Testimonios para la Iglesia, Vol. 6, p. 319-328, día 370

Las cualidades del colportor

Puesto que el colportaje con nuestras publicaciones es una obra misionera, debe ser enfocado desde un punto de vista misionero. Los que son elegidos como colportores deben ser hombres y mujeres que sientan la preocupación de servir, cuyo blanco no sea obtener ganancias, sino llevar la luz a la gente. Todo nuestro servicio debe prestarse para gloria de Dios, para dar la luz de la verdad a los que están en tinieblas. Los principios egoístas, el amor a las ganancias, el prestigio a la posición, no deben mencionarse siquiera entre nosotros.

Los colportores necesitan estar diariamente convertidos a Dios, a fin de que sus obras y hechos sean sabor de vida para vida, y puedan ejercer una influencia salvadora. La razón por la cual muchos han fracasado en la obra del colportaje es porque no eran verdaderos cristianos; no conocían el espíritu de la conversión. Tenían la teoría de cómo debía ser hecha la obra, pero no sentían que dependían de Dios.

Colportores, recordad que en los libros que vendéis no estáis presentando la copa que contiene el vino de Babilonia, las doctrinas erróneas ofrecidas a los reyes de la tierra, sino la copa que contiene las preciosas verdades de la redención. ¿Beberéis vosotros mismos de ella? Vuestras mentes deben estar sujetas a la voluntad de Cristo, y él pondrá en ellas su propio sello. Contemplándolo, podéis ser transformados de gloria en gloria, de carácter en carácter. Dios quiere que vayáis al frente, hablando las palabras que os dé. Él quiere que demostréis que ponéis en alto a la humanidad, que ha sido comprada por la preciosa sangre del Salvador. Cuando os dejéis caer sobre la roca y seáis quebrantados, experimentaréis el poder de Cristo, y otros reconocerán el poder de la verdad en vuestro corazón.

A los que están asistiendo a la escuela para aprender a hacer la obra de Dios más perfectamente, les digo: Recordad que es únicamente por una consagración diaria a Dios como llegaréis a ser ganadores de almas. Ha habido quienes no podían ir a la escuela porque eran demasiado pobres para sufragar sus gastos, pero cuando llegaron a ser hijos e hijas de Dios, en el lugar y el trabajo donde estaban obraron en favor de quienes los rodeaban. Aunque privados del conocimiento que se obtiene en la escuela, se consagraron a Dios, y Dios obró por su medio. Como los discípulos, cuando fueron llamados de sus oficios de pescadores a seguir a Cristo, aprendieron preciosas lecciones del Salvador. Se vincularon con el gran Maestro, y el conocimiento que adquirieron de las Escrituras los calificó para hablar a otros de él. Así llegaron a ser verdaderamente sabios, porque no eran demasiado sabios en su propia opinión para recibir instrucción de lo alto. El poder renovador del Espíritu Santo les dio energía práctica y salvadora.

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El conocimiento del hombre más sabio, que no ha aprendido en la escuela de Cristo, es insensatez en lo que se refiere a conducir almas al Señor. Dios puede obrar únicamente por medio de quienes aceptan la invitación: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Por que mi yugo es fácil, y ligera mi carga”. Mateo 11:28-30.

Muchos de nuestros colportores se han apartado de los principios correctos. El deseo de obtener ventajas mundanales desvió su mente del verdadero propósito y espíritu de la obra. Nadie piense que con ostentación se impresionará correctamente a la gente. Con esto no se conseguirán los mejores ni más permanentes resultados. Nuestra obra consiste en dirigir las mentes a las verdades solemnes para este tiempo. Solamente cuando nuestro propio corazón esté lleno del espíritu de las verdades contenidas en el libro que vendemos, y cuando con humildad llamemos la atención de la gente a esas verdades, el verdadero éxito acompañará nuestros esfuerzos; porque únicamente entonces el Espíritu Santo, que convence de pecado, de justicia y de juicio, estará presente para impresionar los corazones.

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Nuestros libros deben ser vendidos por obreros consagrados, a quienes el Espíritu Santo pueda emplear como sus instrumentos. Cristo es todo lo que necesitamos, por lo tanto debemos presentar la verdad con humilde sencillez, dejándole manifestar su propio sabor de vida para vida.

La oración humilde y ferviente hará más en favor de la circulación de nuestros libros que todos los costosos adornos del mundo. Si los obreros quieren dedicar su atención a lo que es verdadero, vivificantre y real; si quieren orar por el Espíritu Santo, creer y confiar en él, su poder se derramará sobre ellos en poderosos raudales celestiales, y hará impresiones adecuadas y verdaderas sobre el corazón humano. Por lo tanto orad y trabajad, trabajad y orad, y el Señor obrará con vosotros.

Cada colportor necesita positiva y constantemente del ministerio angélico; porque tiene una obra importante que hacer, una obra imposible de realizar por sus propias fuerzas. Los que han renacido, que están dispuestos a ser guiados por el Espíritu Santo y hacer a la manera de Cristo lo que puedan, los que quieran trabajar como si pudiesen ver al universo celestial observándolos, serán acompañados e instruidos por los ángeles santos, que irán delante de ellos a las casas y prepararán el camino para ellos. Una ayuda de esta natraleza supera sobradamente las ventajas que se supone pueden dar los adornos costosos.

Cuando la gente de la iglesia perciba los tiempos en que vivimos, obrará como si estuvieran en presencia de los seres celestiales. El colportor venderá los libros que imparten luz y fuerza al intelecto. Beberá del espíritu de estos libros y los presentará a la gente con todo su entusiasmo y pericia. Su fuerza, su valor y su éxito dependerán de cuán plenamente esté entretejida en su propia experiencia, y desarrollada en su carácter, la verdad presentada en lo que vende. Cuando su propia vida esté modelada de esta manera, podrá presentar adecuadamente ante los demás la verdad sagrada que lleva. Imbuido por el Espíritu de Dios, obtendrá una experiencia profunda y rica, y los ángeles celestiales le darán éxito en su trabajo.

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A nuestros colportores, a todos aquellos a quienes Dios ha confiado talentos para que cooperen con él, quiero decir: Orad. Oh, orad por una experiencia más profunda. Salid con el corazón enternecido y subyugado por el estudio de las verdades preciosas que Dios nos ha dado para este tiempo. Bebed con deleite el agua de la salvación, para que sea en vosotros una fuente viva, que fluya para refrigerar las almas a punto de perecer. Dios os dará entonces la sabiduría que os habilite para impartir lo bueno a otros. Os hará canales para que comuniquéis sus bendiciones. Os ayudará a revelar sus atributos y a compartir la sabiduría y el entendimiento que os ha dado.

Ruego a Dios que podáis comprender este asunto en su longitud, anchura y profundidad, y que sintáis vuestra responsabilidad de representar el carácter de Cristo en la constancia de vuestra paciencia, valor e integridad. “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. Filipenses 4:7.

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El colportor es un obrero evangélico

El colportor inteligente, que teme a Dios y ama la verdad, debe ser respetado, porque ocupa una posición igual a la del ministro evangélico. Muchos de nuestros ministros jóvenes y los que se están preparando para el ministerio, si estuviesen verdaderamente convertidos, harían mucho bien trabajando en el colportaje. Al encontrarse con la gente y presentarle nuestras publicaciones, adquirirían una experiencia que no pueden obtener sólo por medio de la predicación. Mientras fueran de casa en casa hablando con la gente, llevarían consigo la fragancia de la vida de Cristo. Al esforzarse por bendecir a otros, ellos mismos serían bendecidos; obtendrían experiencia a través de la fe; aumentarían en gran manera su conocimiento de las Escrituras; y aprenderían continuamente cómo ganar almas para Cristo.

Todos nuestros ministros deben considerar conveniente llevar consigo libros y colocarlos dondequiera que vayan. Un ministro puede dejar un libro con la familia donde se hospeda, vendiéndolo o regalándolo. Esto se hacía mucho en los comienzos del mensaje. Los ministros actuaban como colportores y los recursos que obtenían de la venta de los libros se usaban para ayudar al progreso de la obra en lugares donde más se necesitaba. Entonces pueden hablar con conocimiento de causa, porque han tenido experiencia en ese trabajo.

Nadie piense que empequeñece el Evangelio al dedicarse al colportaje como medio de comunicar la verdad a la gente. Al hacer esta obra se debe trabajar como trabajó el apóstol Pablo, quien dice: “Vosotros sabéis cómo me he comportado entre vosotros todo el tiempo, desde el primer día que entré en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad, y con muchas lágrimas, y pruebas que me han venido por las asechanzas de los judíos; y como nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas, testificando a los judíos y a los gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo”. Hechos 20:18-21. El elocuente Pablo, a quien Dios se manifestó de manera admirable, iba de casa en casa con toda humildad y con muchas lágrimas y tentaciones.

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Todos los que deseen tener oportunidad de ejercer un verdadero ministerio, y que quieran entregarse sin reserva a Dios; hallarán en el colportaje oportunidades para hablar de las muchas cosas concernientes a la vida futura e inmortal. La experiencia así ganada será aun de más valor para los que se están preparando para el ministerio. Es la compañía del Espíritu Santo de Dios lo que prepara a los obreros, sean hombres o mujeres, para apacentar la grey de Dios. Mientras alberguen el pensamiento de que Cristo es su compañero, sentirán una reverencia santa, un gozo sagrado en medio de los incidentes penosos y de todas las pruebas. Aprenderán a orar mientras trabajen. Serán instruidos en la paciencia, la bondad, la afabilidad y el espíritu servicial. Practicarán la verdadera cortesía cristiana, recordando que Cristo, su Compañero, no puede aprobar el lenguaje inadecuado ni sentimientos incorrectos. Sus palabras serán purificadas. Considerarán la facultad del habla como talento precioso, que les ha sido prestado para hacer una obra elevada y santa. El agente humano aprenderá a representar al Compañero divino con el cual está asociado. Manifestará respeto y reverencia hacia este Ser santo e invisible, porque lleva su yugo y aprende sus modales puros y santos. Los que tienen fe en este Acompañante divino se desarrollarán. Serán dotados de poder para revestir el mensaje de verdad con una belleza sagrada.

Hay quienes son idóneos para la obra del colportaje, y pueden realizar más en este ramo que en la predicación. Si el Espíritu de Cristo mora en su corazón, hallarán oportunidad de presentar su Palabra a otros, y de dirigir las mentes a las verdades especiales para este tiempo. A veces emprenden este trabajo hombres con dones para él; pero algún ministro poco juicioso los halaga diciéndoles que sus dones debieran dedicarse a la predicación en lugar de la obra del colportaje. Influyen en ellos para obtener una licencia para predicar, y las personas que podrían haberse preparado para ser buenos misioneros que visitasen las familias en sus casas, hablasen y orasen con ellas; son desviados de una obra para la cual son idóneos. Así convierten en ministros mediocres, y queda descuidado el campo donde hay tanta necesidad y donde tanto bien se podría hacer.

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La predicación de la Palabra es un medio por el cual el Señor ordenó que se dé al mundo su mensaje de amonestación. En las Escrituras se representa al maestro fiel como pastor de la grey de Dios. Se le ha de respetar, y su obra debe ser apreciada. La verdadera obra médica misionera está vinculada con el ministerio, y el colportaje ha de ser parte tanto de esta rama de la obra como del ministerio. A los que se dedican a ella quiero decir: Mientras visitáis a la gente decidle que trabajáis por la difusión del Evangelio, y que amáis al Señor. No procuréis alojaros en un hotel, más bien permaneced en una casa particular, y llegad a conocer la familia. Cristo sembraba las semillas de la verdad dondequiera que estuviese, y como seguidores suyos podéis testificar por el Maestro y hacer una obra preciosísima en los hogares. Al acercaros así a la gente, con frecuencia hallaréis enfermos y desalentados. Si os mantenéis cerca de Cristo y lleváis su yugo, aprenderéis diariamente de él a comunicar mensajes de paz y consuelo a los entristecidos y desanimados, a los de corazón triste y quebrantado. Podréis conducir a los desalentados a la Palabra de Dios, y llevar a los enfermos al Señor en oración. Mientras oráis, hablad a Cristo como hablaríais a un amigo de confianza y muy amado. Mantened una dulce, natural y agradable actitud, como hijos de Dios. Esto será reconocido.

Los colportores deben poder orientar a la gente en lo que significa tratar a los enfermos. Deben familiarizarse con los métodos sencillos de dar tratamientos higiénicos. Así podrán hacer un trabajo más amplio y atender las mentes y los cuerpos de los dolientes. Esta obra debiera estar realizándose en todas partes del mundo y muchísimos podrían recibir las bendiciones de las oraciones e instrucciones de los siervos de Dios

Necesitamos comprender la importancia del colportaje como gran medio de hallar a los que están en peligro, y de llevarlos a Cristo. Nunca debe impedirse a los colportores que hablen del amor de Cristo, que relaten lo que han experimentado al servir a su Maestro. Deberían sentirse libres para hablar u orar por los que tienen inquietudes espirituales. La sencilla historia del amor de Cristo hacia el hombre les abrirá las puertas, aun en las casas de los incrédulos.

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Cuando el colportor visita a la gente en sus hogares, a menudo tendrá la oportunidad de leerles pasajes de la Biblia o de los libros que enseñan la verdad, y al encontrar personas que la están buscando, puede tener estudios bíblicos con ellas. Estos estudios bíblicos son precisamente lo que la gente necesita. Dios usará en su servicio a quienes así manifiesten profundo interés en las almas que perecen. Por su intermedio impartirá luz a los que están dispuestos a recibir instrucción.

Algunos de los que trabajan en el colportaje tienen un celo que no está de acuerdo con el conocimiento. Debido a su falta de sabiduría, han estado más inclinados a actuar como ministros y teólogos, ha sido casi necesario imponer restricciones a nuestros colportores. Cuando la voz del Señor pregunta: “¿A quién enviaré, y quién por nosotros?” el Espíritu divino induce a los corazones a responder: “Heme aquí, envíame a mí”. Isaías 6:8. Pero recordemos que primero debe tocar nuestros labios el carbón vivo del altar. Entonces, las palabras que hablemos serán sabias y santas, y ejerceremos prudencia para saber lo que debe decirse y lo que debe callarse. No trataremos de revelarnos como teólogos. Tendremos cuidado de no despertar un espíritu combativo ni excitar los prejuicios al introducir puntos de doctrina controversiales. Hallaremos bastante que decir que no excite oposición, pero que abra en el corazón un deseo de conocimiento más profundo de la Palabra de Dios.

El Señor desea que ganéis almas; por lo tanto, aunque no debéis imponer a la gente el estudio de las doctrinas, debéis estar “siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros”. 1 Pedro 3:15. ¿Qué habéis de temer? Temed que vuestras palabras tengan un sabor de autosuficiencia, de hablar en forma imprudente, y de que vuestras palabras y maneras no sean a la semejanza de Cristo. Relacionaos firmemente con Cristo, y presentad la verdad que hay en él. Los corazones no pueden menos que ser conmovidos por la historia de la expiación. Si aprendéis a ser mansos y humildes como Cristo, sabréis qué decir a la gente; porque el Espíritu Santo os enseñará las palabras que habréis de hablar. Los que comprenden la necesidad que hay de mantener el corazón bajo el dominio del Espíritu Santo, estarán capacitados para sembrar semillas que brotarán para vida eterna. Tal es la obra del colportor evangélico.

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Uniendo esfuerzos en el colportaje

Debe existir perfecta unidad entre los obreros que manejan los libros que debieran inundar al mundo con luz celestial. En cualquier lugar donde se presente la obra del colportaje a nuestro pueblo, los libros sobre salud y los religiosos deben presentarse juntos como partes de una obra unida. Se me ha presentado como una ilustración de la unión que existe entre la trama y la urdimbre para formar un maravilloso diseño y una obra perfecta, la relación entre los libros religiosos y los de salud.

En el pasado los libros sobre salud no se han manejado con la dedicación que requiere su importancia. Aunque un gran sector los ha apreciado en gran manera, todavía hay muchos que no creen que es esencial que se diseminen por todas partes. Pero ¿qué preparación sería mejor para la venida del Señor y la aceptación de otras verdades valiosas y necesarias para alistar un pueblo para su regreso, que despertar a la gente para que vea los males de esta generación y sacudirlas para que inicie una reforma de sus propias complacencias dañinas y hábitos enfermizos? ¿No se necesita instruir al mundo en lo que se refiere a la reforma pro salud? ¿Acaso no necesita la gente las verdades saludables presentadas en esos libros? Entre los colportores que hacen la obra debiera cultivarse un sentimiento diferente del que ha prevalecido en el pasado respecto a las publicaciones de salud.

No debieran existir divisiones y diferentes bandos entre nuestros colportores y otros obreros. Todos debieran interesarse en la venta de los libros que tratan asuntos de la salud, tanto como en la de obras netamente religiosas. No debe trazarse una línea para que solamente ciertos libros ocupen la atención de los colportores. Debe haber perfecta unidad, un desarrollo simétrico y bien equilibrado de la obra en todos sus aspectos.

La indiferencia con que muchos han tratado los libros de salud es una ofensa a Dios. Separar la obra de salud del gran conjunto de la obra no es parte de su mandato. La verdad presente tiene su base en la reforma pro salud tan ciertamente como en otros aspectos de la obra evangélica. Ninguna rama separada de las otras puede constituir un todo perfecto.

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Tatiana Patrasco