Testimonios para la Iglesia, Vol. 6, p. 299-308, día 368

Resultados de la negligencia

Todos los miembros de la iglesia deben participar activamente en la obra misionera dondequiera que se establezca una iglesia. Deben visitar cada familia en el vecindario y conocer su condición espiritual. Si los profesos cristianos hubieran participado en esta obra desde que sus nombres fueron escritos en los libros de la iglesia, no habría ahora una incredulidad tan grande, tales abismos de iniquidad, la maldad sin paralelos que se ve en el mundo actualmente. Si cada miembro de iglesia hubiera procurado iluminar a otros, miles y miles estarían hoy con el pueblo de Dios que observa sus mandamientos.

Y no solamente en el mundo vemos el resultado de la negligencia de la iglesia para trabajar en las filas de Cristo. Esta negligencia ha permitido que se introduzcan en la iglesia actitudes que han eclipsado la importancia de la obra de Dios. Se ha introducido un espíritu de crítica y resentimiento, y en muchos se ha opacado el espíritu de discernimiento. Por este motivo, la causa de Cristo ha sufrido una enorme pérdida. Inteligencias celestiales han estado esperando para colaborar con los agentes humanos, pero su presencia no ha sido notada.

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Necesidad de arrepentimiento

Ahora es el momento propicio para arrepentirnos. Todo miembro del pueblo de Dios debe interesarse individualmente en la obra de hacer el bien. Deben unirse en anhelantes esfuerzos por elevar e iluminar a sus conciudadanos. Deben llevar el vestido de bodas que Cristo ha provisto para que estén en condición de trabajar en sus filas. No debieran recibir la gracia de Dios en vano. Con humilde y devota reverencia debieran trabajar a diestra y siniestra, consagrando a Dios todo su servicio y todas sus capacidades.

Debe producirse un despertar entre el pueblo de Dios. La iglesia en su totalidad será probada. El que se inclina hacia el mundo, el que medita y hace planes, el que tiene la mente constantemente ocupada en su negocio, debiera buscar la sabiduría en asuntos de interés eterno. Si ddedicara tanta energía en asegurar los tesoros celestiales y la vida que se mide por la vida de Dios, como lo hace para lograr ganancias mundanales, ¿qué no lograría?

El mayordomo infiel no se enriqueció con los recursos de su amo; simplemente no los puso a trabajar. Permitió que el ocio reemplazara el esfuerzo sincero y generoso. Fue infiel al apropiarse de los bienes de su señor. Siervo infiel, ¿no ves que perderás tu alma si no cooperas con Dios y maximizas tus talentos para el Maestro? Se te dio la mente para que entendieras cómo trabajar. Se te dieron ojos para que pudieras ser sabio para discernir las oportunidades que Dios te da. Tus oídos son para escuchar los mandamientos de Dios. Tus rodillas son para inclinarte tres veces al día en sincera oración. Tus pies son para correr por la senda de los mandamientos de Dios. El pensamiento, esfuerzo y talento debieran ser puestos en actividad para que podáis estar preparados para graduaros en la escuela de lo alto y oír de los labios de Uno que ha vencido toda tentación por nosotros: “Al que venciere yo le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono”. “Así dice Jehová de los ejércitos: si anduvieres por mis caminos, y guardares mi ordenanza, también tú gobernarás mi casa, también guardarás mis atrios, y entre estos que aquí están te daré lugar” Apocalipsis 3:21; Zacarías 3:7. Si no colaboras con Dios entregándote a él y le sirves, serás juzgado como no apto para ser ciudadano de su inmaculado reino celestial.

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Descuidados por el ministerio

En tanto que se me ha encomendado señalar el peligro de influir exageradamente en favor de asuntos que atañen a las actividades médicas misioneras, hasta el punto de descuidar otros ramos de servicio, esto no deja sin responsabilidad a los que se han mantenido alejados de la obra médica misionera. Los que no han simpatizado con esta obra, debieran cuidar ahora la forma como se expresan, pues, no tienen conocimiento respecto a este asunto. Cualquiera sea la posición que ocupen en la Asociación, debieran tener cuidado al expresar sentimientos que no ayudarán a nadie. La indiferencia y la oposición que algunos han manifestado referente a este asunto, son inconsecuentes con sus palabras que deberían ejercer una influencia edificante. No tienen una apreciación clara.

Algunos están preocupados y confundidos porque la obra médica se está saliendo de cauce, pues, al recibir tantos talentos y recursos, supera sobradamente el trabajo que se realiza en otros frentes. ¿Qué sucede? ¿Es que los dirigentes de la obra médica misionera están haciendo demasiado o es que los dirigentes de otros ramos están haciendo muy poco? Se me ha mostrado que en muchas actividades de la obra estamos haciendo solamente una pequeña parte de lo que debe hacerse. No se está manifestando como debiera fe, celo ni energía en la obra del ministerio. Los esfuerzos de muchos son débiles y sin espiritualidad. Es evidente que no hemos actuado de acuerdo con la luz que el Señor nos ha dado referente a nuestro deber y privilegios. Los hombres han superpuesto los planes de Dios con los propios. Se me ha comisionado para que diga que la prosperidad de la obra médica misionera tiene el beneplácito de Dios. Esta obra debe llevarse a término; la verdad debe ser llevada por los caminos y los vallados. Los pastores y los miembros de iglesia debieran despertar y ver la necesidad de cooperar en esta obra.

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Los que han sentido el peso del trabajo han testificado con ardiente e incansable energía mediante sus obras que no están contentos de ser meros creyentes de la teoría. Han procurado andar en la luz. Han practicado lo que creen. Han combinado la fe con las obras. Han hecho precisamente la obra que el Señor ha pedido que se haga, y mucha gente ha sido iluminada, convencida y atendida.

Sorprende la indiferencia de nuestros pastores respecto a la reforma pro salud y la obra médica misionera. Aun los que no profesan ser cristianos tratan el tema con mayor consideración que algunos de nuestra propia iglesia, y nos llevan la delantera.

¿Por qué, me pregunto, algunos de nuestros hermanos ministeriales están tan atrasados en la proclamación del importante tema de la temperancia? Mis hermanos, el mensaje para vosotros es: “Sostened la obra de la reforma pro salud y marchad”. Si pensáis que la obra médica misionera se está saliendo de proporciones, llevad a los hombres que han estado trabajando en estas filas con vosotros a vuestros campos de labor, y poned dos aquí y dos allá. Aceptad a estos médicos misioneros como aceptaríais a Cristo y ved qué obra pueden hacer. Descubriréis que no son enanos en su experiencia religiosa. Ved si en esta forma no podréis encauzar muchas de las corrientes vitales del cielo dentro de la iglesia. Ved si no hay algunos que podrían adquirirán la educación que tanto necesitan y que podrían decir: “Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecado, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús”. Efesios 2:4-6. Nuestra gran necesidad es la unidad, perfecta unión en la obra de Dios.

Los que no pueden apreciar la importancia y la fuerza de la obra médica misionera no deben sentirse autorizados para tratar de controlar ningún aspecto de ella. Necesitan un mayor conocimiento en todas las fases de la reforma pro salud. Necesitan ser purificados, santificados y ennoblecidos. Necesitan ser moldeados y hechos a semejanza divina. Entonces verán que la obra médica misionera es parte de la obra de Dios. La razón por la que muchos miembros de iglesia no entienden este departamento de la obra, es porque no están siguiendo a su Líder paso a paso en abnegación y sacrificio de sí mismos. La obra médica misionera es la obra de Dios y tiene su aprobación, y aunque los recursos no deben emplearse solamente en este ramo de trabajo, hasta el punto de hacerle daño o imposibilitar el trabajo que debiera hacerse en nuevos campos, no debiera restársele importancia.

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El ministerio evangélico es una organización para la proclamación de la verdad tanto al enfermo como al que goza de salud. Combina el trabajo misionero médico y el ministerio de la palabra. Mediante la combinación de estas dos actividades surgen oportunidades para comunicar luz y presentar el Evangelio a todas las clases sociales. Dios desea que tanto los pastores como miembros de iglesia muestren un interés decidido y activo en la obra médica misionera.

Llegar hasta la gente en el lugar preciso donde se encuentra, sin importar su posición ni su condición, y ayudar en todo lo que sea posible: en esto consiste el ministerio evangélico. Los que están enfermos físicamente, casi siempre están también enfermos anímicamente; y cuando el alma está enferma, eso también afecta el cuerpo. Los pastores debieran sentir que es parte de su trabajo atender a los enfermos y a los afligidos siempre que se presente la oportunidad. El ministro del Evangelio debe presentar el mensaje para que las personas sean santificadas y estén listas para la venida del Señor. Esta obra debe cubrir todo lo que abarca el ministerio de Cristo.

Entonces, ¿por qué no todos los ministros cooperan de corazón con los que llevan adelante la obra médica misionera? ¿Por qué no estudian cuidadosamente la vida de Cristo, para saber cómo trabajó él y así imitarlo? ¿Es para que vosotros, los ministros escogidos de Cristo, los que disfrutáis de su ejemplo ante vosotros, salgáis al frente y critiquéis precisamente la obra que él vino a realizar entre los hombres? La obra que se lleva a cabo ahora en las filas médicas misioneras debiera haberse hecho hace muchos años, y debió haberse completado si el pueblo de Dios hubiera estado plenamente convertido a la verdad, si hubiera estudiado la palabra con corazón humilde, si hubiera reverenciado al Dios del universo y estudiado su voluntad en vez de practicar la complacencia de sí mismos. Si nuestro pueblo hubiera realizado esta obra, muchas personas con dones e influencia se habrían convertido y unido a nosotros en la proclamación del mensaje del pronto regreso de Cristo.

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Los conocedores de la fisiología y la higiene descubrirán en su quehacer ministerial que este conocimiento es un medio por el cual pueden iluminar a otros respecto al tratamiento correcto e inteligente de las facultades físicas, mentales y morales. Por lo tanto, los que se preparan para el ministerio debieran estudiar diligentemente el organismo humano para saber cómo cuidar el cuerpo, no a través de productos químicos en forma de medicamentos, sino del laboratorio mismo de la naturaleza. El Señor bendecirá a todos los que hagan esfuerzos por mantenerse libres de enfermedad y que guíen a otros a considerar como sagrada la salud, tanto del cuerpo como del alma.

Los embajadores de Cristo, a quienes se han encargado los oráculos vivientes de Dios, pueden ser doblemente útiles si saben cómo ayudar al enfermo. Un conocimiento práctico de la reforma pro salud capacitará mejor a hombres y mujeres para proclamar el mensaje de misericordia y retribución al mundo.

Los ministros deben ser educadores que comprenden y aprecian las necesidades de la humanidad. Debieran animar a los miembros de iglesia a adquirir conocimiento práctico de todos los aspectos de la obra misionera, para que sean una bendición para todos. Debieran estar listos a fin de distinguir a los que aprecian los asuntos relacionados con la vida espiritual, a los que tienen tacto y habilidad para velar por la gente y atenderla en su necesidad, como responsables de ella delante de Dios. También debieran ayudar a organizar las fuerzas de trabajo de la iglesia, para que hombres, mujeres y jóvenes de diferentes temperamentos, en distintas vocaciones y posiciones, se responsabilicen de la obra que debe hacerse, usando los talentos que Dios les dio en el servicio del Maestro.

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Nuestras ideas acerca de la generosidad cristiana deben ponerse en práctica si deseamos que aumenten. El trabajo práctico logrará mucho más que los sermones. Las ideas de nuestros pastores deben conocerse, y basados en una genuina experiencia personal, debieran pronunciar palabras que despierten las energías adormecidas del pueblo. Por medio de una relación cotidiana con Dios, debieran obtener una visión más profunda dentro de su propia vida y la de otras personas, estrechando así el círculo de influencia. De esta manera serán colaboradores con Cristo, capaces de iluminar a otros porque ellos mismos son portadores de luz.

A medida que los miembros de la iglesia refuercen su fundamento y aumenten su solidez afirmando sus almas en la Roca eterna, a medida que aprendan a amar a Dios supremamente, aprenderán también a amar a su prójimo como a sí mismos.

El poder de Dios se magnifica cuando el corazón humano es tierno y sensible a las necesidades de otros, y compasivo con sus sufrimientos. Los ángeles de Dios están listos para cooperar con los agentes humanos para ministrar a la gente. Cuando el Espíritu Santo obre en nuestros corazones y mentes, no rehuiremos deberes ni responsabilidades, pasando de largo y dejando el alma herida e indefensa librada a su propia miseria.

En consideración al valor que Cristo asigna a lo que ha comprado con su sangre, adopta a los hombres como sus hijos, los hace objetos de su tierno cuidado, y para satisfacer sus necesidades temporales y espirituales los encomienda a su iglesia, diciendo: Por cuanto lo hicisteis a uno de estos pequeñitos, a mí lo hicisteis.

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Nuestra consigna debe ser esta: “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”. Mateo 25:40. Y si practicamos fielmente esta consigna en nuestra vida diaria, oiremos la bendición: “Bien, buen siervo y fiel… entra en el gozo de tu Señor”. Mateo 25:21. ¿Valdrá la pena como cristianos soportar las pruebas y tribulaciones de Dios?

En la obra de limpiar y purificar nuestras propias vidas, nuestro profundo deseo de asegurar nuestra elección y vocación nos inspirará con un sentimiento de ternura hacia los necesitados. La misma energía y cuidadosa atención que una vez manifestamos por los asuntos mundanales la pondremos al servicio de Aquel a quien debemos todo. Haremos como Cristo hizo, aprovechando toda oportunidad para trabajar por los que sin nuestra ayuda se perderán en su ignorancia. Extenderemos a otros una mano ayudadora. Entonces, con cánticos, alabanzas y acción de gracias nos regocijaremos con Dios y los ángeles del cielo cuando veamos a personas enfermas por el pecado que son levantadas y ayudadas; al ver a los engañados y desorientados sentarse a los pies de Jesús para aprender de él. Al hacer esta obra, recibiendo de Dios y devolviéndole aquello que, confiando en nosotros, nos prestó para usarlo para gloria de su nombre, entonces su bendición descansará sobre nosotros. Que el pobre, el desanimado y los enfermos por el pecado sepan que en guardar los mandamientos de Dios “hay gran remuneración”. Con nuestra propia experiencia mostremos a otros que la bendición y el servicio van juntos.

Aunque hemos utilizado tiempo y talentos preciosos para agradarnos a nosotros mismos, la mano del Señor todavía sigue extendida; y si trabajáramos hoy en su viña, esparciendo la misericordiosa invitación que él hace al mundo, aceptará nuestro servicio. ¿Por cuántos trabajaréis para que alcancen el cielo y participen del elogio: “Bien hecho buen y fiel siervo”? ¿A cuántos ayudaréis a coronarse con gloria, honor y vida eterna? El Salvador está llamando obreros. ¿Vendrás?

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El premio del servicio

“Cuando hagas comida o cena”, dijo Cristo, “no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos; no sea que ellos a su vez te vuelvan a convidar y seas recompensado. Mas cuando hagas banquete llama a los pobres, los mancos, los cojos, y los ciegos; y serás bienaventurado, porque ellos no te pueden recompensar, pero serás recompensado en la resurrección de los justos”. Lucas 14:12-14.

Con estas palabras Cristo establece un contraste entre las prácticas egoístas del mundo y el ministerio altruista del cual él ha dado un ejemplo con su propia vida. No ofrece ningún premio de ganancia o de reconocimientos mundanales para este ministerio. “Serás recompensado—dijo él—en la resurrección de los justos”. Entonces los frutos de cada uno se harán manifiestos y cada cual segará aquello que sembró.

Este pensamiento debiera ser de estímulo y ánimo para cada obrero de Dios. En esta vida nuestro trabajo por Dios, a menudo parece no producir frutos. Nuestros esfuerzos para hacer el bien pueden ser arduos y constantes, sin embargo, podría ser que no se nos permita ver sus resultados. El esfuerzo puede parecernos infructuoso. Pero, el Salvador nos asegura que nuestra obra es apreciada en el cielo y que la recompensa es segura. El apóstol Pablo, inspirado por el Espíritu, dice, “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos”. Gálatas 6:9. En las palabras del salmista leemos: “Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; más volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas”. Salmos 126:6.

Mientras el gran premio final se concederá en la venida de Cristo, el servicio ofrecido de corazón a Dios nos premia también en esta vida. El obrero tendrá que enfrentarse a obstáculos, oposición y amargos desalientos que afligirán el corazón. Podrá no ver el fruto de su trabajo. Pero, a pesar de todo esto encuentra en su labor una recompensa bendita. Todos los que se entregan a Dios en servicio desinteresado por la humanidad, colaboran con el Señor de gloria. Este pensamiento suaviza toda tarea, vigoriza la voluntad, alienta el espíritu por lo que pueda suceder. Trabajar con un corazón generoso, ennoblecido por ser participante de los sufrimientos de Cristo, compartiendo sus simpatías, ayuda a aumentar el flujo y reflujo de su gozo, y añade honor y alabanza a su exaltado nombre.

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Tatiana Patrasco