Testimonios para la Iglesia, Vol. 7, p. 79-88, día 393

Durante la noche se me dio la visión de un sanatorio en el campo. La institución no era grande pero tenía todo lo que necesitaba. Se hallaba rodeada de hermosos árboles y arbustos, más allá de los cuales se veían huertas y bosquecillos. Había jardines en los terrenos, donde los pacientes, si lo deseaban, podían cultivar flores de todas clases; cada paciente elegía su propio lugar para trabajar. El ejercicio al aire libre que se realizaba en estos jardines constituía una parte del tratamiento regular que se les había prescrito.

Ante mi vista pasó una escena tras otra. En una de ellas pude observar a un grupo de pacientes que acababan de llegar a nuestro sanatorio campestre. En otra vi al mismo grupo; pero, ¡ah, cuán transformados se veían! La enfermedad había desaparecido, la piel era clara, feliz el rostro; sus cuerpos y sus mentes parecían animados de una vida nueva.

También se me mostró que a medida que en nuestros sanatorios les sea restaurada la salud a los enfermos, y éstos regresen a sus hogares, constituirán lecciones objetivas para todos y muchos otros se impresionarán favorablemente al observar la transformación producida en ellos. Muchos de los enfermos y sufrientes abandonarán las ciudades para ir al campo, rehusando conformarse con los hábitos, modas y costumbres de la vida humana; preferirán buscar la recuperación de su salud en uno de nuestros sanatorios campestres. Así, aunque estemos separados de la ciudad entre 30 y 45 kilómetros, de todos modos podremos alcanzar a la gente, y los que andan en busca de salud tendrán la oportunidad de recuperarla bajo las condiciones más favorables.

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Dios realizará milagros en favor nuestro si tan sólo colaboramos con él con fe. Prosigamos, entonces, un curso de acción inteligente, para que nuestros esfuerzos sean bendecidos por el cielo y coronados con el mejor de los éxitos.

¿Por qué nuestros jóvenes y señoritas que se preocupan por aprender a cuidar a los enfermos, no habrán de aprovechar liberalmente las ventajas que les ofrecen los recursos naturales? ¿Por qué no se les enseña diligentemente a valorar y utilizar estos recursos?

Nuestros médicos han errado el blanco en lo que se refiere a la ubicación de los sanatorios. No han utilizado adecuadamente las provisiones de la naturaleza. Dios desea que los lugares elegidos para los sanatorios sean hermosos, que se rodee a los pacientes de todo lo que deleite los sentidos. Que Dios nos ayude a hacer todo lo que esté de nuestra parte para aprovechar al máximo el poder vivificador del sol y el aire fresco. Cuando en la obra de nuestros sanatorios nosotros, como pueblo, sigamos estrictamente el plan del Señor, los recursos de la naturaleza serán apreciados.

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Fuera de las ciudades

Los que tienen algo que ver con la elección de un sitio para un sanatorio deben estudiar con oración el carácter y objeto de nuestra obra pro salud. Deben acordarse de que han de contribuir al restablecimiento de la imagen de Dios en el hombre. Deben dar, por un lado, los remedios que alivian los sufrimientos físicos, y por el otro el Evangelio que alivia los sufrimientos del alma. Así serán verdaderos misioneros médicos. Deben implantar la verdad en muchos corazones.

Ningún egoísmo, ninguna ambición personal debe admitirse en la elección de un sitio para nuestros sanatorios. Cristo vino a este mundo para enseñarnos a vivir y a trabajar. Aprendamos, pues, de él, a no elegir para nuestros sanatorios sitios que satisfagan nuestros gustos, sino los lugares que convengan mejor para nuestra obra.

Se me ha mostrado que en nuestra obra médica misionera hemos perdido muchas ventajas por no comprender la necesidad de cambiar nuestros planes concernientes a la ubicación de nuestros sanatorios. Es la voluntad de Dios que estas instituciones se establezcan lejos de las ciudades. Debieran estar en el campo, y sus alrededores ser tan agradables como sea posible. En la naturaleza, huerto de Dios, los enfermos hallarán siempre algo que distraiga su atención de sí mismos y eleve sus pensamientos a Dios.

Se me ha mostrado que los enfermos deben ser cuidados lejos del bullicio de las ciudades, lejos del ruido de los tranvías, y de los coches. Aun los habitantes del campo que vengan a nuestros sanatorios se congratularán de estar en un lugar donde reine la calma. En ese retiro, será más fácil que los pacientes sientan la influencia del Espíritu de Dios.

El huerto de Edén, morada de nuestros primeros padres, era extremadamente hermoso. Graciosos arbustos y flores delicadas deleitaban los ojos a cada paso. En ese huerto, había árboles de toda especie, muchos de los cuales llevaban frutos perfumados y deliciosos. En seis ramas, las aves modulaban sus cantos de alabanza. Adán y Eva, en su pureza inmaculada, se regocijaban por lo que veían y oían en el Edén. Aun hoy, a pesar de que el pecado ensombreció la tierra, Dios desea que sus hijos se regocijen en la obra de sus manos. Colocar nuestros sanatorios en medio de las obras de la naturaleza es seguir el plan de Dios, y cuanto más minuciosamente sigamos dicho plan, tanto mayores milagros hará Dios para la curación de la humanidad doliente. Se deben elegir, para nuestras escuelas e instituciones médicas, lugares alejados de las oscuras nubes de pecado que cubren las grandes ciudades, lugares donde el Sol de justicia pueda nacer, trayendo en sus alas… salud”. Malaquías 4:2.

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Los hermanos dirigentes de nuestra obra deben dar instrucciones a fin de que nuestros sanatorios se establezcan en lugares agradables, lejos del bullicio de las ciudades, allí donde, gracias a sabias instrucciones, el pensamiento de los pacientes pueda ponerse en relación con el pensamiento de Dios. Muchas veces he descrito tales lugares, mas parecería que ningún oído haya prestado atención a lo que he dicho. Ultimamente, las ventajas que ofrecería el establecer nuestras instituciones, y particularmente nuestros sanatorios y escuelas, fuera de las ciudades, me han sido mostradas con claridad convincente.

¿Por qué tienen nuestros médicos tanto deseo de establecerse en las ciudades? Hasta la atmósfera de las ciudades está corrompida. En ellas, los enfermos que tienen hábitos depravados que vencer no pueden ser protegidos de un modo conveniente. Para las víctimas de la bebida, los bares de la ciudad constituyen una tentación continua. Colocar nuestros sanatorios en un ambiente impío, es contrarrestar los esfuerzos que se hagan para restablecer la salud de los pacientes.

En el porvenir, la condición de las ciudades empeorará siempre más, y su influencia se reconocerá como desfavorable al cumplimiento de la obra encargada a nuestros sanatorios.

El humo y el polvo de las ciudades son muy contraproducentes para la salud. Los enfermos que se ven encerrados entre cuatro paredes, se sienten como prisioneros en sus habitaciones. Cuando miran por la ventana, no ven más que casas y más casas. Los que están así encerrados en sus piezas propenden a meditar en sus sufrimientos y pesares.

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Muchos otros inconvenientes resultan también de establecer las instituciones médicas importantes en las ciudades grandes.

¿Por qué se habría de privar a los enfermos de las propiedades curativas que se hallan en la vida al aire libre? Se me ha mostrado que si a los enfermos se les estimula a salir de sus habitaciones y a pasar su tiempo al aire libre, a cultivar flores o a realizar algún trabajo fácil y agradable, su espíritu se desviará de su persona hacia objetos más favorables para su curación. El ejercicio al aire libre debiera prescribirse como una necesidad bienhechora y vivificadora. Cuanto más se pueda exponer al enfermo al aire vivificante, tanto menos cuidados necesitará. Cuanto más alegres sean los alrededores, tanto más henchido quedará de esperanza. Rodead a los enfermos de las cosas más hermosas de la naturaleza. Colocadlos donde puedan ver crecer las flores y oír el gorjeo de los pajaritos y su corazón cantará al unísono con los trinos de las aves. Encerradlos, por el contrario, en habitaciones, y se volverán tristes e irritables, por elegantemente amueblada que esté la pieza. Dadles los beneficios de la vida al aire libre. Elevarán su alma a Dios y obtendrán alivio corporal y espiritual.

“¡Lejos de las ciudades!” Tal es mi mensaje. Hace mucho que nuestros médicos deberían haber advertido esa necesidad. Espero y creo que ahora verán su importancia, y ruego a Dios que así sea. Se acerca el tiempo cuando las grandes ciudades serán visitadas por los juicios de Dios. Antes de mucho, esas ciudades serán sacudidas con violencia. Cualesquiera que sean las dimensiones y la solidez de los edificios, o las precauciones tomadas contra el incendio, si el dedo de Dios toca esas casas, en algunos minutos u horas quedarán reducidas a escombros.

Las impías ciudades de nuestro mundo serán destruidas. Mediante las catástrofes que ocasionan actualmente la ruina de grandes edificios y de barrios enteros, Dios nos muestra lo que acontecerá en toda la tierra. Nos ha dicho: “De la higuera aprended la parábola: Cuando ya su rama se enternece, y las hojas brotan, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando viereis todas estas cosas, sabed que el Hijo del hombre está cercano, a las puertas”. Mateo 24:32, 33.

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Los edificios de ladrillo y piedra no son los más deseables para un sanatorio, porque generalmente son fríos y húmedos. Podría argumentarse que los edificios de ladrillo ofrecen una apariencia mucho más atractiva, y que nuestros edificios deben ser atractivos. Pero necesitamos construcciones espaciosas; y si los ladrillos son demasiado costosos, debemos construir de madera. Debemos estudiar la economía y practicarla. Esto se hace indispensable a causa de la enormidad del trabajo que debe realizarse en los diversos aspectos de la viña moral de Dios.

Se ha sugerido que en las estructuras de madera los pacientes no se sentirán seguros por temor de los incendios. Pero si nos hallamos situados en el campo, y no en la ciudad, donde los edificios están apiñados, un fuego se originaría internamente, no desde afuera; por lo tanto, un edificio de ladrillo no sería ninguna salvaguardia. A los pacientes se les debería explicar que para la salud un edificio de madera es preferible a uno de ladrillo.

Durante años me ha sido dada luz especial acerca de nuestro deber de no centralizar nuestra obra en las ciudades. El ruido y el bullicio que las llenan, las condiciones que en ellas crean los sindicatos y las huelgas, impedirán nuestra obra. Ciertos individuos tratan de lograr que las personas de diferentes oficios se sindicalicen. Tal no es el plan de Dios, sino de una potencia que de ningún modo debemos reconocer. La palabra de Dios se cumple: Los malos parecen juntarse en haces para ser quemados.

Debemos emplear ahora todas las capacidades que se nos han confiado para dar al mundo el último mensaje de misericordia. En esta obra debemos conservar nuestra individualidad. No debemos unirnos a sociedades secretas ni sindicatos. Debemos permanecer libres en Dios y esperar de Jesús las instrucciones que necesitamos. Todos nuestros movimientos deben realizarse comprendiendo la importancia de la obra que hacemos para Dios.

Me ha sido mostrado que las ciudades están repletas de confusión, violencia y crímenes; y que todas estas cosas aumentarán hasta el fin de la historia del mundo.

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En el campo

Mientras asistía a la reunión campestre de Los Ángeles, en agosto de 1901, en las visiones de la noche me hallaba presente en una reunión de junta. Se estudiaba la cuestión del establecimiento de un sanatorio en el Sur de California. Algunos sostenían que este sanatorio debía construirse en la ciudad de Los Angeles y puntualizaron las objeciones a establecerlo fuera de la ciudad. Otros presentaron las ventajas de localizarlo en el campo.

Entre nosotros había Uno que presentó este asunto muy claramente y con la mayor sencillez. Nos dijo que establecer el sanatorio dentro de los límites de la ciudad sería un error. Un sanatorio debería poseer la ventaja de tener tierras abundantes, para que los inválidos puedan trabajar al aire libre. El trabajo al aire libre es de un valor incalculable para los pacientes nerviosos, pesimistas y débiles. Al usar el rastrillo, el azadón y la pala, hallarán alivio para muchos de sus males. La inactividad es la causa de muchas enfermedades.

La vida al aire libre es buena para el cuerpo y la mente. Es la medicina que Dios ha diseñado para la restauración de la salud. El aire puro, el agua limpia, la luz del sol, y los hermosos parajes naturales son sus medios para devolverle la salud al enfermo, en armonía con la naturaleza. El acto de recostarse a la luz del sol o bajo la sombra de los árboles es más valioso que la plata y el oro para el enfermo.

En el campo nuestros sanatorios pueden estar rodeados de árboles y flores, de huertos y viñedos. Aquí los médicos y las enfermeras pueden sacar fácilmente de la naturaleza lecciones que enseñan acerca de Dios. Conduzcan ellos a sus pacientes hacia Aquel cuya mano creó los elevados árboles, el alfombrado pasto y las flores hermosas, y anímenlos a ver en cada brote que surje y en cada capullo que se abre una expresión del amor divino hacia sus hijos.

Es la expresa voluntad de Dios que nuestros sanatorios se establezcan tan lejos de las ciudades como sea prudente. En la medida de lo posible estas instituciones deberían situarse en lugares tranquilos y apartados, donde se tenga la oportunidad de instruir a los pacientes acerca del amor de Dios y del hogar edénico de nuestros primeros padres, que será devuelto a los seres humanos gracias al sacrificio de Cristo.

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En los esfuerzos que se realicen para restaurar la salud de los enfermos se deberán utilizar las cosas hermosas de la creación del Señor. Las actividades tales como la observación de las flores, la recolección de frutas maduras, y escuchar los cantos felices de las aves, producen un efecto peculiarmente beneficioso sobre el sistema nervioso. De la vida al aire libre, hombres y mujeres y niños experimentan el deseo de ser puros y sin mancha. Mediante las influencias de las propiedades reanimadoras y vivificantes de los grandes recursos medicinales de la naturaleza, se fortalecen las funciones del cuerpo, se despierta el intelecto, se aviva la imaginación, cobra vida el espíritu y la mente se prepara para apreciar la hermosura de la Palabra de Dios.

Los enfermos recobran la salud cuando estas circunstancias se combinan con la influencia de un tratamiento cuidadoso y de una alimentación sana. El paso débil recupera su elasticidad. El ojo recobra su brillantez. El desesperanzado vuelve a tener esperanza. El semblante, abatido hasta hace poco, luce ahora una expresión de regocijo. El sonido quejumbroso de la voz se ve reemplazado por un tono de contentamiento. Ahora las palabras expresan la convicción de que “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones”. Salmos 46:1. Se ha vuelto brillante la esperanza nublada del cristiano. Se ha recuperado la fe. Y se oyen las palabras: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento”. “Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”. “El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas” Salmos 23:4; Lucas 1:46-47; Isaías 40:29. La mente se vigoriza al reconocer que es la bondad de Dios la que provee estas bendiciones. Al ver que sus dones son apreciados, Dios está muy cerca y se muestra complacido.

Cuando se creó la tierra, era santa y hermosa. Dios declaró que era buena en gran manera. Cada flor, cada arbusto y cada árbol, respondían al propósito de su Creador. Había hermosura en todo lo que podían observar los ojos y su contemplación llenaba la mente con los pensamientos del amor de Dios. Al inducir al hombre a pecar, Satanás abrigaba la esperanza de contrarrestar la corriente del amor divino que fluía hacia la raza humana; sin embargo, en lugar de lograrlo, su obra no hizo más que poner en evidencia manifestaciones nuevas y más profundas de la misericordia y la bondad de Dios.

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Nunca fue el propósito de Dios que sus hijos vivieran amontonados en las ciudades, apiñados en apartamentos y buhardillas. Al comienzo colocó a nuestros primeros padres en un jardín, en medio de preciosos paisajes y de los sonidos atractivos de la naturaleza, y esos son los mismos paisajes y sonidos en los cuales anhela que el hombre se regocije todavía hoy. Mientras más nos acerquemos a andar en armonía con el plan original de Dios, más favorable será nuestra posición para recobrar la salud y preservarla.

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No entre los ricos

Podrá parecernos que para situar nuestros sanatorios lo mejor sería elegir lugares entre los ricos; que esto le daría carácter a nuestra obra y permitiría obtener clientela para nuestras instituciones. Pero no sería sabio hacerlo. “Jehová mira no lo que el hombre mira”. 1 Samuel 16:7. El hombre mira la apariencia externa; Dios mira el corazón. Cuanto menor sea el número de edificios grandes en derredor de nuestras instituciones, menos molestias experimentaremos. Muchos propietarios ricos son irreligiosos e irreverentes. Sus mentes están llenas de pensamientos mundanos. Los entretenimientos del mundo, el bullicio y la hilaridad ocupan su tiempo. Gastan su dinero en ropas extravagantes y en una vida llena de lujos. En sus casas no se da la bienvenida a los mensajeros celestiales. Prefieren mantenerse lejos de Dios. A los hombres les cuesta aprender la lección de la humildad, y tanto a los ricos como a los que están acostumbrados a darse todos los gustos les resulta especialmente difícil aprenderla. Los que no se consideran responsables ante Dios por lo que poseen se sienten tentados a exaltar el yo, como si las riquezas comprendidas por sus tierras y sus cuentas bancarias los hicieran independientes de Dios. Llenos de orgullo y vanidad, se adjudican una estima que se mide por sus riquezas.

Hay muchos ricos que son mayordomos infieles a la vista de Dios. El descubre el robo tanto en la forma de adquirir esos medios como en la manera de usarlos. No han tomado en cuenta al Propietario de todas las cosas ni han utilizado los medios que les ha confiado para socorrer a los sufrientes y oprimidos. Han estado amontonando sobre sí mismos ira para el día de la ira; porque Dios recompensará a cada ser humano conforme a sus obras. Estos hombres no adoran a Dios; su ídolo es el yo. Quitan la misericordia y la justicia de su mente y las reemplazan con avaricia y rivalidad. Dios dice a ellos: “¿No los he de castigar por estas cosas?” Jeremías 9:9.

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Tatiana Patrasco