Testimonios para la Iglesia, Vol. 9, p. 225-228, día 475

Todos los que ocupan puestos de responsabilidad necesitan aprender la lección que encierra la humilde oración de Salomón. Deben recordar siempre que un cargo no cambia el carácter del que lo desempeña, ni lo hace infalible. Cuanto más alto esté colocado un individuo, tanto mayores serán sus responsabilidades y más vasta su influencia; tanto más necesitará comprender lo mucho que depende de la fuerza y sabiduría divinas y lo mucho que necesita cultivar un carácter santo y perfecto. Los que aceptan puestos de responsabilidad en la obra de Dios deberían recordar siempre que al llamarlos a esta obra el Señor los ha llamado también a andar con prudencia delante de él y delante de los hombres. En vez de creerse llamados a regentar, a dictar y mandar, deberían darse cuenta de que ellos mismos necesitan aprender. Si un obrero de responsabilidad no aprende esta lección, cuanto antes se le releve de su cargo, tanto mejor será para él mismo y para la obra de Dios. Jamás imparte un cargo santidad y excelencia de carácter. Quien honra a Dios y guarda sus mandamientos recibe él mismo honores.

Cada uno debería formularse con humildad la siguiente pregunta: “¿Soy yo apto para ocupar este cargo? ¿He aprendido a practicar la justicia y el juicio según los caminos del Señor?” El ejemplo terrenal del Salvador nos fue dado para que no andemos en nuestra propia fuerza, sino que cada cual se considere “joven”, como dijo Salomón.

“Imitadores de Dios como hijos amados”

Toda alma verdaderamente convertida puede decir: “Soy joven, pero soy hijo de Dios”. Costó un precio infinito el hacer posible que la filiación divina le fuese devuelta a la familia humana. En el principio, Dios hizo al hombre a su semejanza. Nuestros primeros padres escucharon la voz del tentador y se entregaron a su poder. Pero no fueron abandonados a las consecuencias del mal que habían escogido. Les fue prometido un Libertador. Dios dijo a la serpiente: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”. Génesis 3:15. Antes de oír hablar de espinas y cardos, de las penas y dolores que habían de ser su suerte, o del polvo al cual debían tornar, nuestros primeros padres oyeron palabras que no podían sino infundirles esperanza. Todo lo que habían perdido cediendo a Satanás, podía recuperarse por medio de Cristo.

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El Hijo de Dios fue dado para redimir a la familia humana. Mediante sufrimientos infinitos, sobrellevados por el inocente en lugar del culpable, se pagó el precio que iba a redimir a la familia humana del poder del destructor y restaurar en ella la imagen divina. Los que aceptan la salvación que Cristo les trae, se humillarán ante Dios como niñitos.

Dios quiere que sus hijos le pidan las cosas que le permitirán a él revelar su gracia al mundo mediante ellos. Quiere que busquen su consejo y reconozcan su poder. Con amor, Cristo reivindica sus derechos sobre aquellos por quienes dio su vida; si éstos quieren compartir las alegrías reservadas a los que reflejan su carácter aquí, deben acatar su voluntad. Es bueno que sintamos nuestra debilidad; porque entonces buscaremos la fuerza y la sabiduría que el Padre se complace en dispensar a sus hijos para las luchas de cada día contra las potestades del mal.

Aun cuando la instrucción, la preparación y los consejos de hombres de experiencia sean esenciales, debe enseñarse a los obreros a no confiar exclusivamente en el juicio de hombre alguno. Como agentes libres de Dios, todos deben pedirle a él su sabiduría. Cuando el que está aprendiendo depende enteramente de los pensamientos de otro y sin ir más lejos acepta sus planes, sólo ve por los ojos de ese hombre y llega a ser, en este sentido, tan sólo su eco.

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La recompensa del esfuerzo ferviente

“Si permaneciere la obra de alguno… recibirá recompensa”. 1 Corintios 3:14. Gloriosa será la recompensa concedida cuando los fieles obreros se reúnan en derredor del trono de Dios y del Cordero. Cuando, en su estado mortal, Juan contempló la gloria de Dios, cayó como muerto; no pudo soportar la visión. Pero cuando los hijos de Dios hayan recibido la inmortalidad, le verán “como él es”. 1 Juan 3:2. Estarán delante del trono, aceptos en el Amado. Todos sus pecados habrán sido borrados, todas sus transgresiones expiadas. Entonces podrán mirar sin velo la gloria del trono de Dios. Habrán participado con Cristo en sus sufrimientos, habrán trabajado con él en el plan de la salvación, y participarán con él del gozo de ver las almas salvadas en el reino de Dios, para alabar allí a Dios durante toda la eternidad.

Mi hermano, mi hermana, os ruego que os preparéis para la venida de Cristo en las nubes de los cielos. Día tras día, desechad de vuestro corazón el amor al mundo. Comprended por experiencia lo que significa tener comunión con Cristo. Preparaos para el juicio, para que cuando Cristo venga para ser admirado por todos los que creen, podáis estar entre aquellos que le recibirán en paz. En aquel día los redimidos resplandecerán en la gloria del Padre y del Hijo. Tocando sus arpas de oro, los ángeles darán la bienvenida al Rey y a los trofeos de su victoria: los que fueron lavados y emblanquecidos en la sangre del Cordero. Se elevará un canto de triunfo que llenará todo el cielo. Cristo habrá vencido. Entrará en los atrios celestiales acompañado por sus redimidos, testimonios de que su misión de sufrimiento y sacrificio no fue en vano.

La resurrección y la ascensión de nuestro Señor constituyen una evidencia segura del triunfo de los santos de Dios sobre la muerte y el sepulcro, y una garantía de que el cielo está abierto para quienes lavan las vestiduras de su carácter y las emblanquecen en la sangre del Cordero. Jesús ascendió al Padre como representante de la familia humana, y allí llevará Dios a los que reflejan su imagen para que contemplen su gloria y participen de ella con él.

Hay mansiones para los peregrinos de la tierra. Hay vestiduras, coronas de gloria y palmas de victoria para los justos. Todo lo que nos dejó perplejos en las providencias de Dios quedará aclarado en el mundo venidero. Las cosas difíciles de entender hallarán entonces su explicación. Los misterios de la gracia nos serán revelados. Donde nuestras mentes finitas discernían solamente confusión y promesas quebrantadas, veremos la más perfecta y hermosa armonía. Sabremos que el amor infinito ordenó los incidentes que nos parecieron más penosos. A medida que comprendamos el tierno cuidado de Aquel que hace que todas las cosas obren conjuntamente para nuestro bien, nos regocijaremos con gozo inefable y rebosante de gloria.

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No puede haber dolor en la atmósfera del cielo. En el hogar de los redimidos no habrá lágrimas, ni cortejos fúnebres, ni indicios de luto. “No dirá el morador: Estoy enfermo: el pueblo que morare en ella será absuelto de pecado”. Isaías 33:24. Nos invadirá una grandiosa ola de felicidad que irá ahondándose a medida que transcurra la eternidad.

Nos hallamos todavía en medio de las sombras y el torbellino de las actividades terrenales. Consideremos con sumo fervor el bienaventurado más allá. Que nuestra fe penetre a través de toda nube de tinieblas, y contemplemos a Aquel que murió por los pecados del mundo. Abrió las puertas del paraíso para todos los que le reciban y crean en él. Les da la potestad de llegar a ser hijos e hijas de Dios. Permitamos que las aflicciones que tanto nos apenan y agravian sean lecciones instructivas, que nos enseñen a avanzar hacia el blanco del premio de nuestra alta vocación en Cristo. Sintámonos alentados por el pensamiento de que el Señor vendrá pronto. Alegre nuestro corazón esta esperanza. “Aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará”. Hebreos 10:37. Bienaventurados son aquellos siervos que, cuando venga su Señor, sean hallados velando.

Vamos hacia la patria. El que nos amó al punto de morir por nosotros, nos ha edificado una ciudad. La nueva Jerusalén es nuestro lugar de descanso. No habrá tristeza en la ciudad de Dios. Nunca más se oirá el llanto ni la endecha de las esperanzas destrozadas y de los afectos tronchados. Pronto las vestiduras de pesar se trocarán por el manto de bodas. Pronto presenciaremos la coronación de nuestro Rey. Los creyentes cuya vida quedó escondida con Cristo, los que en esta tierra pelearon la buena batalla de la fe, resplandecerán con la gloria del Redentor en el reino de Dios.

No transcurrirá mucho tiempo antes que veamos a Aquel en quien ciframos nuestras esperanzas de vida eterna. Y en su presencia todas las pruebas y los sufrimientos de esta vida serán como nada. “No perdáis pues vuestra confianza que tiene grande remuneración de galardón: porque la paciencia os es necesaria; para que, habiendo hecho la voluntad de Dios obtengáis la promesa. Porque aun un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará”. Hebreos 10:35-37. Alzad los ojos, sí, alzad los ojos, y permitid que vuestra fe aumente de continuo. Dejad que esta fe os guíe a lo largo de la senda estrecha que, pasando por las puertas de la ciudad de Dios, nos lleva al gran más allá, al amplio e ilimitado futuro de gloria destinado a los redimidos. “Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca”. Santiago 5:7-8.

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Tatiana Patrasco