Médico del alma y el cuerpo. Lo que ellos sólo pueden intentar hacer, Cristo lo realiza. El agente humano se esfuerza por prolongar la vida. Cristo es la vida. El que pasó por la muerte para destruir a aquel que tiene el imperio de la muerte es la Fuente de toda vitalidad. En Galaad hay bálsamo y médico. Cristo soportó una muerte atroz en las circunstancias más humillantes para que nosotros viviéramos. Dio su preciosa vida para vencer la muerte. Pero se levantó de la tumba, y las miríadas de ángeles que vinieron a contemplarle mientras recuperaba la vida que había depuesto, oyeron sus palabras de gozo triunfante cuando, de pie sobre la tumba prestada por José, proclamó: “Yo soy la resurrección y la vida”.

La pregunta: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?” (Job 14:14) ha sido contestada. Al llevar la penalidad del pecado al bajar a la tumba, Cristo la iluminó para todos los que mueren con fe. Dios, en forma humana, sacó a luz la vida y la inmortalidad por el Evangelio. Al morir, Cristo aseguró la vida eterna a todos los que crean en él y condenó al instigador del pecado y la deslealtad a sufrir la pena del pecado: la muerte eterna.

El Poseedor y Dador de la vida eterna, Cristo, fue el único que pudo vencer la muerte. Él es nuestro Redentor; y bienaventurado es todo médico que es, en el verdadero sentido de la palabra, un misionero, un salvador de las almas por las cuales Cristo dio su vida. Un médico tal aprende del gran Médico día tras día a velar y trabajar por la salvación de las almas y los cuerpos de hombres y mujeres. El Salvador está presente en la habitación del enfermo y en la sala de operaciones; su poder, para gloria de su nombre, realiza maravillas.

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El médico puede hacer una noble obra si está relacionado con el gran Médico. Puede hallar la oportunidad de decir palabras de vida a los parientes del enfermo, cuyos corazones están llenos de simpatía por el doliente; y puede enternecer y elevar la mente del que sufre para inducirlo a mirar al que puede salvar hasta lo sumo a todos los que se allegan a él en busca de salvación.

Cuando el Espíritu de Dios obra sobre la mente del afligido y lo induce a buscar la verdad; el médico debe trabajar por el alma preciosa como lo hacía Cristo. No trate de insistir ante él acerca de ninguna doctrina especial, sino señálele a Jesús como el Salvador que perdona el pecado. Los ángeles de Dios impresionarán la mente. Algunos se niegan a ser iluminados por la luz que Dios quisiera dejar resplandecer en las cámaras del espíritu y en el templo del alma; pero muchos responderán a ella, y en esas mentes quedarán disipados el engaño y el error en sus diversas formas.

Debe aprovecharse cuidadosamente toda oportunidad de trabajar como Cristo trabajó. El médico debe hablar de la ternura y del amor de Cristo y de las obras de sanidad que realizó. Debe creer que Jesús es su compañero y que está a su lado. “Porque nosotros, somos colaboradores de Dios” 1 Corintios 3:9. El médico nunca debe descuidar la oportunidad de dirigir la mente de sus pacientes a Cristo, el Médico supremo. Si el Salvador mora en su corazón, sus pensamientos serán siempre encauzados hacia el Sanador del alma y el cuerpo. Conducirá la mente de sus pacientes a Aquel que puede curarlos, al que, mientras estaba en la tierra, devolvía la salud a los enfermos y sanaba el alma tanto como el cuerpo, diciendo: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. Marcos 2:5.

El médico nunca debe dejar que la familiaridad con el dolor le haga descuidado o carente de simpatía. En caso de enfermedad grave, el paciente siente que está a merced del médico. Lo considera su única esperanza terrenal, y este debe conducir al alma temblorosa hacia el Hijo de Dios, que dio su vida para salvarlo de la muerte, que se compadece del doliente y quien, por su poder divino, dará habilidad y sabiduría a los que se las pidan.

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Cuando el paciente no sabe en qué terminará su caso, es la oportunidad del médico para impresionar su mente. No debe hacerlo con el deseo de hacerse notar, sino para conducir el alma a Cristo como Salvador personal. Si se salva, es un alma por la cual el médico debe velar. El paciente siente que la vida del médico forma parte de su vida. ¿Y con qué fin ha de aprovecharse esta gran confianza? Siempre para ganar un alma para Cristo y magnificar el poder de Dios.

Cuando pasó la crisis y el paciente está fuera de peligro, sea este creyente o incrédulo, pásense algunos momentos con él en oración. Presentad a Dios vuestro agradecimiento porque la vida del paciente fue conservada. El médico que sigue una conducta tal, lleva a su paciente a Aquel de quien depende la vida. El paciente puede expresar palabras de gratitud al médico porque, Dios mediante, ambas vidas fueron ligadas; pero sean la alabanza y la gratitud dadas a Dios, porque él está presente aunque invisible.

En el lecho de la enfermedad, el paciente a menudo acepta y confiesa a Cristo; y esto sucederá con más frecuencia en el futuro de lo que ha sucedido en lo pasado; porque el Señor hará obra abreviada en nuestro mundo. Los labios del médico deben pronunciar palabras de sabiduría y Cristo regará la semilla sembrada, haciéndola fructificar para vida eterna.

Perdemos las oportunidades más preciosas cuando no hablamos oportunamente. Con demasiada frecuencia, un talento precioso que debiera multiplicarse mil veces permanece sin usar. Si no estamos atentos, la oportunidad de oro pasará. En tal caso el médico permitió que algo le impidiera hacer la obra encomendada como ministro de la rectitud.

No hay demasiados médicos piadosos que sirvan en su profesión. Hay mucha obra que hacer, por eso los pastores y los médicos deben trabajar perfectamente unidos. Lucas, el escritor del evangelio que lleva su nombre, es llamado “el médico amado”, y los que hacen una obra similar a la suya están viviendo el Evangelio.

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Incontables son las oportunidades del médico para amonestar al impenitente, alentar al desconsolado y desesperado, y aconsejar sobre la salud mental y física. Mientras instruye a la gente en los principios de la verdadera temperancia, y como guardián de las almas aconseja a los que están enfermos de la mente y el cuerpo, el médico desempeña su parte en la gran obra de preparar a un pueblo para el Señor. Esto es lo que la obra médica misionera ha de realizar en relación con el mensaje del tercer ángel.

Los pastores y los médicos han de obrar armoniosamente y con fervor para salvar a las almas que están enredadas en las trampas de Satanás. Han de dirigir a hombres y mujeres a Jesús, su justicia, su fortaleza y el resplandor de su semblante. Continuamente han de velar por las almas. Hay quienes tienen fuertes tentaciones y corren peligro de ser vencidos en la lucha con los agentes satánicos. ¿Los pasaréis por alto sin ofrecerles ayuda? Si veis un alma que necesita ayuda, entablad conversación con ella aun cuando no la conozcáis orad con ella. Conducidla a Jesús.

Esta obra incluye tan ciertamente al médico como al predicador. Por esfuerzos públicos y privados, el médico debe tratar de ganar almas para Cristo esforzándose tanto pública como privadamente.

En todas nuestras empresas e instituciones se debe reconocer a Dios como el Artífice maestro. Los médicos deben ser sus representantes. La fraternidad médica ha hecho muchas reformas, y tiene que seguir progresando. Los que tienen en sus manos la vida de los seres humanos deben ser educados, refinados, santificados. Entonces el Señor obrará por medio de ellos para glorificar su nombre.

La obra de Cristo en favor del paralítico ilustra la manera en que debemos trabajar. Este hombre, por intermedio de sus amigos, había oído hablar de Jesús, y pidió que lo llevaran a la presencia del gran Médico. El Salvador sabía que el paralítico había sido torturado por las sugerencias de los sacerdotes, de que a causa de sus pecados Dios lo había desechado. Por lo tanto, su primer paso consistió en dar paz a su espíritu. “Hijo—dijo—, tus pecados te son perdonados”. Esta seguridad llenó su corazón de paz y gozo. Pero algunos de los que estaban presentes empezaron a murmurar diciendo en su corazón: “¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?” Entonces, para que supieran que el Hijo del hombre tenía poder para perdonar los pecados, Cristo dijo al enfermo: “Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa”. Marcos 2:5-11. Así demostró el Salvador que unía la obra de predicar a la de sanar.

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Tatiana Patrasco