Testimonios para la Iglesia, Vol. 8, p. 226-235, día 435

Sección 4—¡Velad!

“Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos. Todas vuestras cosas sean hechas con amor”. 1 Corintios 16:13, 14.

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Lecciones aprendidas del pasado

La centralización

Fue el propósito de Dios que después del diluvio, en cumplimiento del mandato dado a Adán, los hombres se dispersaran por toda la tierra para henchirla y sojuzgarla.

Pero a medida que los descendientes de Noé aumentaban en número, la apostasía se manifestó. Los que querían deshacerse de las restricciones de la ley de Dios decidieron separarse de los adoradores de Jehová. Determinaron mantener su comunidad unida en un cuerpo y fundar una monarquía que con el tiempo abarcara el mundo entero. En el valle de Sinar resolvieron edificar una ciudad con una torre que sería la maravilla del mundo. Esta torre sería tan alta que ningún diluvio podría alcanzar hasta la cúspide, y tan enorme que nada sería capaz de derribarla. Así era como esperaban garantizar su propia seguridad e independizarse de Dios.

Esta confederación se originó como resultado de la rebelión contra Dios. Los moradores del valle de Sinar establecieron su reino para su propia exaltación y no para la gloria de Dios. De haberlo logrado, habría imperado un gran poder que hubiera proscrito la justicia e inaugurado una nueva religión. El mundo habría sido desmoralizado. Teorías erróneas hubieran apartado las mentes de la lealtad a los estatutos divinos, y la ley de Jehová habría sido ignorada y olvidada. Pero Dios nunca deja al mundo sin sus testigos. En ese tiempo había hombres que se humillaban ante Dios y clamaban a él. “Oh Dios -imploraban-, intervén en favor de tu causa y en contra de los planes y métodos de los hombres”. “Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres”. Génesis 11:5. Ángeles fueron enviados para frustrar los propósitos de los constructores.

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La torre había alcanzado una elevada altura, y les era imposible a los trabajadores que estaban arriba comunicarse directamente con los que estaban abajo; por lo tanto, se estacionaron hombres en diferentes niveles para que cada uno recibiera los pedidos de material necesario y las instrucciones concernientes al trabajo, y lo comunicara todo a la persona que estaba debajo de él. Según iban pasando los mensajes de uno a otro, se confundió el lenguaje, de manera que se pedía material que no se necesitaba, y las instrucciones recibidas a menudo eran contrarias a las que se habían dado. El resultado fue confusión y consternación. Todo el trabajo se detuvo. Ya era imposible que hubiera armonía y cooperación. Los constructores fueron totalmente incapaces de explicar los extraños malentendidos entre ellos y, enojados y desanimados, se reprendían unos a otros. Su confusión terminó en disensión y derramamiento de sangre. Rayos del cielo rompieron la parte de arriba de la torre y la echaron al suelo. Los hombres se vieron obligados a sentir que hay un Dios que rige los cielos y que él es capaz de confundir y multiplicar la confusión para enseñarles a los hombres que no son más que hombres.

Dios tolera por largo tiempo la maldad de los hombres, brindándoles amplia oportunidad para arrepentirse; pero toma cuenta de todos sus ardides para resistir la autoridad de su justa y santa ley.

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Hasta este momento, todos habían hablado el mismo lenguaje; ahora, los que podían entender el habla de unos y otros se unieron en compañías; unos salieron por un lado, y algunos por otro. “Y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra”. Génesis 11:9.

En nuestros días el Señor anhela que su pueblo se esparza por toda la tierra. No deben colonizar. Jesús dijo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”. Marcos 16:15. Cuando los discípulos se dejaron llevar por su inclinación de permanecer en Jerusalén en grandes Números, fue permitido que la persecución viniera sobre ellos, y fueron esparcidos por todas las regiones del mundo habitado.

Por años han sido dados a nuestro pueblo mensajes de advertencia y ruego, instándoles a salir al gran campo de cosecha del Maestro para trabajar abnegadamente por las almas.

De testimonios escritos en 1895 y 1899, copio los siguientes párrafos:

“Los verdaderos obreros misioneros no deben establecer colonias. Los que son del pueblo deben ser peregrinos y advenedizos sobre la tierra. La inversión de grandes sumas de dinero para el levantamiento de la obra en un solo lugar no es del agrado de Dios. Se han de fundar establecimientos en muchos lugares. Las escuelas y los sanatorios deben establecerse en lugares donde no hay nada que represente la verdad. Los intereses no han de establecerse con el propósito de ganar dinero, sino de esparcir la verdad. Debe obtenerse terreno a distancia de las ciudades, donde se puedan levantar escuelas en las cuales la juventud pueda recibir una educación en agricultura y artes mecánicas.

“Los principios de la verdad presente deben hacerse más extensos. Hay quienes razonan partiendo de un punto de vista equivocado. Como es más conveniente que la obra esté centralizada en un lugar, están a favor de agrupar todo en una localidad. Esto resulta en un gran mal. Lugares que deben recibir ayuda quedan destituidos.

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“¿Qué podré decirle a nuestro pueblo que lo induzca a seguir el camino que será para su bien presente y futuro? ¿No prestarán atención los que están en Battle Creek a la luz que Dios les ha impartido? ¿No se negarán ellos mismos, tomarán su cruz, y seguirán a Jesús? ¿No obedecerán la instrucción de su Jefe, de abandonar a Battle Creek y levantar intereses en otros lugares? ¿No irán a los lugares oscuros de la tierra para contar la historia del amor de Cristo, confiando en que Dios les dará el éxito?

“No es el plan de Dios que nuestro pueblo se agolpe en Battle Creek. Jesús dice: “Id a trabajar hoy en mi viña. Salid de los lugares donde no se os necesita. Implantad el estandarte de la verdad en pueblos y ciudades que no han escuchado el mensaje. Preparad el camino para mi venida. Los que están en los caminos y vallados deben escuchar el llamamiento.

“El Señor convertirá el desierto en lugar sagrado cuando su pueblo, lleno de un espíritu misionero, salga a crear centros para su obra, para establecer sanatorios, donde los enfermos y afligidos reciban cuidado; y escuelas, donde la juventud pueda recibir una educación apropiada.

“Se ha insistido en que hay grandes ventajas en tener tantas instituciones contiguas unas a otras; que se fortalecerían unas a otras y serían capaces de ayudar a los que buscan educación y empleo. Esto está de acuerdo con el razonamiento humano; se admite desde un punto de vista humano que es de gran provecho agrupar tantas responsabilidades en Battle Creek; pero es preciso que se tenga una visión más amplia.”

No obstante los frecuentes consejos en contra, los hombres siguieron planificando para la centralización del poder, juntando muchos intereses bajo un solo control. Esta obra se empezó por primera vez en las oficinas de la Review and Herald. Las cosas se manipularon primero de una manera y luego de otra. Fue el enemigo de nuestra obra quien promovió el llamado a la consolidación de la obra publicadora bajo un solo poder regidor en Battle Creek.

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Cobró aceptación la idea de que la obra médica misionera avanzaría en gran manera si todas nuestras instituciones médicas y otros intereses misioneros médicos se juntaran bajo el control de una asociación médica misionera en Battle Creek.

Me fue dicho que yo debía alzar mi voz y advertir en contra de esto. No podíamos estar bajo el gobierno de hombres que no eran capaces de gobernarse ellos mismos y quienes no estaban dispuestos a someterse a Dios. No debíamos ser dirigidos por hombres que deseaban que su palabra ejerciera el poder controlador. El desarrollo del deseo de controlar ha sido muy marcado, y Dios envió advertencia tras advertencia, prohibiendo las confederaciones y la consolidación. Nos advirtió en contra de agruparnos para cumplir con ciertos acuerdos que serían presentados por hombres que se esforzaban por controlar los movimientos de sus hermanos.

Un centro educativo

El Señor no está satisfecho con algunos de los arreglos que se han hecho en Battle Creek. Ha declarado que otros lugares están siendo privados de luz y de recursos que han sido concentrados y multiplicados en Battle Creek. No agrada a Dios que nuestra juventud a través de todo el país sea llamada a Battle Creek para trabajar en el sanatorio y educarse allí. Al permitir esto, frecuentemente somos culpables de privar a otros campos necesitados de su más precioso tesoro.

Por medio de la luz dada en los testimonios, el Señor ha indicado que él no desea que los estudiantes abandonen las escuelas y los sanatorios de su región para ser educados en Battle Creek. Nos dio instrucciones para mudar el colegio de este lugar. Esto se hizo, pero las instituciones que quedaron dejaron de hacer lo que debían para compartir con otros lugares los recursos que aún estaban centralizados en Battle Creek. El Señor demostró su desagrado al permitir que los edificios principales de estas instituciones fueran destruidos por fuego.

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No obstante la clara evidencia de la providencia del Señor en medio de estos incendios destructivos, algunos de entre nosotros se apresuraron a menospreciar la declaración de que estos edificios se quemaron porque los hombres estaban ejerciendo su influencia de una manera que el Señor no aprobaba.

Los hombres han estado apartándose de los buenos principios que estas instituciones fueron establecidas para promulgar. Han dejado de hacer la obra misma que el Señor ordenó que debe hacerse para preparar a un pueblo que ha sido llamado a “edificar las ruinas antiguas” y a reparar los portillos, como está representado en el capítulo cincuenta y ocho de Isaías. En este pasaje se define claramente el trabajo que debemos hacer como obra médica misionera. Esta tarea debe llevarse a cabo por todas partes. Dios tiene una viña; y anhela que esta viña sea trabajada desinteresadamente. No se debe descuidar ninguna de sus partes. La porción más descuidada necesita que los misioneros más despabilados hagan en ella la obra que, por medio del profeta Isaías, el Espíritu Santo ha señalado:

“¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo!” “Y si dieres tu pan al hambriento y saciares al alma afligida, en las tinieblas nacerá tu luz, y tu oscuridad será como el mediodía. Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma, y dará vigor a tus huesos; y serás como huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan. Y los tuyos edificarán las ruinas antiguas; los cimientos de generación en generación levantarás, y serás llamado reparador de portillos, restaurador de calzadas para habitar”. Isaías 58:6, 10-12.

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Por amor de su nombre, Dios no permitirá que los refractarios e independientes realicen sus planes impíos. Los visitará por causa de sus actos perversos. “No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos”. Isaías 57:21. Pero en medio del juicio el Señor se acordará de la misericordia. Él declara:

“Porque no contenderé para siempre, ni para siempre me enojaré; pues decaería ante mí el espíritu, y las almas que yo he creado. Por la iniquidad de su codicia me enojé, yo le herí, escondí mi rostro y me indigné; y él siguió rebelde por el camino de su corazón. He visto sus caminos; pero le sanaré, y le pastorearé, y le daré consuelo a él y a sus enlutados; produciré fruto de labios: Paz, paz al que está lejos y cercano, dijo Jehová; y lo sanaré”. Isaías 57:16-19.

“El espíritu de mi pueblo decaería ante mí -dijo el Señor-, si yo obrase con ellos conforme a su perversidad. No soportarían mi desagrado y mi ira. Yo he visto los caminos perversos de cada pecador. Convertiré y sanaré y restauraré a mi favor a todo el que se arrepienta y haga obras de justicia”.

El Señor dice lo siguiente acerca de aquellos que han sido engañados y descarrilados por hombres no consagrados: “Su línea de conducta no ha estado de acuerdo con mi voluntad; sin embargo, por la justicia de mi propia causa, en nombre de la verdad, sanaré a todos los que honran mi nombre. Todos los penitentes de Israel verán mi salvación. Yo, el Señor, rijo, y llenaré de alabanza y gratitud a todos los corazones de los que están cercanos y lejanos, aún a todos los penitentes de Israel que han guardado mis caminos”.

“Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados”. Isaías 57:15.

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Cómo debe ser educada la juventud

Juan el Bautista, el precursor de Cristo, recibió su primera educación de sus padres. Pasó la mayor parte de su vida en el desierto para no verse influenciado al contemplar la negligencia en la devoción de los sacerdotes y rabinos, o aprendiendo sus máximas y tradiciones, por medio de las cuales los principios correctos eran pervertidos y menoscabados. Los maestros religiosos de aquel entonces se habían cegado espiritualmente de tal manera que apenas podían reconocer las virtudes de origen celestial. Habían abrigado por tanto tiempo el orgullo, la envidia, y los celos, que interpretaban las escrituras del Antiguo Testamento al punto de destruir su significado. Fue la preferencia de Juan pasar por alto los goces y el lujo de la vida urbana en favor de la estricta disciplina del desierto. Allí el ambiente que lo rodeaba favorecía los hábitos de la sencillez y la abnegación. Guarecido contra el clamor del mundo, podía allí estudiar las lecciones de la naturaleza, la revelación y la providencia. Las palabras pronunciadas por el ángel a Zacarías le habían sido repetidas a Juan por sus padres, los cuales temían a Dios. Desde que era niño su misión se había mantenido presente ante él, y él aceptó la sagrada encomienda. Para él la soledad del desierto era un escape agradable de la sociedad en la cual la sospecha, la incredulidad, y la impureza prevalecían casi por todos lados. No tenía confianza en su propia fuerza para resistir la tentación y se eximía del contacto constante con el pecado para no perder su sentido de la extrema maldad del mismo.

Pero Juan no pasó su vida en el ocio, en un ascetismo lúgubre, o en un aislamiento egoísta. De vez en cuando salía para codearse con la gente, y era siempre un observador interesado de lo que pasaba en el mundo. Desde su tranquilo retiro contemplaba los eventos corrientes. Con una visión iluminada por el Divino Espíritu, estudiaba los caracteres de los hombres, para poder entender cómo llegar a sus corazones con el mensaje del cielo.

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Cristo vivió la vida de un verdadero médico misionero. Es su deseo que estudiemos su vida con diligencia para que aprendamos a trabajar como él.

Su madre fue su primera maestra humana. De sus labios y de los pergaminos de los profetas, aprendió las cosas celestiales. Vivió en un hogar de campesino, fiel y alegremente cumpliendo su parte de los deberes hogareños. Había sido el Comandante de los cielos, y los ángeles se habían gozado en cumplir sus mandatos. Ahora era un siervo dispuesto, un hijo amante y obediente. Aprendió un oficio y con sus propias manos trabajaba en el taller de carpintero con José. Vestido con el traje sencillo de un jornalero común caminaba por las calles del pequeño pueblo, yendo y viniendo de su humilde empleo.

La gente de aquel tiempo determinaba el valor de las cosas por su apariencia exterior. A medida que la religión perdía su fuerza, aumentaba en pompa. Los educadores de aquel tiempo procuraban ganarse el respeto por medio del despliegue y la ostentación. Ante todo esto, la vida de Jesús presentaba un contraste marcado. Mediante ella demostraba la invalidez de aquellas cosas que los hombres consideraban como las más necesarias de la vida. Él no procuraba las escuelas de su tiempo, con su engrandecimiento de las cosas pequeñas y el empequeñecimiento de las grandes. Recibió su educación de fuentes celestiales, por medio del trabajo útil, el estudio de las Escrituras y de la naturaleza, y de las experiencias de la vida: los libros de texto de Dios, llenos de instrucción para todos los que se allegan a ellos con corazones dispuestos, con discernimiento y espíritu de entendimiento.

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“Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él”. Lucas 2:40.

Así preparado, salió a cumplir su misión, ejerciendo en todo momento de su roce con los hombres una influencia de bendición, de un poder transformador, tal como el mundo jamás había presenciado.

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Tatiana Patrasco