Testimonios para la Iglesia, Vol. 8, p. 206-215, día 433

La recompensa de un estudio fiel de la palabra

Cristo y su Palabra están en perfecta armonía. Recibidos y obedecidos, abren una senda segura para los pies de todos los que estén dispuestos a andar en la luz como Cristo es la luz. Si el pueblo de Dios apreciara su Palabra, tendríamos un cielo en la iglesia aquí en la tierra. Los cristianos tendrían avidez y hambre por escudriñar la Palabra. Anhelarían tener tiempo para comparar pasaje con pasaje, y para meditar en la Palabra. Anhelarían más la luz de la Palabra que el diario de la mañana, las revistas o las novelas. Su mayor deseo sería comer la carne y beber la sangre del Hijo de Dios. Y como resultado, su vida se conformaría a los principios y las promesas de la Palabra. Sus instrucciones serían para ellos como las hojas del árbol de la vida. Sería en ellos una fuente de aguas, que brotaría para vida eterna. Los raudales refrigerantes de la gracia renovarían la vida del alma, haciéndole olvidar todo afán y cansancio. Se sentirían fortalecidos y animados por las palabras de la inspiración.

Los ministros serían inspirados por una fe divina. Sus oraciones se caracterizarían por el fervor, estarían henchidos de la seguridad de la verdad. Olvidarían el cansancio en la luz del cielo. La verdad se entretejería con su vida y sus principios celestiales serían como una corriente fresca capaz de satisfacer constantemente el alma.

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La filosofía del Señor es la norma que rige la vida del cristiano. Todo el ser se compenetra de los principios vivificantes del cielo. Las actividades inútiles que consumen el tiempo de tantas personas se reducen a su debida condición frente a una piedad bíblica sana y santificadora.

La Biblia, y únicamente la Biblia, puede producir este buen resultado. Es la sabiduría y el poder de Dios, y obra con todo poder en el corazón receptivo. ¡Oh qué alturas podríamos alcanzar si conformáramos nuestra voluntad a la de Dios! El poder de Dios es lo que necesitamos dondequiera que estemos. La frivolidad que estorba a la iglesia es lo que la hace débil e indiferente. El Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo están procurando y anhelando tener conductos por los cuales puedan comunicar al mundo los principios divinos de la verdad.

Pueden aparecer luces artificiales, que aseveren provenir del cielo, pero no pueden resplandecer como la estrella de la santidad, de brillo celestial, para guiar los pies del peregrino y extranjero hasta la ciudad de Dios. Las luces falsas ocuparán el lugar de la verdadera, y muchas almas serán engañadas por un tiempo. Dios no permita que así sea con nosotros. La luz verdadera brilla ahora e iluminará las almas cuyas ventanas se abren hacia el cielo.

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La obra para este tiempo

Santa Helena, California,

25 de junio de 1903.

A los médicos de nuestro sanatorio

Mis estimados hermanos,

Los que ocupan puestos importantes en la obra del Señor están representados como atalayas sobre los muros de Sión. Dios les pide que den la alarma al pueblo. Que se escuche por todo el valle. El día de lamentos, de consumación y destrucción ha llegado para todos los injustos. La mano del Señor caerá sobre los atalayas que hayan dejado de mantener claramente ante el pueblo su obligación hacia Dios, quien por creación y redención es su dueño.

Hermanos míos, el Señor os pide que examinéis de cerca vuestro corazón. Os pide que adornéis la verdad en vuestra práctica diaria y en toda relación de unos con otros. Él exige de vosotros una fe que obra por medio del amor y que purifica el alma. Es peligroso jugar con las sagradas exigencias de la conciencia: peligroso para vosotros dar un ejemplo que cause que otros se salgan del camino.

Los cristianos deben llevar consigo, por dondequiera que vayan, la dulce fragancia de la justicia de Cristo, dando muestras de que están cumpliendo con la invitación: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”. Mateo 11:29. ¿Estáis vosotros aprendiendo diariamente en la escuela de Cristo: aprendiendo a ser justos y nobles en el trato con vuestros hermanos, por vuestro propio bien, y por el bien de Cristo?

La verdad presente nos lleva hacia adelante y hacia arriba, dándoles amparo a los necesitados, los oprimidos, los que padecen y están destituidos. Todos los que vengan deben ser introducidos en el redil. Debe llevarse a cabo en sus vidas una reforma que los transforme en miembros de la familia real, hijos del Rey celestial. Al oír el mensaje de verdad, hombres y mujeres llegan a aceptar el sábado y a unirse con la iglesia por medio del bautismo. Deben llevar el sello de Dios observando el sábado de la creación. Deben saber por experiencia propia que la obediencia de los mandamientos de Dios significa la vida eterna.

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Los recursos y una labor ferviente pueden con confianza invertirse en una obra como esta porque es una obra que ha de perdurar. Así los que estaban muertos en delitos y pecados son atraídos a la comunión con los santos y se les hace sentar en lugares celestiales con Cristo. Sus pies se plantan sobre un firme fundamento. Se les habilita para alcanzar una norma elevada, hasta las alturas más elevadas de la fe, porque los cristianos hacen sendas derechas para sus pies, para que lo cojo no se salga del camino.

Toda iglesia debe trabajar en favor de los que perecen dentro y fuera de su territorio. Los miembros deben brillar como piedras vivas en el templo de Dios, reflejando la luz celestial. No se debe hacer ninguna obra al azar, de una manera casual o esporádicamente. Asegurarse bien de las almas que están a punto de perderse significa algo más que orar por un borracho y luego, debido a que él llora y confiesa la contaminación de su alma, declarar que ha sido salvo. Hay que pelear la batalla repetidas veces.

Que los miembros de cada iglesia sientan que es su deber especial trabajar por las personas que viven en su vecindario. Que todo el que se diga estar bajo la bandera de Cristo sienta que ha entrado en un pacto de relación con Dios para hacer la obra del Salvador. Los que emprenden esta obra no debieran cansarse de hacer el bien. Cuando los redimidos estén en la presencia de Dios, habrá preciosas almas que responderán al pasarse lista, las cuales estarán allí debido a los esfuerzos fieles y pacientes que fueron hechos en su favor y de los ruegos y persuasiones fervientes para que acudieran a la Fortaleza. Así será cómo los que fueron colaboradores de Dios recibirán su recompensa.

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Los ministros de las iglesias populares no permitirán que la verdad sea presentada al pueblo desde el púlpito. El enemigo los hace resistir la verdad con encono y perfidia. Se inventan falsedades. La experiencia de Cristo con los dirigentes judíos se repite. Satanás se esfuerza por eclipsar todo rayo de luz que brilla de Dios hacia su pueblo. Obra por medio de los ministros de la manera que obró a través de los sacerdotes y gobernantes en los días de Cristo. ¿Se unirán a este partido los que conocen la verdad para obstaculizar, avergonzar, y echar a un lado a los que intentan trabajar como Dios manda para adelantar su obra, para establecer el estandarte de la verdad en los lugares donde reina la oscuridad?

Nuestro mensaje

El mensaje del tercer ángel, que abarca la proclamación del primero y el segundo, es el mensaje para este tiempo. Hemos de levantar en alto la bandera sobre la cual están escritas las palabras: “Los mandamientos de Dios y la fe de Jesús”. Pronto el mundo tendrá que encontrarse con el gran Legislador cuya ley ha sido quebrantada. No es este el tiempo de perder de vista los grandes asuntos que tenemos por delante. Dios llama a su pueblo para que ensalce su ley y la haga honorable.

“Cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios” (Job 38:7), el sábado fue dado al mundo para que la humanidad recordara por siempre que en seis días Jehová creó los cielos y la tierra. Descansó el séptimo día y lo bendijo como día de reposo, dándolo a los seres que creó, para que lo recordaran a él como Dios verdadero y viviente.

Por su gran poder, no obstante la oposición de Faraón, Dios libró a su pueblo de Egipto para que guardaran su ley que había sido dada en el Edén. Los condujo al Sinaí para que escuchasen la proclamación de su ley.

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Al proclamar los Diez Mandamientos a los hijos de Israel con su propia voz, Dios demostró su importancia. En medio de una grandiosidad pavorosa, dio a conocer su majestad y autoridad como Gobernador del mundo. Lo hizo para grabar en la mente de su pueblo la santidad de su ley y la importancia de observarla. El poder y la gloria con que fue dada la ley revelan su importancia. Es la fe una vez dada a los santos por Cristo nuestro Redentor hablando desde el Sinaí.

La señal de nuestra relación don Dios

Al observar el sábado, los hijos de Israel se diferenciarían de todas las demás naciones. “En verdad vosotros guardaréis mis sábados dijo el Señor porque es señal entre mí y vosotros por vuestras generaciones, para que sepáis que yo soy Jehová que os santifico”. “Señal es para siempre entre mí y los hijos de Israel; porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, y en el séptimo día cesó y reposó”. “Guardarán, pues, el día del sábado los hijos de Israel, celebrándolo por sus generaciones por pacto perpetuo” Éxodo 31:13, 17.

El sábado es señal de una relación que existe entre Dios y su pueblo, de que son sus súbditos obedientes, que guardan su ley. La observancia del sábado es el medio ordenado por Dios para conservar el conocimiento de sí mismo y de distinguir entre sus sujetos leales y los transgresores de su ley.

Esta es la fe una vez dada a los santos, que están ante el mundo con fuerza moral. Manteniendo firmemente esta fe.

Tendremos oposición al expresar el mensaje del tercer ángel. Satanás empleará todo artificio posible para invalidar la fe una vez dada a los santos. “Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado, y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme”. 2 Pedro 2:2, 3. Pero, a pesar de la oposición, todos han de escuchar las palabras de verdad.

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La ley es el fundamento de toda reforma duradera. Debemos presentar ante el mundo de una manera clara e inequívoca la necesidad de obedecer esta ley. La obediencia de la ley de Dios es el mayor incentivo para la industria, la economía, la veracidad, y el trato justo entre los hombres.

La ley de Dios debe ser el medio de educación en la familia. Los padres están bajo la solemne obligación de obedecer esta ley, dándoles ejemplo a sus hijos de una integridad de lo más estricta. Los hombres que ocupan puestos de responsabilidad, cuya influencia es de largo alcance, han de cuidar sus caminos y sus obras, teniendo presente el temor de Dios. “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová”. Salmos 111:10. Los que escuchan atentamente la voz del Señor y gozosamente guardan sus mandamientos estarán en el número de los que verán a Dios. “Y nos mandó Jehová que cumplamos todos estos estatutos, y que temamos a Jehová nuestro Dios, para que nos vaya bien todos los días, y para que nos conserve la vida, como hasta hoy. Y tendremos justicia cuando cuidemos de poner por obra todos estos mandamientos delante de Jehová nuestro Dios, como él nos ha mandado”. Deuteronomio 6:24, 25.

Nuestra obra como creyentes en la verdad es la de presentar ante el mundo la inmutabilidad de la ley de Dios. Ministros y maestros, médicos y enfermeras, están comprometidos por su pacto con Dios a exponer la importancia de obedecer su ley. Hemos de distinguimos como un pueblo que guarda los mandamientos. El Señor ha declarado explícitamente que él tiene una obra que debe hacerse en favor del mundo. ¿Cómo será hecha? Procuremos encontrar la mejor manera de hacerlo y luego llevemos a cabo la voluntad del Señor.

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Este mundo es una escuela de adiestramiento para la escuela más alta; esta vida es una preparación para la vida del porvenir. Aquí tenemos que prepararnos para la entrada en los atrios celestiales. Aquí necesitamos recibir y creer y practicar la verdad hasta que estemos listos para el hogar de los santos en luz.

Nuestros sanatorios deben establecerse con un solo objetivo: proclamar la verdad para este tiempo. Y han de manejarse de tal manera que se deje una impresión favorable de la verdad en las mentes de los que acuden a ellos en busca de tratamiento. La conducta de cada obrero ha de ser eficaz en favor de la verdad. Tenemos un mensaje de advertencia que llevar al mundo, y nuestro fervor, nuestra devoción al servicio de Dios, han de dar testimonio de la verdad.

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Una visión más amplia

Santa Helena, California,

30 de octubre de 1903.

A los misioneros médicos

Cristo, el gran Médico misionero, vino a nuestro mundo como el ideal de toda verdad. La verdad nunca languideció en sus labios, nunca sufrió daño en sus manos. De sus labios brotaban palabras de verdad con la frescura y el poder de una nueva revelación. Desplegó los misterios del reino de los cielos, revelando joya tras joya de verdad.

Cristo habló con autoridad. Toda verdad esencial para el pueblo fue proclamada con el aplomo de un conocimiento certero. No proclamó nada imaginario ni sentimental. No expuso sofismas ni opiniones humanas. No salían de sus labios cuentos ociosos o falsas teorías expresadas en lenguaje engalanado. Sus declaraciones eran verdades establecidas por el conocimiento personal. Él previó las doctrinas engañosas que llenarían el mundo, pero no las explicó. Concentraba sus enseñanzas en los principios inmutables de la Palabra de Dios. Magnificaba las verdades sencillas y prácticas que el pueblo pudiera entender e incorporar a sus vidas diarias.

Cristo pudo haber expuesto ante los hombres las verdades más profundas de la ciencia. Pudo haber desatado misterios que han tomado siglos de esfuerzo y estudio para penetrar. Pudo haber hecho sugerencias en el ramo científico, que hubieran dado mucho que pensar y estimulado la facultad inventiva del hombre hasta el fin del tiempo. Pero no hizo nada de esto. No dijo nada que pudiera satisfacer la curiosidad o las ambiciones del hombre y abrir paso a la fama mundanal. En toda su enseñanza, Cristo puso las mentes de los hombres en contacto con la Mente Infinita. No le indicaba al pueblo que estudiara las teorías humanas acerca de Dios, su Palabra, o sus obras. Les enseñaba a contemplar a Dios según lo manifestaban sus obras, su Palabra, y sus providencias.

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La victoria de Cristo sobre la incredulidad

Mientras estuvo en la tierra, el Hijo de Dios era el Hijo del Hombre; sin embargo, había ocasiones cuando se reflejaba su divinidad. Así sucedió cuando le dijo al paralítico: “Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados”. Mateo 9:2.

“Estaban allí sentados algunos de los escribas, los cuales cavilaban -no abiertamente, mas- en sus corazones”… “¿Quién es este que habla blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios!” Marcos 2:6; Lucas 5:21.

“Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? Porque, ¿qué es más fácil, decir: Los pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dice entonces al paralítico): Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa”. Mateo 9:4-6.

El gran Médico misionero quitó los pecados del paralítico y luego lo presentó ante Dios perdonado. Y también lo sanó físicamente. Dios le había dado poder a su Hijo para acudir al trono eterno. Aunque Cristo actuaba con su propia personalidad, reflejaba el lustre de la posición de honor que había tenido en medio de la espléndida luz del trono eterno.

En otra ocasión, Cristo solicitó: “Padre, glorifica tu nombre”. Y en respuesta “vino una voz del cielo: Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez”. Juan 12:28.

Si esta voz no conmovió a los impenitentes, si el poder que Cristo manifestó en sus poderosos milagros no hizo que los judíos creyeran, no debiera sorprendemos demasiado descubrir que los hombres y mujeres de ahora están en peligro, por causa del roce continuo con los incrédulos, de manifestar la misma incredulidad que demostraron los judíos, y de cultivar el mismo entendimiento pervertido.

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No hay palabra para describir mi tristeza al considerar lo que se me ha presentado concerniente a la situación que prevalece en Battle Creek y otros centros de nuestra obra, donde ha estado brillando gran luz. En el pasado, cuando se ha demostrado que las cosas no marchan bien, ha habido un reconocimiento del mal, seguido de la confesión y el arrepentimiento y una reforma cabal. Pero últimamente no ha habido fieles mayordomos que repriman los males que necesitaban ser reprimidos. ¿Podemos nosotros entonces sorprendemos de que haya una gran ceguera espiritual?

Los que están empeñados en el ministerio evangélico necesitan aprender la mansedumbre y humildad de Cristo, y estar cabalmente convertidos, para que sus vidas puedan dar testimonio a un mundo muerto en delitos y pecados, de que han nacido de nuevo. Los obreros médicos misioneros también necesitan estar convertidos. Cuando se conviertan, su influencia será una fuerza en favor del bien en el mundo. Estarán dispuestos a recibir consejos y ayudar a sus hermanos, porque han sido santificados en la verdad. Diariamente recibirán ricas provisiones de gracia del cielo para impartir a los demás.

A cada uno de los que el Señor ha designado como sus agentes, les envía el mensaje:

“Asumid vuestra posición en vuestro puesto del deber, y luego manteneos firmes en el bien”. A todos se me manda decir: “Hallad vuestro lugar. No aceptéis las opiniones antojadizas de hombres que no son enseñados por Dios. Cristo espera daros una mejor comprensión de las cosas celestiales, para acelerar vuestro pulso espiritual dándole nuevos bríos. Dejad ya de subordinar las demandas de los intereses eternos futuros a los asuntos comunes de esta vida. “Ninguno puede servir a dos señores”. Mateo 6:24. ¡Despertad, hermanos, despertad!

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Los alcances de la obra médica misionera evangélica no se entienden debidamente. La obra médica misionera que se requiere ahora es la que fue delineada en la comisión que Cristo dio a sus discípulos poco antes de su ascensión. “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra dijo él. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Mateo 28:18-20.

Estas palabras designan nuestro campo de acción y nuestra labor. Nuestro campo es el mundo; nuestra obra, la proclamación de las verdades que Cristo vino al mundo a proclamar. A hombres y mujeres ha de brindárseles la oportunidad de obtener un conocimiento de la verdad presente, la oportunidad de saber que Cristo es su Salvador; que “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Juan 3:16.

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Tatiana Patrasco