Testimonios para la Iglesia, Vol. 9, p. 41-48, día 452

La benevolencia de Dios

Dios nos da constantemente, generosamente y en abundancia. Toda bendición terrenal procede de su mano. ¿Qué sucedería si el Señor cesara de derramar sus dones sobre nosotros? ¡Qué clamor de miseria, sufrimiento y necesidad se elevaría desde la tierra! Necesitamos diariamente el flujo inagotable de la benignidad de Jehová.

Este mundo fue establecido y es sustentado por el compasivo amor del Creador. Dios es el dador de todo lo que tenemos. El nos insta a devolverle una porción de la abundancia que ha derramado sobre nosotros. Pensad en el cuidado que prodiga a la tierra, enviando la lluvia y la luz del sol a su tiempo, para hacer que la vegetación crezca y florezca. Derrama sus favores sobre justos e injustos. ¿No debieran los que reciben sus bendiciones demostrar su gratitud dando de sus recursos para ayudar a la humanidad doliente?

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Hay muchas personas a quienes llevar al conocimiento salvador de la verdad. El hijo pródigo se encuentra lejos de la casa de su Padre y perece de hambre. Tenemos que hacerlo objeto de nuestra compasión. ¿Os preguntáis: “Cómo considera Dios a los que perecen en sus pecados?’ Dirijo vuestra atención hacia el Calvario. Dios “ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, sino tenga vida eterna”. Juan 3:16. Pensad en el amor sin parangón del Salvador. Mientras éramos aún pecadores, Cristo murió para salvarnos de la muerte eterna. A cambio del gran amor con el que Cristo nos ha amado, tenemos que llevarle nuestras ofrendas de agradecimiento. Tenemos que presentarle una ofrenda de gratitud de nuestra propia persona. Nuestro tiempo, nuestros talentos, nuestros recursos: todo debe fluir hacia el mundo en una ola de amor por la salvación de los perdidos. Jesús ha hecho posible que aceptemos su amor y que trabajemos en feliz colaboración con él bajo su fragante influencia. El requiere que usemos nuestras posesiones en servicio generoso para que su plan para la salvación de la gente se lleve a cabo con poder. El espera que entreguemos a su obra nuestras energías indivisas.

¿Deseáis asegurar vuestra propiedad? Colocadla en la mano que lleva la cicatriz donde fue horadada por el clavo en la crucifixión. Retenedla en vuestra posesión y la perderéis para siempre. Entregadla a Dios, y a partir de ese momento llevará su inscripción. Quedará sellada con su inmutabilidad. ¿Queréis disfrutar de vuestros bienes? Entonces usadlos para bendición de los que sufren.

El mundo necesitado de ayuda

La magnitud de nuestra obra requiere la liberalidad voluntaria del pueblo de Dios. En Africa, en China y en India viven millones de personas que no han oído el mensaje de la verdad para este tiempo. Tienen que ser advertidos. Las islas del mar están esperando recibir el conocimiento de Dios. En esas islas hay que establecer escuelas a fin de preparar alumnos que asistan a los colegios superiores a su alcance, para educarse y prepararse con el fin de que puedan regresar a sus hogares isleños a presentar a los demás la luz que han recibido.

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En nuestro propio país hay mucho por hacer. Hay numerosas ciudades que deben ser amonestadas. Los evangelistas debieran estar abriéndose camino hacia todos los lugares donde existe inquietud con respecto a las leyes dominicales y la enseñanza de religión en las escuelas públicas. El descuido de los adventistas en aprovechar estas oportunidades providenciales es lo que está retrasando el progreso de la causa.

El Señor nos ha hecho sus mayordomos. Ha colocado sus recursos en nuestras manos para que los distribuyamos fielmente. Nos pide que le devolvamos lo que le pertenece. Ha reservado el diezmo como su porción sagrada para que se use en la predicación del Evangelio en todo el mundo. Hermanos y hermanas, confesad y olvidad vuestro egoísmo, y llevad al Señor vuestros dones y ofrendas. Llevadle también los diezmos que habéis retenido. Confesad vuestro descuido. Probad al Señor, como os ha invitado que hagáis. “Reprenderé también por vosotros al devorador, y no os destruirá el fruto de la tierra, ni vuestra vid en el campo será estéril, dice Jehová de los ejércitos”. Malaquías 3:11.

Nuestro orgullo obstaculiza la obra de Dios

He recibido instrucciones según las cuales hay una retención del diezmo que debiera llevarse fielmente a la tesorería del Señor para el sostén de los pastores y los misioneros que están abriendo las Escrituras a la gente y trabajan de casa en casa. La obra de evangelizar el mundo ha sido gravemente obstaculizada a causa del egoísmo personal. Algunos, aun entre los cristianos profesos, son incapaces de ver que la obra del Evangelio debe ser sostenida por los recursos que Cristo les ha dado. Se necesita dinero para que la obra que se efectúa en todo el mundo pueda continuar realizándose. Miles y miles de personas perecen en el pecado, y la falta de recursos está obstaculizando la proclamación de la verdad que debe anunciarse a toda nación, tribu, lengua y pueblo. Hay hombres listos para ir como mensajeros del Señor, pero por falta de recursos en la tesorería, no pueden ser enviados a donde la gente está rogando que vaya alguien a enseñarles la verdad.

Hay muchos en nuestro mundo que anhelan escuchar la palabra de vida. ¿Pero cómo pueden oírla sin un predicador? ¿Y cómo podrían vivir sin sostén los que sean enviados a enseñarles? Dios desea que las vidas de sus obreros sean sostenidas con cuidado. Son su propiedad, y él es deshonrado cuando ellos se ven compelidos a trabajar en una forma que perjudica su salud. El es también deshonrado cuando los obreros no pueden ser enviados a lugares necesitados por falta de recursos.

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En lugar de quejarse de los dirigentes de la Asociación General porque no pueden responder a los muy numerosos pedidos para que envíen hombres y recursos, que los miembros de nuestra iglesia den un testimonio viviente del poder de la verdad negándose a sí mismos y dando liberalmente para el progreso de la obra. Que nuestras hermanas ahorren al rehusar decorar sus prendas de vestir con adornos caros. Que se eliminen todos los gastos innecesarios. Que cada familia lleve sus diezmos y ofrendas al Señor.

Proveedores de Dios

Los que están auténticamente convertidos se considerarán como proveedores de Dios, y aportarán, para el progreso de la obra, los medios que él ha colocado en sus manos. Si se obedecieran las palabras de Cristo, habría recursos suficientes en su tesorería para satisfacer las necesidades de su causa. El ha confiado a hombres y mujeres recursos en abundancia para hacer avanzar su plan de misericordia y benevolencia. Ruega a los de sus recursos, que inviertan su dinero en la obra de alimentar a los hambrientos, vestir a los desnudos y predicar el Evangelio a los pobres. No es posible alcanzar la perfección del carácter sin abnegación.

Nunca hubo un tiempo más importante en la historia de nuestra obra que el presente. Recibimos el mensaje del tercer capítulo de Malaquías que destaca ante nosotros la necesidad de practicar la honradez en nuestras relaciones con el Señor y su obra. Hermanos míos, el dinero que usáis para comprar y vender y obtener ganancias será una maldición para vosotros si retenéis del Señor lo que le pertenece. Los recursos que os han sido confiados para el progreso de la obra del Señor debieran utilizarse para enviar el Evangelio a todas partes del mundo.

Somos testigos de Cristo, y no debemos permitir que intereses y planes mundanos absorban nuestro tiempo y atención. Hay en juego intereses más elevados. “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia”. Mateo 6:33. Cristo se dio a sí mismo voluntaria y gozosamente para llevar a cabo la voluntad de Dios. Se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte en la cruz. En vista de todo lo que ha hecho, ¿debiéramos considerar que es un sacrificio penoso negar nuestros intereses y ventajas personales? ¿Rehuiremos participar de los sufrimientos de Cristo? Su muerte debiera conmover cada fibra de nuestro ser, y hacer que estemos dispuestos a consagrar a su obra todo lo que poseemos y somos. Al pensar en todo lo que él ha hecho por nosotros, nuestros corazones debieran llenarse de gratitud y amor, y debiéramos renunciar a toda manifestación de egoísmo. ¿Qué deber podría el corazón rehusar llevar a cabo bajo la influencia compelente del amor de Cristo?

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¿No debiéramos hacer mediante actos de abnegación todo lo que podamos para adelantar la empresa de misericordia de Dios? ¿Podemos contemplar la condescendencia divina, el sufrimiento soportado por el Hijo de Dios, sin llenarnos con el deseo de que se nos permita sacrificar algo para él? ¿Acaso no es un elevado honor que se nos permita cooperar con él? El dejó su hogar celestial para buscamos. ¿No nos convertiremos, entonces, en sus subpastores, para buscar a los perdidos y extraviados? ¿No revelaremos en nuestras vidas su ternura y compasión divinas?

El Señor desea que su pueblo sea considerado y que manifieste cuidado solícito por los demás. Desea que practiquen la economía en todo. Si los obreros que trabajan en los campos misioneros pudieran tener los recursos que se gastan en costosos muebles y en adornos personales, los triunfos de la cruz de Cristo se extenderían notablemente.

No todos pueden dar ofrendas cuantiosas, no todos pueden hacer grandes y magníficas obras; pero todos pueden practicar la abnegación, y todos pueden manifestar la total ausencia de egoísmo del Salvador. Algunos pueden llevar grandes dones a la tesorería del Señor; otros sólo pueden llevar pequeñas cantidades; pero cada don llevado con sinceridad es aceptado por el Señor.

Suplicamos por el dinero que se gasta en cosas innecesarias. Hermanos y hermanas, no malgastéis vuestro dinero comprando cosas que no necesitáis. Podéis pensar que esas pequeñas sumas no significan mucho, pero muchas cantidades pequeñas constituirán un todo importante. Eliminad todo gasto extravagante. No os permitáis adquirir ninguna cosa sólo con fines de ostentación. Vuestro dinero significa la salvación de la gente. Que todos practiquen la dadivosidad sistemática. Puede ser que algunos no puedan dar una suma cuantiosa, pero todos pueden apartar cada semana algo para el Maestro. Que los niños hagan su parte. Enseñen los padres a sus hijos a ahorrar los centavos para darlos al Señor. El ministerio evangélico debe ser sostenido mediante la abnegación y el sacrificio. Mediante el esfuerzo abnegado del pueblo de Dios otros serán puestos en contacto con la fe, y éstos a su vez ayudarán a aumentar las ofrendas efectuadas para hacer progresar la obra del Señor.

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Hay evidencias inequívocas que señalan la proximidad del fin. Hay que preparar el camino para la venida del Príncipe de Paz. Que nuestros miembros de iglesia no se quejen porque se les pide dar tantas veces. ¿Qué hace que sean necesarios esos pedidos tan frecuentes? ¿No es el rápido crecimiento de las empresas misioneras? ¿Obstaculizaremos el crecimiento de estas empresas al rehusar dar? ¿Olvidaremos que somos obreros juntamente con Dios? De cada iglesia debieran ascender oraciones hacia Dios pidiendo un aumento de dedicación y liberalidad. Hermanos y hermanas míos, no pidáis que se efectúen reducciones en la obra evangélica. Mientras haya gente que salvar, nuestro interés en la obra de salvación no debe disminuir, La iglesia no puede disminuir su tarea sin negar a su Maestro. No todos pueden ir como misioneros a países extranjeros, pero todos pueden dar de sus recursos para promover la obra en las misiones extranjeras.

Hay nuevos campos en los que debemos entrar, para lo cual necesitamos vuestra ayuda. ¿Ignoraremos la comisión que se nos ha dado perdiendo así el cumplimiento de la promesa que acompaña a la comisión? ¿Se tomará el pueblo de Dios descuidado e indiferente, y rehusará dar de sus recursos para promover su obra? ¿Pueden hacer eso sin cortar su conexión con él? Puede ser que piense de ese modo para economizar, pero es una terrible economía que los hace quedar separados de Dios.

Hermanos y hermanas, es demasiado tarde para dedicar vuestro tiempo y energía al servicio personal egoísta. Que el último día no os encuentre desposeídos del tesoro celestial. Procurad promover los triunfos de la cruz, buscad iluminar a la gente, trabajar por la salvación de vuestros semejantes, y vuestra obra soportará la prueba del fuego.

Cada obrero auténtico y abnegado de Dios está dispuesto a gastar y gastarse en el servicio por los demás. Cristo dice: “El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará”. Juan 12:25. Por medio de esfuerzos fervientes y bien planeados por ayudar donde se necesite ayuda, el verdadero cristiano demuestra su amor a Dios y a sus semejantes. Puede ser que pierda su vida en el servicio, pero volverá a encontrarla cuando Cristo venga a reunir sus joyas para tenerlas consigo.

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Hermanos y hermanas, no gastéis grandes cantidades de tiempo y dinero en vosotros mismos, por amor a vuestra apariencia personal. Quienes lo hacen se ven obligados a dejar sin hacer muchas cosas que habrían reconfortado a otros y enviado cálidos sentimientos a sus agobiados espíritus. Todos necesitamos aprender como aprovechar fielmente las oportunidades que con tanta frecuencia nos salen al paso para llevar luz y esperanza a las vidas de otras personas. ¿Cómo podemos aprovechar estas oportunidades si nuestros pensamientos se encuentran centrados en nosotros mismos? El egoísta pierde incontables oportunidades de hacer lo que habría podido llevar bendición a sí mismo y a los demás. Es deber del siervo de Dios, en toda circunstancia, preguntarse: ¿Qué puedo hacer para ayudar a otros? Después de haber hecho lo mejor posible, debe dejar las consecuencias con Dios.

Dios ha provisto para todos un placer del que pueden disfrutar los ricos y los pobres: el placer que se encuentra en el cultivo de la pureza de pensamiento y de la acción abnegada, el placer que se obtiene al pronunciar palabras de simpatía y al llevar a cabo acciones bondadosas. La luz de Cristo brilla de los que prestan esta clase de servicio e ilumina las vidas oscurecidas por muchas aflicciones.

Podéis sentiros tentados a invertir vuestro dinero en la adquisición de terrenos. Tal vez vuestros hijos os aconsejarán que lo hagáis. ¿Pero no podéis mostrar un procedimiento mejor? ¿No os ha sido confiado vuestro dinero para que lo invirtáis sabiamente y lo pongáis a interés, para que cuando venga el Señor encuentre duplicados los talentos? ¿No podéis comprender que él quiere que uséis vuestros recursos para ayudar a edificar casas de culto y sanatorios?

Necesitamos ahora estimar las almas por encima del dinero. Si conocéis un trabajo más elevado en este mundo que la obra de ganar almas, una obra que produzca mejores resultados en la inversión de recursos, ¿no nos hablaríais de ella, para que justifiquemos su valor?

Temo que muchos de nuestro pueblo no comprendan la importancia de la obra de Dios. Una persona a quien escribí para solicitar dinero me contestó: “Recibí su carta en la que me pide que le preste dinero. Pero había un terreno que mis hijos consideraron aconsejable comprar, por lo que invertí mis ahorros en la adquisición de ese terreno”. Cuánto mejor habría sido para este hermano invertir su dinero en el establecimiento de sanatorios donde se diera testimonio de la verdad para este tiempo, o en escuelas que proveerán para nuestros jóvenes las mejores influencias, y en las cuales pudieran ser preparados para ser misioneros para Dios.

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Hermanos y hermanas, invertid vuestros recursos en establecer misiones cristianas, desde las cuales la luz de la verdad brille y atraiga las almas hacia Dios. Un alma, totalmente convertida, que se convierta en misionera para Dios, ganará a otras almas para el Salvador.

Dios mismo organizó planes para el progreso de su obra, y ha provisto a su pueblo con abundancia de recursos, para que cuando él pida ayuda, ellos puedan responder: “Señor, tu dinero ha ganado más dinero”.

Si las personas a quienes se ha confiado el dinero de Dios fueran fieles en llevar a la tesorería del Señor los medios que les fueron prestados, su obra avanzaría con rapidez. Mucha gente sería ganada para la causa de la verdad, y el día del regreso de Cristo se apresuraría. Hombres y mujeres deben colocarse bajo la influencia de obreros fieles, fervorosos y sinceros, que trabajan por las almas como personas que deben rendir cuentas. Todos los que se bauticen y adquieran una medida del espíritu apostólico, se sentirán constreñidos a convertirse en misioneros de Dios. Si son fieles y firmes en la fe, si no venden a su Señor por ganancias, sino que siempre reconocen la supremacía y la dirección divinas, Dios preparará el camino delante de ellos y los bendecirá abundantemente. Les ayudará a representar su bondad, amor y misericordia. Y la gloria del Señor será su recompensa. Habrá gozo en las cortes celestiales, y gozo puro y celestial llenará los corazones de las obreros. Para salvar a las almas que perecen estarán dispuestos a gastar y gastarse, y sus corazones se llenarán de amor y agradecimiento. El conocimiento de que se encuentran en la presencia de Dios purificará y ennoblecerá su experiencia, y los enriquecerá y fortalecerá. La gracia del cielo se manifestará en su obra, en las conquistas efectuadas en la ganancia de almas para Cristo.

De modo que nuestra obra en el mundo debe llevarse adelante. Los mayordomos fieles deben depositar el dinero del Señor en su tesorería, para que los obreros puedan ser enviados a todas partes en el mundo. La iglesia aquí en la tierra debe servir a Dios con abnegación y espíritu de sacrificio. Así es como debe llevarse a cabo su obra y ganarse los triunfos más gloriosos.

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El amor por las almas perdidas llevó a Cristo a la cruz del Calvario. El amor por las almas nos llevará a la abnegación y el sacrificio para salvación de los que están perdidos. Y al devolver los seguidores de Cristo al Señor lo que le pertenece, están acumulando un tesoro que será suyo cuando oigan las palabras: “Bien, buen siervo y fiel… entra en el gozo de tu Señor”, “el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra de Dios”. Mateo 25:21; Hebreos 12:2. El gozo de ver a los que han sido salvados eternamente será la recompensa de todos los que sigan en los pasos del Redentor.

“El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?”. Romanos 8:32.

Fue un costoso sacrificio el que realizó el Señor del cielo. La benevolencia divina fue conmovida hasta sus insondables profundidades; fue imposible para Dios dar más. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Juan 3:16. ¿Por qué es tan limitada nuestra gratitud? Es sólo como una onda en la superficie, comparada con la gran ola de amor que fluye hacia nosotros desde el Padre.

Las señales que anuncian la segunda venida de Cristo se están cumpliendo con rapidez. ¿Debiera la gente permanecer en la ignorancia del grandioso evento que está por producirse, y tener que hacerle frente a ese día sin estar preparados? El cielo ha efectuado una ofrenda completa para la salvación del mundo. ¿Debieran los que profesan amar a Dios y guardar sus mandamientos ser indiferentes a las almas humanas? ¡No, no! No pueden serlo.

Aquellos que han recibido la luz de la verdad presente debieran ir con celo incansable a llevar esta luz a los que permanecen en tinieblas. Con esfuerzos consagrados, abnegación y sacrificio, deben trabajar con la fortaleza del Dios de Israel. Este mensaje debe llevarse a países extranjeros; debe proclamarse en las ciudades y en los pueblos de nuestro propio país. Los cansados y agobiados anhelan recibir el mensaje de verdad que les proporcionará descanso y paz en Cristo. ¿Quién llevará el mensaje a los que nunca lo han escuchado? ¿Quién buscará el gozo y la gloria de Dios llevando a los pecadores a los pies de Aquel que dio su vida en sacrificio para salvar a cada alma? ¿Quién levantará al Salvador ante los hombres como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”?

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Tatiana Patrasco