Testimonios para la Iglesia, Vol. 6, p. 289-298, día 367

Los que sienten la preocupación de establecer tales instituciones, deben emplear personas hábiles para presentar sus necesidades y recaudar fondos. Despierten a la gente del mundo, recurran a las iglesias de otras denominaciones; a los hombres que sienten la necesidad de que se haga algo en favor de los pobres y huérfanos. En toda iglesia hay quienes temen a Dios. Diríjanse a ellos, porque Dios les ha dado esta obra. Las instituciones que han sido establecidas por nuestro pueblo para cuidar de los huérfanos, los enfermos y ancianos de entre nosotros, deben ser sostenidas. No se las debe dejar languidecer, ni permitir que sean un oprobio para la causa de Dios. La ayuda prestada para sostener las instituciones debe considerarse, no solamente un deber, sino un precioso privilegio. En vez de hacernos regalos inútiles unos a otros, compartamos nuestros recursos con los pobres y los desamparados. Cuando el Señor vea que estamos haciendo lo mejor que podemos para aliviar a estos necesitados, impresionará a otros a cooperar en esta buena obra.

El propósito de un orfanato no debe ser solamente proveer a los niños alimentos y ropas, sino ponerlos bajo el cuidado de maestros cristianos que los educarán en el conocimiento de Dios y de su Hijo. Los que hacen este trabajo deben ser hombres y mujeres de gran corazón, que se inspiraron con entusiasmo a los pies de la cruz del Calvario. Deben ser hombres y mujeres educados y abnegados; que trabajarán como Cristo trabajó, para la causa de Dios y de la humanidad.

A medida que esas personas sin hogar sean ubicadas donde puedan aprender, ser felices y llegar a ser hijos e hijas del Rey celestial, se irán preparando para desempeñar un papel semejante al de Cristo en la sociedad. Se las debe educar para que ellas a su vez ayuden a otros. Así se extenderá la buena obra y se perpetuará.

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¿Qué madre amó jamás a su hijo como Jesús ama a los suyos? Él mira el carácter mancillado con dolor más hondo y más punzante que el de cualquier madre. Ve la retribución futura de una mala conducta. Por lo tanto, hágase todo lo posible en favor del alma desatendida.

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La obra médica misionera y el mensaje del tercer ángel

Se me ha instruido repetidamente en el sentido de que la obra médica misionera debe tener con la obra del tercer ángel la misma relación que tienen el brazo y la mano con el cuerpo. Bajo la dirección de la Cabeza divina han de trabajar unidas en la preparación del camino para la venida de Cristo. El brazo derecho del cuerpo de la verdad debe estar constantemente activo, obrando de continuo, y Dios lo fortalecerá. Sin embargo, no debe transformarse en el cuerpo entero. El cuerpo no debe decir al brazo: “No te necesito”. El cuerpo necesita al brazo para hacer una obra activa y agresiva. Ambos tienen su obra señalada, y cada uno sufrirá gran pérdida si obra independientemente del otro.

La obra de predicar el mensaje del tercer ángel no ha sido considerada por algunos como Dios quiere que lo sea. Ha sido tratada como una obra inferior, mientras que debiera ocupar un lugar importante entre los instrumentos humanos para la salvación del hombre. Es necesario llamar la atención del mundo a las Escrituras como el agente más eficaz para la salvación de las almas: el ministerio de la Palabra es la gran fuerza educativa que ha de producir este resultado. Los que desprecian el ministerio y procuran dirigir independientemente la obra médica misionera, tratan de separar el brazo del cuerpo. ¿Cuál sería el resultado si tuviesen éxito? Veríamos manos y brazos volando de aquí para allá, distribuyendo recursos sin la dirección de la cabeza. La obra llegará a ser desproporcionada y desequilibrada. Lo que Dios destinó a ser mano y brazo tomaría el lugar de todo el cuerpo, y el ministerio sería empequeñecido o totalmente pasado por alto. Esto desequilibraría las mentes y produciría confusión, y muchas partes de la viña del Señor quedarían sin cultivar.

La obra médica misionera debe ser parte de la obra de toda iglesia en nuestro país. Separada de la iglesia, no tardaría en ser una extraña mezcla de átomos desorganizados. Consumiría, pero no produciría. En vez de actuar como mano auxiliadora de Dios para hacer progresar su verdad, minaría la vida y la fuerza de la iglesia, y debilitaría el mensaje. Dirigida independientemente, no sólo absorbería talentos y recursos que se necesitarían en otros ramos, sino que en la misma obra de ayudar a los dolientes aisladamente del ministerio de la Palabra pondría a los hombres en posición de burlarse de la verdad bíblica.

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El ministerio evangélico es necesario para dar permanencia y estabilidad a la obra médica misionera; y el ministerio necesita la obra médica misionera para mostrar la parte práctica del Evangelio. Ninguna parte de la obra es completa sin la otra.

El mensaje de la pronta venida del Salvador debe ser proclamado en todo el mundo, y debiera caracterizarlo una solemne dignidad en todos sus ramos. Debe cultivarse una viña muy extensa, y el labrador hábil la trabajará de tal manera que cada parte produzca fruto. Si en la obra médica misionera se mantienen puros los principios de la verdad, sin que los contamine nada que pudiera empañar su brillo, el Señor la dirigirá. Si los que llevan las cargas pesadas se mantienen firmes y leales a los principios de la verdad, el Señor los sostendrá.

La unión que debe existir entre la obra médica misionera y el ministerio evangélico se presenta claramente en el capítulo 58 de Isaías. Hay sabiduría y bendición para los que quieran dedicarse a la obra allí representada. Este capítulo es explícito, y tiene lo suficiente para iluminar a cualquiera que desee hacer la voluntad de Dios. Ofrece amplia oportunidad de ministrar a la humanidad doliente y de ser al mismo tiempo instrumentos en la mano de Dios para comunicar la luz de la verdad a un mundo que perece. Si la obra del mensaje del tercer ángel se lleva a cabo debidamente, no se asignará al ministerio un lugar inferior, ni se descuidará a los pobres y enfermos. En su Palabra, Dios ha unido estas dos secciones de la obra, y nadie debe separarlas.

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Existe el peligro de perder de vista los importantes principios de la verdad al efectuar la obra que debemos hacer para favorecer a los pobres; pero debemos recordar siempre que al ejecutarla hay que incluir las necesidades espirituales de la persona necesistada. En nuestros esfuerzos por aliviar las necesiddes temporales, corremos el peligro de separar del último mensaje evangélico sus cualidades más importantes. En la forma como se ha llevado a cabo en algunos lugares, la obra médica misionera ha usado talentos y recursos que pertenecen a otros ramos de la obra, y se ha descuidado el trabajo que debía hacerse entre los que son manifiestamente más espirituales.

Debido a las siempre crecientes oportunidades para atender toda clase de necesidades temporales, existe el peligro de que la obra médica eclipse el mensaje que Dios nos ha dado para que lo proclamemos en toda ciudad, a saber, que Cristo vendrá pronto, y que es necesario obedecer los mandamientos de Dios y al testimonio de Jesús. Este mensaje es el que debe preocuparnos en nuestra obra. Debe ser proclamado con fuerte clamor a todo el mundo. Tanto en nuestra patria como en los campos extranjeros, debe acompañarlo la presentación de los principios del sano vivir, pero sin independizarse de él ni reemplazarlo. Esta fase de la obra, sin embargo, no debe absorber tanto nuestra atención que disminuya la importancia de los demás departamentos. El Señor nos ha ordenado que consideremos la obra en todos sus aspectos, para que tenga un desarrollo proporcionado, simétrico y bien equilibrado.

La verdad para este tiempo abarca todo el Evangelio; por eso, debidamente presentada, realizará cambios en la persona que pondrán en evidencia el poder de la gracia de Dios sobre el corazón. Hará un trabajo completo en el ser humano, y lo desarrollará integralmente. Por lo tanto, no se trace ninguna línea de demarcación entre la verdadera obra médica misionera y el ministerio evangélico. Fusiónense ambos al dar esta invitación: “Venid… todo está preparado”. Manteneos vinculados por una unión inseparable, como el brazo está unido al cuerpo.

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Los obreros médicos misioneros

El Señor necesita toda clase de obreros hábiles. “Él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros; a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”. Efesios 4:11-13.

Todo hijo de Dios debe tener un criterio santificado para considerar la causa en su conjunto y la relación de cada parte con las demás, para que ninguna se perjudique. El campo es vasto, y hay una gran obra de reforma que ejecutar, no en uno o dos ramos, sino en todos. El trabajo médico misionero es parte de esta obra de reforma, pero nunca debería convertirse en la causa de separación de su campo de labor a los obreros del ministerio. La educación de los estudiantes de medicina no es completa si no se preparan para trabajar en conexión con la iglesia y el ministerio, y la utilidad de los que se están preparando para el ministerio sería mucho mayor si recibieran instrucción acerca del extenso e importante tema de la salud. Se necesita la influencia del Espíritu Santo para que la obra esté debidamente equilibrada, y que pueda progresar sólidamente en todo ramo.

“Avanzad juntos”

La obra del Señor es una, y su pueblo ha de ser uno. El no ha indicado que alguna parte del mensaje se lleve adelante independientemente o llegue a absorberlo todo. En todas sus labores, unió la obra médica misionera con el ministerio de la Palabra. Envió a los doce apóstoles, y más tarde a los setenta, a predicar el Evangelio. Les dio también poder para sanar a los enfermos y echar fuera demonios en su nombre. Así también los obreros del Señor deben hacer su obra. El mensaje que nos llega hoy, es: “Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”. Juan 20:21, 22.

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Satanás inventará cuantos planes pueda para separar a los que Dios procura unir. Pero no debemos permitir que sus ardides nos desvíen, Si la obra médica misionera se lleva a cabo como parte del Evangelio, los del mundo verán el bien que se está realizando; quedarán convencidos de su pureza y contribuirán para sostenerla.

Nos estamos acercando al fin de la historia de este mundo, y Dios invita a todos a enarbolar el estandarte que lleva la inscripción: Aquí están “los que guardan los mandamientos de Dios, y la fe de Jesús”. Apocalipsis 14:12. Llama a su pueblo a trabajar en perfecta armonía. Pide a los que están empeñados en nuestra obra médica a unirse con el ministerio y a éste a cooperar con los obreros médicos misioneros; también invita a la iglesia a asumir el deber que le ha señalado mantener en alto: el estandarte de la verdadera reforma en su propio territorio, dejando libres a los obreros preparados y experimentados para que avancen hacia nuevos campos. Nadie debe pronunciar ninguna palabra desalentadora, porque eso agravia el corazón de Cristo y llena de alegría al adversario. Todos necesitan ser bautizados por el Espíritu Santo; todos deben evitar censurar y hacer observaciones despectivas; en cambio deben acercarse más a Cristo, para apreciar las pesadas responsabilidades que están llevando los que colaboran con él. “Avanzad juntos; avanzad juntos”, son las palabras de nuestro instructor divino. La unión hace la fuerza; en la división hay debilidad y derrota.

En nuestra obra en favor de los pobres e infortunados, necesitaremos ser precavidos, para evitar acumular responsabilidades que no podamos desempeñar. Antes de adoptar planes y métodos que requieran un gran uso de recursos, debemos considerar si tendrán la aprobación divina. Dios no aprueba que se fomente un ramo de trabajo en desmedro de los demás. Él desea que la obra médica misionera prepare el camino para la presentación de la verdad salvadora para este tiempo: la proclamación del mensaje del tercer ángel. Si esto se cumple, el mensaje no será eclipsado ni estorbado su progreso.

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Lo que Dios requiere no son numerosas instituciones, grandes edificios, ni mucha ostentación; sino la acción armoniosa de un pueblo peculiar, un pueblo precioso, escogido por él. Cada uno debe ocupar su lugar, pensando, hablando y actuando en armonía con el Espíritu de Dios. Entonces, pero no antes, será la obra un todo completo y simétrico.

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Descuidados por la iglesia y el ministerio

En la invitación a la cena evangélica, el Señor Jesús ha especificado la obra que debe realizarse; la obra que debe ocupar a cada iglesia en todas partes, hacia los cuatro puntos cardinales.

Las iglesias necesitan que sus ojos sean ungidos con el colirio celestial, para que puedan ver las múltiples oportunidades que tienen a su alrededor de ministrar en el servicio de Dios. El Señor ha llamado a su pueblo repetidamente para salir a los caminos y veredas, y urgir a la gente a entrar para que su casa se llene; sin embargo, aun a la sombra de nuestras propias puertas se encuentran familias por las que no hemos mostrado interés suficiente para hacerles pensar que nos preocupamos por ellas. Esta obra que tenemos delante de nosotros es la que el Señor ahora le suplica a su iglesia que emprenda. No debemos pararnos y decir: “¿Quién es mi prójimo?” Debemos recordar que nuestro prójimo es el que necesita más de nuestra ayuda y simpatía. Nuestro prójimo es cada alma que está herida y maltratada por el adversario. Nuestro prójimo es todo aquel que pertenece a Dios. En Cristo, las diferencias marcadas por los judíos respecto a quién era su prójimo, desaparecen. No hay límites territoriales, distintivos artificiales, castas ni aristocracia.

Oportunidades limitadas

En nuestras iglesias no se ha manifestado ampliamente la actitud del Buen Samaritano. Muchos necesitados de ayuda han sido descuidados, así como el sacerdote y el levita despreciaron al extranjero herido y magullado que fue dejado a la vera del camino para que muriera. Los mismos que necesitaban el poder del Sanador divino para que curara sus heridas, lo dejaron sin ofrecerle ayuda y como si no existiera. Muchos han obrado como si fuera suficiente saber que Satanás tenía su trampa lista para un alma, y que podían irse a la casa sin importarles la oveja perdida. Es evidente que los que manifiestan tal actitud, no han sido participantes de la naturaleza divina, sino de los atributos del enemigo de Dios.

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Alguien debe cumplir la misión que Cristo dio; alguien debe continuar la obra que él comenzó en el mundo, y se ha dado este privilegio a la iglesia. Ha sido organizada para esto. ¿Por qué, entonces, los miembros de la iglesia no han aceptado la responsabilidad? Hay algunos que han observado este descuido; han visto la necesidad de muchos que sufren y pasan penurias; han reconocido en estas pobres almas a aquellos por quienes Cristo dio su vida, y sus corazones han sido estremecidos con piedad, poniendo sus energías en acción. Han iniciado la obra de organizar a los que colaboran con ellos llevando la verdad del Evangelio a los que en el presente se encuentran en el vicio y la iniquidad, para que sean redimidos de una vida de disipación y pecado. Los que han estado haciendo esta obra de ayuda cristiana, cumplen con lo que el Señor desea que hagan, y él acepta lo que hacen. Lo que se ha hecho en este aspecto es la obra con la cual todo adventista del séptimo día debe simpatizar de todo corazón, respaldarla y asirse del Señor para lograrlo. Al descuidar la misión que está dentro de sus propias fronteras, al rehusar llevar estas responsabilidades, la iglesia sufre una gran pérdida. Si la Iglesia hubiera hecho esta obra como debía, habría sido el medio de salvación para mucha gente.

El Señor no ha mirado con simpatía a su iglesia por causa de su descuido. Se ha hecho evidente en muchos el amor por la despreocupación y la complacencia egoísta. Algunos que han gozado del privilegio de conocer la verdad bíblica no la han entronizado en el santuario de su alma. Dios los responsabiliza por los talentos que no han usado en servicio fiel y honesto, realizando todo esfuerzo posible para buscar y salvar los que estaban perdidos. Se representa a estos siervos negligentes viniendo a la cena de bodas sin el vestido apropiado, el vestido de la justicia de Cristo. Han aceptado la verdad nominalmente, pero no la practican. Profesamente circuncidados, en realidad están entre los incircuncisos. ¿Por qué no nos entusiasmamos con el Espíritu de Cristo? ¿Por qué somos tan poco sensibles a los lamentos lastimeros de un mundo lleno de sufrimientos? ¿Consideramos nuestro exaltado privilegio, agregar una estrella a la corona de Cristo, un alma librada de las cadenas con las cuales Satanás la había atado, un alma rescatada para el reino de Dios? La iglesia debe reconocer su obligación de llevar el Evangelio de la verdad presente a cada criatura. Os ruego que leáis los capítulos tres y cuatro de Zacarías. Si se entienden y aceptan estos capítulos, una obra será hecha por aquellos que están hambrientos y sedientos de justicia, una obra que significa para la iglesia: “Adelante y hacia arriba”.

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Tatiana Patrasco