Testimonios para la Iglesia, Vol. 6, p. 259-268, día 364

Los ministros del Evangelio, estadistas, autores, hombres con riquezas y talento, con gran habilidad comercial y con potencial para ser útiles, están en mortal peligro porque no ven la necesidad de mantener una estricta temperancia en todas las cosas. Debemos atraer su atención a los principios de la temperancia, no de manera mezquina o arbitraria, sino a la luz del gran propósito de Dios para la humanidad. Si se les presentaran así los principios de la verdadera temperancia, muchos de las clases altas reconocerían su valor y los aceptarían de buen grado.

Existe otro peligro al cual están especialmente expuestos los ricos, que constituyen un campo de trabajo para el médico misionero. Son muchísimos los que prosperan en el mundo sin descender a las formas comunes del vicio; y, sin embargo, son empujados a la destrucción por el amor a las riquezas. Absortos en sus tesoros mundanales, son insensibles a los requerimientos de Dios y a las necesidades de sus semejantes. En vez de considerar su riqueza como un talento que deben usar para glorificar a Dios y elevar a la humanidad, la consideran como un medio de complacerse y glorificarse a sí mismos. Añaden una casa a otra, un terreno a otro; llenan sus hogares de lujo, mientras la escasez abunda en las calles y en derredor de ellos hay seres humanos que se hunden en la miseria, el crimen, la enfermedad y la muerte. Los que así dedican su vida a servirse a sí mismos, no están desarrollando los atributos de Dios sino los de Satanás.

Estas personas necesitan el evangelio para apartar sus ojos de la vanidad de las cosas materiales y contemplar la belleza de las riquezas duraderas. Necesitan aprender el gozo de dar, la felicidad de convertirse en colaboradores de Dios.

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Esta clase de personas con frecuencia es la más difícil de alcanzar, pero Cristo proveerá los medios para alcanzarlas. Busquen a estas almas los obreros más hábiles, confiables y prometedores. Con la sabiduría y el tacto generados por el amor divino, con el refinamiento y la cortesía como frutos de la presencia de Cristo en el alma, trabajen por los que, deslumbrados por el brillo de las riquezas terrenales, no ven la gloria del tesoro celestial. Estudien los obreros la Biblia con ellos, grabando en sus corazones las verdades sagradas. Léanles las palabras de Dios: “Mas por él estaís vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación, y redención”. “Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio, y justicia en la tierra: porque estas cosas quiero, dice Jehová”. “En el cual tenemos redención por su sangre, la remisión de pecados por las riquezas de su gracia”. “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” 1 Corintios 1:30; Jeremías 9:23, 24; Efesios 1:7; Filipenses 4:19. Una súplica tal, hecha con el espíritu de Cristo, no se considerará impertinente. Impresionará a muchos de los que pertenecen a las clases altas.

Mediante esfuerzos hechos con sabiduría y amor, más de un hombre rico será despertado hasta el punto de sentir su responsabilidad para Dios. Cuando se les haga entender claramente que el Señor espera que ellos alivien como sus representantes a la humanidad doliente, muchos responderán y darán de sus recursos y su simpatía para beneficio de los pobres. Cuando sus mentes sean así apartadas de sus propios intereses egoístas, muchos serán inducidos a entregarse a Cristo. Con sus talentos de influencia y recursos se unirán, gozosamente en la obra de beneficencia, con el humilde misionero que fue agente de Dios para su conversión. Por el uso correcto de su tesoro terrenal se harán “tesoro en los cielos que nunca falta; donde ladrón no llega, ni polilla corrompe”. Se asegurarán el tesoro que la sabiduría ofrece, “riquezas duraderas, y justicia”. Proverbios 8:18.

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Al observar nuestra vida, los habitantes del mundo se forman una opinión de Dios y de la religión de Cristo. Todos los que no lo conocen necesitan que los principios elevados y nobles de su carácter se mantengan constantemente delante de ellos en la vida de quienes le conocen. Satisfacer esta necesidad, llevar la luz del amor de Cristo a los hogares de los grandes y los humildes, de los ricos y los pobres, es el elevado deber y precioso privilegio del misionero médico.

“Vosotros sois la sal de la tierra” (Mateo 5:13), dijo Cristo a sus discípulos; y con estas palabras hablaba a sus obreros de hoy. Si sois la sal, hay propiedades preservadoras en vosotros, y la belleza de vuestro carácter ejercerá una influencia salvadora.

Aunque un hombre se haya hundido hasta las mismas profundidades del pecado, hay posibilidad de salvarlo. Muchos han perdido el sentido de las realidades eternas, perdido la semejanza de Dios, y no saben si tienen un alma que salvar. No tienen fe en Dios ni confianza en el hombre. Pero pueden comprender y apreciar los actos de verdadera simpatía y de ayuda. Su corazón se conmueve cuando ven a uno que, sin esperar alabanza terrenal ni compensación, llega a sus miserables hogares para atender a los enfermos, alimentar a los hambrientos, vestir a los desnudos y guiarlos tiernamente a Aquel de cuyo amor y compasión el obrero humano es tan sólo el mensajero. Al ver esto, sus corazones son conmovidos, aflora la gratitud y comienza a arder la fe en su corazón. Ven que Dios se interesa en ellos y están dispuestos a escuchar cuando se les explica su Palabra.

En esta obra de restauración se requerirá esfuerzo esmerado. No se debe enseñar a estas personas doctrinas extrañas que las asusten; pero a medida que se les ayuda físicamente, se les debe presentar la verdad para este tiempo. Hombres, mujeres y jóvenes necesitan conocer la ley de Dios con sus amplios requerimientos. No son las penurias, el trabajo o la pobreza lo que degrada a la humanidad; es el pecado, la desobediencia a la ley de Dios. Los esfuerzos hechos para rescatar a los perdidos y degradados no tendrán valor a menos que los requerimientos de la ley de Dios y la necesidad de serle fieles se grave en la mente y el corazón. Dios no ordenó nada que no sea necesario para vincular a la humanidad consigo. “La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma… El precepto de Jehová, puro, que alumbra los ojos”. “Por la palabra de tus labios” dice el salmista, “yo me he guardado de las sendas de los violentos” Salmos 19:7, 8; 17:4 (NVI).

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Los ángeles están ayudando en esta obra de restaurar a los caídos, y hacerlos volver a quien dio su vida para redimirlos, y el Espíritu Santo coopera con el ministerio de los agentes humanos para despertar las facultades morales obrando sobre el corazón, reprendiéndolo y convenciéndolo de pecado, de justicia y de juicio.

A medida que los hijos de Dios se dediquen a esta obra, muchos se asirán de la mano extendida para salvarlos. Serán constreñidos a apartarse de sus malos caminos. Algunos de los rescatados podrán, por la fe en Cristo, ascender a elevados puestos de servicio, y llevar responsabilidades en la obra de salvar almas. Conocen por experiencia propia las necesidades de aquellos por quienes trabajan, y saben cómo ayudarles; saben cuáles son los mejores medios para recobrar a los que perecen. Están agradecidos a Dios por las bendiciones recibidas. El amor vivifica sus corazones y sus energías se fortalecen para levantar a otros que no podrían hacerlo sin ayuda. Aceptando la Biblia como guía y al Espíritu Santo como su ayudador y consolador hallan nuevas oportunidades. Cada una de esas almas que se añade al equipo de los obreros, provista de materiales e instrucción que le permita convertir a otras personas para Cristo; colaborará con los que le llevaron la luz de la verdad. Así se honrará a Dios y progresará su verdad.

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El mundo se convencerá, no tanto por lo que el púlpito enseña, sino por lo que la iglesia vive. El predicador anuncia la teoría del Evangelio, pero su poder se demuestra por la piedad práctica de la Iglesia.

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La necesidad de la iglesia

Aunque el mundo necesita simpatía, aunque necesita las oraciones y la ayuda del pueblo de Dios, aunque necesita ver a Cristo en la vida de los que le siguen, los hijos de Dios necesitan igualmente oportunidades para expresar sus simpatías, para dar eficacia a sus oraciones y desarrollar un carácter semejante al modelo divino.

Para proveer estas oportunidades, Dios colocó entre nosotros a los pobres, los infortunados, los enfermos y los dolientes. Son el legado de Cristo a su iglesia, y deben atenderse como él lo haría. De esta manera, Dios elimina la escoria y purifica el oro, puliendo nuestro corazón y el carácter.

El Señor podría llevar a cabo su obra sin nuestra cooperación, puesto que él no depende de nuestro dinero, tiempo o trabajo. Pero la Iglesia es muy preciosa para él. Es el estuche que contiene sus joyas, el aprisco que encierra su rebaño, y él anhela verla sin mancha, sin arruga ni cosa semejante. Se compadece de ella con amor indecible. Por eso nos ha dado oportunidades de trabajar para él, y acepta lo que hacemos como prueba de nuestro amor y lealtad.

Al poner entre nosotros a los pobres y los dolientes, el Señor nos prueba para revelarnos lo que hay en nuestro corazón. No podemos apartarnos de los principios sin correr peligro, no podemos violar la justicia, no podemos descuidar la misericordia. Cuando vemos a un hermano que cae, no podemos darle la espalda, sino hacer esfuerzos decididos e inmediatos para cumplir con la Palabra de Dios y ayudarle. No podemos obrar en forma contraria a las instrucciones específicas de Dios, sin que el resultado de nuestra obra se refleje en nosotros mismos. Debe arraigarse firmemente en nuestra conciencia que todo lo que deshonre a Dios en nuestra vida no puede beneficiarnos.

Debe escribirse en la conciencia, como esculpido en una roca, que el que desprecia la misericordia, la compasión y la justicia; el que descuida a los pobres; el que pasa por alto las necesidades de la humanidad doliente; el que no es bondadoso ni cortés; el que se conduce de tal manera, no recibirá la cooperación de Dios en el desarrollo de su carácter. Refinar la mente y el corazón es más fácil cuando sentimos tan tierna simpatía por los demás que sacrificamos nuestros beneficios y privilegios para aliviar sus necesidades. Obtener y retener todo lo que podamos para nosotros mismos, fomenta la indigencia del alma. Pero todos los atributos de Cristo están a disposición de quienes quieran hacer lo que Dios les ha indicado y obrar como Cristo obró.

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Nuestro Redentor envía a sus mensajeros a dar testimonio a su pueblo. Él dice: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”. Apocalipsis 3:20. Pero muchos se niegan a recibirle. El Espíritu Santo aguarda para enternecer y subyugar los corazones, pero no están dispuestos a abrir la puerta y dejar entrar al Salvador, por temor a que él requiera algo de ellos. Y así Jesús de Nazaret pasa de largo. Él anhela concederles las ricas bendiciones de su gracia, pero se niegan a aceptarlas. ¡Qué cosa terrible es excluir a Cristo de su propio templo! ¡Qué pérdida para la iglesia!

Es un sacrificio hacer buenas obras, pero es el sacrificio lo que nos disciplina. Estas obligaciones nos ponen en conflicto con los sentimientos y propensiones naturales, y cuando las cumplimos obtenemos victoria tras victoria sobre los rasgos objetables de nuestro carácter. La guerra prosigue, y así crecemos en gracia; así reflejamos la semejanza de Cristo y se nos prepara para tener un lugar entre los benditos en el reino de Dios.

Bendiciones, tanto temporales como espirituales, acompañarán a los que imparten a los necesitados lo que han recibido del Maestro. Jesús realizó un milagro para alimentar a una multitud de cinco mil personas, cansada y hambrienta. Eligió un lugar agradable en el cual acomodar a la gente y les ordenó que se sentaran. Luego tomó los cinco panes y los dos pececillos. Sin duda hubo muchas conjeturas acerca de la imposibilidad de satisfacer a cinco mil hombres hambrientos, además de las mujeres y los niños, con tan escasas provisiones. Pero Jesús dio gracias y puso los alimentos en las manos de los discípulos, para que los distribuyesen. A medida que lo repartían, el alimento se multiplicaba en sus manos. Después que la multitud fue alimentada los discípulos mismos se sentaron y comieron con Cristo de la provisión impartida por el cielo. Esta es una lección preciosa para cada uno de los que siguen a Cristo.

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La religión pura y sin mancha consiste en “visitar a los huérfanos y las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo”. Santiago 1:27. Los miembros de nuestras iglesias tienen mucha necesidad de conocer la piedad práctica. Necesitan practicar la abnegación y el sacrificio propio. Necesitan mostrar al mundo evidencias de que son semejantes a Cristo. Por lo tanto, la obra que él requiere de ellos no deben hacerla en su nombre otras personas; ni debe delegarse a alguna comisión o institución la responsabilidad que ellos mismos deben cumplir. Deben llegar a ser semejantes a Cristo en carácter, dando de sus recursos y de su tiempo, su simpatía, y su esfuerzo personal, para ayudar a los enfermos, consolar a los afligidos, socorrer a los pobres, animar a los desalentados, iluminar a los que están en las tinieblas, dirigir a los pecadores a Cristo, y grabar en los corazones la necesidad de obedecer la ley de Dios.

La gente está observando y evaluando a los que dicen creer las verdades especiales para este tiempo para determinar si con su vida y conducta representan a Cristo. Si el pueblo de Dios se dedica humilde y fervientemente a la obra de hacer bien a todos, ejercerá una influencia que se sentirá en toda aldea y ciudad donde penetró la verdad. Si los que conocen la verdad practican sus principios a medida que se les presenta la oportunidad, y si hacen cada día pequeños actos de amor donde viven, sus vecinos conocerán a Cristo. El evangelio será revelado como poder vivo, y no como fábulas por arte compuestas o especulaciones inútiles. Se revelará como una realidad, no como el resultado de la imaginación o el entusiasmo. Esto tendrá mayores consecuencias que los sermones, la profesión de fe o los credos.

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Satanás está poniendo en juego su reputación para apoderarse de cada alma. Sabe que la compasión es una prueba de la pureza y de la abnegación del corazón, por lo cual hará todo esfuerzo posible para cerrar el corazón a las necesidades ajenas, y lograr que seamos insensibles al dolor. Recurrirá a muchas estratagemas para anular las muestras de amor y simpatía. Así fue como arruinó a Judas, quien solapadamente hacía planes para su propio beneficio. El traidor representa a un numeroso grupo de los que actualmente profesan ser cristianos; por lo tanto, necesitamos estudiar su caso. Estamos tan cerca de Cristo como él lo estaba. Sin embargo, si, como sucedió con Judas, la asociación con Cristo no nos hace uno con él, si no despierta en nuestro corazón una simpatía sincera hacia las personas por quienes Cristo dio su vida, corremos como Judas, el peligro de quedar separados de Cristo y de ser objeto de las tentaciones de Satanás.

Necesitamos protegernos contra la primera desviación de la rectitud; una desobediencia, un descuido en el deber de manifestar el espíritu de Cristo, pueden abrir la puerta a repetidos extravíos, hasta el punto en que la mente es dominada por los principios del enemigo. Si se cultiva un espíritu de egoísmo, esto se convierte en una pasión devoradora que nada fuera del poder de Cristo puede subyugar.

El mensaje de Isaías 58

No puedo instar demasiado a todos los miembros de nuestras iglesias, a los que son verdaderos misioneros, a los que creen el mensaje del tercer ángel, a los que respetan la santidad del sábado; para que consideren el mensaje del capítulo 58 de Isaías. La obra de beneficencia ordenada en dicho capítulo es la que Dios requiere que su pueblo haga en este tiempo. Es una obra señalada por él. No nos deja en dudas en cuanto al lugar donde se aplica el mensaje, y al tiempo de su cumplimiento, porque leemos: “Y los tuyos edificarán las ruinas antiguas; los cimientos de generación y generación levantarás, y serás llamado reparador de portillos, restaurador de calzadas para habitar” vers. 12. El monumento recordativo de Dios, el sábado o séptimo día, recordativo de la obra que hizo al crear el mundo, ha sido desplazado por el hombre de pecado. El pueblo de Dios tiene una obra especial que hacer para reparar la brecha abierta en su ley; y cuanto más nos acercamos al fin, tanto más urgente se vuelve esta obra. Todos los que amen a Dios demostrarán que llevan su sello observando sus mandamientos. Son los restauradores de la senda en que se ha de andar. El Señor dice: “Si retrajeres del sábado tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y al sábado llamares delicia,… entonces te deleitarás en Jehová; y yo te haré subir sobre las alturas de la tierra”. vers. 13, 14 (NVI). De este modo, la verdadera obra médica misionera está inseparablemente vinculada con la observancia de los mandamientos de Dios, entre los cuales se menciona especialmente el sábado, puesto que es el gran monumento recordativo de la obra creadora de Dios. Su observancia se vincula con la obra de restaurar la imagen moral de Dios en el hombre. Éste es el ministerio que el pueblo de Dios debe realizar en la algo que debidamente cumplido, impartirá abundantes bendiciones a la Iglesia.

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Como creyentes en Cristo necesitamos más fe. Necesitamos ser más fervientes en la oración. Muchos se preguntan por qué sus oraciones son tan muertas, su fe tan débil y vacilante, su experiencia cristiana tan sombría e incierta. “¿Qué aprovecha—dicen ellos—que guardemos su ley, y que andemos tristes delante de Jehová de los ejércitos?” En el capítulo 58 de Isaías, Cristo demostró cómo puede cambiarse este estado de cosas. Dice: “¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en tu casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano?” vers. 6, 7. Tal es la receta que Cristo prescribió para el alma que desmaya, duda y tiembla. Levántense los pesarosos, los que andan tristes delante del Señor, y socorran a alguien que necesite auxilio.

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Tatiana Patrasco