Testimonios para la Iglesia, Vol. 8, p. 296-305, día 442

“Y voló hacia mí uno de las serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado”. Isaías 6:1-7.

“No hay semejante a ti, oh Jehová; grande eres tú, y grande tu nombre en poderío. ¿Quién no te temerá, oh Rey de las naciones!”. Jeremías 10:6, 7.

“Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; Has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, Y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, Y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda. Detrás y delante me rodeaste, Y sobre mí pusiste tu mano. Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; Alto es, no lo puedo comprender”. Salmos 139:1-6.

“Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder; Y su entendimiento es infinito”. Salmos 147:5.

“El revela lo profundo y lo escondido; conoce lo que está en tinieblas, y con él mora la luz”. Daniel 2:22.

“Dice el Señor, que hace conocer todo esto desde tiempos antiguos”. “Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos”. Hechos 15:18; Romanos 11:34-36.

“Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible”, “el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno”. 1 Timoteo 1:17; 6:16.

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“El extiende el norte sobre el vacío, Cuelga la tierra sobre nada. Ata las aguas en sus nubes, Y las nubes no se rompen debajo de ellas. El encubre la faz de su trono, Y sobre él extiende su nube. Puso límite a la superficie de las aguas. Hasta el fin de la luz y las tinieblas. Las columnas del cielo tiemblan, Y se espantan a su reprensión. El agita el mar con su poder, Y con su entendimiento hiere la arrogancia suya. Su espíritu adornó los cielos; Su mano creó la serpiente tortuosa. He aquí, estas cosas son sólo los bordes de sus caminos; ¡Y cuán leve es el susurro que hemos oído de él! Pero el trueno de su poder, ¿quién lo puede comprender!”. Job 26:7-14.

“Jehová es tardo para la ira y grande en su poder, y no tendrá por inocente al culpable. Jehová marcha en la tempestad y el torbellino, y las nubes son el polvo de sus pies”. Nahúm 1:3.

“¿Quién como Jehová nuestro Dios, Que se sienta en las alturas, Que se humilla a mirar En el cielo y en la tierra!”. Salmos 113:5, 6.

“Grande es Jehová y digno de suprema alabanza; Y su grandeza es inescrutable. Generación a generación celebrará tus obras, Y anunciará tus poderosos hechos. En la hermosura de la gloria de tu magnificencia, Y en tus hechos maravillosos meditaré. Del poder de tus hechos estupendos hablarán los hombres, Y yo publicaré tu grandeza. Proclamarán la memoria de tu inmensa bondad, Y cantarán tu justicia… “Te alaben, oh Jehová, todas tus obras, Y tus santos te bendigan. La gloria de tu reino digan, Y hablen de tu poder; Para hacer saber a los hijos de los hombres sus poderosos hechos, Y la gloria de la magnificencia de su reino. Tu reino es reino de todos los siglos, Y tu señorío en todas las generaciones… La alabanza de Jehová proclamará mi boca; Y todos bendigan su santo nombre eternamente y para siempre”. Salmos 145:3-21.

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Advertencias contra la presunción

Conforme vamos aprendiendo más y más de lo que Dios es, y lo que somos nosotros mismos ante su vista, temeremos y temblaremos ante él.

Aprendan los hombres hoy una lección de la suerte de aquellos que en tiempos antiguos se tomaron libertades con lo que Dios había declarado ser sagrado. Cuando los israelitas osaron abrir el arca cuando regresaba del país de los filisteos, su atrevimiento irreverente fue severamente castigado. “Entonces Dios hizo morir a los hombres de Bet-semes, porque habían mirado dentro del arca de Jehová; hizo morir del pueblo a cincuenta mil setenta hombres, Y lloró el pueblo, porque Jehová lo había herido con tan gran mortandad. Y dijeron los de Bet-semes: ¿Quién podrá estar delante de Jehová el Dios santo?”. 1 Samuel 6:19, 20.

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Considérese una vez más el juicio que cayó sobre Uza. Como en el reinado de David, el arca se estaba trasladando a Jerusalén. Uza extendió su mano para detenerla. Por haber presumido tocar el símbolo de la presencia de Dios, sufrió una muerte repentina.

Cuando Moisés se volvió para contemplar la maravillosa escena de la zarza ardiente, sin reconocer la presencia de Dios, se le ordenó:

“No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es… Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios”. Éxodo 3:5, 6.

“Estando Josué cerca de Jericó, alzó sus ojos y vio un varón que estaba delante de él, el cual tenía una espada desenvainada en su mano. Y Josué, yendo hacia él, le dijo: ¿Qué dice mi Señor a su siervo? Y el Príncipe del ejército de Jehová respondió a Josué: Quita el calzado de tus pies, porque el lugar donde estás es santo. Y Josué así lo hizo”. Josué 5:13-15.

En el santuario y en el templo, los cuales eran símbolos terrenales de la morada de Dios, uno de sus departamentos era santo a su presencia. El velo con sus querubines realzados que estaba a la entrada no podía ser alzado por nadie, excepto una persona. Levantar el velo y penetrar sin derecho dentro del sagrado misterio de este lugar santísimo merecía la muerte porque por encima del propiciatorio y de los ángeles postrados en oración moraba la gloria del Santísimo la cual ningún hombre podía contemplar y vivir. Sólo en el único día del año designado para el servicio sacerdotal en el lugar santísimo el sumo sacerdote, con temblor entraba ante la presencia de Dios, y el humo del incienso velaba su gloria. En todos los atrios del templo reinaba un silencio absoluto. Los sacerdotes no ministraban ante los altares. Las huestes de adoradores, con rostros inclinados en silencio reverencial, elevaban sus pedidos por la misericordia de Dios.

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“Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos”. 1 Corintios 10:11.

“Mas Jehová está en su santo templo; calle delante de él toda la tierra”. Habacuc 2:20.

“Jehová reina; temblarán los pueblos. Él está sentado sobre los querubines, se conmoverá la tierra. Jehová en Sión es grande, Y exaltado sobre todos los pueblos. Alaben tu nombre grande y temible; Él es santo”. Salmos 99:1-3.

“Jehová está en su santo templo; Jehová tiene en el cielo su trono; Sus ojos ven, sus párpados examinan a los hijos de los hombres”. “Porque miró desde lo alto de su santuario; Jehová miró desde los cielos a la tierra”. Salmos 11:4; 102:19.

“Desde el lugar de su morada miró Sobre todos los moradores de la tierra. Él formó el corazón de todos ellos; Atento está a todas sus obras”. “Tema a Jehová toda la tierra; Teman delante de él todos los habitantes del mundo”. Salmos 33:14, 15, 8.

El hombre no puede alcanzar el rastro de Dios. Que ninguno procure con mano presumida alzar el velo que cubre su gloria.

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“¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!”. Romanos 11:33. El encubrimiento de su poder es evidencia de su misericordia porque alzar el velo que oculta su divina presencia sería la muerte. Ninguna mente mortal puede penetrar dentro del ámbito secreto donde mora y obra el Poderoso. Podemos comprender sólo lo que él se digne revelamos acerca de su persona. La razón tiene que reconocer una autoridad superior a ella. El corazón y el intelecto tienen que inclinarse ante el gran Yo Soy.

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Cristo revela a Dios

Todo lo que el hombre necesita o puede saber acerca de Dios ha sido revelado en la vida y carácter de su Hijo.

“A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer”. Juan 1:18.

Habiendo asumido la humanidad, Cristo llegó a ser uno con la humanidad y, al mismo tiempo reveló el Padre a los seres humanos pecaminosos. Era semejante a sus hermanos en todo. Fue hecho carne, igual que nosotros. Le daba hambre y sed y se cansaba. Se sostenía comiendo y se refrescaba durmiendo. Se hermanó con los hombres, y, sin embargo, era el inmaculado Hijo de Dios. Fue un peregrino y advenedizo en la tierra, estaba en el mundo, pero no era del mundo; tentado y probado como los hombres y mujeres son tentados y probados, pero viviendo una vida libre de pecado.

Tierno, compasivo, comprensivo, siempre amable con los demás, representaba el carácter de Dios, y estaba continuamente empeñado en el servicio hacia Dios y los hombres.

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”. Juan 1:14.

Él dijo: “He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; “para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos”. Juan 17:6, 26.

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“Amad a vuestros enemigos,” les suplicó; “bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos”; “él es benigno para los que son ingratos y malos”. “Hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos”. “Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso”. Mateo 5:44, 45; Lucas 6:35, 36.

La gloria de la cruz

La revelación del amor de Dios está centrada en la cruz. No hay lengua capaz de expresar su significado pleno, ni pluma capaz de transcribirlo; la mente del hombre no puede comprenderlo. Mirando la cruz del Calvario, sólo podemos decir: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Juan 3:16.

Cristo crucificado por nuestros pecados, Cristo resucitado de los muertos, Cristo ascendido a lo alto, es la ciencia de la salvación que hemos de aprender y enseñar.

“El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres, y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. Filipenses 2:6-8.

“Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios…” “Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos”. Romanos 8:34; Hebreos 7:25.

“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”. Hebreos 4:15.

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He aquí la sabiduría infinita, el amor infinito, la justicia infinita, la misericordia infinita: “la profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios”. Romanos 11:33.

Es a través del don de Cristo que nosotros recibimos toda bendición. Por ese don nos llega a diario la corriente inagotable de la bondad de Jehová. Cada flor, con sus tintes delicados y dulce fragancia, es dada para nuestro deleite por medio de ese mismo Don. El sol y la luna fueron creados por él; no hay estrella que embellezca los cielos que él no haya hecho. No hay artículo comestible sobre nuestras mesas que él no haya provisto para nuestro sostén. El nombre de Cristo está escrito sobre todo ello. Todas las cosas son provistas al hombre a través de aquel sólo Don inefable, el unigénito Hijo de Dios. Él fue clavado sobre la cruz para que todos estos beneficios puedan fluir hacia la creación de Dios.

El fruto del árbol de la vida en el Huerto de Edén poseía virtudes sobrenaturales. Comer de él era vivir para siempre. Su fruto era el antídoto de la muerte. Sus hojas eran para el sostenimiento de la vida y la inmortalidad. Pero por causa de la desobediencia la muerto entró al mundo. Adán comió del árbol del conocimiento del bien y del mal, cuyo fruto se le había prohibido tocar. Su transgresión abrió las compuertas de la aflicción sobre nuestra raza.

Después de la entrada del pecado, el Labrador celestial trasplantó el árbol de la vida al Paraíso de lo alto; pero sus ramas se extienden por encima de sus murallas hacia el mundo de abajo. Por la redención comprada por la sangre de Cristo, todavía podemos comer de su fruto vivificante.

Acerca de Cristo está escrito: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. Juan 1:4. Él es la Fuente de vida. La obediencia hacia él es la energía vivificante que alegra el corazón.

Cristo declara: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás”. “Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí… El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida”. “Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios”. Juan 6:35, 57-63; Apocalipsis 2:7.

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“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios…” 1 Juan 3:1.

El conocimiento que obra la transformación

El conocimiento de Dios según está revelado en Cristo es el que todos los salvos han de tener. Es el conocimiento lo que obra la transformación del carácter. Este conocimiento, cuando es recibido, recreará el alma a la imagen de Dios. Impartirá a todo el ser una fuerza espiritual que es divina.

“Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen…” 2 Corintios 3:18.

De su propia vida el Salvador dijo: “Yo he guardado los mandamientos de mi Padre”. “No me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada”. Juan 15:10; 8:29. Lo que Jesús era en naturaleza humana, el Padre espera que sus seguidores sean. Mediante su poder, hemos de vivir la vida de pureza y nobleza que el Salvador vivió.

“Por esta causa”, dice Pablo, “doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios”. Efesios 3:14-19.

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Peligros de la ciencia especulativa

La falsa ciencia es uno de los agentes de los cuales se valió Satanás en los atrios celestiales, y lo usa todavía hoy. Las falsas afirmaciones que presentó a los ángeles y sus teorías científicas sutiles sedujeron a muchos de ellos y los desviaron de su lealtad. Habiendo perdido su sitio en el cielo, Satanás presentó sus tentaciones a nuestros primeros padres. Adán y Eva cedieron al enemigo, y por su desobediencia la humanidad se alejó de Dios, y la tierra quedó separada del cielo.

Si Adán y Eva no hubieran tocado el árbol prohibido, el Señor les habría impartido una ciencia sobre la que no habría habido ninguna maldición, una ciencia que les habría infundido gozo eterno. Todo lo que ganaron por su desobediencia fue el conocimiento del pecado y de sus resultados.

Engaños de los últimos días

El terreno en el que Satanás condujo a nuestros primeros padres es el mismo en el cual conduce a los hombres hoy. Inunda al mundo con fábulas agradables. Por todos los medios de que dispone trata de impedir que los hombres obtengan el conocimiento de Dios que lleva a la salvación.

Vivimos en un siglo de grandes luces; pero mucho de aquello que es llamado luz es sólo una puerta abierta a la sabiduría y a los artificios de Satanás. Muchas de las cosas que se presentaron como verdad será necesario considerarlas cuidadosamente y con mucha oración, porque pueden ser astucias del enemigo. A menudo, el camino del error parece paralelo al sendero de la verdad. Resulta difícil distinguirlo del camino que conduce a la santidad del cielo; pero la mente alumbrada por el Espíritu Santo puede ver que dicho sendero se aparta del buen camino. Después de cierto tiempo, los dos caminos están muy separados uno de otro.

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Tatiana Patrasco