Testimonios para la Iglesia, Vol. 9, p. 201-208, día 472

Una obligación solemne

El diezmo es sagrado y ha sido reservado por Dios para sí mismo. Hay que traerlo a su tesorería para que se use en el sostén de los obreros evangélicos. Se ha robado al Señor durante mucho tiempo, porque hay quienes no comprenden que el diezmo es la porción que Dios se ha reservado.

Algunos no han estado satisfechos y han dicho: “No seguiré pagando el diezmo, porque no tengo confianza en la forma como se administran las cosas en el corazón de la obra. ¿Pero robaréis a Dios porque pensáis que la dirección de la obra no es adecuada? Presentad vuestras quejas claramente y con franqueza, con el espíritu debido y a las personas responsables. Pedid que se hagan los ajustes necesarios; pero no retengáis lo que le corresponde a la obra de Dios, y no seáis infieles, porque otras personas no están obrando correctamente.

Leed con atención el tercer capítulo de Malaquías y ved lo que Dios dice acerca del diezmo. Si nuestras iglesias se afirman en la palabra de Dios y devuelven fielmente el diezmo a su tesorería, más obreros se sentirán animados a dedicarse a las labores ministeriales. Más hombres se ocuparían en la obra ministerial si no se les dijera que no hay fondos en la tesorería. Debiera haber abundante provisión en la tesorería del Señor, y la habría si los corazones y manos egoístas no hubieran retenido los diezmos o si no los hubieran utilizado para financiar otros trabajos que ellos favorecían.

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Los recursos que se han reservado para Dios no deben utilizarse en forma descuidada. El diezmo le pertenece a Dios, y los que se entremeten con él serán castigados con la pérdida de su tesoro celestial, a menos que se arrepientan. Que la obra no siga limitándose debido a que el diezmo ha sido desviado hacia otras empresas que no son la que Dios ha establecido. Hay que hacer provisión para esos otros proyectos de la obra. Tienen que ser sostenidos, pero no con el dinero del diezmo. Dios no ha cambiado; el diezmo todavía debe utilizarse para el sostenimiento del ministerio. La iniciación de la obra en nuevos campos requiere mayor servicio ministerial del que ahora tenemos, por lo que debe haber recursos en la tesorería.

Los que trabajan como ministros tienen una solemne responsabilidad que es extrañamente descuidada. A algunos les agrada predicar, pero no dedican trabajo personal a las iglesias. Existe una gran necesidad de instrucción con respecto a las obligaciones y deberes hacia Dios, especialmente en lo que concierne al pago honrado del diezmo. Nuestros ministros se sentirían muy agraviados si no se les pagara a tiempo por su trabajo. ¿Pero considerarán ellos que debe haber recursos en la tesorería de Dios para sostener a los obreros? Si dejan de cumplir su deber de educar a la gente para que devuelvan fielmente lo que le pertenece a Dios, se producirá escasez de recursos en la tesorería para hacer avanzar la obra del Señor.

El responsable del rebaño de Dios debiera cumplir fielmente su deber. Si adopta la posición de que no cumplirá el deber porque éste no le resulta agradable, y que por lo tanto lo dejará para que otro lo haga, no es un obrero fiel. Que lea en Malaquías las palabras del Señor que culpan de robar a Dios a la gente que retiene el diezmo. El Dios poderoso declara: “Malditos sois con maldición”. Malaquías 3:9. Cuando el que ministra en palabra y doctrina ve que los miembros siguen un comportamiento que les acarreará esta maldición, ¿cómo puede descuidar su deber de instruirlos y amonestarlos? Cada miembro de iglesia debiera ser enseñado a ser fiel en la devolución honrada del diezmo.

“Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendiciones hasta que sobreabunde”. vers. 10.

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Oro para que mis hermanos comprendan que el mensaje del tercer ángel significa mucho para nosotros y que la observancia del verdadero día de reposo ha de ser la señal que distingue a los que sirven a Dios de los que no le sirven. Que despierten los que se han tomado soñolientos e indiferentes. Se nos ha llamado a ser santos, por lo que debiéramos evitar cuidadosamente dar la impresión de que tiene poca importancia el retener o no las características especiales de nuestra fe. Sobre nosotros pesa la dorada obligación de adoptar una posición más definida por la verdad y la justicia de la que hemos tenido en el pasado. La línea de demarcación entre los que guardan los mandamientos de Dios y los que no los observan, debe manifestarse con claridad inequívoca. Debemos honrar a Dios conscientemente, y usar con diligencia todo recurso para mantenernos dentro del pacto con él, para que recibamos sus bendiciones, tan esenciales para un pueblo que será probado severamente. Dar la impresión de que nuestra fe, nuestra religión, no constituye un poder dominante en nuestras vidas, es deshonrar a Dios. Así nos apartamos de sus mandamientos, que son nuestra vida, y negamos que él es nuestro Dios y nosotros su pueblo.

“Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios. Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones; y que da el pago en persona al que le aborrece, destruyéndole; y no se demora con el que le odia, en persona le dará el pago”. Deuteronomio 7:9, 10.

¿Adónde nos encontraremos antes de que concluyan las mil generaciones mencionadas en este pasaje? Nuestro destino habrá sido sellado para la eternidad. Se nos habrá considerado dignos de un hogar en el reino eterno de Dios, o bien habremos recibido la sentencia que nos condenará a muerte eterna. Los que han sido fieles y leales al pacto con Dios; los que, recordando el Calvario, se han mantenido firmes de parte de la verdad, esforzándose constantemente para honrar a Dios, oirán estas palabras de encomio: “Bien hecho, buen siervo fiel”. Pero los que han dado a Dios sólo un servicio a medias, que han permitido que sus vidas sean conformadas por las costumbres y prácticas del mundo, oirán estas tristes palabras: “Apartaos de mí, porque no os conozco”.

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La beneficencia

“Honra a Jehová de tu substancia, y de las primicias de todos tus frutos; y serán llenas tus trojes con abundancia, y tus lagares rebosarán de mosto”. Proverbios 3:9, 10.

“Hay quienes reparten, y les es añadido más: y hay quienes son escasos, más de lo que es justo, mas vienen a pobreza. El alma liberal será engordada: y el que saciare, él también será saciado”. Proverbios 11:24, 25.

“Mas el generoso piensa en cosas generosas, y él por cosas generosas será hecho estable”. Isaías 32:8 (VM).

En el plan de salvación, la sabiduría divina estableció la ley de la acción y de la reacción; por eso, la obra de beneficencia, en todos sus ramos, es doblemente bendecida. El que ayuda a los menesterosos es una bendición para ellos y él mismo recibe esa bendición mayor aún.

La gloria del evangelio

Para que el hombre no perdiese los preciosos frutos de la práctica de la beneficencia, nuestro Redentor concibió el plan de hacerle su colaborador. Dios habría podido salvar a los pecadores sin la colaboración del hombre; pero sabía que el hombre no podría ser feliz sin desempeñar una parte en esta gran obra. Por un encadenamiento de circunstancias que invitan a practicar la caridad, otorga al hombre los mejores medios de cultivar la beneficencia y observar la costumbre de dar, ya sea a los pobres o para el adelantamiento de la causa de Dios. Las apremiantes necesidades de un mundo arruinado nos obligan a emplear en su favor nuestros talentos, dinero e influencia, para hacer conocer la verdad a los hombres y mujeres que sin ella perecerían. Al responder a sus pedidos con nuestros actos de beneficencia y nuestras labores, somos transformados a la imagen de Aquel que se hizo pobre para enriquecemos. Al dispensar a otros, los bendecimos; así es como atesoramos riquezas verdaderas.

La gloria del Evangelio consiste en que se funda en la noción de que se ha de restaurar la imagen divina en nuestra raza caída por medio de una constante manifestación de benevolencia. Esta obra comenzó en los atrios celestiales, cuando Dios dio a los humanos una prueba deslumbradora del amor con que los amaba. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Juan 3:16. El don de Cristo revela el corazón del Padre. Nos asegura que, habiendo emprendido nuestra redención, él no escatimará ninguna cosa necesaria para terminar su obra, por más que pueda costarle.

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La generosidad es el espíritu del cielo. El abnegado amor de Cristo se reveló en la cruz. El dio todo lo que poseía y se dio a sí mismo para que el hombre pudiese salvarse. La cruz de Cristo es un llamamiento a la generosidad para todo discípulo del Salvador. El principio que proclama es de dar, dar siempre. Su realización por la benevolencia y las buenas obras es el verdadero fruto de la vida cristiana. El principio de la gente del mundo es ganar siempre; y así se imagina alcanzar la felicidad; pero cuando este principio ha dado todos sus frutos, se ve que sólo engendra la miseria y la muerte.

La luz del Evangelio que irradia de la cruz de Cristo condena el egoísmo y estimula la generosidad y la benevolencia. No debería ser causa de quejas el hecho de que se nos dirigen cada vez más invitaciones a dar. En su divina providencia Dios llama a su pueblo a salir de su limitada esfera de acción para emprender cosas mayores. Se nos exige un esfuerzo ilimitado en un tiempo como éste, cuando las tinieblas morales cubren el mundo. Muchos de los hijos de Dios están en peligro de dejarse prender en la trampa de la mundanalidad y avaricia. Deberían comprender que es la misericordia divina la que multiplica las solicitudes de recursos. Deben serles presentados blancos que despierten su benevolencia, o no podrán imitar el carácter del gran modelo.

Las bendiciones de la mayordomía

Al dar a sus discípulos la orden de ir por “todo el mundo” y predicar “el evangelio a toda criatura”, Cristo asignó a los hombres una tarea: la de sembrar el conocimiento de su gracia. Pero mientras algunos salen al campo a predicar, otros le obedecen sosteniendo su obra en la tierra por medio de sus ofrendas. El ha puesto recursos en las manos de los hombres, para que sus dones fluyan por canales humanos al cumplir la obra que nos ha asignado en lo que se refiere a salvar a nuestros semejantes. Este es uno de los medios por los cuales Dios eleva al hombre. Es exactamente la obra que conviene a éste; porque despierta en su corazón las simpatías más profundas y le mueve a ejercitar las más altas facultades de la mente.

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Todas las cosas buenas de la tierra fueron colocadas aquí por la mano generosa de Dios, y son la expresión de su amor para con el hombre. Los pobres le pertenecen y la causa de la religión es suya. El oro y la plata pertenecen al Señor; él podría, si quisiera, hacerlos llover del cielo. Pero ha preferido hacer del hombre su mayordomo, confiándole bienes, no para que los vaya acumulando, sino para que los emplee haciendo bien a otros. Hace así del hombre su intermediario para distribuir sus bendiciones en la tierra. Dios ha establecido el sistema de la beneficencia para que el hombre pueda llega a ser semejante a su Creador, de carácter generoso y desinteresado y para que al fin pueda participar con Cristo de una eterna y gloriosa recompensa.

Encuentro junto a la cruz

El amor que tuvo su expresión en el Calvario debiera ser reanimado, fortalecido y difundido en nuestras iglesias. ¿No haremos todo lo que está a nuestro alcance para fortalecer los principios que Cristo comunicó a este mundo? ¿No nos esforzaremos por establecer y desarrollar las empresas de beneficencia que necesitamos sin más demora? Al contemplar al Príncipe del cielo muriendo en la cruz por vosotros, ¿podéis cerrar vuestro corazón, diciendo: “No, nada tengo para dar”?

Los que creen en Cristo deben perpetuar su amor. Este amor debe atraerlos y reunirlos en derredor de la cruz. Debe despojarlos de todo egoísmo y unirlos a Dios y entre sí.

Juntaos alrededor de la cruz del Calvario, dominados por un espíritu de sacrificio y de completa abnegación. Dios os bendecirá si hacéis lo mejor que podéis. Al acercaros al trono de la gracia y al veros ligados a él por la cadena de oro que baja del cielo a la tierra para sacar a los hombres del abismo del pecado, vuestro corazón rebosará de amor hacia vuestros hermanos que están todavía sin Dios y sin esperanza en el mundo.

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El espíritu de independencia*

Antes de salir de Australia, y desde que vine a este país, se me ha indicado que hay una gran obra que hacer en Estados Unidos. Los que participaron en los comienzos de la obra van desapareciendo. Quedan entre nosotros solamente unos pocos de los primeros obreros de la causa. Muchas de las pesadas cargas que antes llevaban hombres de larga experiencia, están recayendo sobre hombres más jóvenes.

Esta transferencia de las responsabilidades a obreros cuya experiencia es en cierto modo limitada, va acompañada de algunos peligros contra los cuales necesitamos precavernos. En el mundo imperan las contiendas por la supremacía. El espíritu de desorganización, que impulsa a los hombres a apartarse de sus colaboradores, está en el mismo aire que respiramos. Algunos consideran que todos los esfuerzos hechos para hacer reinar el orden son peligrosos, y los tienen por restricción de la libertad personal, algo que debe ser temido como el papismo. Estas almas engañadas consideran que es una virtud jactarse de su libertad de pensar y de actuar independientemente. Declaran que nada aceptarán porque lo diga algún hombre; y que a nadie están sujetos. Se me ha indicado que Satanás hace un esfuerzo especial para inducir a los hombres a sentir que agradan a Dios al seguir su propia conducta, con independencia del consejo de sus hermanos.

En esto estriba un grave peligro para la prosperidad de nuestra obra. Debemos obrar discreta y sensatamente, en armonía con el juicio de consejeros temerosos de Dios; porque es la única conducta que nos garantiza seguridad y fortaleza. Si seguimos otra, Dios no podrá obrar con nosotros, ni por nuestro medio o en favor nuestro.

¡Oh, cómo se regocijaría Satanás si lograse tener éxito en sus esfuerzos para penetrar entre este pueblo y desorganizar la obra en un tiempo en que la organización esmerada es esencial y constituirá el mayor poder para evitar los movimientos espurios, y refutar los asertos que no son apoyados por la Palabra de Dios! Necesitamos sostener en forma pareja las riendas, a fin de que no se quebrante el sistema de organización y orden que fue edificado por una labor sobria y cuidadosa.

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No se debe dar licencia a los elementos desordenados que desean controlar la obra en este tiempo.

Algunos han sostenido que a medida que nos acercamos al fin del tiempo, cada hijo de Dios actuará independientemente de cualquier organización religiosa. Pero el Señor me ha indicado que en esta obra no es posible que cada hombre sea independiente. Las estrellas del cielo están todas bajo el imperio de la ley. Cada una influye sobre la otra para que haga la voluntad de Dios y el conjunto presta su obediencia común a la ley que controla su acción. Así también, para que la obra del Señor progrese en forma segura, sus hijos deben trabajar unidos.

Los movimientos espasmódicos y nerviosos de algunos que aseveran ser cristianos pueden compararse al trabajo de caballos fuertes, pero no amaestrados. Cuando el uno tia hacia adelante, el otro se echa hacia atrás; y a la voz del amo, uno se precipita hacia adelante y el otro permanece inconmovible. Si los hombres no quieren obrar en concierto en la magna y grandiosa obra para este tiempo, habrá confusión. No es buena señal cuando los hombres se niegan a unirse con sus hermanos y prefieren actuar solos. Que los obreros hagan confidentes suyos a los hombres que se sienten libres para señalar toda desviación de los principios correctos. Los que llevan el yugo de Cristo no pueden tirar por separado, sino que obrarán con Cristo.

Algunos obreros tiran con toda la fuerza que Dios les ha dado, pero no han aprendido todavía que no deben tirar solos. En vez de aislarse, tiren en armonía con sus colaboradores. A menos que lo hagan así, su actividad se producirá en el momento inoportuno y en forma errónea. Con frecuencia contrarrestarán aquello que Dios quisiera que se hiciese, y así su trabajo se habrá malgastado.

Unidad en la diversidad

Por otro lado, los dirigentes del pueblo de Dios deben precaverse contra el peligro de condenar los métodos de los obreros que sean inducidos individualmente por el Señor a hacer una obra especial que muy pocos están preparados para hacer. Sean los hermanos que llevan responsabilidad lentos para criticar cualquier actuación que no armonice perfectamente con sus métodos de labor. Nunca deben suponer que todo plan debe reflejar su propia personalidad. No teman confiar en los métodos de otro; porque al privar de su confianza a un colaborador que, con humildad y celo consagrado, está haciendo una obra especial de la manera señalada por Dios, retardan el progreso de la causa del Señor.

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Dios puede emplear a los que no han recibido educación cabal en las escuelas de los hombres, y los empleará. Dudar de su poder para hacer esto, es manifestar incredulidad; es limitar el poder omnipotente de Aquel para quien nada es imposible. ¡Ojalá que se vea menos de esta cautela desconfiada e inoportuna! Deja sin uso muchas fuerzas de la iglesia; cierra el camino de modo que el Espíritu Santo no puede emplear a los hombres; mantiene en la ociosidad a los que anhelan dedicarse a las actividades de Cristo, disuade de entrar en la obra a muchos que llegarían a ser obreros eficientes con Dios si se les diese una oportunidad justa.

Para el profeta, las ruedas que había dentro de otras ruedas y la apariencia de los seres vivos que estaban relacionados con ellas, eran cosas intrincadas e inexplicables. Pero se ve la mano de la Sabiduría Infinita entre las ruedas y un orden perfecto es el resultado de su obra. Cada rueda, dirigida por la mano de Dios, obra en perfecta armonía con toda otra rueda. Se me ha mostrado que los instrumentos humanos propenden a procurar demasiado poder y a tratar de controlar ellos mismos la obra. Excluyen demasiado de sus métodos y sus planes al Señor Dios, el poderoso Artífice, y no le confían todo lo relativo al progreso de la obra. Nadie debe imaginarse por un momento siquiera que puede manejar las cosas que pertenecen al gran YO SOY. En su providencia Dios está preparando un camino para que la obra pueda ser hecha por los agentes humanos. Por lo tanto, esté cada uno en su puesto del deber, para desempeñar su parte en este momento, sabiendo que Dios es su instructor.

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Tatiana Patrasco