Testimonios para la Iglesia, Vol. 8, p. 336-345, día 446

Tremendas posibilidades

Es nuestro privilegio poder alcanzar alturas cada vez mayores de un conocimiento más claro del carácter de Dios. Cuando Moisés imploró: “Te ruego que me muestres tu gloria” (Éxodo 33:18), el Señor no lo reprochó, sino que le concedió su petición. Dios le declaró a su siervo: “Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti”. vers. 19.

Es el pecado lo que entenebrece nuestras mentes y opaca nuestras percepciones. Según se va eliminando el pecado de nuestros corazones, la luz del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo que ilumina su Palabra y se refleja en la faz de la naturaleza, más y más lo declarará ser “misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad”. Éxodo 34:6.

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En su luz veremos nosotros la luz, hasta que mente, corazón y alma sean transformados a la imagen de su santidad.

Maravillosas posibilidades están disponibles para los que se apoyen en las certezas divinas de la Palabra de Dios. Hay verdades gloriosas que se revelarán al pueblo de Dios. Privilegios y deberes que ni se sospecha que están en la Biblia le serán revelados. Al seguir adelante por el sendero de la obediencia sumisa, haciendo su voluntad, conocerá y seguirá conociendo más de los oráculos divinos.

Al tomar la Biblia como su guía y mantenerse firme como una roca a sus principios, el estudiante podrá aspirar a lograr los blancos más elevados que se proponga. Todas las filosofías de la naturaleza humana han llevado a la confusión y la vergüenza al no tomar en cuenta a Dios en todas las cosas. Pero la preciosa fe inspirada por Dios imparte fuerza y nobleza al carácter. Mientras más contemplamos su bondad, su misericordia y su amor, más clara se hará la percepción de la verdad; y más sublime y santo el deseo por la pureza del corazón y la claridad del pensamiento. El alma que mora en la atmósfera del pensamiento sano, será transformada por su relación con Dios mediante el estudio de su Palabra. La verdad es tan inmensa, de tan largo alcance, tan profunda y amplia, que en ella se pierde de vista el yo. El corazón se enternece y se somete a la humildad, la bondad y el amor.

Y las facultades naturales se acrecientan por causa de la obediencia piadosa. Los estudiantes pueden salir de su estudio de las palabras de vida con mentes expandidas, elevadas, y ennoblecidas. Si cual Daniel son oidores y hacedores de la palabra de Dios, podrán adelantar como él en todos los ramos del conocimiento. Con mentes sanas, adquirirán firmeza de carácter. Todas sus facultades intelectuales despertarán. Podrán educarse y disciplinarse de tal manera que todos aquellos sobre los cuales ejerzan su influencia verán lo que el hombre puede llegar a ser, y lo que puede lograr, cuando está vinculado al Dios de la sabiduría y el poder.

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Resultados de recibir la palabra de Dios

Esta fue la experiencia que el salmista obtuvo mediante el conocimiento de la palabra de Dios. Escribió:

“Bienaventurados los perfectos de camino, los que andan según la ley de Jehová. Bienaventurados los que guardan sus testimonios y con todo el corazón le buscan… ¡Ojalá fuesen ordenados mis caminos para guardar tus estatutos! Entonces no sería yo avergonzado, cuando atendiese a todos tus mandamientos”. “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra”. “Escogí el camino de la verdad; He puesto tus juicios delante de mí”. “En mi corazón he guardado tus dichos, Para no pecar contra ti”. “Y andaré en libertad, Porque busqué tus mandamientos”. “Abre mis ojos, y miraré Las maravillas de tu ley”. “Pues tus testimonios son mis delicias Y mis consejeros”. “Mejor me es la ley de tu boca Que millares de oro y plata”. “¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación”. “Cánticos fueron para mí tus estatutos En la casa en donde fui extranjero”. “Maravillosos son tus testimonios; Por tanto, los ha guardado mi alma. La exposición de tus palabras alumbra; Hace entender a los simples”. “Me has hecho más sabio que mis enemigos con tus mandamientos, Porque siempre están conmigo. Más que todos mis enseñadores he entendido, Porque tus testimonios son mi meditación. Más que los viejos he entendido, Porque he guardado tus mandamientos… De tus mandamientos he adquirido inteligencia; Por tanto, he aborrecido todo camino de mentira”. “Sumamente pura es tu palabra, Y la ama tu siervo”. “La suma de tu palabra es verdad, Y eterno es todo juicio de tu justicia”.

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“Mucha paz tienen los que aman tu ley, Y no hay para ellos tropiezo. Tu salvación he esperado, oh Jehová, Y tus mandamientos he puesto por obra. Mi alma ha guardado tus testimonios, Y los he amado en gran manera”.

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“He deseado tu salvación, oh Jehová, Y tu ley es mi delicia. Viva mi alma y te alabe, Y tus juicios me ayuden”. “Por heredad he tomado tus testimonios para siempre, Porque son el gozo de mi corazón” Salmos 119:1-6, 9, 30, 11, 45, 18, 24, 72, 97, 54, 129, 130, 98-104, 140, 160, 165-167, 174, 175, 111.

Auxiliar para el estudio de la naturaleza

El que tiene un conocimiento de Dios y su Palabra por experiencia propia está preparado para dedicarse al estudio de las ciencias naturales. Acerca de Cristo está escrito: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. Juan 1:4. Cuando Adán y Eva en el Edén perdieron sus vestimentas de santidad, perdieron la luz que había iluminado la naturaleza. No podían ya leerla correctamente. Pero para aquellos que reciben la luz de la vida de Cristo, la naturaleza vuelve a iluminarse. En la luz que brilla de la cruz, podemos interpretar correctamente las enseñanzas de la naturaleza.

El que tiene un conocimiento de Dios y su Palabra tiene una fe que está asentada en la divinidad de las Sagradas Escrituras. No mide la Biblia a la luz de los conceptos científicos. Al contrario, somete esos conceptos al escrutinio de la norma inequívoca. Sabe que la Palabra de Dios es la verdad, y la verdad nunca se contradice a sí misma; lo que de la enseñanza de la presunta ciencia contradice la verdad de la revelación de Dios es mera conjetura o su posición humana.

Para los que son verdaderamente sabios, la investigación científica abre ante ellos un vasto panorama de estudio e información. Los caminos de Dios, según están revelados en el mundo natural y en sus relaciones con el hombre, constituyen un tesoro del cual puede beneficiarse todo alumno en la escuela de Cristo.

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Lejos de ser una teoría, la verdadera evidencia que comprueba la existencia de un Dios viviente es la convicción que Dios ha grabado en nuestros corazones, ilustrada y explicada por su Palabra. Es la energía vital de sus obras creadas, percibida por el ojo iluminado por el Espíritu de Dios.

Los que juzgan a Dios en base a las obras de sus manos, y no a raíz de las suposiciones de hombres egregios, ven su presencia en todas las cosas. Perciben su sonrisa en los alegres rayos del sol, y su amor y cuidado por el hombre en los ricos campos otoñales de maduras mieses. Aun las cosas que engalanan la tierra -la hierba de un verde subido, las exquisitas flores de variados matices, los majestuosos árboles de distintas clases del bosque, el arroyo burbujeante, el río imponente, el lago plácido- dan testimonio del tierno y paternal cuidado de Dios y de su esmero por hacer felices a sus hijos.

La naturaleza: clave de los divinos misterios

A medida que el estudiante contempla las cosas de la naturaleza, recibe una nueva visión de ellas. Las enseñanzas del libro de la naturaleza de Dios atestiguan la veracidad de su Palabra escrita.

En el plan de la redención hay misterios que la mente humana no puede sondear, muchas cosas que la sabiduría humana es incapaz de explicar; pero la naturaleza nos puede enseñar mucho acerca del misterio de la piedad. Cada arbusto, cada árbol que lleva fruto, toda vegetación, contiene lecciones que aprender. En el crecimiento de la semilla se pueden leer los misterios del reino de Dios.

Para el corazón enternecido por la gracia de Dios, el sol, la luna, las estrellas, los árboles, las flores del campo, pronuncian palabras aconsejadoras. La siembra de la semilla transporta la mente a la siembra de la semilla espiritual. El árbol declara que un buen árbol no puede llevar mal fruto, y que un árbol malo no puede llevar buen fruto. “Por sus frutos los conoceréis”. Mateo 7:16. Aun la cizaña nos enseña una lección. Satanás es el que la siembra y, si no se atiende, daña el trigo creciendo desordenadamente.

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Padres y madres, enseñad a vuestros hijos la maravillosa operación del poder de Dios. Su poder se hace patente en cada planta, en cada árbol que produce fruto. Llevad a los hijos al huerto y explicadles cómo Dios le da el crecimiento a la semilla. El agricultor cultiva la tierra y esparce la semilla, pero no puede hacerla germinar. Tiene que depender de Dios, quien hace lo que ningún poder humano puede hacer. El Señor infunde su propio Espíritu en la semilla, haciéndola brotar. Bajo su cuidado, el embrión brota a través de la cáscara que lo encierra para desarrollarse y llevar fruto.

Al estudiar los niños el gran libro de texto de la naturaleza, Dios impresionará sus mentes. Al relatárseles la obra que él realiza por la semilla, ellos aprenden el secreto del crecimiento en la gracia. Debidamente entendidas, estas lecciones apuntan hacia el Creador, enseñándoles aquellas verdades sencillas y santas que acercan el corazón a Dios.

Una lección de obediencia

Las leyes de Dios para la naturaleza son obedecidas por la naturaleza. Las nubes y los vendavales, el sol y las lloviznas, el rocío y la lluvia, están bajo la supervisión de Dios y obedecen sus mandatos. En obediencia a la ley de Dios, el brote del trigo se abre paso en la tierra, “primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga”. Marcos 4:28. El fruto se ve por primera vez en forma de capullo, y el Señor lo hace desarrollar en sazón porque no resiste su obra. De la misma manera, las aves cumplen el propósito de Dios al hacer sus largas migraciones de país en país, guiadas a través del espacio libre por la mano de un poder infinito,

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¿Será que el hombre, hecho a la imagen de Dios, dotado de raciocinio y de habla, es el único que no muestra agradecimiento por sus dones y que desobedece sus leyes? ¿Se contentarán aquellos que pudieran ser realzados y ennoblecidos, capacitados para ser colaboradores suyos, con permanecer imperfectos de carácter y causar la confusión en nuestro mundo? ¿Quedarán impedidos por hábitos con tendencia mundanal y prácticas impuras los cuerpos y las almas de la heredad ganada por sangre? ¿No reflejarán ellos la hermosura de Aquel que ha hecho todas las cosas bien, para que por su gracia el hombre imperfecto escuche la bendición: “Bien, buen siervo y fiel… entra en el gozo de tu Señor?” Mateo 25:21.

Dios desea que aprendamos de la naturaleza la lección de la obediencia.

“En efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán; A las aves de los cielos, y ellas te lo mostrarán; O habla a la tierra, y ella te enseñará; Los peces del mar te lo declararán también. ¿Qué cosa de todas estas no entiende Que la mano de Jehová la hizo?” “Con Dios está la sabiduría y el poder; Suyo es el consejo y la inteligencia”. Job 12:7-9, 13.

“Bienaventurado el varón…” cuya delicia es “en la ley de Jehová”… “Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, Que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; Y todo lo que hace, prosperará”. Salmos 1:1-3.

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El libro de la naturaleza y la palabra escrita se iluminan mutuamente. Ambas nos ayudan a conocer mejor a Dios instruyéndonos acerca de su carácter y de las leyes por medio de las cuales obra.

La educación en la vida venidera

La educación comenzada aquí no se completará en el curso de esta vida; proseguirá a través de la eternidad, siempre progresando, nunca completándose. Día tras día las maravillosas obras de Dios, las evidencias de su poder milagroso en la creación y sostenimiento del universo, se abrirán ante la mente con renovada belleza. A la luz que irradia del trono, los misterios desaparecerán, y el alma se llenará de admiración por la sencillez de las cosas que nunca antes se habían comprendido.

Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara; ahora conocemos en parte; pero entonces conoceremos como fuimos conocidos.

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Nuestra gran necesidad

El conocimiento de Dios que obra la transformación del carácter es nuestra mayor necesidad. Si cumplimos sus propósitos, tendrá que haber en nuestras vidas una revelación de Dios que corresponda a lo que enseña su Palabra.

La experiencia de Enoc y de Juan el Bautista representa lo que debe ser la nuestra. Más de lo que solemos hacer, necesitamos estudiar las vidas de estos hombres: el que fue trasladado al cielo sin ver muerte, y el que, antes del primer advenimiento de Cristo, fue llamado a preparar el camino del Señor y enderezar sus veredas.

La experiencia de Enoc

Acerca de Enoc se ha escrito que vivió sesenta y cinco años y engendró un hijo; después de esto anduvo con Dios trescientos años. Durante el transcurso de aquellos primeros años, Enoc había amado y temido a Dios, y guardado sus mandamientos. Pero después del nacimiento de su primer hijo experimentó algo mayor: su relación con Dios se hizo más profunda. Al contemplar el amor del niño por su padre, su confianza sencilla en su protección; al sentir el tierno anhelo de su corazón por su hijo primogénito, aprendió la valiosa lección del maravilloso amor de Dios hacia el hombre por medio del don de su Hijo, y la confianza que los hijos de Dios pueden depositar en su Padre celestial. El amor infinito e insondable de Dios por medio de Cristo se convirtió en el tema de sus meditaciones de día y de noche. Con todo el fervor de su alma procuraba revelar ese amor a la gente entre la cual vivía.

El caminar de Enoc con Dios no fue en un trance o visión, sino en todas las faenas de su vida cotidiana. No se convirtió en ermitaño, sustrayéndose enteramente del mundo; porque tenía una obra que hacer por Dios. En el seno del hogar y en su trato con los hombres, como marido y padre de familia, amigo, y ciudadano, era un siervo constante y firme de Dios.

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Con el correr de los siglos, su fe se fortalecía más y su amor se hacía más ardiente aún. Para él la oración era el aliento del alma. Vivía en la atmósfera del cielo.

A medida que las escenas del futuro se desplegaban ante su vista, Enoc se convirtió en un pregonero de justicia, portando el mensaje a todos los que estuvieran dispuestos a escuchar sus palabras de advertencia. En la tierra donde Caín procuró huir de la presencia divina, el profeta de Dios dio a conocer las maravillosas escenas que habían pasado ante él en visión. “He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías”. Judas 14, 15.

El poder de Dios que obraba en su siervo lo sentían sus oyentes. Algunos hicieron caso a la advertencia y renunciaron a sus pecados, pero las multitudes se burlaban del solemne mensaje. Los siervos de Dios han de llevar un mensaje similar al mundo en los postreros días, que también será recibido con incredulidad y burla.

Al pasar año tras año, la ola de culpa humana se hacía cada vez más profunda, y más tenebrosas las nubes del juicio divino. No obstante, Enoc, como testigo en favor de la verdad, siguió su camino, advirtiendo, suplicando y enseñando, esforzándose por hacer retroceder la ola de culpa y detener los rayos de la venganza (divina).

Los hombres de aquella generación se burlaban de la locura de aquel que no se interesaba en acumular una fortuna de oro y plata ni en adquirir posesiones en este mundo. Pero el corazón de Enoc estaba puesto en los tesoros eternos. Había dado una mirada a la ciudad celestial. Había visto al Rey en su esplendor en medio de Sión. Cuanto más crecía la iniquidad existente, tanto más ferviente era su anhelo por el hogar de Dios. A pesar de que estaba todavía en la tierra, por fe moraba en la esfera de luz.

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Tatiana Patrasco