Testimonios para la Iglesia, Vol. 6, p. 329-338, día 371

El evangelio de la salud tiene poderosos defensores, pero su obra se ha hecho difícil porque numerosos ministros, presidentes de asociaciones y otros obreros en posiciones de influencia han fallado en dar la importancia adecuada a la reforma pro salud. No han reconocido que está relacionada con la obra del mensaje como la mano derecha del cuerpo. Mientras muchos, incluyendo algunos ministros, han mostrado poco respeto por este departamento, el Señor le ha manifestado su interés al prosperarlo abundantemente. Conducida correctamente, la obra de salud es una cuña de entrada que abre un camino para que otras verdades lleguen al corazón. Cuando el mensaje del tercer ángel se reciba en toda su plenitud, se dará a la reforma pro salud el lugar que le corresponde en las juntas de la asociación, en la obra de la iglesia, en el hogar, en la mesa, y en las decisiones de la familia. La mano derecha servirá y protegerá el cuerpo.

Aunque la obra de salud ocupa su lugar en la proclamación del mensaje del tercer ángel, sus defensores no deben en manera alguna luchar por colocarla en el lugar que le corresponde al mensaje. Los libros sobre salud deben ocupar la posición que les corresponde, pero la circulación es solamente uno de los tantos frentes en la gran labor que debe realizarse. Las calurosas bienvenidas dadas algunas veces a los colportores, respecto a los libros de salud, no deben resultar en la exclusión en el campo de otros libros importantes que deben presentarse a la gente. Los que son responsables de la obra del colportaje debieran poder discernir la relación de cada parte del trabajo con el todo. Que estos presten debida atención a la circulación de los libros de salud, pero sin hacerla tan importante como para alejar a los hombres de otros frentes de interés vital, excluyendo los libros que llevan el mensaje especial de verdad al mundo.

Se necesita tanto conocimiento para el manejo de los libros religiosos como para los que tratan sobre asuntos de salud y temperancia. De la misma manera como se procede para entrenar obreros que trabajen con los libros de salud, debería procederse con la obra del colportaje respecto a los libros que ofrecen alimento espiritual; además hay que hacer lo necesario para animar y preparar obreros que distribuyan los libros que enseñen el mensaje del tercer ángel.

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Una clase de libro siempre creará espacio para la otra. Las dos líneas son esenciales, y ambas debieran introducirse en el campo al mismo tiempo. Una complementa a la otra, y de ninguna manera se remplazan entre sí. Ambas tratan sobre asuntos sumamente valiosos y las dos deben realizar su función en la preparación del pueblo de Dios para estos postreros días. Las dos deben permanecer como verdad presente para instruir, despertar y convencer. Ambas deben mezclarse en la obra de santificar y purificar las iglesias que velan y esperan la venida del Hijo de Dios en poder y gran gloria.

Que cada director de colportaje y sus asociados trabaje entusiastamente para animar a los colportores en el campo, y para buscar y entrenar nuevos obreros. Que cada uno fortalezca e incremente el trabajo lo más posible, sin debilitar el de los demás. Que todo se haga con amor fraternal y sin egoísmo.

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Reavivamiento del colportaje

Se me recuerda constantemente la importancia del colportaje. Últimamente no se le ha infundido a esta obra la vida que una vez le dieron los obreros que hicieron de ella su especialidad. Se sacó a los colportores de su obra evangelizadora para que se dedicasen a otros trabajos. Esto no debiera ser. Muchos de ellos, si estuviesen verdaderamente convertidos y consagrados, podrían hacer más en este ramo que en cualquier otro para presentar a la gente la verdad para este tiempo.

La Palabra de Dios nos muestra que el fin se acerca. Hay que amonestar al mundo, y como nunca antes debemos trabajar para Cristo. Se nos ha confiado la obra de amonestación. Debemos ser conductos de luz para la gente e impartir a otros la que recibimos del gran Portaluz. Las palabras y las obras de todos los hombres serán probadas. No seamos negligentes ahora. Lo que debe hacerse para amonestar al mundo tiene que hacerse sin demora. No dejemos languidecer la obra del colportaje. Preséntense a tantas personas como se pueda, los libros que contienen la luz sobre la verdad presente.

Los presidentes de nuestras asociaciones, y otras personas con cargos de responsabilidad, tienen un deber que cumplir para que los diferentes ramos de nuestra obra reciban igual atención. Se han de educar y adiestrar colportores para hacer la obra indispensable de vender los libros sobre la verdad salvadora que la gente necesita. Es necesario que se dediquen a esta obra hombres de profunda experiencia cristiana, de mente bien equilibrada, fuertes y bien educados. El Señor desea que quienes hacen este trabajo sean capaces de instruir a otros, que puedan despertar en jóvenes promisorios, de uno y otro sexo, interés en este ramo de la obra, y animarlos a entrar en el colportaje. Algunos tienen el talento, la educación y la experiencia que los habilitaría para preparar a los jóvenes para el colportaje de tal manera que se lograse mucho más de lo que se logra ahora.

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Los que han adquirido experiencia en este trabajo tienen un deber especial que cumplir. Educad, educad, educad a jóvenes de ambos sexos para que vendan los libros que los siervos del Señor escribieron, movidos por su Espíritu Santo. El Señor desea que seamos fieles en preparar a los que aceptan la verdad, para que puedan creer con un propósito y trabajar inteligentemente según el método del Señor. Relaciónense las personas inexpertas con obreros de experiencia para aprender a trabajar. Busquen muy fervorosamente al Señor. Pueden hacer una buena obra en el colportaje si obedecen las palabras: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina”. 1 Timoteo 4:16. Los que den evidencia de ser verdaderamente convertidos y que abracen el colportaje verán que es la mejor preparación para otros ramos de labor misionera.

Si los que conocen la verdad la quieren practicar, idearán métodos para encontrar a la gente donde está. Fue la providencia de Dios la que en los comienzos de la iglesia cristiana dispersó a los santos y los hizo salir de Jerusalén a muchas partes del mundo. Los discípulos de Cristo no permanecieron allí ni en las ciudades cercanas, sino que traspusieron los límites de su propio país y siguieron las grandes vías de comunicación, buscando a los perdidos para llevarlos a Dios. Hoy el Señor desea ver su obra realizada en muchos lugares. No limitemos nuestras labores a unas pocas localidades.

No debemos desalentar a nuestros hermanos ni debilitar sus manos de manera que la obra que el Señor desea realizar por su intermedio no se haga. No se dedique demasiado tiempo a preparar a los hombres para que hagan obra misionera. La instrucción es necesaria, pero recuerden todos que Cristo es el gran Maestro y la Fuente de toda verdadera sabiduría. Conságrense a Dios jóvenes y ancianos, emprendan la obra y, trabajando con humildad, avancen bajo el control del Espíritu Santo. Salgan al campo de trabajo los que han estado en la escuela, y pongan en práctica el conocimiento adquirido. Si los colportores hacen esto, usando la capacidad que Dios les ha dado, buscando su consejo y combinan el trabajo de vender libros con la obra personal en favor de la gente, sus talentos se desarrollarán al ejercitarlos y aprenderán muchas lecciones prácticas que no podrían aprender en la escuela. La educación obtenida de esta forma puede llamarse, con propiedad, educación superior.

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No hay obra superior a la del colportaje evangélico, porque entraña el cumplimiento de los deberes morales más elevados. Los que se dedican a esta obra necesitan estar siempre bajo el control del Espíritu de Dios. No deben ensalzarse a sí mismos. ¿Qué tiene cualquiera de nosotros que no haya recibido de Cristo? Debemos amarnos como hermanos y mostrar nuestro amor ayudándonos unos a otros. Debemos ser compasivos y corteses, avanzar juntos y trabajar unidos. Únicamente los que vivan de acuerdo con la oración de Cristo y la cumplan en la vida diaria resistirán la prueba que ha de sobrevenir a todo el mundo. Los que ensalzan al yo, se ponen bajo el poder de Satanás y se preparan para aceptar sus engaños. La orden del Señor a su pueblo es que levantemos las normas más y más. Si obedecemos su voz, él obrará con nosotros, y nuestros esfuerzos serán coronados con el éxito. Recibiremos ricas bendiciones de lo alto en nuestro trabajo y acumularemos tesoros junto al trono de Dios.

Sí tan sólo supiéramos lo que nos espera, no seríamos tan perezosos en la obra del Señor. Estamos en el tiempo del zarandeo, en el tiempo en que todo lo que pueda ser sacudido será sacudido. El Señor no disculpará a los que conocen la verdad y no obedecen sus órdenes en palabras y acciones. Si no realizamos esfuerzos decididos para llevar gente a Cristo, seremos tenidos por responsables de la obra que podríamos haber hecho pero no hicimos por nuestra indolencia espiritual. Los que pertenecen al reino del Señor deben obrar diligentemente para la salvación de las almas. Deben hacer su parte para afianzar la ley y sellarla entre los discípulos.

El Señor quiere que la luz que derramó sobre las Escrituras resplandezca en rayos claros y brillantes; y es deber de nuestros colportores hacer un esfuerzo enérgico y unido para que se cumpla el designio de Dios. Nos espera una obra grande e importante. El enemigo de las almas lo sabe y está empleando todo medio a su alcance para inducir al colportor a ocuparse en algún otro ramo de trabajo. Debe cambiarse este orden de cosas. Dios invita a los colportores a que vuelvan a su trabajo. Llama voluntarios para que dediquen todas sus energías y entendimiento a la obra y ayuden dondequiera que haya oportunidad. El Maestro invita a cada uno a hacer, según su capacidad la parte que le ha sido confiada. ¿Quiénes responderán al llamado? ¿Quiénes saldrán, henchidos de sabiduría, gracia y amor a Cristo, a trabajar en favor de los que están cerca y lejos? ¿Quiénes sacrificarán la comodidad y el placer, e irán a los lugares donde reina el error, la superstición y las tinieblas, para obrar con fervor y perseverancia, presentar la verdad con sencillez, orar con fe y hacer el trabajo de casa en casa? ¿Quiénes saldrán en este tiempo fuera del campamento, dotados del poder del Espíritu Santo, para soportar oprobio por amor a Cristo, explicar las Escrituras a la gente y llamarla al arrepentimiento?

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Dios tiene obreros en toda época. Satisface la demanda de la hora con la llegada del hombre apropiado. Cuando la voz divina clame: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?” llegará la respuesta: “Heme aquí, envíame a mí”. Isaías 6:8. Todos los que trabajan eficazmente en el colportaje deben sentir en su corazón que están haciendo la obra de Dios al ministrar a las almas que no conocen la verdad para este tiempo. Están dando la voz de advertencia en los caminos y los vallados, a fin de preparar un pueblo para el gran día del Señor, que pronto ha de sobrecoger al mundo.

No tenemos tiempo que perder. Debemos alentar esta obra. ¿Quiénes saldrán ahora con nuestras publicaciones? El Señor imparte idoneidad para la obra a todo hombre y mujer que quiera cooperar con el poder divino. Obtendrán todo el talento, el valor, la perseverancia, la fe y el tacto que requieren, cuando se pongan la armadura. Hay una gran obra que hacer en nuestro mundo, y los agentes humanos responderán ciertamente a la demanda. El mundo debe oír la amonestación. Cuando llegue la invitación: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?”, contestad en forma clara y definida: “Heme aquí, envíame a mí”. Isaías 6:8.

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“Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano; porque no sabes cuál es lo mejor, si esto o aquello, o si lo uno y lo otro es igualmente bueno”. Eclesiastés 11:6.

Seleccionando colportores. Unos están mejor dotados que otros para hacer cierta obra; por lo tanto, no es correcto pensar que cualquiera puede ser colportor. Algunos no tienen dones especiales para esta obra; pero por esto no debe considerárselos faltos de fe o con mala voluntad. El Señor no es irrazonable en sus requerimientos. La iglesia es un jardín en el cual hay una variedad de flores, cada una con sus propias peculiaridades. Aunque en muchos aspectos todas son diferentes, cada una tiene su propio valor.

Dios no espera que, con sus diferentes temperamentos, cada uno de sus hijos esté preparado para cualquier trabajo. Recuerden todos que hay variedad de cometidos. Nadie debe determinar el trabajo que otro debe hacer contra las propias convicciones que éste sienta acerca de su deber. Está bien dar consejos y sugerir planes; pero cada uno debe sentirse libre de buscar la dirección de Dios, pues a él pertenece y a él sirve.

Preparación para el ministerio. Algunos hombres a quienes Dios llamó a la obra del ministerio comenzaron como colportores. Se me ha indicado que esta es una preparación excelente si su objetivo es diseminar la luz y llevar las verdades de la Palabra de Dios directamente a los hogares. Con frecuencia se les presentará en la conversación la oportunidad de hablar de la religión de la Biblia. Si hacen esta obra como debieran, visitarán las familias, manifestarán compasión cristiana y amor por las personas, y les beneficiarán en gran manera. Será una experiencia excelente para cualquiera que se proponga entrar en el ministerio.

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Los que están preparándose para el ministerio no pueden dedicarse a otra ocupación que les imparta una experiencia tan amplia como la del colportaje.

Tendrán que soportar penurias. El que en su obra encuentra pruebas y tentaciones debe sacar provecho de estas cosas, aprendiendo a confiar totalmente en Dios. Debe sentir que depende de él en todo momento.

No debe albergar quejas en su corazón ni expresarlas con sus labios. Cuando tiene éxito, no debe atribuirse la gloria a sí mismo, porque su éxito se debe a que los ángeles de Dios obran en los corazones. Recuerde que tanto en los momentos alentadores como en los desalentadores, los mensajeros celestiales están siempre a su lado. Debe reconocer la bondad de Dios, y alabarle con alegría.

Cristo hizo a un lado su gloria y vino a esta tierra a sufrir por los pecadores. Si encontramos penurias en nuestro trabajo, miremos a Aquel que es el Autor y Consumador de nuestra fe. Entonces no fracasaremos ni nos desanimaremos. Soportaremos las penurias como buenos soldados de Jesucristo. Recordemos lo que él dice acerca de todos los verdaderos creyentes: “Nosotros, somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios”. 1 Corintios 3:9.

Una experiencia inapreciable. Quien hace el trabajo de colportaje como debiera, debe ser educador y estudiante a la vez. Mientras trata de enseñar a otros él mismo debe aprender a hacer la obra de un evangelista. Cuando los colportores salgan con corazón humilde y llenos de ferviente ardor, hallarán muchas oportunidades de dirigir una palabra oportuna a las almas a punto de perecer en el desaliento. Después de trabajar por estos menesterosos, podrán decir: “En otro tiempo erais tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor”. Efesios 5:8. Y cuando ven la conducta pecaminosa de otros, pueden decir: “Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios”. 1 Corintios 6:11.

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Los que trabajan para Dios encontrarán desaliento, pero siempre deben adueñarse de esta promesa: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Mateo 28:20. Dios dará una experiencia maravillosa a los que digan: “Creo tu promesa; no fracasaré ni me desalentaré”.

Los informes. Los que adquieran tal experiencia al trabajar para el Señor debieran escribirla para nuestros periódicos, a fin de animar a otros, compartiendo el gozo y la bendición que han disfrutado en su ministerio como evangelistas. Estos informes deben hallar cabida en nuestras publicaciones, porque su influencia es de gran alcance. Serán como dulce fragancia en la iglesia y un sabor de vida para vida. De este modo se verá que Dios obra con aquellos que cooperan con él.

Con el ejemplo en la reforma pro salud. En nuestro trato con los incrédulos, no permitamos que nos desvíen de los principios correctos. Al sentarnos a sus mesas comamos con templanza, y únicamente alimentos que no confundan nuestra mente. Evitemos la intemperancia. No podemos debilitar nuestras facultades mentales o físicas y perder la habilidad para discernir las cosas espirituales. Mantengamos nuestra mente en condición tal que Dios pueda impresionarla con las preciosas verdades de su Palabra.

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Así ejerceremos influencia sobre los demás. Muchos procuran corregir a otros atacando los hábitos que para ellos son malos. Se acercan a los que consideran están en error, les señalan sus defectos, pero no hacen un esfuerzo ferviente y atinado para dirigir las mentes a los principios verdaderos. Una conducta tal con frecuencia no produce los resultados deseados. Al tratar de corregir a otros, muchas veces despertamos su rechazo y hacemos más mal que bien. No vigilemos a los demás para señalarles sus faltas o errores. Enseñemos por el ejemplo. Permitamos que nuestra abnegación y nuestra victoria sobre el apetito muestren cómo se viven los principios correctos. Dejemos que nuestra vida dé testimonio de la influencia santificadora y ennoblecedora de la verdad.

De todos los dones que Dios ha concedido a los hombres, ninguno es más precioso que el don del habla. Si está santificada por el Espíritu Santo, es una fuerza para el bien. Con la lengua convencemos y persuadirnos; con ella oramos y alabamos a Dios; y con ella transmitimos valiosos pensamientos acerca del amor del Redentor. Por el uso correcto del don del habla, el colportor puede sembrar en muchos corazones las preciosas semillas de la verdad.

Integridad en el trabajo. La obra se paraliza porque los que pretenden seguir a Cristo no obedecen los principios evangélicos. La manera incorrecta en que algunos colportores, experimentados o no, han trabajado demuestra que tienen que aprender lecciones importantes. Se me ha mostrado mucho trabajo hecho a medias. Algunos han desarrollado hábitos deficientes, y los han manifestado en la obra de Dios. Las sociedades de publicaciones han contraído grandes deudas porque los colportores no pagaron sus cuentas. Por su parte, los colportores se sentían molestos si se les pedía que pagasen puntualmente los libros recibidos de las casas editoras. Sin embargo, la única manera de hacer negocios correctamente es pagar a tiempo.

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Tatiana Patrasco