Testimonios para la Iglesia, Vol. 8, p. 246-255, día 437

La dirección de la obra

Santa Helena, California,

17 de noviembre, 1903.

En los diarios de varias ciudades han aparecido artículos en los cuales se da a entender que hay una lucha entre el Dr. Kellogg y la Sra. Elena G. de White en cuanto a cuál de ellos dirigirá al pueblo adventista del séptimo día. Al leer esos artículos, me angustia sobremanera que haya quien entienda tan mal mi obra y la del Dr. Kellogg como para publicar tales calumnias. No ha habido controversia entre el Dr. Kellog y yo en cuanto a la dirección de la obra. Nadie me ha oído jamás pretender la dirección de la denominación.

Tengo una obra de gran responsabilidad que hacer y es la de impartir por la pluma y de viva voz la instrucción que me ha sido dada, y debo transmitirla no sólo a los adventistas del séptimo día, sino al mundo. He publicado muchos libros, grandes y pequeños, y algunos de ellos han sido traducidos en varios idiomas. Esta es mi obra: exponer las Escrituras a otros como Dios me las ha expuesto a mí.

Dios no ha establecido realeza alguna en la Iglesia Adventista del Séptimo Día para controlar todo el cuerpo, o para controlar algún ramo de la obra. No ha dispuesto que la carga de la dirección descanse sobre unos pocos hombres. Las responsabilidades están distribuidas entre un gran número de hombres competentes.

Cada miembro de la iglesia tiene voz para elegir los dirigentes de ella. La iglesia elige a los dirigentes de las asociaciones locales. Los delegados elegidos por las asociaciones locales eligen a los de las uniones; y los delegados elegidos por las uniones eligen a los dirigentes de la Asociación General. Con este arreglo, toda asociación, institución, iglesia e individuo, sea directamente o por medio de sus representantes, tiene voz en la elección de los hombres que llevan las responsabilidades principales en la Asociación General.

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Las primeras experiencias

Cuando comenzó la obra de nuestra denominación, el Señor designó al pastor James White como el que, en unión de su esposa, bajo la dirección especial de Dios, había de desempeñar una parte destacada en el progreso de esta obra.

Es bien conocida la historia de cómo creció la obra. La imprenta se estableció primero en Rochester, Estado de Nueva York, y más tarde se trasladó a Battle Creek, Estado de Míchigan. Y en años ulteriores se estableció una casa editorial en la costa del Pacífico.

Doy gracias a Dios por habernos permitido desempeñar una parte en la obra desde el comienzo. Pero ni entonces ni desde que la obra adquirió tan grande desarrollo, es decir, en un tiempo durante el cual las responsabilidades se distribuyeron ampliamente, nadie me oyó jamás pretender la dirección de este pueblo.

Desde el año 1844 hasta el momento actual, he recibido mensajes del Señor y los he dado a su pueblo. Esta es mi obra: darle al pueblo la luz que el Señor me da. He sido comisionada para recibir y comunicar sus mensajes. No he de aparecer delante de la gente con otro puesto que el de mensajera que tiene un mensaje.

Durante muchos años, el Dr. J. H. Kellogg ocupó el puesto de médico principal en la obra médica realizada por los adventistas del séptimo día. Sería para él imposible actuar como director de la obra en general. Este no ha sido nunca su papel, ni puede serlo.

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El señor es nuestro líder

Escribo esto para que todos puedan saber que no hay controversia entre los adventistas del séptimo día acerca de la dirección de la obra. El Señor Dios del cielo es nuestro Rey. Es un líder a quien todos pueden seguir con seguridad porque nunca comete un error. Honremos a Dios y a su Hijo, por medio del cual él se comunica con el mundo.

Dios obraría poderosamente en favor de sus hijos hoy si ellos se colocaran totalmente bajo su dirección. Necesitan que el Espíritu Santo more constantemente con ellos. Si hubiese más oración en los concilios de los que llevan responsabilidades, si los corazones se humillaran más delante de Dios, veríamos abundantes evidencias de la dirección divina, y nuestra obra haría rápidos progresos.

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Uno con Cristo en Dios

El Señor llama a hombres que tengan una fe sincera y un pensamiento sano, hombres que reconozcan la diferencia entre lo falso y lo verdadero. Cada uno debe mantenerse en guardia, estudiar y practicar las lecciones dadas en el capítulo 17 del Evangelio de Juan, y conservar una fe viva en la verdad presente. Necesitamos el dominio propio que nos permitirá conformar nuestras costumbres a la oración de Cristo.

La instrucción que me ha sido dada por Uno que tiene autoridad, es que debemos aprender a contestar la oración contenida en el capítulo 17 de Juan. Debemos hacer de esta oración nuestro primer estudio. Cada ministro del evangelio, cada misionero médico debe profundizar la ciencia de esta oración. Hermanos y hermanas, os ruego que prestéis atención a esas palabras y que dediquéis a ese estudio un espíritu sereno, humilde y contrito, y las sanas energías de una mente puesta bajo el dominio de Dios. Los que no aprenden las lecciones contenidas en esa oración se exponen a obtener un desarrollo unilateral, que ninguna educación subsiguiente podrá corregir.

“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado. Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste. Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos”. Juan 17:20-26.

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El propósito de Dios es que sus hijos se fusionen en la unidad. ¿No es vuestra esperanza vivir juntos en el mismo cielo? ¿Está Cristo dividido contra sí mismo? ¿Dará el éxito a sus hijos antes que hayan apartado de su medio toda discordia y toda crítica, antes que los obreros, en una perfecta unidad de intención, hayan consagrado sus corazones, sus pensamientos y sus fuerzas a una obra tan santa a la vista de Dios? La unión hace la fuerza. La desunión causa debilidad. Trabajando juntos y con armonía por la salvación de los hombres, debemos ser en verdad “colaboradores de Dios”. 1 Corintios 3:9. Los que se niegan a trabajar en armonía con los demás deshonran a Dios. El enemigo de las almas se regocija cuando ve a ciertos hermanos contrariándose unos a otros en su trabajo. Los tales necesitan cultivar el amor fraternal y ternura en su corazón. Si pudiesen apartar el velo que cubre el porvenir y percibir las consecuencias de su desunión, ciertamente se arrepentirían.

El mundo mira con satisfacción la desunión de los cristianos. Los incrédulos se regocijan. Dios desea que se realice un cambio en su pueblo. La unión con Cristo y los unos con los otros constituye nuestra única seguridad en estos últimos días. No dejemos a Satanás la posibilidad de señalar con el dedo a los miembros de nuestra iglesia, diciendo: “Mirad cómo éstos, que se hallan bajo el estandarte de Cristo, se aborrecen unos a otros. Nada necesitamos temer de ellos, puesto que gastan más energías luchando unos contra otros que combatiendo a mis fuerzas”.

Después del derramamiento del Espíritu Santo, los discípulos salieron para proclamar al Salvador resucitado, poseídos del único deseo de salvar almas. Se regocijaban en la dulzura de la comunión con los santos. Eran afectuosos, atentos, abnegados, dispuestos a hacer cualquier sacrificio en favor de la verdad. En sus relaciones cotidianas unos con otros, manifestaban el amor que Cristo les había ordenado revelar al mundo. Por sus palabras y sus acciones desinteresadas, se esforzaban por encender este amor en otros corazones.

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Los creyentes debían continuar cultivando el amor que llenaba el corazón de los apóstoles después del derramamiento del Espíritu Santo. Debían proseguir adelante y obedecer gustosos al nuevo mandamiento: “Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros”. Juan 13:34. Debían vivir tan unidos con Cristo que se vieran capacitados para cumplir sus requerimientos. Debían ensalzar el poder de un Salvador que podía justificarlos por su justicia.

Mas los primeros cristianos empezaron a buscar defectos unos en otros. Al detenerse a hablar de sus faltas, al dejar entrar la crítica, perdieron de vista al Salvador y el gran amor que había manifestado hacia los pecadores. Se volvieron más estrictos respecto a las ceremonias exteriores, más puntillosos acerca de la teoría de la fe, más severos en sus críticas. En su celo por condenar a los demás, olvidaban sus propios errores. Descuidaban las lecciones del amor fraternal que Cristo les había enseñado y, lo que es más triste aún, no se daban cuenta de lo que habían perdido. No comprendían que la felicidad y la alegría se alejaban de su existencia, y que pronto, habiendo ahuyentado de su corazón el amor de Dios, andarían en las tinieblas.

El apóstol Juan, comprendiendo que el amor fraternal desaparecía de la iglesia, insistió muy particularmente en él. Hasta el día de su muerte, suplicó a los creyentes que se ejercitaran constantemente en el amor. Las cartas que dirigió a la iglesia están impregnadas de este pensamiento. “Amados, amémonos unos a otros escribe él, porque el amor es de Dios… Dios envió a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por él… Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros”. 1 Juan 4:7-11.

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Hay hoy una gran necesidad de amor fraternal en la iglesia de Dios. Muchos de los que aseveran amar al Señor no tienen amor hacia aquellos con quienes están unidos por vínculos de fraternidad cristiana. Tenemos la misma fe, somos miembros de una misma familia, somos todos hijos de un mismo Padre, y tenemos todos la misma esperanza bendita de inmortalidad. ¡Cuán tiernos y estrechos debieran ser los vínculos que nos unen! La gente del mundo nos observa para ver si nuestra fe ejerce una influencia santificadora sobre nuestros corazones. Prestamente discierne todo defecto de nuestra vida y toda la consecuencia de nuestras acciones. No le demos ocasión alguna de echar oprobio sobre nuestra fe.

No es la oposición del mundo lo que nos hace peligrar más. El mal que los cristianos profesos guardan en su corazón nos expone al más grave de los desastres, y retarda el progreso de la obra de Dios. No hay modo más seguro de debilitar nuestra vida espiritual que el ser envidiosos, sospechar unos de otros y dejar nos llevar por la crítica y la calumnia. “Porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. Y el fruto de la justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz”. Santiago 3:15-18.

La armonía y unión existente entre hombres de diversas tendencias es el testimonio más poderoso que pueda darse de que Dios envió a su Hijo al mundo para salvar a los pecadores. A nosotros nos toca dar este testimonio; pero para hacerlo, debemos colocarnos bajo las órdenes de Cristo; nuestro carácter debe armonizar con el suyo, nuestra voluntad debe rendirse a la suya. Entonces trabajaremos juntos sin contrariamos.

Cuando uno se detiene en las pequeñas divergencias, se ve llevado a cometer actos que destruyen la fraternidad cristiana. No permitamos que el enemigo obtenga en esta forma la ventaja sobre nosotros. Mantengámonos siempre más cerca de Dios y más cerca unos de los otros. Entonces seremos como árboles de justicia plantados por el Señor, y regados por el río de la vida. ¡Cuántos frutos llevaremos! ¿No dijo Cristo: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos”? Juan 15:8.

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El Salvador anhela de todo corazón que sus discípulos cumplan el plan de Dios en toda su altura y toda su profundidad. Deben estar unidos en él, aunque se hallen dispersos en el mundo. Pero Dios no puede unirlos en Cristo si no están dispuestos a abandonar su propio camino para seguir el suyo.

Cuando el pueblo de Dios crea sin reservas en la oración de Cristo y ponga sus instrucciones en práctica en la vida diaria, habrá unidad de acción en nuestras filas. Un hermano se sentirá unido al otro por las cadenas del amor de Cristo. Sólo el Espíritu de Dios puede realizar esta unidad. El que se santificó a sí mismo puede santificar a sus discípulos. Unidos con él, estarán unidos unos a otros en la fe más santa. Cuando luchemos para obtener esta unidad como Dios desea que lo hagamos, nos será concedida.

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Tatiana Patrasco