Testimonios para la Iglesia, Vol. 8, p. 346-350, día 447

“Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios”. Mateo 5:8. Por espacio de trescientos años Enoc había procurado la pureza de corazón para ponerse en armonía con el cielo. Por tres siglos había caminado con Dios. Día tras día había anhelado una unión más estrecha; más y más cercana se había hecho la comunión, hasta que Dios se lo llevó consigo. Había estado al borde del mundo eterno, a sólo un paso del país de los santos; y ahora los portales se abrieron y, siguiendo su marcha con Dios, que por tanto tiempo había llevado en la tierra, entró por las puertas de la santa ciudad, el primero entre los hombres en entrar allí.

“Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte… y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios”. Hebreos 11:5.

A una comunión tal nos llama el Señor. La santidad del carácter de aquellos que serán redimidos de entre los hombres en ocasión de la segunda venida del Señor ha de ser como la de Enoc.

La experiencia de Juan el Bautista

Juan el Bautista fue enseñado por el Señor en su vida del desierto. Estudiaba las revelaciones de Dios en la naturaleza. Bajo la dirección del Divino Espíritu, estudiaba los pergaminos de los profetas. De día y de noche, su estudio y meditación eran de Cristo, hasta que su mente, corazón y alma se colmaron de la visión gloriosa.

Contemplaba al Rey en su hermosura, y perdía de vista el yo. Contemplaba la majestad de la santidad y reconocía su propia ineficiencia y falta de mérito. Lo que debía declarar era el mensaje de Dios. Era en el poder de Dios y su justicia que se mantendría firme. Estaba listo para salir como mensajero del cielo, sin temor a lo humano, porque había contemplado lo divino. Podía mantenerse con valor delante de la presencia de los monarcas del mundo porque con temor y temblor se había postrado ante el Rey de reyes.

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Juan declaró su mensaje sin tener que recurrir a argumentos sutiles o teorías rebuscadas. De manera impresionante y con carácter, pero llena de esperanza, su voz se escuchaba en el desierto diciendo: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”. Mateo 3:2. Con un poder nuevo e inusitado, su voz conmovía a la gente. La nación entera se conmovió. Las multitudes acudían al desierto.

Campesinos indoctos y pescadores de comarcas circunvecinas; soldados romanos de las barracas de Herodes; capitanes luciendo sus espadas al costado, listos para aplastar cualquier tipo de rebelión, los publicanos avaros venidos de sus puestos; los sacerdotes del Sanhedrín con sus filacterias, todos escuchaban absortos; y todos, aún el fariseo y el saduceo, el burlador frío e insensible, salieron -aplacadas sus muecas- con el corazón movido a compunción por sus pecados. Herodes en su palacio oyó el mensaje, y este gobernante arrogante y endurecido por el pecado tembló al escuchar la llamada al arrepentimiento.

En esta era, poco antes de la Segunda Venida de Cristo en las nubes de los cielos, ha de hacerse una obra tal como la de Juan el Bautista. Dios busca a hombres que preparen a un pueblo que esté firme en el gran día del Señor. El mensaje que precedió al ministerio público de Cristo fue: “Arrepentíos, publicanos y pecadores; arrepentíos, fariseos y saduceos; arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”. Mateo 4:17. Como pueblo que cree en el pronto advenimiento de Cristo, tenemos un mensaje que dar: “Prepárate para venir al encuentro de tu Dios”. Amós 4:12. Nuestro mensaje ha de ser tan directo como lo fue el de Juan. Reprendió a reyes por su iniquidad. A pesar de que su vida estaba en peligro, no se detuvo en declarar la Palabra de Dios. Y nuestra obra en esta era ha de ser hecha con igual fidelidad.

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Para poder dar un mensaje como el que dio Juan, debemos tener una experiencia espiritual como la suya. La misma obra debe realizarse en nosotros. Debemos contemplar a Dios, y al contemplarlo, perderemos de vista el yo.

Juan por naturaleza padecía de las mismas faltas y debilidades comunes a la humanidad; pero el toque del amor divino lo había transformado. Al haber comenzado el ministerio de Cristo, los discípulos de Juan vinieron donde él con la queja de que todos los hombres seguían al nuevo Maestro, pero Juan demostró cuán plenamente comprendía su relación con el Mesías, y cuán alegremente le extendía la bienvenida a Aquel cuyo camino él había preparado.

“No puede el hombre recibir nada -declaró- si no le fuere dado del cielo. Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él. El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido. Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe”. Juan 3:27-30.

Mirando con fe al Redentor, Juan había alcanzado la cumbre de la abnegación. Se interesaba, no en atraer a los hombres a sí mismo, sino en elevar sus pensamientos más y más, hasta que descansaran en el Cordero de Dios. Él mismo había sido sólo una voz, un clamor en el desierto. Ahora, con gozo aceptaba el silencio y las sombras, para que la vista de todos se volviese a la Luz de la vida.

Los que son fieles a su llamamiento como mensajeros de Dios no procurarán la honra personal. El amor propio quedará absorbido en el amor de Cristo. Reconocerán que su obra es proclamar, como lo hizo Juan el Bautista: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Juan 1:29. Levantarán a Jesús, y con él la humanidad entera será levantada. “Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados”. Isaías 57:15.

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El alma del profeta, vaciada del yo, se llenó de la luz del Divino. En lenguaje que era casi el paralelo de las palabras del mismo Cristo, dio testimonio de la gloria del Salvador. “El que de arriba viene, es sobre todos; el que es de la tierra, es terrenal, y cosas terrenales habla; el que viene del cielo, es sobre todos … Porque el que Dios envió, las palabras de Dios habla; pues Dios no da el Espíritu por medida”. Juan 3:31-34.

En esta exaltación de Cristo todos sus seguidores han de participar. El Salvador pudo decir: “No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la de mi Padre”. Juan 5:30. Y, como dijo Juan, “Dios no da el Espíritu por medida”. Así es con los seguidores de Cristo. Podemos recibir la luz del cielo sólo mientras estemos dispuestos a vaciarnos del yo. Podemos discernir el carácter de Dios, y aceptar a Cristo por la fe, sólo al consentir sujetar todo pensamiento a la voluntad de Cristo. A todos los que hagan esto, el Espíritu Santo les será dado sin medida. En Cristo “habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él…” Colosenses 2:9, 10.

Las promesas de Dios

A todos los que están dispuestos que el yo sea humillado se les dan las siguientes promesas:

“Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti”. Éxodo 33:19.

“Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que no conoces”. Jeremías 33:3.

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“Hará todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos”, “el espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él” para que “seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios”. Efesios 3:20; 1:17; 3:18, 19.

Este es el conocimiento que Dios nos invita a recibir, y al lado del cual todo lo demás es vanidad y oquedad.

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Tatiana Patrasco