Testimonios para la Iglesia, Vol. 8, p. 266-275, día 439

Sección 5—El conocimiento esencial

“Para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo”. 2 Corintios 4:6

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Dios en la naturaleza

Antes de la entrada del pecado ni una nube cubría las mentes de nuestros primeros padres que oscureciera su percepción del carácter de Dios. Estaban perfectamente en armonía con la voluntad de Dios. Una cubierta de luz, la luz de Dios, los rodeaba. Esta luz clara y perfecta iluminaba todo aquello a lo cual ellos se acercaban.

La naturaleza era su libro de texto. En el Huerto del Edén la existencia de Dios fue demostrada; sus atributos, revelados en los objetos naturales que los rodeaban. Todo aquello sobre lo cual fijaban su vista les hablaba. Las cosas invisibles de Dios y aun “su eterno poder y deidad” eran vistas con claridad, “siendo entendidas por medio de las cosas hechas”. Romanos 1:20.

Los resultados del pecado

Pero aunque es cierto que en el principio Dios podía ser discernido en la naturaleza, no se debe deducir que después de la Caída un conocimiento perfecto de Dios en el mundo natural le fuera revelado a Adán y a su descendencia. La naturaleza podía comunicar sus lecciones al hombre en su inocencia. Pero la transgresión trajo una plaga sobre la tierra que se interpuso entre la naturaleza y el Dios de la naturaleza. Si Adán y Eva nunca hubieran desobedecido a su Creador, si se hubieran mantenido en el camino de la rectitud perfecta, habrían seguido aprendiendo de Dios por medio de sus obras. Pero cuando prestaron oído al tentador y pecaron contra Dios, la luz de sus vestiduras de inocencia celestial se apartó de ellos. Privados de la luz del cielo, ya no eran capaces de discernir el carácter de Dios en las obras de sus manos.

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Y por la desobediencia del hombre, un cambio se llevó a cabo en la misma naturaleza. Manchada por la maldición del pecado, la naturaleza no puede dar sino un testimonio imperfecto del Creador. No puede revelar su carácter a perfección.

Un maestro divino

Necesitamos un Maestro divino. Para que el mundo no permanezca en la oscuridad, en una noche espiritual eterna, Dios se encontró con nosotros mediante Cristo. Cristo es “la luz verdadera que alumbra a todo hombre”. Juan 1:9. “La iluminación del conocimiento de la gloria de Dios” se revela “en la faz de Jesucristo”. 2 Corintios 4:6. La luz de Cristo ilumina nuestro entendimiento, y al alumbrar la faz de la naturaleza, nos permite todavía leer la lección del amor de Dios en sus obras creadas.

La naturaleza da fe de Cristo

Las cosas de la creación que miramos hoy nos dan un concepto leve de la belleza y la gloria del Edén. Pero, a pesar de todo, queda mucho que es bello. La naturaleza testifica que Uno que tiene poder infinito, que es grande en bondad, misericordia y amor, creó la tierra y la hinchió de vida y felicidad. Aun en su estado imperfecto, todas las cosas revelan la obra de las manos del gran Artista Maestro. Aunque el pecado ha dañado la forma y la belleza de las cosas de la naturaleza, aunque sobre ellas se puedan ver indicios de la obra del príncipe de la potestad del aire, aun así nos hablan de Dios. En las zarzas, los cardos, los espinos, y en la cizaña podemos leer la ley de condenación; pero de la belleza de las cosas naturales, y de su maravillosa adaptación a nuestras necesidades y dicha, podemos aprender que Dios todavía nos ama, que aún manifiesta su misericordia al mundo.

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“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría. No hay lenguaje, ni palabras, ni es oída su voz”. Salmos 19:13.

La incapacidad del hombre para interpretar la naturaleza

Aparte de Cristo, somos todavía incapaces de interpretar correctamente el lenguaje de la naturaleza. La lección más difícil y humillante que el hombre tiene que aprender es la de su propia ineficiencia al depender de la sabiduría humana, y el fracaso seguro de sus esfuerzos por leer correctamente la naturaleza. Por sí mismo no puede interpretar la naturaleza sin ponerla por encima de Dios. Se encuentra en un estado parecido al de los atenienses, quienes, en medio de sus altares dedicados al culto de la naturaleza, tenían uno que decía: “Al Dios no conocido”. Ciertamente Dios era desconocido para ellos. Es desconocido para todos aquellos quienes, faltándoles la dirección del divino Maestro, se dedican al estudio de la naturaleza. Con toda seguridad llegarán a conclusiones erróneas.

En su sabiduría humana el mundo no conoce a Dios. Sus hombres sabios acumulan un conocimiento imperfecto acerca de él por sus obras creadas; pero este conocimiento, lejos de brindarles conceptos elevados acerca de Dios, lejos de ennoblecer la mente y el espíritu y de conformar el ser entero con su divina voluntad, más bien tiende a hacer idólatras a los hombres. En su ceguedad exaltan la naturaleza y las leyes de la misma por encima del Dios de la naturaleza.

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Dios ha permitido que un torrente de luz sea derramado sobre el mundo por medio de los descubrimientos de la ciencia y las artes; pero cuando supuestos hombres de ciencia discurren sobre estos temas desde un punto de vista meramente humano, de seguro errarán. Las mentes más sobresalientes, si no son guiadas por la Palabra de Dios, quedan desconcertadas en sus intentos de investigar la relación entre la ciencia y la revelación. El Creador y sus obras están más allá de su entendimiento; y por qué ellas no pueden ser explicadas por las leyes naturales, declaran que la historia bíblica no es digna de fe.

Aquellos que cuestionan la veracidad del registro bíblico han abandonado su ancla y han quedado golpeándose contra las rocas de la incredulidad. Cuando se dan cuenta de que son incapaces de medir al Creador y sus obras por sus propios conocimientos imperfectos de la ciencia, entonces dudan de la existencia de Dios y le atribuyen poderes infinitos a la naturaleza.

En la ciencia verdadera no puede haber nada que sea contrario a la Palabra de Dios porque ambas tienen el mismo Autor. Un entendimiento correcto de ambas siempre confirmará que están en armonía la una con la otra. La verdad, bien sea en la naturaleza o en la revelación, está en armonía consigo misma en todas sus manifestaciones. Pero la mente que no está iluminada por el Espíritu de Dios siempre estará en tinieblas con respecto a su poder. Esta es la razón por la cual las ideas humanas acerca de la ciencia muy a menudo contradicen las enseñanzas de la Palabra de Dios.

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La obra de la creación

Nunca podrá la ciencia explicar la obra de la creación. ¿Qué ciencia puede explicar el misterio de la vida?

La teoría de que Dios no creó la materia cuando sacó al mundo a la existencia, no tiene fundamento alguno. Al formar el mundo, Dios no se valió de materia preexistente. Por el contrario, todas las cosas, materiales y espirituales, comparecieron ante el Señor Jehová a la orden de su voz y fueron creadas para el propósito de él. Los cielos y todo su ejército, y todas las cosas que contienen, son no sólo la obra de sus manos, sino que llegaron a la existencia por el aliento de su boca.

“Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía”. Hebreos 11:3.

“Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, Y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca… Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió”. Salmos 33:6-9.

Las leyes de la naturaleza

Al espaciarse en las leyes de la materia y de la naturaleza, muchos pierden de vista la intervención continua y directa de Dios, si es que no la niegan. Expresan la idea de que la naturaleza actúa independientemente de Dios, teniendo en sí y de por sí sus propios límites y sus propios poderes con que obrar. Hay en su mente una marcada distinción entre lo natural y lo sobrenatural. Atribuyen lo natural a causas comunes, desconectadas del poder de Dios. Se atribuye poder vital a la materia, y se hace de la naturaleza una divinidad. Se supone que la materia está colocada en ciertas relaciones, y que se la deja obrar de acuerdo a leyes fijas, en las cuales Dios mismo no puede intervenir; que la naturaleza está dotada de ciertas propiedades y sujeta a ciertas leyes, y luego abandonada a sí misma para que obedezca a estas leyes y cumpla la obra originalmente ordenada.

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Esta es una falsa ciencia. En la Palabra de Dios no hay nada que pueda sostenerla. Dios no anula sus leyes, sino que obra continuamente por su intermedio y las usa como sus instrumentos. Ellas no operan independientemente. Dios está obrando perpetuamente en la naturaleza. Ella es su sierva, y él la dirige como a él le place. En su obra, la naturaleza atestigua la presencia inteligente y la intervención activa de un Ser que actúa en todas sus obras de acuerdo con su voluntad. No es por un poder original inherente a la naturaleza como año tras año la tierra produce sus dones y continúa su marcha alrededor del sol. La mano del poder infinito obra de continuo para guiar este planeta. Lo que le conserva su posición durante la rotación es el poder de Dios ejercido a cada momento.

El Dios del cielo obra constantemente. Su poder hace florecer la vegetación, aparecer cada hoja y abrirse cada flor. Cada gota de lluvia o copo de nieve, cada brizna de hierba, cada hoja, flor y arbusto, testifican acerca de Dios. Estas cosas pequeñas que son tan comunes en derredor nuestro enseñan la lección de que nada es demasiado humilde para que lo note el Dios infinito; nada es demasiado pequeño para su atención.

El mecanismo del cuerpo humano no puede comprenderse plenamente; contiene misterios que dejan perplejo al más inteligente. Si el pulso late y una respiración sigue a la otra, no es como resultado de un mecanismo que una vez puesto en movimiento, sigue funcionando. En Dios vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser. Cada respiración, cada palpitación del corazón constituyen una evidencia continua del poder de un Dios siempre presente.

Dios es el que hace salir el sol en los cielos. Él abre las ventanas de los cielos y da lluvia. Él hace crecer la hierba sobre los montes. “Da nieve como lana, y derrama la escarcha como ceniza”. “A su voz se produce muchedumbre de aguas en el cielo… hace los relámpagos con la lluvia, y saca el viento de sus depósitos”. Salmos 147:16; Jeremías 10:13.

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El Señor está constantemente ocupado en sostener y usar como siervos suyos las cosas que ha hecho. Dijo Cristo: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo”. Juan 5:17.

Misterios del poder divino

Los mayores intelectos humanos no pueden comprender los misterios de Jehová que se revelan en la naturaleza. La inspiración divina hace muchas preguntas que no puede contestar el erudito más profundo. Estas preguntas no fueron hechas para que las pudiésemos contestar, sino para llamar nuestra atención a los profundos misterios de Dios y enseñamos que nuestra sabiduría es limitada, que en lo que rodea nuestra vida diaria hay muchas cosas que superan la comprensión de las mentes finitas y que el juicio y el propósito de Dios son inescrutables. Su sabiduría es también insondable.

Los escépticos se niegan a creer en Dios porque sus mentes finitas no pueden comprender el poder infinito por medio del cual él se revela a los hombres. Pero se le ha de reconocer más por lo que no revela de sí mismo que por lo que está abierto a nuestra comprensión limitada. Tanto en la revelación divina como en la naturaleza, Dios nos ha dejado misterios que exigen fe. Así debe ser. Podemos escudriñar siempre, averiguar de continuo, aprender constantemente, y, sin embargo, quedará por delante lo infinito.

“Quién midió las aguas con el hueco de su mano y los cielos con su palmo, con tres dedos juntó el polvo de la tierra, y pesó los montes con balanza y con pesas los collados? Quién enseñó al Espíritu de Jehová, o le aconsejó enseñándole? ¿A quién pidió consejo para ser avisado? ¿Quién le enseñó el camino del juicio, o le enseñó ciencia, o le mostró la senda de la prudencia? He aquí que las naciones le son como la gota de agua que cae del cubo, y como menudo polvo en las balanzas le son estimadas; he aquí que hace desaparecer las islas como polvo. Ni el Líbano bastará para el fuego, ni todos sus animales para el sacrificio. Como nada son todas las naciones delante de él; y en su comparación serán estimadas en menos que nada, y que lo que no es. ¿A qué, pues, haréis semejante a Dios, o qué imagen le compondréis? El artífice prepara la imagen de talla, el platero le extiende el oro y le funde cadenas de plata. El pobre escoge, para ofrecerle, madera que no se apolille; se busca un maestro sabio, que le haga una imagen de talla que no se mueva. ¿No sabéis? ¿No habéis oído? ¿Nunca os lo han dicho desde el principio? ¿No habéis sido enseñados desde que la tierra se fundó? Él está sentado sobre el círculo de la tierra, cuyos moradores son como langostas; él extiende los cielos como una funda para morar; él convierte en nada a los poderosos, y a los que gobiernan la tierra hace como cosa vana. Como si nunca hubieran sido plantados, como si nunca hubieran sido sembrados, como si nunca su tronco hubiera tenido raíz en la tierra; tan pronto como sopla en ellos se secan, y el torbellino los lleva como hojarasca. ¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis?, dice el Santo. Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas; él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres; ninguna faltará; tal es la grandeza de su fuerza, y el poder de su dominio. ¿Por qué dices, oh Jacob, y hablas tú, Israel: Mi camino está escondido de Jehová, y de mi Dios pasó mi juicio? ¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová, el cual creó los confines de la tierra? No desfallece, ni se fatiga con cansancio, y su entendimiento no hay quien lo alcance. Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas. Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen; pero los que esperan en Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán. Isaías 40:12-31.

Un Dios personal

El gran poder que obra por la naturaleza y sostiene todas las cosas, no es, como lo representan algunos hombres de ciencia, simplemente un principio que lo compenetra todo, una energía que actúa. Dios es espíritu; sin embargo, es un Ser personal, pues el hombre fue hecho a su imagen.

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La naturaleza no es Dios

La obra de Dios en la naturaleza no es Dios mismo en la naturaleza. Las cosas de la naturaleza son una expresión del carácter de Dios; por ellas podemos comprender su amor, su poder, y su gloria; pero no hemos de considerar a la naturaleza como Dios. La habilidad artística de los seres humanos produce obras muy hermosas, cosas que deleitan el ojo, y estas cosas nos dan cierta idea del que las diseñó; pero la cosa hecha no es el hombre. No es la obra, sino el artífice el que debe ser tenido por digno de honra, De igual manera, aunque la naturaleza es una expresión del pensamiento de Dios, ella no es lo que debe ser ensalzado, sino el Dios de la naturaleza.

“Les diréis así: Los dioses que no hicieron los cielos ni la tierra, desaparezcan de la tierra y de debajo de los cielos.” “No es así la porción de Jacob; porque él es el Hacedor de todo, e Israel es la vara de su heredad; Jehová de los ejércitos es su nombre”. “El que hizo la tierra con su poder, el que puso en orden el mundo con su saber, y extendió los cielos con su sabiduría”. Jeremías 10:11, 16, 12.

“Buscad al que hace las Pléyades y el Orión, y vuelve las tinieblas en mañana, y hace oscurecer el día como noche; el que llama a las aguas del mar, y las derrama sobre la faz de la tierra; Jehová es su nombre…” Amós 5:8.

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Tatiana Patrasco