Testimonios para la Iglesia, Vol. 6, p. 239-248, día 362

Unidad de acción

A medida que la obra misionera médica se extiende más, surgirá la tentación de independizarla de nuestras asociaciones. Pero se me ha mostrado que este no es un plan correcto. Los diferentes sectores de nuestra obra son todos ellos parte de un gran todo. Tienen un centro.

En Colosenses dice: “Pero el cuerpo es de Cristo. Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad y culto a los ángeles, entremetiéndose en lo que no ha visto, vanamente hinchado por su propia mente carnal, y no asiéndose de la Cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios”. Colosenses 2:17-19. Nuestro trabajo debe demostrar la influencia de la cruz en todos sus aspectos. La obra de Dios referente al plan de la salvación no debe realizarse en forma desunida. No debe operar al azar. El plan que proveyó la influencia de la cruz, también proveyó los métodos de difusión. Este método es simple en sus principios y amplio en su manera de proceder sencilla y definida. Cada parte se ensambla con otra en perfecto orden y relación.

Dios ha reunido a su pueblo como iglesia para que revele al mundo la sabiduría de Aquel que formó su organización. Él sabía qué planes promover para que su pueblo fuera eficiente y tuviera éxito. La estricta observancia de estos planes lo capacitará para mostrar la autoridad divina del gran plan de Dios para la restauración del mundo.

Los que participan en la obra de Dios deben ser dirigidos y guiados por él. Cada ambición humana debe perderse en Cristo, quien es la cabeza de todas las instituciones ordenadas por Dios. Él sabe cómo establecer y mantener vigentes sus propios negocios. Sabe que la cruz debe ocupar el lugar central, porque es el medio para la redención de la humanidad y por la influencia que ejerce en cada parte del gobierno divino. El Señor Jesús, quien conoce en detalle la historia de nuestro planeta, también sabe qué métodos debieran usarse para actuar sobre las mentes humanas. Él conoce la importancia de cada operación y cómo se relacionan unas con otras.

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“Porque ninguno de nosotros vive para sí”. Romanos 14:7. Este principio divino rige tanto en el cielo como en la tierra. Dios es el poderoso centro. Toda forma de vida se origina en él, y a él pertenecen todo servicio, honra y lealtad. Para todo ser creado existe un gran principio de vida: dependencia y cooperación con Dios. La misma relación que existe en la perfecta familia celestial, también debía existir en la familia de Dios en la tierra. Bajo la dirección de Dios, Adán debía estar a la cabeza de la familia de Dios en la tierra para mantener los principios de la familia celestial. Esto debía ocasionar paz y felicidad. Pero Satanás estaba empecinado en oponerse a la ley según la cual “ninguno de nosotros vive para sí”; está empecinado en vivir para sí mismo. Procuró convertirse en el centro de influencia. Esto fue lo que incitó a la rebelión en el cielo, y fue la aceptación por parte del hombre de este principio lo que introdujo el pecado en el mundo. Cuando el hombre pecó, se separó del centro que Dios había dispuesto. Un demonio se convirtió en el poder central en el mundo. Satanás había establecido su trono en el lugar donde debía estar el trono de Dios. El mundo rindió su homenaje, como una ofrenda voluntaria a los pies del enemigo.

¿Quién podría introducir los principios establecidos por Dios en su autoridad y gobierno para contrarrestar los planes de Satanás y llevar al mundo de nuevo a su lealtad? Dios dijo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”. Juan 3:16.

Este es el remedio para el pecado. Cristo dice: “Donde Satanás ha establecido su trono, allí levantaré mi cruz. Satanás será expulsado, y yo seré levantado para atraer a todos los hombres hacia mí. Me convertiré en el centro del mundo redimido. Dios, el Señor, será exaltado. Aquellos que ahora son controlados por la ambición y las pasiones humanas, serán mis colaboradores. Influencias satánicas han conspirado para contrarrestar todo bien. Se han aliado para inducir a las gentes a pensar que es justo oponerse a la ley de Jehová. Pero mi ejército se enfrentará a las fuerzas del diablo. Mi espíritu se unirá con cada agencia divina para oponérseles. Compromete a cada agencia santificada en el universo. Ninguna de ellas faltará. Tengo trabajo para todos los que me aman, empleo para cada persona que trabaje bajo mi dirección. La actividad del ejército de Satanás, el peligro que rodea al alma humana, exige la energía de cada obrero. Sin embargo, nadie será obligado. La depravación del hombre habrá de ser enfrentada con el amor, la perseverancia y la paciencia de Dios. Mi trabajo será rescatar a los que están bajo el gobierno de Satanás”. Dios obra por medio de Cristo para traer nuevamente a todos a su primera relación con su Creador y para corregir las influencias destructoras introducidas por Satanás. Sólo Cristo se sostuvo puro en un mundo de egoísmo, donde un hombre destruiría a un amigo o hermano a fin de lograr un esquema colocado en sus manos por el diablo. Vistiendo su divinidad con humanidad, Cristo se presentó a nuestro mundo para que la humanidad pudiera relacionarse con la humanidad y la divinidad con la divinidad. En medio de la enorme confusión del egocentrismo, él podía decir a cada ser humano: “Regresa a tu centro el cual es Dios”. Él mismo lo hizo posible para cada uno de nosotros, al cumplir en este mundo los principios celestiales. Vivió la ley de Dios en la humanidad. Él impartirá a todos en cada nación, país y región, los dones celestiales más excelentes, si aceptan a Dios como su Creador y a Cristo como su Redentor.

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Solo Cristo puede hacerlo. Su evangelio en las manos y corazones de sus seguidores es el poder que realizará esta gran obra. “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios!” Por sí mismo, llegando a estar expuesto a las falsas representaciones de Satanás, Cristo hizo posible que la obra de la redención fuera posible. Así Satanás se vería obligado a revelarse a sí mismo como la causa de la deslealtad en el universo de Dios. Así se resolvería para siempre el gran conflicto entre Cristo y Satanás.

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Satanás fortalece las tendencias destructivas de la naturaleza humana. Introduce envidia, celos, egoísmo, codicia, emulación y contiendas por los puestos más importantes. Instrumentos malignos se desempeñan a través de las astutas maquinaciones de Satanás. De esa manera los planes del enemigo, con sus efectos destructivos, se han introducido en la iglesia. Entonces llega Cristo con su influencia redentora, con el propósito de impartir su eficiencia a los hombres mediante la operación de su Espíritu, para emplearlos como sus instrumentos, colaboradores con él, en su esfuerzo por inducir al mundo a manifestarle nuevamente su lealtad.

Los hombres se unen en compañerismo y dependencia unos con otros. Por medio de los dorados eslabones de la cadena del amor, quedarán firmemente atados al trono de Dios. Esto puede lograrse solamente cuando Cristo imparte a la gente los atributos que habrían sido suyos si se hubieran mantenido leales a Dios.

Las personas que, mediante la comprensión inteligente de las Escrituras, llegan a entender acertadamente el significado de la cruz, quienes en verdad creen en Jesús, poseen un seguro fundamento para su fe. Tienen la fe que obra por el amor y purifica el alma de todas sus imperfecciones heredadas y cultivadas.

Dios ha unido a los creyentes constituidos en iglesia para que se fortalezcan mutuamente a fin de llevar a cabo obras buenas y justas. La iglesia en la tierra sería en verdad un símbolo de la iglesia en el cielo si los miembros tuvieran un mismo propósito y estuvieran unidos en la misma fe. Quienes no están motivados por el Espíritu Santo son los que echan a perder el plan de Dios. Un espíritu diferente se posesiona de ellos, y así ayudan a fortalecer las fuerzas de las tinieblas. Quienes sean santificados por la preciosa sangre de Cristo, no se convertirán en instrumentos para contrarrestar los excelentes planes diseñados por Dios. No introducirán maldad humana en los asuntos pequeños o grandes. Evitarán perpetuar la discordia en la iglesia.

Es cierto que hay cizaña entre el trigo; se notan males en el conjunto de los observadores del sábado; ¿pero desacreditaremos a la iglesia a causa de esto? ¿No emprenderán los administradores de cada institución, los dirigentes de cada iglesia, la obra de purificación de tal forma que la transformación que se realice en la iglesia la convierta en una luz brillante que alumbra en un lugar oscuro?

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¿Qué cosa no hará ni siquiera un solo creyente que practique principios puros y se niegue a ser contaminado, si permanece firme como una roca a un “Así dice Jehová”? Ángeles de Dios acudirán en su ayuda y prepararán el camino delante de él. Pablo escribió a los romanos: “Así que hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. Romanos 12:1, 2. Este capítulo en su totalidad es una lección que ruego lean todos los que afirman ser miembros del cuerpo de Cristo.

Pablo escribió nuevamente: “Si se consagra la parte de la masa que se ofrece como primicias, también se consagra toda la masa; si la raíz es santa, también lo son las ramas. Ahora bien, es verdad que algunas de las ramas han sido desgajadas, y que tú, siendo de olivo silvestre, has sido injertado entre las otras ramas. Ahora participas de la savia nutritiva de la raíz del olivo. Sin embargo, no te vayas a creer mejor que las ramas originales. Y si te jactas de ello, ten en cuenta que no eres tú quien nutre la raíz, sino que es la raíz la que te nutre a ti. Tal vez dirás: Desgajaron algunas ramas para que yo fuera injertado. De acuerdo. Pero ellas fueron desgajadas por su falta de fe, y tú por la fe te mantienes firme. Así que no seas arrogante sino temeroso; porque si Dios no tuvo miramiento con las ramas originales, tampoco los tendrá contigo. Por lo tanto, considera la bondad y la severidad de Dios: severidad hacia los que creyeron y bondad hacia ti. Pero si no te mantienes en su bondad, tú también serás desgajado”. Romanos 11:16-22 (NVI). Estas palabras revelan claramente que no se deben despreciar los departamentos y las instituciones que Dios ha puesto en la iglesia.

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El ministerio santificado insta a practicar la abnegación. Es necesario levantar la cruz y destacar su lugar en la obra evangélica. La influencia humana debe extraer su eficacia de Aquel que puede salvar y mantener en la salvación a todos los que reconocen su dependencia de él. El poder transformador del Evangelio debe difundirse por todo el mundo mediante la unión de los miembros de iglesia con Cristo y unos con otros.

En la obra evangélica el Señor utiliza diferentes instrumentos, y no debe permitirse que nada los separe. Nunca debe establecerse un sanatorio como una empresa independiente de la iglesia. Nuestros médicos deben unirse a la obra de los ministros del evangelio. Deben contribuir con su trabajo a la salvación de la gente, para enaltecer el nombre del Señor.

La obra médica misionera por ningún concepto debe divorciarse del ministerio evangélico. El Señor ha especificado que ambos deben mantenerse unidos, así como el brazo lo está con el cuerpo. Ninguna de las partes del cuerpo está completa sin esta unión. La obra médica misionera es el evangelio puesto en práctica.

Pero Dios no planeó que la obra médica misionera eclipsara el mensaje del tercer ángel. El brazo no debe convertirse en el cuerpo. El mensaje del tercer ángel es el mensaje del Evangelio para estos últimos días, y en ningún caso debe ensombrecerse por otros intereses ni hacerlo lucir como asunto no esencial. Cuando en nuestras instituciones se coloca algo por encima del mensaje del tercer ángel, entonces el Evangelio no es el gran poder guiador en eso.

La cruz es el centro de toda institución religiosa. Estas instituciones deben estar bajo el control del Espíritu de Dios; en ninguna de ellas debiera erigirse un hombre como cabeza única. La mente divina tiene asignadas otras mentes para cada lugar. El poder del Espíritu Santo debiera ennoblecer toda obra asignada por Dios y hacer que testifique por el Señor. El hombre debe colocarse bajo el control de la mente eterna, cuyos dictados deberá obedecer minuciosamente.

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Procuremos entender nuestro el privilegio que significa caminar y trabajar con Dios. Aunque el evangelio contiene la voluntad expresa de Dios, carecerá de valor para los hombres, encumbrados o humildes, ricos o pobres, a menos que se sometan a Dios. La persona que lleva el remedio para sus pecados a sus semejantes, debe ser motivada primeramente por el Espíritu de Dios. No debe manejar los remos, a menos que esté bajo la dirección divina. No puede trabajar eficazmente, no puede mantener la voluntad de Dios en armonía con la mente divina, a menos que descubra, no de fuentes humanas, sino de la sabiduría divina, que Dios se complace en sus planes.

El bondadoso plan de Dios abarca todos los ramos de su obra. La ley de dependencia e influencia recíproca debe reconocerse y obedecerse. “Ninguno de nosotros vive para sí”. El enemigo ha utilizado la cadena de la dependencia para unir a los hombres. Se han unido para destruir la imagen de Dios en el hombre, para contrarrestar el Evangelio al pervertir sus principios. La Palabra de Dios los presenta atados en gavillas para ser quemados. Satanás está uniendo sus fuerzas para la perdición. La unidad del pueblo escogido de Dios ha sido terriblemente sacudida. Dios ofrece una alternativa, la cual no es una influencia entre muchas ni está en el mismo nivel que las demás; en cambio es una influencia que supera toda las demás influencias que existen sobre la faz de la tierra; su naturaleza es correctiva, animadora y ennoblecedora. Los que trabajan en el Evangelio deberán ser íntegros y estar santificados, pues se relacionan con los grandes principios de Dios. Unidos con Cristo, son colaboradores con Dios. Así es como el Señor desea unir a sus seguidores para que sean un poder para el bien, y que cada uno desempeñe su parte y todos compartan el sagrado principio de la dependencia de la Cabeza.

Cristo participaba en todos los ramos de la obra de Dios; no hizo divisiones; no pensó que estaba inmiscuyéndose en la obra del médico cuando sanaba a los enfermos. Proclamó la verdad y cuando los enfermos se acercaban a él para que los sanara, estaba tan dispuesto a colocar sus manos sobre ellos como lo estaba para predicar el Evangelio. Se sentía tan a gusto en ese trabajo como en la proclamación de la verdad.

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Responsabilidades de los obreros médicos

El capitulo cuatro de la epístola a los Efesios contiene lecciones de Dios dirigidas a nosotros. El autor habla inspirado por Dios y expone las instrucciones recibidas en visiones de origen divino. Describe la distribución de dones que Dios otorga a sus obreros: “Y él mismo constituyó a unos apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y mestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para le edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”. Efesios 4:11-13. Se nos muestra aquí que Dios asigna a cada persona su trabajo, y al realizarlo cumplirá su parte en el gran plan de Dios.

Nuestros médicos y paramédicos misioneros debieran considerar detenidamente esta lección. Dios estableció su obra entre un pueblo que reconoce las leyes del gobierno divino. Los enfermos deben ser sanados por la combinación del esfuerzo humano y el divino. Cada don y poder que Cristo prometió a sus discípulos los confiere a sus fieles servidores. Y Aquel que otorga capacidades mentales y confía talentos a los hombres y mujeres que le pertenecen por creación y redención, espera que estos talentos y capacidades aumenten por el uso. Cada talento debe emplearse en bendecir a otros y así traer honra a Dios. Pero los médicos han sido inducidos a suponer que las facultades y los talentos que Dios les otorgó para que los usaran en su obra, les pertenecen de pleno derecho, de modo que los han usado para iniciar ramos de trabajo proyectos para los cuales que Dios no les asignó.

Satanás trabaja asiduamente con el fin de encontrar una oportunidad para introducirse furtivamente. Sugiere al médico que sus talentos son demasiado valiosos para desperdiciarlos entre los adventistas del séptimo día, que si estuviera libre podría realizar una obra más importante. El médico se siente tentado a pensar que posee métodos que puede usar independientemente de la gente a quien Dios le encomendó que sirviera, y que Dios podría ponerlo por encima del resto de los habitantes del mundo. Pero el médico no debe suponer que su influencia aumentaría si se separara de esta obra. Si tratara de realizar sus planes, no tendría éxito.

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El egoísmo en cualquier forma introducido en el ministerio o en la obra médica, es una infracción a la ley de Dios. Cuando los hombres se vanaglorian de sus capacidades y permiten que los elogios humanos fluyan hacia seres finitos, deshonran a Dios, y él los despojará de aquello en lo cual se glorían. Los médicos vinculados a nuestros sanatorios y a la obra médica misionera, por la gracia de Dios han sido dirigidos hacía las personas para quienes él les ha ordenado que sean una luz en el mundo. Su obra consiste en dar a su vez todo aquello que el Señor les ha dado; en dar, no como una influencia entre muchas, sino como la influencia divina a fin de hacer efectiva la verdad para este tiempo.

Dios nos ha confiado una obra especial, una obra que nadie más puede hacer. Nos ha prometido la ayuda de su Santo Espíritu. La corriente celestial fluye en dirección a la tierra para que realice precisamente la obra que se nos encomendó. No permitamos que esta corriente celestial se ignore por habernos desviado de la senda recta establecida por Cristo.

Los médicos no deben suponer que pueden ganarel mundo mediante sus planes y esfuerzos. Dios no los ha puesto para que abarquen tanto por medio de sus propias obras solamente. La persona que emplea su potencial en diversas actividades no puede ocuparse de administrar una institución de salud, y esperar llevarla a buen término.

Si los obreros del Señor se ocupan de trabajos que desplazan lo que deberían hacer en la tarea de comunicar luz al mundo, Dios no recibe la gloria que debiera engrandecer su santo nombre mediante lo que ellos hacen. Cuando Dios llama a un hombre a realizar cierta obra en su causa, no coloca sobre sus hombros cargas que otros obreros pueden y deben llevar a cabo. Aunque esto pueda parecer indispensable, Dios, según su sabiduría, asigna a cada persona su tarea. Él no desea que las mentes de sus siervos que llevan responsabilidades se agoten hasta el borde de lo insoportable, por responsabilizarse de muchos frentes de trabajo. Si un obrero no se responsabiliza por la tarea que se le ha encomendado, aquella que el Señor estima que es exactamente la que puede realizar, está descuidando deberes, que adecuadamente ejecutados, resultarían en la propagación de la verdad y prepararía a la gente para la gran crisis que se avecina.

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Dios no puede otorgar medidas más abundantes de poder, físicas o mentales, a los que procuran llevar cargas que no se les han asignado. Cuando los obreros se sobrecargan con tales responsabilidades, no importa cuán buena sean, sus fuerzas físicas se agotan y sus mentes se desconciertan, y no pueden lograr el éxito óptimo obtenible.

Los médicos de nuestras instituciones no debieran dedicarse a tantas empresas y así permitir que su trabajo se debilite, cuando debieran sostenerse sobre principios rectos y ejercer una influencia que abarque a todo el mundo. Dios no ha dispuesto que sus colaboradores abarquen tantas cosas, tracen planes demasiado extensos, hasta el punto de fracasar en las responsabilidades que se les han asignado para que logren el sublime bien que él espera que realicen mediante la difusión de luz al mundo, atrayendo a mujeres y hombres mientras él los dirige mediante su suprema sabiduría.

El enemigo ha determinado contrarrestar los designios que Dios formuló para beneficiar a la humanidad mediante la revelación de lo que constituye la auténtica obra médica misionera. Se han introducido numerosas ideas acerca de que los obreros no pueden realizar todas las cosas de acuerdo con el modelo mostrado en el monte. Se me ha instruido para que diga que la obra asignada a los médicos en nuestras instituciones es suficiente para ellos, y que el Señor requiere que se unan estrechamente con los evangelistas misioneros y lleven a cabo sus tareas con fidelidad. Dios no ha pedido a nuestros médicos que se envuelvan en un variado y abarcante trabajo como lo han hecho algunos. No ha determinado que la obra especial de los médicos sea trabajar por los que se encuentran en los antros de iniquidad en nuestras populosas sociedades. El Señor no requiere imposibilidades de sus siervos. La obra que él ha encargado a nuestros médicos es exponer ante el mundo el ministerio del Evangelio mediante la obra médica misionera.

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Tatiana Patrasco