Testimonios para la Iglesia, Vol. 7, p. 29-38, día 388

Desechando los reglamentos humanos que los estorbaban y sus excesivas precauciones, se unirán al ejército del Señor.

En el futuro, el Espíritu del Señor impresionará a personas que se dedican a los quehaceres comunes de la vida para que dejen sus empleos ordinarios y salgan a proclamar el último mensaje de misericordia. Es necesario prepararlos para el trabajo tan rápidamente como sea posible, a fin de que sus esfuerzos sean coronados de éxito. Ellos colaboran con los agentes celestiales, porque están dispuestos a gastar y a ser gastados en el servicio del Maestro. Nadie está autorizado a estorbar a estos obreros. En cambio, se les debe desear la bendición de Dios cuando salen a cumplir la gran comisión. Al hablar de ellos no se debe utilizar ninguna palabra descomedida, porque siembran la semilla del Evangelio en los lugares difíciles de la tierra.

Las cosas mejores de la vida: la sencillez, la honestidad, la veracidad, la pureza, la integridad intachable, no se pueden comprar ni vender; son tan gratuitas para el ignorante como para el educado, para el hombre de color como para el blanco, y para el humilde campesino como para el rey que se sienta sobre su trono. El regocijo del Salvador será compartido por obreros humildes que no confían en sus propias fuerzas, sino que trabajan con sencillez, poniendo siempre su confianza en Dios. Sus oraciones perseverantes traerán almas a los pies de la cruz. Jesús influirá en los corazones de la gente y obrará milagros en la conversión de las almas, en respuesta a los esfuerzos abnegados de estos obreros. Los seres humanos ingresarán a la comunidad de la iglesia. Se edificarán casas de reuniones y se establecerán escuelas. Los corazones de los obreros se llenarán de regocijo al observar la salvación de Dios.

Cuando los redimidos se congreguen en la presencia de Dios, se darán cuenta de cuán imperfectas eran sus conclusiones acerca de lo que el cielo considera como éxito. Al repasar sus esfuerzos por alcanzar el éxito descubrirán cuán insensatos eran sus planes, cuán triviales sus supuestas pruebas, y cuán irrazonables sus dudas. Entonces verán cuán a menudo acarrearon el fracaso sobre lo que hacían por no confiar en lo que Dios decía. Entonces una verdad se destacará con toda claridad: la posición que se ocupa no prepara al hombre para entrar en las cortes celestiales. También se darán cuenta de que el honor que se rinde a los seres humanos pertenece sólo a Dios, y que a él corresponde toda la gloria. De los labios del coro de ángeles y de la hueste de redimidos brotará el cántico: “Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos. ¿Quién no te temerá, oh Señor, y glorificará tu nombre? Pues sólo tú eres santo”. Apocalipsis 15:3-4.

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Auméntense los triunfos de la cruz

“El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” Romanos 8:32.

Cuando este don maravilloso e inapreciable fue concedido al mundo, todo el universo celestial se conmovió poderosamente en un esfuerzo por comprender el insondable amor de Dios, preocupado por despertar en los corazones humanos una gratitud proporcional al valor de dicho don. ¿Continuaremos indecisos entre dos opiniones, nosotros por quienes Cristo dio su vida? ¿Le devolveremos a Dios sólo un mínimo de las capacidades y las fuerzas que él nos ha prestado? ¿Cómo podemos hacerlo sabiendo que el Comandante de todo el cielo, comprendiendo la miseria de la raza caída, se despojó de su manto y corona reales y habiendo tomado sobre sí la naturaleza humana, vino a esta tierra para que la unión de nuestra humanidad con su divinidad fuera posible? Se hizo pobre para que nosotros pudiéramos poseer el tesoro celestial, “un cada vez más excelente y eterno peso de gloria”. 2 Corintios 4:17. Pasó de una humillación a otra con el fin de rescatarnos, hasta que él, el Divino-humano, el Cristo sufriente, fue levantado en la cruz para atraer a todos los hombres a sí mismo. El Hijo de Dios no pudo mostrar una condescendencia mayor que la que mostró; no pudo haberse rebajado más.

Este es el misterio de la piedad, el misterio que ha inspirado a los agentes celestiales a ministrar de tal manera a la humanidad caída que en el mundo se despertará un interés intenso por el plan de salvación. Este es el misterio que ha inducido a todo el cielo a unirse con el hombre en la realización del gran plan de Dios para la salvación de un mundo arruinado.

La tarea de la iglesia

La tarea de extender los triunfos de la cruz de un punto a otro se les ha encomendado a los agentes humanos. Como cabeza de la iglesia, Cristo demanda que cada persona que dice creer en él se niegue a sí misma y siga su ejemplo de autosacrificio en sus esfuerzos en favor de la conversión de todos aquellos a quienes Satanás y su inmenso ejército quieren destruir a cualquier costo. Se llama al pueblo de Dios para que se reúna sin demora bajo el estandarte ensangrentado de Cristo Jesús. Deben continuar sin tregua la lucha contra el enemigo, llevando la batalla hasta sus mismas puertas. Se le debe asignar su puesto del deber a cada persona que se agrega a las filas mediante la conversión. En esta lucha cada uno debe estar dispuesto a ser o a realizar lo que se le pida. Cuando los feligreses se esfuercen con denuedo para hacer avanzar el mensaje, sus vidas experimentarán el gozo del Señor y verán sus esfuerzos coronados de éxito. El triunfo sigue invariablemente al esfuerzo decidido.

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El Espíritu Santo es nuestra eficacia

En su capacidad de Mediador, Cristo concede a sus siervos la presencia del Espíritu Santo. Es la eficacia del Espíritu la que capacita a los agentes humanos para ser representantes del Redentor en la tarea de salvar almas. Es indispensable que nos coloquemos bajo la influencia modeladora del Espíritu Santo si queremos unirnos con Cristo en esta obra. El poder impartido de este modo nos capacita para trabajar con el Señor, en el vínculo de la unidad, como colaboradores suyos en la salvación de las almas. A todo aquel que se ofrece al Señor para servir, sin retener nada, se le concede poder para alcanzar resultados sin medida.

Mediante una promesa eterna, Dios se ha comprometido a suplir de poder y gracia a todo aquel que se santifica mediante la obediencia de la verdad. Cristo, a quien se le ha entregado todo el poder en el cielo y en la tierra, aprueba a sus instrumentos y colabora con ellos: esas almas fervientes que participan cotidianamente del pan vivo “que desciende del cielo”. Juan 6:50. La iglesia de la tierra, unida con la iglesia celestial, puede lograr todas las cosas.

El poder concedido a los apóstoles

En el día del Pentecostés el Infinito se reveló a la iglesia poderosamente. Descendió de las alturas de los cielos mediante su Santo Espíritu y entró como un viento poderoso en el aposento donde los discípulos se hallaban reunidos. Parecía como si esta influencia hubiera estado restringida durante siglos y ahora el cielo se regocijara en derramar sobre la iglesia las riquezas del poder del Espíritu. Y, bajo la influencia del Espíritu, se mezclaron las palabras de penitencia y confesión con los cánticos de alabanzas por los pecados perdonados. Se oyeron palabras de profecía y acciones de gracia. Todo el cielo se inclinó para contemplar y adorar la sabiduría del amor incomparable e imposible de comprender. Maravillados, los apóstoles y los discípulos exclamaron: “En esto consiste el amor”. 1 Juan 4:10. Recibieron el don que se les había impartido. ¿Y cuál fue el resultado? Miles se convirtieron en un día. La espada del Espíritu, afilada con poder y bañada en los relámpagos del cielo, se abrió camino en medio de la incredulidad.

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Los corazones de los discípulos se hallaban embargados de una benevolencia tan plena, tan profunda, de tan amplio alcance que los impulsó a viajar hasta los confines de la tierra para testificar: “No permita Dios que nos gloriemos sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”. Los embargaba el intenso deseo de que se agregaran a la iglesia los que debían ser salvos. Instaron a los creyentes a que se levantaran e hicieran su parte para que todas las naciones pudieran escuchar la verdad y la tierra fuera alumbrada con la gloria del Señor.

Hoy se revelará el mismo poder

Los apóstoles llegaron a ser lo que fueron por la gracia de Cristo. La devoción sincera y humilde y la oración ferviente los pusieron en íntima comunión con él. Se sentaron con el Señor en los lugares celestiales. Comprendieron la enormidad de su deuda para con él. Mediante la oración sentida y perseverante obtuvieron el don del Espíritu Santo, y luego salieron cargados con la responsabilidad de salvar almas y colmados de celo a extender los triunfos de la cruz. Y como resultado de sus labores, muchas almas fueron trasladadas de las tinieblas a la luz y se organizaron numerosas iglesias.

¿Seremos hoy menos fervorosos que los apóstoles? Mediante una fe viviente ¿no reclamaremos como nuestras las mismas promesas que desde lo íntimo de su ser los motivaron a suplicar al Señor Jesús que cumpliera sus palabras: “Pedid, y recibiréis” Juan 16:24? ¿No ha de venir hoy también el Espíritu de Dios, en respuesta a la oración perseverante y sentida, para llenar a los hombres de poder? ¿Acaso hoy no asegura Dios también a sus obreros suplicantes, creyentes y confiados, que imparten el conocimiento de las Escrituras a los que ignoran las preciosas verdades que contiene, “he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” Mateo 28:20? Entonces, ¿por qué la iglesia es tan débil y falta de espiritualidad?

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Así como los discípulos salieron a predicar el Evangelio llenos del poder del Espíritu, de igual manera lo han de hacer los siervos de Dios en la actualidad. Debemos emprender la obra del Señor colmados con el sincero deseo de impartir el mensaje de misericordia a los que se hallan en las tinieblas del error y de la incredulidad. El es quien nos asigna lo que debemos realizar en colaboración con él y él mismo se encargará de influir en los corazones de los inconversos para llevar a cabo su obra en las regiones lejanas. Ya hay muchos que están recibiendo el Espíritu Santo, y el camino nunca más se verá bloqueado por una indiferencia apática.

¿Por qué quedó registrada la historia del trabajo realizado por los discípulos con celo piadoso, mientras el Espíritu Santo los animaba y vitalizaba, si no fue para que el pueblo del Señor se inspirara hoy en ese registro con el fin de laborar fervientemente para él? En la actualidad es tanto más esencial que el Señor haga por su pueblo lo que hizo en el tiempo pasado. Cada miembro de iglesia debe realizar actualmente todo lo que los apóstoles hicieron. Y el Espíritu Santo acompañará en medida mucho más abundante la obra que nos toca cumplir con mucho mayor fervor, porque el aumento de la impiedad exige una amonestación tanto más decidida al arrepentimiento.

Todo aquel sobre quien brilla la luz de la verdad presente debe compadecerse por los que están en tinieblas. Claros y definidos rayos de luz deben reflejarse en todos los creyentes. El Señor espera realizar hoy una obra similar a la que delegó a sus mensajeros para que la llevaran a cabo después del día del Pentecostés. En este tiempo, cuando el fin de todas las cosas se acerca, ¿no debería ser mayor el celo de la iglesia que el que caracterizó a la iglesia primitiva? Los discípulos fueron motivados a testificar poderosamente en favor de la verdad mediante un celo que glorificaba al Señor. ¿No debiéramos permitir que ese mismo celo encienda nuestros corazones con el ferviente deseo de relatar a otros la historia del amor redentor de Cristo, y de éste crucificado? ¿No debiera revelarse hoy el poder de Dios mucho más abundantemente que durante el tiempo de los apóstoles?

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La obra en las ciudades

Oakland, California,

1 de abril de 1874.

He visto en sueños a varios de nuestros hermanos reunidos en comisión considerando los planes de trabajo para la próxima estación. Pensaban que era mejor no entrar en las grandes ciudades, sino empezar más bien la obra en pequeñas localidades alejadas de las ciudades. Allí, pensaban ellos, se encontrará menos oposición de parte del clero, y se podrán evitar grandes gastos. Estimaban que nuestros predicadores, siendo pocos, no podían ocuparse en instruir y cuidar a aquellos que aceptaran la verdad en las grandes ciudades, los que, a causa de la oposición más fuerte que se manifestaría allí, tendrían mayor necesidad de ayuda que si estuviesen en los pueblos. El fruto de una serie de conferencias en las ciudades grandes se perdería así. Se hizo notar también que nuestros recursos eran limitados, y que siendo los miembros de una iglesia situada en una ciudad grande susceptibles de mudarse con frecuencia, sería difícil organizar una iglesia que fortaleciese la causa. Por el contrario, mi esposo insistía ante estos hermanos para que hiciesen sin tardanza planes más amplios y realizasen en las ciudades esfuerzos prolongados y concienzudos, más en armonía con el carácter de nuestro mensaje. Un obrero relató incidentes que le habían sucedido en las ciudades, para demostrar que su trabajo había tenido muy poco éxito, mientras que había tenido mejor éxito en las localidades pequeñas.

El personaje celestial que, revestido de dignidad y autoridad, asiste a todas nuestras reuniones de junta, escuchaba cada palabra con el más profundo interés. Habló con firmeza y completa seguridad: “El mundo entero -dijo- es la gran viña de Dios. Las ciudades y los pueblos son las partes que la constituyen. Es necesario que se trabaje en todos los lugares. Satanás tratará de interponerse y desalentar a los obreros, de manera que les impida dar el mensaje tanto en los lugares más conocidos como en los más retirados. Intentará esfuerzos desesperados para apartar a la gente de la verdad e inducirla en el error. Los ángeles del cielo han recibido la misión de sostener los esfuerzos de los misioneros que Dios envíe al mundo. Los predicadores deben alentar en los otros y conservar en sí mismos una fe y una esperanza inquebrantables, como lo hizo Cristo, su Jefe. Deben permanecer delante de Dios humildes y contritos”.

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Dios se propone hacer llegar su preciosa Palabra, así como las advertencias y amonestaciones que contiene, a todos los que están aún en las tinieblas e ignoran lo que creemos. Esta Palabra debe ser proclamada a todos, a fin de que sea para todos un testimonio recibido o rechazado. No penséis que os incumbe la responsabilidad de convencer y convertir a los oyentes. Únicamente la potencia de Dios puede enternecer los corazones. Vuestra tarea consiste en presentar la Palabra de vida a fin de que todos tengan ocasión de recibir la verdad si la desean. Si se apartan de la verdad celestial, será para su condenación.

No debemos ocultar la verdad en lugares apartados de la tierra; hay que darla a conocer; debe brillar en las ciudades grandes. Cuando Jesús trabajaba en la tierra, frecuentaba la orilla del mar y los lugares concurridos por los viajeros, dondequiera que pudiese encontrar gente que venía de todas partes del mundo. Impartía la luz verdadera, sembraba la semilla del Evangelio, separaba la verdad del error con que se había mezclado y la presentaba en su claridad y sencillez originales para que los hombres pudiesen comprenderla.

El mensajero celestial que estaba con nosotros dijo: “No perdáis de vista el hecho de que el mensaje que proclamáis está destinado al mundo entero. Debe ser predicado en todas las ciudades y en todos los pueblos, por los caminos y los vallados. No debéis limitar la proclamación del mensaje”. En la parábola del sembrador, Cristo ilustró su obra y la de sus siervos. La semilla cayó en toda clase de terreno. Algunos granos cayeron en un terreno mal preparado; mas el sembrador no suspendió su trabajo. Por todas partes debéis sembrar la verdad. Dondequiera que podáis penetrar, presentad la Palabra de Dios. Sembrad junto a todas las aguas. Puede ser que no notéis en seguida el resultado de vuestro trabajo, mas no os desalentéis. Hablad las palabras que Cristo os dé. Trabajad según su método. Id por todas partes, como fue él mismo por todas partes durante su ministerio terrenal.

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El Redentor del mundo tuvo muchos oyentes, mas muy pocos discípulos. Noé predicó durante ciento veinte años a los antediluvianos, y sin embargo muy pocos apreciaron el precioso tiempo de gracia que se les concedió. Fuera de Noé y su familia, ni uno solo se unió a los creyentes para entrar en el arca. De entre todos los habitantes de la tierra, sólo ocho recibieron el mensaje; pero este mensaje condenó al mundo. La luz fue dada para que los hombres pudiesen creer; se perdieron porque rechazaron la luz. El mensaje que damos al mundo será sabor de vida para todos los que lo acepten y de condenación para todos los que lo rechacen.

El mensajero se volvió hacia uno de los presentes y le dijo: “Vuestras ideas acerca de la tarea que falta por cumplir son excesivamente estrechas. No debéis encender vuestra luz para ponerla bajo un almud o una cama; debe ser colocada sobre un candelero, a fin de que alumbre a todos los que están en el mundo, la gran casa de Dios. Debéis tener miras más amplias que las que habéis tenido hasta ahora”.

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Tatiana Patrasco