Testimonios para la Iglesia, Vol. 6, p. 279-288, día 366

Cada miembro de la iglesia debe considerar que tiene el deber especial de trabajar por los que viven en su vecindario. Estudiad la mejor manera de ayudar a los que no tienen interés en las cosas religiosas. Mientras visitáis a vuestros amigos y vecinos, manifestad interés en su bienestar espiritual, tanto como en el temporal. Presentad a Cristo como el Salvador que perdona el pecado. Invitadlos a vuestra casa, y leed con ellos la preciosa Biblia y los libros que explican sus verdades. Esto, unido a himnos sencillos y oraciones fervientes, conmoverá su corazón. Enséñese a los miembros de la iglesia a hacer esta obra. Es tan importante como salvar a las almas sin luz en el extranjero. Mientras algunos se ocupan de las almas de países lejanos, que todos los que permanecen en su país se preocupen y trabajen con igual diligencia por la salvación de quienes los rodeen.

Las horas que con tanta frecuencia se dedican a las diversiones que no renuevan el cuerpo ni el alma, debieran dedicarse a visitar a los pobres, los enfermos y los dolientes, o a ayudar a algún necesitado.

Al tratar de ayudar a los pobres, los despreciados y los abandonados, no trabajéis como si estuvierais subidos en los zancos de vuestra dignidad y superioridad, porque en tal caso nada lograríais. Sed verdaderamente convertidos y aprended de Aquel que es manso y humilde de corazón. Debemos recordar siempre al Señor. Como siervos de Cristo, digamos con frecuencia, no sea que lo olvidemos: “He sido comprado con precio”.

Dios no sólo pide nuestra benevolencia, sino también nuestra buena disposición, nuestras palabras animadoras, nuestro apretón de manos. Mientras visitamos a los afligidos hijos de Dios, hallaremos a algunos que han perdido la esperanza. Devolvámosles la alegría. Hay quienes necesitan el pan de vida; leámosles la Palabra de Dios. Sobre otros se extiende una tristeza que ningún bálsamo ni médico terrenal puede curar; oremos por ellos, y llevémoslos a Jesús.

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En ocasiones especiales, algunos ceden a un sentimentalismo que los lleva a realizar acciones impulsivas. Creen que con eso prestan un gran servicio a Cristo, pero no es así. Su celo muere pronto, y descuidan su responsabilidad de prestar un servicio a Cristo. Lo que Dios acepta no es un servicio espasmódico; no son arrebatos de actividad emotiva lo que puede ser de beneficio para nuestros semejantes. Esos esfuerzos para hacer bien causan con frecuencia mayor perjuicio que beneficio.

Los métodos para ayudar a los menesterosos deben considerarse con cuidado y oración. Debemos pedir sabiduría a Dios, porque él sabe mejor que los mortales cortos de vista cómo debe cuidarse a las criaturas que él hizo. Hay quienes dan indiscriminadamente a todo el que solicita su ayuda. En esto se equivocan. Al tratar de ayudar a los menesterosos, debemos esmerarnos por darles la ayuda debida. Ciertas personas se convertirán en un objeto central de caridad mientras se les ayude. Dependerán de otros mientras vean algo de lo cual puedan aprovecharse. Dándoles más tiempo y atención que lo debido, podemos estimular su ociosidad, incapacidad, extravagancia e intemperancia.

Cuando damos a los pobres debemos preguntarnos: “¿Estoy estimulando la prodigalidad? ¿Estoy ayudándolos o perjudicándolos?” Nadie que puede ganarse la vida tiene derecho a depender de los demás.

La expresión: “El mundo me tiene que sostener”, tiene en sí la esencia de la mentira, del fraude y del robo. El mundo no tiene que sostener a nadie que pueda trabajar y ganarse la vida. Pero si alguno llega a nuestra puerta y pide alimento, no debemos despedirlo hambriento. Su pobreza puede ser el resultado de la desgracia.

Debemos ayudar a los que, con familias numerosas que sostener, tienen que luchar constantemente con la debilidad y la pobreza. Más de una madre viuda, con sus niños sin padre, trabaja más de lo que sus fuerzas le permiten a fin de conservar a sus pequeñuelos consigo y proveerles alimento y ropa. Muchas madres que están en esta situación han muerto por exceso de trabajo. Cada viuda necesita el consuelo de las palabras alentadoras, y muchas son las que debieran recibir ayuda material.

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Algunos hombres y mujeres de Dios, con discernimiento y sabiduría, debieran ser designados para atender a los pobres y menesterosos, en primer lugar a los de la familia de la fe. Dichas personas debieran dar a la iglesia su informe y su opinión acerca de lo que debería hacerse.

En vez de animar a los pobres a pensar que pueden conseguir que se les provea gratis, o casi gratis, lo que necesitan para comer y beber, deberíamos ponerlos en condición de ayudarse a sí mismos. Debemos esforzarnos por proveerles trabajo, y si es necesario, enseñarles a trabajar. Enséñese a los miembros de las familias pobres a cocinar, a hacer y arreglar su propia ropa, a cuidar debidamente su casa. Enséñese debidamente a los niños y niñas algún oficio u ocupación útil. Debemos educar a los pobres para que se sostengan a sí mismos. Esto será una verdadera ayuda, porque no sólo los hará autosuficientes, sino que los habilitará para ayudar a otros.

Es propósito de Dios que los ricos y los pobres estén estrechamente vinculados por lazos de simpatía y por un espíritu servicial. Él nos invita a interesarnos en todos los casos de padecimiento y necesidad que lleguen a nuestro conocimiento.

No pensemos que vamos a rebajar nuestra dignidad al atender a los dolientes. No miremos con indiferencia y desprecio a los que han arruinado el templo del alma. Ellos son objeto de la compasión divina. El que creó a todos tiene interés en todos. Aun los que han caído en lo más bajo no están fuera del alcance de su amor y compasión. Si somos verdaderamente sus discípulos, manifestaremos el mismo espíritu. El amor que es inspirado por nuestro amor hacia Jesús verá en cada alma, sea pobre o rica, un valor que no puede ser medido por el cálculo humano. Revele nuestra vida un amor superior a cuanto pueda expresarse en palabras.

Con frecuencia, el corazón de los hombres se endurece bajo la reprensión; pero no puede resistir el amor que se les manifiesta en Cristo. Debemos invitar al pecador a no sentirse desechado por Dios. Invitémoslo a mirar a Cristo, que es el único capaz de sanar el alma contaminada por el pecado. Digámoselo al desesperado y desalentado doliente que es prisionero de la esperanza. Sea nuestro mensaje: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Juan 1:29.

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Se me ha indicado que la obra médica misionera descubrirá en las mismas profundidades de la degradación a hombres que, aunque se han entregado a costumbres intemperantes y disolutas, responderán al trato apropiado. Pero es necesario reconocerlos y animarlos. Se necesita un esfuerzo firme, paciente y ferviente para elevarlos. No pueden restaurarse a sí mismos. Pueden oír el llamamiento de Cristo, pero sus oídos están demasiado embotados para discernir su significado; sus ojos están demasiado ciegos para ver lo bueno que se ha reservado para ellos. Están muertos en delitos y pecados. Sin embargo, aun estos no están excluidos del banquete del Evangelio. Deben recibir la invitación: “Venid”. Aunque se sientan indignos, el Señor dice: “Fuérzalos a entrar”. No escuchéis excusa alguna. Con amor y bondad, asíos de ellos.

“Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna. A algunos que dudan, convencedlos. A otros salvadlos arrebatándolos del fuego; y de otros tened misericordia con temor”. Judas 20-23. Haced sentir a las conciencias los terribles resultados de la desobediencia a la ley de Dios. Demostrad que no es él quien causa el dolor ni el sufrimiento, sino que el hombre, por su propia ignorancia y pecado, atrajo esta condición sobre sí mismo.

Esta obra, debidamente realizada, salvará a muchos pobres pecadores que han sido descuidados por las iglesias. Muchos que no pertenecen a nuestra fe, están anhelando la ayuda que los cristianos tienen el deber de darles. Si el pueblo de Dios quisiera manifestar verdadero interés en sus vecinos, muchos serían alcanzados por las verdades especiales para este tiempo. Nada puede dar tan buen nombre a la obra como ayudar a la gente donde está. Miles podrían estar regocijándose hoy en el mensaje, si los que aseveran amar a Dios y guardar sus mandamientos hubieran querido trabajar como Cristo trabajó.

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Cuando la obra médica misionera conduzca a hombres y mujeres a un conocimiento salvador de Cristo y su verdad, se podrá invertir sin peligro dinero y trabajo diligente en ella; porque será una obra perdurable.

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Cuidado de los huérfanos

Entre todos aquellos cuyas necesidades requieren nuestro interés, las viudas y los huérfanos tienen el mayor derecho a nuestra tierna simpatía. Son objeto del cuidado especial del Señor confiados a los cristianos. “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha de este mundo”. Santiago 1:27.

Más de un padre que murió en la fe, confiado en la eterna promesa de Dios, dejó a sus amados con la plena seguridad de que el Señor los cuidaría. Y ¿cómo provee el Señor para estos acongojados? No realiza un milagro enviando maná del cielo; no manda cuervos que les lleven alimento: provee a través de los corazones humanos, expulsando el egoísmo del alma y abriendo las fuentes de la benevolencia. Prueba el amor de quienes profesan seguirle, confiando a sus tiernas misericordias a los afligidos y a los enlutados.

Que aquellos que aman al Señor abran su corazón y sus hogares para recibir a estos niños. No es el mejor plan cuidar a los huérfanos en grandes instituciones. Si no tienen parientes que puedan sostenerlos, los miembros de nuestras iglesias deben adoptar a estos pequeñuelos en sus familias o hallar hogares apropiados para ellos en otras casas.

Estos niños son en un sentido especial seres en quienes Cristo se fija, y descuidarlos es ofenderlo a él. Todo acto bondadoso expresado a ellos en el nombre de Jesús será aceptado por él como hecho a él mismo. Los que de alguna manera los privan de los recursos que debieran tener, los que consideran con indiferencia sus necesidades, serán castigados por el Juez de toda la tierra. “¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderle? Os digo que pronto les hará justicia”. “Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia” Lucas 18:7, 8; Santiago 2:13. El Señor nos ordena: “¿No es que… a los pobres errantes alberguez en casa?” Isaías 58:7. El cristianismo debe proporcionar padres y madres y casas, a esos desamparados. La compasión hacia la viuda y el huérfano, manifestada en las oraciones y los actos correspondientes, será recordada delante de Dios y al fin será recompensada.

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Un amplio campo de posibilidades espera a todos los que deseen trabajar por el Maestro, cuidando a niños y jóvenes que han sido privados de la dirección vigilante de sus padres y de la influencia subyugadora de un hogar cristiano. Muchos de ellos han heredado malos hábitos, y si se los deja crecer en la ignorancia, serán influenciados por compañías que pueden conducirlos al vicio y el crimen. Estos niños poco promisorios necesitan estar en un ambiente favorable para la formación de un carácter adecuado, para que puedan llegar a ser hijos de Dios.

Vosotros que profesáis ser hijos de Dios, ¿estáis haciendo vuestra parte para enseñar a estos que tanto necesitan que se los guíe pacientemente al Salvador? ¿Estáis haciendo vuestra parte como fieles siervos de Cristo? ¿Estamos cuidando de estas mentes que todavía no se han formado, y que tal vez no estén bien disciplinadas, con el mismo amor que Cristo manifestó hacia nosotros? El alma de los niños y de los jóvenes está en peligro mortal si se los abandona a sí mismos. Necesitan instrucción paciente, amor y tierno cuidado cristiano.

Si no hubiese revelación que señalase nuestro deber, el mismo espectáculo que ven nuestros ojos, y lo que sabemos de la inevitable relación entre causa y efecto, deberían inducirnos a rescatar a esos infortunados. Si los miembros de la iglesia quisieran dedicar a esta obra la energía, el tacto y la habilidad que emplean en los negocios comunes de la vida, si pidiesen sabiduría a Dios y procurasen fervorosamente amoldar estas mentes indisciplinadas, podrían rescatarse muchas almas que están a punto de perecer.

Si los padres sintiesen por la salvación de sus propios hijos la solicitud que debieran sentir, si los llevasen al trono de la gracia en sus oraciones y viviesen de acuerdo con ellas, sabiendo que Dios quiere ayudarlos, podrían tener éxito en su trabajo por los niños que no son de su propia familia, especialmente por aquellos que no pueden recibir consejos ni dirección de sus propios padres. El Señor invita a todo miembro de la Iglesia a cumplir su deber hacia esos huérfanos.

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Una obra como la de Cristo

Al atender a los niños no debemos obrar simplemente por deber; sino por amor, porque Cristo murió para salvarlos; compró estas almas que necesitan nuestro cuidado, y espera que las amemos como él nos amó en nuestros pecados y extravíos. El amor es el medio por el cual Dios obra para atraer el corazón hacia sí; porque “Dios es amor”. Este principio es el único que resulta eficaz en cualquier empresa de misericordia. Lo finito debe unirse con el Infinito.

Esta obra en favor de los necesitados requerirá dedicación, abnegación y sacrificio personal. Pero ¿qué es un pequeño sacrificio comparado con el sacrificio que Dios hizo por nosotros en la dádiva de su Hijo unigénito?

Dios nos imparte su bendición para que la compartamos con otros. Cuando le pedimos nuestro pan cotidiano, él se fija en nuestra intención para ver si nos proponemos compartirlo con quienes lo necesitan más que nosotros. Cuando oramos: “Dios, sé propicio a mí pecador”, procura detectar si manifestaremos compasión con el prójimo. Expresamos nuestra relación con Dios si somos misericordiosos como lo es nuestro Padre celestial.

Dios da constantemente. ¿Y a quiénes concede sus dones? ¿A los que tienen un carácter intachable? Él “Que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos”. Mateo 5:45. No obstante el carácter pecaminoso de la humanidad, a pesar de que tan a menudo agraviamos el corazón de Cristo y no merecemos el perdón, cuando se lo pedimos él no nos rechaza. Nos ofrece gratuitamente su amor con esta exhortación: “Que os améis unos a otros; como yo os he amado”. Juan 13:34.

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Hermanos y hermanas, os pido que consideréis cuidadosamente este asunto. Pensad en las necesidades de los huérfanos. ¿No se conmueven vuestros corazones cuando presenciáis sus sufrimientos? Ved si no podéis hacer algo para atender a estos seres desamparados. En la medida en que podáis hacerlo, dad hogar a los que no lo tienen. Esté cada uno listo para ayudar en dicha obra. El Señor dijo a Pedro: “Apacienta mis corderos”. Es una orden, y al abrir nuestros hogares a los huérfanos, contribuimos a que se cumpla. No permitamos que Jesús se frustre con nosotros.

Tomemos estos niños y presentémoslos a Dios como una ofrenda fragante. Pidamos su bendición sobre ellos, y luego moldeémoslos de acuerdo a la orden de Cristo. ¿Aceptará nuestro pueblo este santo cometido? A causa de nuestra piedad superficial y ambición mundana, ¿dejaremos que esos seres por quienes Cristo murió sufran y vayan por malos caminos?

La Palabra de Dios contiene abundantes instrucciones sobre el trato que debemos dar a la viuda, al huérfano y al pobre doliente y menesteroso. Si todos las obedecieran, el corazón de la viuda cantaría de gozo; los pequeñuelos hambrientos serían alimentados; se vestiría a los indigentes; y revivirían los que están a punto de perecer. Los seres celestiales nos observan y cuando, motivados por nuestro celo por la honra de Cristo nos coloquemos en el camino de la providencia divina, estos mensajeros celestiales nos impartirán un nuevo poder espiritual para que podamos subsanar las dificultades y triunfar sobre todos los obstáculos.

¡Qué bendición recibirán los que trabajen! Para muchos que son ahora indolentes, egoístas y centrados en sí mismos, esto sería como resucitar. Reviviría entre nosotros la caridad celestial, la sabiduría y el celo.

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Adopción de huérfanos por esposas de pastores

Se ha preguntado si la esposa de un ministro debe adoptar niños pequeños. Respondo: Si ella no tiene inclinación ni idoneidad para dedicarse a la obra misionera fuera de su casa, y siente que es su deber recibir niños huérfanos y cuidarlos, puede hacer una buena obra. Pero elija los niños en primer lugar de entre los hijos huérfanos de observadores del sábado. Dios bendecirá a hombres y mujeres que, con corazón voluntario, compartan su hogar con estos niños desamparados. Pero si la esposa del ministro está capacitada para educar a otros, debe consagrar sus facultades a Dios como obrera cristiana. Debe ser una verdadera ayuda para su esposo, apoyándolo en su trabajo, perfeccionando su intelecto y contribuyendo a dar el mensaje. Está abierto el camino para que mujeres humildes y consagradas, dignificadas por la gracia de Cristo, visiten a los que necesitan ayuda e impartan luz a los desalentados. Pueden animar a los que están agobiados y abatidos, orar con ellos y conducirlos a Cristo. Las personas tales no deben dedicar su tiempo y fuerza a un niño huérfano que requiere constante cuidado y atención. No deberán atarse las manos voluntariamente.

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Hogares para huérfanos

Cuando se haya hecho todo lo posible para atender a los huérfanos en nuestros propios hogares, quedarán todavía muchos menesterosos en el mundo que deberán ser atendidos. Pueden ser andrajosos, sin gracia y en nada atrayentes; pero fueron comprados con precio, y son tan estimables a la vista de Dios como nuestros propios pequeñuelos. Son propiedad de Dios, y por ellos son responsables los cristianos. “Sus almas—dice Dios—demandaré de tu mano”.

Cuidar de estos menesterosos es buena obra; pero en esta época del mundo, el Señor no ordena a nuestro pueblo que establezca grandes y costosos establecimientos con este fin. Sin embargo, si hay entre nosotros quienes se sientan llamados por Dios a establecer instituciones dedicadas a cuidar de los niños huérfanos, cumplan lo que consideran su deber. Pero al hacerlo deben solicitar la ayuda del mundo. No deben recurrir al pueblo a quien el Señor confió la obra más importante que haya sido dada a los hombres: una obra que consiste en proclamar el último mensaje de misericordia a todas las naciones, tribus, lenguas y pueblos. La tesorería del Señor debe mantener un excedente para sostener la obra del Evangelio en “las regiones remotas”.

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Tatiana Patrasco