Testimonios para la Iglesia, Vol. 7, p. 49-58, día 390

Antes de entrar en una unión tan íntima como el matrimonio, un hombre debiera aprender a dominarse a sí mismo y a tratar con los demás.

En la educación de los hijos, hay ciertas circunstancias en las cuales la voluntad firme de la madre se halla en pugna con la voluntad irracional e indisciplinada del niño. En tales casos, la madre necesita mucha sabiduría. Al obrar de una manera poco prudente, al someter al niño por la fuerza, se le puede hacer un daño incalculable.

Una crisis tal debe evitarse tanto como se pueda, porque implica una lucha violenta tanto para la madre como para el niño. Pero cuando dicha crisis se produce, hay que inducir al niño a someter su voluntad a la voluntad más sabia de sus padres.

La madre debe dominarse perfectamente, y no hacer nada que despierte en su hijo un espíritu de desafío. Nunca debe dar órdenes a gritos. Ganará mucho si conserva una voz dulce y amable. Debe tratar a su hijo de modo que lo conduzca a Jesús. Ella debe acordarse de que Dios es su sostén, y el amor su fuerza. Si es una creyente prudente, no tratará de obligar a su hijo a someterse. Ella orará con fervor para que el enemigo no obtenga la victoria, y mientras ore, se dará cuenta de que su vida espiritual se renueva. Verá que el mismo poder que obra en ella obra también en su hijo. Este se volverá más amable y sumiso. Así ganará la victoria. La paciencia, la bondad, las sanas palabras de la madre cumplen esa obra. La paz sucede a la tormenta como el sol a la lluvia. Los ángeles que observaron la escena entonan cantos gozosos.

Estas crisis se producen también entre marido y mujer. A menos que ellos estén bajo la influencia del Espíritu de Dios, manifestarán en tales ocasiones el mismo espíritu impulsivo e irracional que se revela tan a menudo en los niños. Esa lucha entre dos voluntades será entonces parecida al choque del pedernal contra el pedernal.

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Hermano mío, sea bueno, paciente, indulgente. Acuérdese de que su esposa le ha aceptado por marido no para que usted la domine sino para que le ayude. No sea nunca imperioso y arbitrario. No haga uso de su fuerte voluntad para obligar a su esposa a hacer lo que usted quiera. Acuérdese de que ella también tiene una voluntad y que tiene probablemente tantos deseos como usted de obrar según su criterio. Acuérdese también de que usted tiene la ventaja de una experiencia más amplia. Tenga para ella miramientos y cortesía. “La sabiduría que es de lo alto, primeramente es pura, después pacífica, modesta, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos”. Santiago 3:17.

Hay una victoria que ambos debéis obtener, cueste lo que cueste: la victoria sobre la terquedad. No la obtendréis sino mediante la ayuda de Cristo. Podréis luchar mucho tiempo para dominaros, pero no tendréis éxito si no recibís la fuerza de lo alto. Mediante la gracia de Cristo, podréis obtener la victoria sobre vosotros mismos y sobre vuestro egoísmo. Si vivís la vida de Cristo, si a cada paso consentís al sacrificio, si manifestáis constantemente una simpatía siempre mayor para con aquellos que necesitan ayuda, obtendréis victoria tras victoria. Día tras día, aprenderéis a dominaros y a fortalecer los puntos débiles de vuestros caracteres. El Señor Jesús será vuestra luz, vuestra fuerza, vuestra corona de gozo, porque habréis sometido vuestra voluntad a la suya.

Hombres y mujeres pueden alcanzar el ideal que Dios les propone si consienten en aceptar a Cristo como Ayudador suyo. Entregaos completamente al Señor. El pensamiento de que habéis de luchar para conseguir la vida eterna os fortalecerá y estimulará. Cristo debe daros fuerza para vencer. Mediante su ayuda, podréis destruir el egoísmo hasta en sus raíces más profundas.

Cristo murió para que la vida del hombre quedase ligada con la suya en la unión de la divinidad y la humanidad. El vino a la tierra y llevó una existencia divino-humana para que la vida de los hombres y mujeres fuese tan armoniosa como Dios lo desea. El Salvador os pide que os neguéis a vosotros mismos y llevéis vuestra cruz. Entonces nada podrá impedir que se desarrolle vuestro ser entero y en vuestra vida diaria habrá una actividad sana y armoniosa.

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Recordad, hermanos míos, que Dios es amor, y que por su gracia podéis llegar a haceros mutuamente felices, según lo prometisteis en ocasión de vuestro casamiento. Por la fuerza del Redentor, podéis trabajar con sabiduría y potencia para contribuir a la regeneración de alguna existencia desdichada. ¿Qué hay de imposible para Cristo? El es perfecto en sabiduría, justicia y amor. No os encerréis en vosotros mismos; ni os contentéis con derramar todos vuestros afectos el uno en el otro. Aprovechad toda ocasión de trabajar por aquellos que os rodean y compartid con ellos vuestros afectos. Las palabras amables, las miradas de simpatía, las expresiones de aprecio serían para muchos de los que luchan a solas como un vaso de agua fresca para el sediento. Una palabra de estímulo, un acto de bondad contribuyen mucho a aliviar el fardo que pesa sobre los hombros cansados. La verdadera felicidad consiste en servir desinteresadamente a otros. Cada palabra, cada acción ejecutada en este espíritu queda anotada en los libros del cielo como habiendo sido dicha o hecha para Cristo. “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a unos de estos mis hermanos pequeñitos -declara él-, a mí lo hicisteis”. Mateo 25:40.

Vivid en el resplandor del amor del Salvador. Entonces vuestra influencia beneficiará al mundo. Permitid al espíritu de Cristo que se apodere de vosotros. Esté siempre en vuestros labios la ley de la bondad. La indulgencia y el altruismo caracterizan las palabras y las acciones de quienes nacieron de nuevo para vivir una vida nueva en Cristo Jesús.

“Ninguno de nosotros vive para sí”. El carácter de todos se manifestará. Las miradas, el tono de la voz, las acciones, todas estas cosas contribuyen con su influencia a hacer feliz o desgraciado el círculo doméstico. Modelan el temperamento y el carácter de los hijos; inspiran confianza y amor, o tienden a destruir estas virtudes. Todos mejoran o empeoran, son hechos felices o miserables por estas influencias. Debemos hacer conocer a nuestras familias la Palabra practicada en la vida. Debemos hacer todo lo posible para purificar, iluminar, consolar y alentar a nuestros familiares.

Sección 2—La obra de nuestro sanatorio

“Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma”. 3 Juan 2.

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La extensión de la tarea

Dios ha capacitado a su pueblo para iluminar al mundo. Les ha confiado facultades mediante las cuales deben extender su obra hasta circuir el globo. Con el fin de realizar su obra deben establecer sanatorios, escuelas, casas publicadoras y otros medios diversos en todas partes de la tierra.

El último mensaje del Evangelio se debe hacer llegar “a toda nación, tribu, lengua y pueblo”. Apocalipsis 14:6. En los países extranjeros se deben iniciar y desarrollar muchas empresas con el fin de promover el adelanto de este mensaje. El establecimiento de restaurantes vegetarianos, de salas de tratamiento y de hospitales para el cuidado de los enfermos y sufrientes, es igualmente necesario en Europa como en los Estados Unidos. En muchos países se deben establecer misiones médicas para que sirvan como las manos ayudadoras de Dios en el trabajo en favor de los afligidos.

Cristo colabora con quienes se dedican a la obra misionera médica. Las personas que sin egoísmo hacen todo lo que pueden por establecer hospitales y clínicas en diversos países serán recompensadas ricamente. Los que visiten tales instituciones se beneficiarán física, mental y espiritualmente: los cansados recibirán alivio, los enfermos la restauración de su salud, y obtendrán descanso los cargados de pecado. De países lejanos se oirán voces de alabanza y de agradecimiento de parte de los corazones que hayan sido convertidos del servicio del pecado a la justicia, mediante la intervención de esos agentes. Estos cánticos de agradecida alabanza constituirán un testimonio que hará que otros le rindan su adhesión a Cristo y tengan comunión con él.

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La conversión de las almas a Dios es la tarea más grande y más noble en la cual puedan participar los seres humanos. En esta obra se ponen de manifiesto el poder de Dios, su santidad, su paciencia y su amor ilimitado. Cada conversión verdadera glorifica al Señor y hace que los ángeles prorrumpan en cánticos.

Nos acercamos al fin de la historia de esta tierra y los diferentes aspectos de la obra de Dios se deben llevar a cabo con un sacrificio personal mucho mayor del que se manifiesta en la actualidad. En un sentido especial, el trabajo para estos últimos días es una verdadera obra misionera. La predicación de la verdad presente, desde la primera letra de su alfabeto hasta la última, significa esfuerzo misionero. La obra que se ha de realizar exige sacrificio a cada paso de su desarrollo. De este servicio altruista los obreros surgirán purificados y afinados como oro probado en fuego.

La contemplación de las almas que perecen en el pecado debiera despertarnos a la realización de mayores esfuerzos para llevar la luz de la verdad presente a los que se hallan en tinieblas y especialmente a los que habitan en regiones donde hasta ahora se ha hecho muy poco con el fin de establecer monumentos para Dios. En todas partes del mundo se debe comenzar una obra que debería haber sido hecha hace mucho tiempo y se la debe llevar adelante hasta su culminación.

En general nuestros hermanos no se han interesado, como deberían haberlo hecho, por establecer sanatorios en los países europeos. La obra en estos países se verá confrontada con los problemas más complejos a causa de las circunstancias que son peculiares a cada región. Sin embargo, la luz que se me ha dado revela que en ellos se establecerán instituciones que, aunque sean pequeñas al principio, crecerán y se fortalecerán bajo la dirección divina.

En cualquier país dónde se establezcan, nuestras instituciones no deben amontonarse en una sola localidad. Dios nunca quiso que la luz de la verdad fuera restringida de esa manera. Por un tiempo se requirió que el pueblo judío adorara en Jerusalén. Pero Jesús le dijo a la mujer samaritana: “Créeme que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre… La hora viene y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es espíritu; y los que le adoran en espíritu y en verdad es necesario que adoren”. Juan 4:21-24. Se debe plantar la verdad en cada lugar donde se pueda obtener acceso. Se la debe llevar a las regiones desprovistas del conocimiento de Dios. Los hombres serán bendecidos con la recepción de Aquel en quien se centran sus esperanzas de vida eterna. La aceptación de la verdad, tal como se la puede hallar en Jesús, hará que sus corazones rebosen de alabanzas para Dios.

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La inversión de una gran cantidad de dinero en unos pocos lugares es contraria a los principios del cristianismo. Se debe construir cada edificio teniendo en mente las necesidades de edificios similares en otros lugares. De los hombres que ocupan posiciones de confianza dentro de su obra, Dios demanda que no estorben el camino del progreso usando egoístamente todos los medios que puedan obtenerse en el desarrollo de unos pocos lugares favorecidos, o solamente en una o dos líneas de trabajo.

En los días tempranos de la predicación del mensaje muchísimos de nuestros hermanos poseían el espíritu de autonegación y de sacrificio personal. Por eso se tuvo un buen comienzo y los esfuerzos realizados fueron coronados de éxito. Pero la tarea no se ha desarrollado como debiera. Ha habido demasiada concentración en Battle Creek y en Oakland y en otros pocos lugares. Nuestros hermanos nunca debieran haber concentrado tantos edificios en un solo lugar, como hicieron en Battle Creek.

El Señor ha indicado que su obra debe llevarse a cabo con el mismo espíritu con que empezó. El mundo tiene que ser amonestado. Se debe entrar en un campo tras otro. Esta es la orden que se nos ha dado: “Agréguense nuevos territorios; agréguense nuevos territorios”. Como pueblo, mediante nuestras transacciones comerciales, por la actitud que asumamos ante un mundo no salvado, ¿no debiéramos dar hoy un testimonio mucho más claro y decisivo que el que dimos hace veinte o treinta años?

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Una gran luz ha resplandecido sobre nosotros con referencia a los últimos días de la historia de esta tierra. Que nuestra debilidad y falta de sabiduría no den evidencia de ceguera espiritual. Los mensajeros de Dios deben estar vestidos de poder. Deben mostrar una reverencia elevadora por la verdad que hoy por hoy no poseen. El solemne y sagrado mensaje de amonestación del Señor se debe proclamar en los territorios más difíciles y en las ciudades más pecaminosas: en cada lugar donde todavía no ha amanecido la luz del mensaje del tercer ángel. La última invitación a la cena de bodas del Cordero se debe dar a cada ser humano.

Al proclamar el mensaje, los siervos de Dios se verán llamados a lidiar con muchas perplejidades y a vencer innumerables obstáculos. El trabajo será muy duro algunas veces, como cuando los pioneros establecían las instituciones en Battle Creek, Oakland, y otros lugares. Pero que todos hagan lo mejor que puedan, permitiendo que el Señor sea su fuerza, evitando toda manifestación de egoísmo, y bendiciendo a otros con sus buenas obras.

La ciudad de Nueva York

Mientras me encontraba en Nueva York durante el invierno de 1901 recibí luz acerca del trabajo que debía realizarse en esa gran ciudad. El curso que los hermanos debían seguir me fue mostrado noche tras noche. En el gran Nueva York el mensaje debe avanzar a manera de una lámpara que brilla. Dios suscitará obreros para que lleven a cabo esta tarea, y sus ángeles irán delante de ellos. Aunque nuestras grandes ciudades están llegando rápidamente a una condición similar a la del mundo antediluviano, aunque su perversidad las hace parecerse a Sodoma, sin embargo en ellas viven muchas almas honestas que experimentarán la convicción del Espíritu a medida que escuchen las sorprendentes verdades del mensaje adventista. Nueva York está listo para ser trabajado. En esa gran ciudad se dará el mensaje de la verdad con el poder de, Dios. El Señor anda en busca de trabajadores. El extiende su invitación a los que ya tienen experiencia en la causa para que acepten en el temor de Dios la responsabilidad del trabajo que debe realizarse en Nueva York y en otras grandes ciudades de los Estados Unidos y lo lleven a cabo. También pide que se le den los medios necesarios para realizar esta obra tan importante.

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Se me indicó que no debiéramos sentirnos satisfechos por tener un restaurante vegetariano en Brooklyn, sino que debiéramos establecer otros en diversas secciones de la ciudad. La gente que vive en uno de los barrios del gran Nueva York no sabe lo que sucede en otras partes de esa gran ciudad. Las personas que coman en los restaurantes que se establezcan en diversos lugares experimentarán un mejoramiento de su salud. Estos se hallarán más dispuestos a aceptar el mensaje especial de la verdad divina después que se haya ganado su confianza.

Se deberían ofrecer clases de cocina siempre que en nuestras grandes ciudades se lleve a cabo un trabajo médico misionero; y dondequiera que se ponga en marcha un programa educativo misionero robusto, también se debería establecer alguna clase de restaurante donde se preparen comidas sanas y que sirva como ilustración práctica de la manera correcta de seleccionar los alimentos y de prepararlos en forma saludable.

Cuando me hallaba en Los Ángeles se me dieron instrucciones referentes al establecimiento de restaurantes vegetarianos y clínicas, no sólo en esa ciudad, sino también en San Diego y en otros centros turísticos de la parte Sur de California. Nuestros esfuerzos en estas líneas de trabajo deben incluir los grandes balnearios. Tal como la voz de Juan el Bautista se escuchó en el desierto con el mensaje de “Preparad el camino del Señor”, así también deben oírse las voces de los mensajeros del Señor en los grandes balnearios y centros turísticos.

Los estados del sur

Tengo un mensaje con referencia al territorio del Sur. En este campo tenemos que realizar una gran obra. Su condición constituye una condenación para nuestro cristianismo profeso. Observen su escasez de pastores, maestros y médicos misioneros. Consideren la ignorancia, la pobreza, la miseria, y la desesperación de muchos de sus habitantes. Y sin embargo este campo se encuentra en nuestras puertas. ¡Cuán egoístas y descuidados hemos sido con nuestros vecinos! Hemos pasado junto a ellos insensiblemente, haciendo muy poco para aliviar su sufrimiento. Si nuestro pueblo hubiera estudiado y obedecido la comisión evangélica, el Sur habría recibido una parte proporcional de nuestro ministerio. Si los que han recibido la luz hubieran andado en ella, se habrían percatado de que la responsabilidad de cultivar esta parte tan descuidada de la viña, descansa sobre ellos.

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Dios pide que su pueblo ponga a su disposición una parte de los medios que les ha encomendado para que se puedan establecer nuestras instituciones en esos campos destituidos, pero que están maduros para la cosecha. El pide que los que tienen dinero en los bancos lo pongan a circular. Cuando contribuimos de nuestra sustancia al sostenimiento de la obra de Dios, demostramos prácticamente que amamos al Señor en forma suprema y a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Que ahora se establezcan escuelas y sanatorios en muchas partes de los estados del Sur. Que la apertura de tiendas de alimentos y restaurantes vegetarianos en muchas de las ciudades del Sur constituya el comienzo de verdaderos centros de influencia. Instálense también centros donde se preparen alimentos sencillos, saludables y baratos. Pero no se permita dentro de la obra la entrada de ninguna costumbre mundana ni egoísta, porque Dios lo prohíbe. Que en el temor de Dios y por amor a sus semejantes, hombres sin egoísmo se encarguen de este trabajo.

La luz que se me ha dado indica que en el campo del Sur, como en otras partes, debería llevarse a cabo la fabricación de alimentos saludables, no como una empresa para obtener ganancias personales, sino como un negocio diseñado por Dios para abrir una puerta de esperanza a la gente. En el Sur se debieran tener consideraciones especiales con los pobres, porque a éstos se los ha descuidado terriblemente. Para dirigir esta obra se deben elegir hombres capaces y que tengan un sentido de la economía, porque, para que esta actividad tenga buen éxito, se deben practicar la mayor sabiduría y la economía más estricta. Dios espera que su pueblo le rinda un servicio aceptable en la preparación de alimentos sanos, no solamente para sus propias familias, lo cual constituye su responsabilidad inmediata, sino para ayudar a los pobres por doquier. Deben demostrar una liberalidad semejante a la de Cristo, comprendiendo que al hacerlo representan a Dios y que todo lo que poseen les ha sido dado por él.

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Tatiana Patrasco