Testimonios para la Iglesia, Vol. 8, p. 256-265, día 438

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El trabajo de los miembros laicos

A los miembros individuales de la iglesia les incumbe una obra mucho mayor de lo que ellos conciben. No se dan cuenta de los requerimientos de Dios. Ha llegado el momento en que deben idearse todos los medios capaces de ayudar a preparar a un pueblo que pueda subsistir en el día del Señor. Debemos estar bien despiertos y negarnos a dejar pasar las oportunidades preciosas sin aprovecharlas. Debemos hacer todo lo que nos resulte posible para ganar almas a fin de que amen a Dios y guarden sus mandamientos. Jesús requiere esto de los que conocen la verdad. ¿Es esta exigencia irrazonable? ¿No es nuestro ejemplo la vida de Cristo? ¿No tenemos una deuda de amor para con el Salvador, una deuda que nos compele a trabajar fervorosa y abnegadamente por la salvación de aquellos por quienes dio su vida?

Muchos de los miembros de nuestras iglesias grandes hacen muy poco o comparativamente nada. Podrían realizar una buena obra, si, en vez de hacinarse, se dispersaran por lugares donde todavía no ha penetrado la verdad. Los árboles plantados en forma demasiado apretada no prosperan. El jardinero los trasplanta para que tengan lugar donde crecer, y no quedar atrofiados y enfermizos. La misma regla surtirá efecto en nuestras iglesias grandes. Muchos de los miembros están muriendo espiritualmente porque no se hace precisamente esto. Se están volviendo enfermizos y deficientes. Trasplantados, tendrían lugar donde crecer fuertes y vigorosos.

No es el propósito de Dios que sus hijos formen colonias o se establezcan juntos en grandes comunidades. Los discípulos de Cristo son sus representantes en la tierra, y Dios quiere que estén dispersados por todo el país, en pueblos, ciudades y aldeas, como luces en medio de las tinieblas del mundo. Han de ser misioneros para Dios, que por su fe y sus obras atestigüen que se acerca la venida del Salvador.

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Los miembros laicos de nuestras iglesias pueden realizar una obra que hasta ahora apenas ha sido iniciada por ellos. Nadie debe trasladarse a lugares nuevos simplemente para obtener ventajas mundanales, sino que donde hay oportunidades para ganarse la vida, deben entrar familias bien arraigadas en la verdad, una o dos familias por lugar, para trabajar como misioneros. Deben sentir amor por las almas, preocupación por trabajar en su favor, y deben estudiar la manera de llevarlos a la verdad. Pueden distribuir nuestras publicaciones, celebrar reuniones en sus casas, llegar a conocer a sus vecinos e invitarlos a venir a esas reuniones. Así harán brillar su luz por las buenas obras.

Manténganse a solas con Dios los que trabajan, llorando, orando y trabajando por la salvación de sus semejantes. Recuerden que están corriendo una carrera y luchando por una corona de inmortalidad. Mientras que son tantos los que aman la alabanza de los hombres más que el favor de Dios, sepamos trabajar con humildad. Aprendamos a ejercer fe mientras presentamos a nuestros vecinos ante el trono de la gracia e intercedemos con Dios para que conmueva sus corazones. Se puede hacer así una obra misionera eficaz, y alcanzar tal vez a quienes no escucharían a un ministro o a un colportor. Los que trabajen así en lugares nuevos aprenderán cuáles son las mejores maneras de acercarse a la gente, y podrán preparar el camino para otros obreros.

El que se dedica a esta obra adquirirá una experiencia preciosa. Siente en su corazón preocupación por las almas de sus vecinos. Debe tener la ayuda de Jesús. ¡Cuán cuidadoso será para andar con circunspección, a fin de que sus oraciones no sean impedidas y ningún pecado le separe de Dios! Mientras ayuda a otros, el que trabaja así obtiene él mismo fuerza espiritual y comprensión, y en esta humilde escuela se preparará para entrar en un campo más amplio.

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Cristo declara: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto”. Juan 15:8. Dios nos ha dotado de facultades y nos ha confiado talentos para que los empleemos en su servicio. A cada uno asignó su tarea, no simplemente el trabajo que debe hacer en sus campos de maíz y trigo, sino una labor fervorosa y perseverante para salvar almas. Cada piedra del templo de Dios debe ser una piedra viva, que resplandezca y refleje luz al mundo. Hagan los miembros laicos todo lo que puedan; y mientras usan los talentos que ya tienen, Dios les dará más gracia y capacidad. Muchas de nuestras empresas misioneras se ven trabadas porque son muchos los que se niegan a aprovechar las oportunidades de servir que se les ofrecen. Empiecen a trabajar todos los que creen en la verdad. Hagan la obra que les resulte más cercana; hagan cualquier cosa, por humilde que sea, antes que ser ociosos como los hombres de Meroz.

No nos faltarán los recursos si tan sólo queremos avanzar confiando en Dios. El Señor está dispuesto a hacer una obra en favor de los que creen verdaderamente en él. Si los miembros laicos de la iglesia se despiertan para hacer la obra que pueden hacer, y mirando cada uno cuánto puede hacer en la obra de ganar almas para Jesús, emprenden la guerra a su propio costo, veremos a muchos abandonar las filas de Satanás para colocarse bajo el estandarte de Cristo. Si nuestro pueblo decide actuar de acuerdo con la luz dada en estas pocas palabras de instrucción, veremos por cierto la salvación de Dios. Se producirán reavivamientos admirables. Se convertirán pecadores, y muchas almas serán añadidas a la iglesia. Cuando pongamos nuestro corazón en unidad con Cristo y nuestra vida en armonía con la obra, el Espíritu que descendió sobre los discípulos el día de Pentecostés descenderá sobre nosotros.

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¿Seremos hallados faltos?

Santa Helena, California,

21 de abril, 1903.

Nuestra situación en el mundo no es lo que debiera ser. Distamos mucho de ser lo que seríamos si nuestra vida cristiana hubiera estado en armonía con la luz y las ocasiones que se nos depararon; si desde el principio hubiéramos marchado adelante y siempre hacia arriba. Si hubiéramos andado en la luz que se nos dio, si hubiésemos continuado en el conocimiento del Señor, nuestra senda se habría visto cada vez más iluminada. Pero muchos de los que tuvieron luces especiales se han conformado tanto con el mundo, que no pueden distinguirse ya de los mundanos. No se destacan como pueblo peculiar escogido por Dios y precioso en sus ojos. Es difícil discernir entre el que sirve a Dios y el que no le sirve.

La Iglesia Adventista del Séptimo Día debe ser pesada en la balanza del santuario. Será juzgada conforme a los privilegios y ventajas que haya recibido. Si su experiencia espiritual no corresponde a los privilegios que el sacrificio de Cristo le tiene asegurados, si las bendiciones conferidas no la capacitaron para cumplir la obra que se le confió, se pronunciará contra ella la sentencia: “Hallada falta”. Será juzgada según la luz y las ocasiones que le fueron deparadas.

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El propósito de Dios para su pueblo

Dios tiene en reserva amor, gozo, paz, y un triunfo glorioso para todos aquellos que le sirven en espíritu y en verdad. Su pueblo que guarda sus mandamientos debe estar siempre listo para servirle. Debe recibir una medida siempre mayor de gracia, de poder, y del conocimiento de la obra del Espíritu Santo. Pero muchos de los hijos de Dios no están listos para recibir los preciosos dones que el Espíritu de Dios está dispuesto a conceder. No se esfuerzan por obtener de lo alto un poder cada vez mayor para que, siendo ricos en dones celestiales, sean reconocidos como el pueblo peculiar de Dios, celoso en buenas obras.

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“Arrepiéntete, y haz las primeras obras”

Las solemnes advertencias que nos han sido dadas por la destrucción de instituciones valiosas y útiles, nos dicen: “Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras”. Apocalipsis 2:5. ¿Por qué no se percibe mejor el estado espiritual de la iglesia? ¿No están cegados los centinelas que velan sobre los muros de Sión? ¿No se sienten muchos siervos del Señor despreocupados y satisfechos como si la nube durante el día y la columna de fuego por la noche descansasen sobre el santuario? Los que ocupan posiciones de responsabilidad y que aseveran conocer a Dios, ¿no lo están negando en sus vidas y caracteres? Los que se cuentan entre el pueblo elegido de Dios, ¿no están ellos satisfechos de una vida que transcurre sin dar la evidencia de que Dios está verdaderamente en su medio, para salvarlos de las trampas y los ataques de Satanás?

¿No tendríamos más luz si, en lo pasado, hubiéramos recibido las advertencias del Señor, si hubiéramos conocido su presencia, y si nos hubiésemos apartado de todo lo que es contrario a su voluntad? Si hubiéramos procedido de este modo, la luz del cielo habría brillado en el templo de nuestras almas; nos habría hecho capaces de comprender la verdad y de amar a Dios por encima de todo, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. ¡Cuán gravemente es deshonrado Cristo por aquellos que, diciéndose ser cristianos, deshonran el nombre que llevan al no conformar su vida a su profesión de fe y al omitir en su trato mutuo el amor y respeto que Dios desea ver revelados por medio de palabras amables y actos corteses!

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Las potencias infernales están conmovidas por una profunda intensidad. El resultado es guerra y derramamiento de sangre. La atmósfera moral está envenenada por actos de una crueldad espantosa. El espíritu de lucha se extiende; abunda en todas partes. Muchas almas caen bajo el poder de un espíritu de fraude y engaño. Muchos se alejarán de la fe para seguir a espíritus seductores y a doctrinas de demonios. No disciernen el espíritu que se ha apoderado de ellos.

No se honra a Dios

Aquel que ve debajo de la superficie, que lee los corazones de todos los hombres, habla así de quienes han tenido grandes luces: “No se afligen ni se sorprenden de su estado moral y espiritual”. “Y porque escogieron sus propios caminos, y su alma amó sus abominaciones, también yo escogeré para ellos escarnios, y traeré sobre ellos lo que temieron; porque llamé, y nadie respondió; hablé, y no oyeron, sino que hicieron lo malo delante de mis ojos, y escogieron lo que me desagrada”. “Por esto Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira…” “por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos” “sino que se complacieron en la injusticia”. Isaías 66:3, 4; 2 Tesalonicenses 2:11, 10, 12.

El Maestro celestial preguntó: “¿Qué engaño más grave puede seducir la mente que el que os hace creer que estáis construyendo sobre un buen fundamento y que Dios acepta vuestro trabajo, cuando en realidad estáis haciendo muchas cosas conforme a las ideas del mundo y pecando contra Jehová? Es grande el extravío y fascinante la alucinación que se apoderan de las mentes, cuando los hombres que han conocido la verdad adoptan la forma de la piedad en vez de su espíritu y potencia; cuando suponen que son ricos y que no necesitan nada, y en realidad lo necesitan todo”.

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Dios no ha cambiado para con sus siervos que guardan sus vestiduras sin manchas. Sin embargo, muchos dicen: “Paz y seguridad”, entretanto que una ruina repentina va a sobrecogerlos. Nunca entrarán los hombres al cielo, a menos que se arrepientan cabalmente, humillen su corazón por la confesión de sus pecados y reciban la verdad tal como es en Jesús. Cuando la purificación se efectúe en nuestras filas, no permaneceremos más tiempo ociosos, enorgullecidos de nuestras riquezas y de que nada nos falta.

Quién puede decir con verdad: “Nuestro oro es probado en el fuego y nuestros vestidos no están manchados por el mundo”? He visto a nuestro Instructor señalar vestiduras que se daban por justicia. Al desgarrarlas, puso al descubierto la suciedad que cubrían. Luego me dijo: No puedes ver con qué falsedad cubrieron su inmundicia y la corrupción de su carácter? ‘¿Qué, pues, la ciudad fiel ha venido a ser una ramera?’ ¡La casa de mi Padre es hecha un lugar de comercio, de donde se han retirado la gloria y la presencia divinas! Por esta causa hay debilidad y falta la fuerza”.

Un llamado a la reforma

A menos que la iglesia contaminada por la apostasía se arrepienta y se convierta, comerá del fruto de sus propias obras, hasta que se aborrezca a sí misma. Si resiste el mal y busca el bien; si busca a Dios con toda humildad y responde a su votación celestial en Jesucristo; si permanece sobre la plataforma de la verdad eterna, y si por fe realiza los planes que han sido trazados a su respecto, ella será sanada. Aparecerá en la sencillez y pureza que provienen de Dios, exenta de todo compromiso terrenal, demostrando que la verdad la ha hecho realmente libre. Entonces sus miembros serán verdaderamente elegidos de Dios para ser sus representantes.

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Ha llegado la hora de hacer una reforma completa. Cuando ella principie, el espíritu de oración animará a cada creyente, y el espíritu de discordia y de revolución será desterrado de la iglesia. Aquellos que no hayan vivido en comunión con Cristo se acercarán unos a otros. Un miembro que trabaje en una buena dirección invitará a otros miembros a unirse a él para pedir la revelación del Espíritu Santo. No habrá confusión, porque todos estarán en armonía con el pensamiento del Espíritu. Las barreras que separan a los creyentes serán derribadas, y todos los siervos de Dios dirán las mismas cosas. El Señor trabajará con sus siervos. Todos pronunciarán de una manera inteligente la oración que Cristo les ha enseñado: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”. Mateo 6:10.

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¡Rumbo a la patria!

Mientras oigo noticias de las terribles calamidades que de semana en semana están ocurriendo, me pregunto: ¿Qué significan estas cosas? Los desastres más espantosos se están produciendo uno tras otro en rápida sucesión. ¡Con cuánta frecuencia oímos hablar de terremotos y tornados, de destrucción por incendio e inundación, con gran pérdida de vidas y propiedades! Aparentemente estas calamidades son estallidos caprichosos de fuerzas que se dirían desorganizadas y no reguladas, pero en ellas se puede leer el propósito de Dios. Son algunos de los medios por los cuales procura despertar a hombres y mujeres y hacerles sentir su peligro.

La venida de Cristo está más cerca que cuando por primera vez creímos. Se acerca el fin de la gran controversia. Los juicios de Dios están en la tierra. Hablan en solemne amonestación diciendo: “Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis”. Mateo 24:44.

Pero en nuestras iglesias son muchísimos los que saben muy poco del verdadero significado de la verdad para este tiempo. Les ruego que no desprecien el cumplimiento de las señales de los tiempos, que con tanta claridad indican que el fin se acerca. ¡Oh, cuántos de los que no han procurado la salvación de su alma se lamentarán pronto acerbamente: “Pasó la siega, terminó el verano, y nosotros no hemos sido salvos”. Jeremías 8:20.

Estamos viviendo en medio de las escenas finales de la historia de esta tierra. Las profecías se están cumpliendo rápidamente. Están transcurriendo velozmente las horas del tiempo de gracia. No tenemos tiempo que perder, ni un momento. No seamos hallados durmiendo en la guardia. Nadie diga en su corazón o por sus obras: “Mi Señor se tarda en venir”. Resuene el mensaje del pronto regreso de Cristo en fervientes palabras de advertencia. Persuadamos a hombres y mujeres por doquiera a arrepentirse y huir de la ira venidera. Despertémoslos para que se preparen inmediatamente porque muy poco sabemos de lo que nos espera. Salgan los ministros y los miembros laicos a los campos que maduran para decir a los despreocupados e indiferentes que busquen al Señor mientras puede ser hallado. Los obreros hallarán su mies dondequiera que proclamen las verdades olvidadas de la Biblia. Hallarán quienes aceptarán la verdad y dedicarán su vida a ganar almas para Cristo.

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El Señor va a venir pronto, y debemos estar preparados para recibirle en paz. Resolvamos hacer todo lo que está en nuestro poder para impartir luz a los que nos rodean. No debemos estar tristes, sino alegres, y recordar siempre al Señor Jesús. Él va a venir pronto, y debemos estar listos y aguardar su aparición. ¡Oh, cuán glorioso será verle y recibir la bienvenida como sus redimidos! Largo tiempo hemos aguardado; pero nuestra esperanza no debe debilitarse. Si tan sólo podemos ver al Rey en su hermosura, seremos bienaventurados para siempre. Me siento inducida a clamar con gran voz: “¡Vamos rumbo a la patria!” Nos estamos acercando al tiempo cuando Cristo vendrá con poder y grande gloria para llevar a sus redimidos a su hogar eterno.

“Y se dirá en aquel día: He aquí, éste es nuestro Dios, le hemos esperado, y nos salvará; éste es Jehová a quien hemos esperado, nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación”. Isaías 25:9.

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“Pasad, pasad por las puertas; barred el camino al pueblo; allanad, allanad la calzada, quitad las piedras, alzad pendón a los pueblos. He aquí que Jehová hizo oír hasta lo último de la tierra: Decid a la hija de Sión: He aquí viene tu Salvador; he aquí su recompensa con él, y delante de él su obra. Y les llamarán pueblo santo, redimidos de Jehová; y a ti te llamarán ciudad deseada, no desamparada”. Isaías 62:10-12.

En la gran obra final encontraremos perplejidades que no sabremos resolver; pero no olvidemos que las tres grandes potestades del cielo están obrando, que una mano divina está sobre el timón y que Dios cumplirá sus promesas. Él reunirá de todas partes del mundo un pueblo que le servirá en justicia.

“No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis”. Juan 14:13.

Por largo tiempo hemos esperado el retorno del Señor. Pero la promesa es, de todos modos, segura. Pronto estaremos en nuestro hogar prometido. Allí Jesús nos pastoreará junto al río de la vida que sale del trono de Dios y nos explicará las tenebrosas providencias a través de las cuales nos condujo para perfeccionar nuestros caracteres. Allí contemplaremos con clara visión las bellezas del Edén restaurado. Echando a los pies del Redentor las coronas que ha puesto sobre nuestras sienes, y tocando las arpas doradas, henchiremos el cielo entero con la alabanza debida al que está sentado sobre el trono.

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Tatiana Patrasco