Testimonios para la Iglesia, Vol. 3, p. 340-350, día 172

Hermano y hermana A, al estar entre sus hermanos ustedes demasiado frecuentemente acostumbran hacer arreglos placenteros para ustedes y seguir un curso de acción como para granjearse la atención de los demás, sin considerar las conveniencias o los inconvenientes de ellos. Están en peligro de hacer de ustedes el centro. Han recibido la atención y la consideración de otros cuando, para el bien de sus propias almas como también para el beneficio de otros, deberían haber dedicado más atención a los que han visitado. Tal proceder les habría dado por lejos mayor influencia, y habrían tenido la bendición de ganar más almas para la verdad. 

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Hermano A, usted tiene capacidad para presentar la verdad a otros. Tiene una mente investigadora, pero posee graves defectos de carácter, que he mencionado y que usted debe vencer. Usted descuida muchas de las pequeñas cortesías de la vida porque considera que no comprende que se requieran de usted esas pequeñas atenciones. Dios no quisiera que usted impusiera cargas a otros mientras descuida de ver y hacer las cosas que alguien debe hacer. No le resta dignidad a un ministro del evangelio traer leña y agua cuando se necesitan o practicar ejercicio al hacer el trabajo necesario en la familia donde se lo hospeda. Al no ver estos pequeños importantes deberes y no aprovechar la oportunidad para hacerlos, se priva de bendiciones reales y también priva a otros del bien que es privilegio de ellos recibir de él. 

Algunos de nuestros ministros no practican una cantidad de ejercicio físico proporcional a las exigencias que le imponen a la mente. Como resultado sufren de debilidad. No hay una razón satisfactoria por la que la salud de los ministros que sólo tienen que cumplir los deberes corrientes que le incumben al ministro, debiera fallar. Sus mentes no están constantemente abrumadas con preocupaciones que causan perplejidad y con pesadas responsabilidades respecto a las importantes instituciones que hay entre nosotros. Vi que no hay ninguna razón real por la que debieran fallar en este importante período de la causa y de la obra si le dan la debida consideración a la luz que Dios les ha dado en cuanto a cómo trabajar y cómo practicar ejercicio, y si le dan la debida atención a su dieta.

Algunos de nuestros ministros comen muy abundantemente y no hacen suficiente ejercicio como para liberarse de la materia de deshecho que se acumula en el sistema. Comerán y luego pasarán la mayor parte de su tiempo sentados, leyendo, estudiando o escribiendo, cuando una parte de su tiempo debiera dedicarse a un trabajo físico sistemático. Nuestros predicadores ciertamente tendrán graves problemas de salud a menos que sean más cuidadosos en no recargar el estómago con una cantidad demasiado grande de alimento, aunque sea saludable. Vi que ustedes, hermano y hermana A, corren peligro en este punto. El comer en exceso impide el libre flujo del pensamiento y las palabras, y esa intensidad de convicción que es tan necesaria a fin de grabar la verdad en el corazón del oyente. La indulgencia del apetito oscurece y esclaviza la mente, y embota las emociones santas del alma. Las facultades mentales y espirituales de algunos de nuestros predicadores se debilitan por causa de la alimentación inadecuada y la falta de ejercicio físico. Aquellos que apetecen grandes cantidades de comida no debieran complacer su apetito, sino que debieran practicar la abnegación y retener la bendición de músculos activos y cerebros que funcionan con toda libertad. El comer en exceso embota todo el ser al desviar las energías procedentes de los otros órganos para hacer el trabajo del estómago.

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El fracaso de nuestros ministros al no ejercitar todos los órganos del cuerpo proporcionadamente hace que algunos se desgasten, mientras que otros están débiles a causa de la inacción. Si se permite que se desgaste casi exclusivamente un órgano o un conjunto de músculos, el que más se use llega a agotarse en exceso y a debilitarse grandemente. Cada facultad de la mente y cada músculo, tiene su función característica, y a todos se les requiere que se ejerciten por igual a fin de desarrollarse debidamente y para retener un vigor saludable. Cada órgano tiene su función que cumplir en el organismo viviente. Cada rueda en la maquinaria debe ser una rueda viviente, activa y que trabaje. Todas las facultades tienen una importancia interdependiente, y todas necesitan ejercitarse a fin de desarrollarse debidamente. 

Hermanos A, ninguno de ustedes disfruta del trabajo físico, doméstico. Ambos necesitan cultivar un amor por los deberes prácticos de la vida. Esta educación es necesaria para su salud y aumentará su utilidad. Ustedes piensan demasiado en lo que comen. No debieran tocar esas cosas que les darán una calidad pobre de sangre; los dos tienen escrófula. 

Hermano A, su amor por la lectura y su desagrado por el esfuerzo físico, mientras habla y ejercita su garganta, lo exponen a enfermedades de la garganta y los pulmones. Debiera precaverse y no hablar apresuradamente, machacando lo que tiene que decir como si tuviera que repetir una lección. No debiera permitir que el esfuerzo proceda de la parte superior de los órganos vocales, porque esto los agotará y los irritará constantemente, y colocará las bases para la enfermedad. La acción debiera afirmarse sobre los músculos abdominales. Los pulmones y la garganta debieran ser el canal, pero no debieran hacer todo el trabajo.

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Se me mostró que la manera en que usted y su esposa comen producirá enfermedad, la cual, una vez que se haya fijado en ustedes, no será vencida fácilmente. Ustedes dos pueden resistir por años y no mostrar ninguna señal especial de quebrantamiento [del sistema], pero la causa será seguida por los seguros resultados. Dios no obrará un milagro a favor de ninguno de ustedes a fin de preservar su salud y la vida. Deben comer y estudiar y trabajar inteligentemente, siguiendo una conciencia iluminada. Todos nuestros predicadores debieran ser reformadores de la salud sinceros, genuinos, que no adopten las reformas meramente porque otros lo hacen, sino por principio, en obediencia a la Palabra de Dios. Dios nos ha dado gran luz sobre la reforma pro salud, la que nos pide a todos que respetemos. No envía luz para que sea rechazada o descuidada por su pueblo sin que ellos sufran las consecuencias. 

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Pioneros en la causa

Se me mostró que ninguno de ustedes realmente se conoce. Si Dios permitiera que el enemigo soltara su mano sobre ustedes, como lo hizo sobre su siervo Job, no encontraría en ustedes ese espíritu de firme integridad que encontró en Job, sino un espíritu de murmuración e incredulidad. Si hubieran estado radicados en Battle Creek durante la enfermedad de mi esposo, en el tiempo de la prueba de nuestros hermanos y hermanas allí, cuando Satanás ejerció un poder especial sobre ellos, ustedes dos habrían bebido en abundancia de su espíritu de celos y de crítica. Habrían estado entre ese grupo, tan celosos como el resto, para convertir a un hombre enfermo, agotado por las preocupaciones, paralítico, en un ofensor por una palabra. 

Para compensar sus deficiencias ustedes se inclinan a magnificar y explayarse en los errores que ustedes suponen que existen en el hermano y la hermana White; y si tuvieran una oportunidad, como la tuvieron los de Battle Creek, se atreverían a ir a mayores extremos que lo que hicieron algunos de ellos en su malvada cruzada contra nosotros, porque ustedes tienen menos fe y menos reverencia que la que tenían algunos de ellos, y estarían menos inclinados a respetar nuestro trabajo y nuestra vocación. 

Se me mostró que, a pesar de que tienen ante ustedes la triste experiencia y el ejemplo de otros que se han vuelto desleales y murmuradores y nos han criticado y nos han tenido celos, ustedes fallarían en ser advertidos por su ejemplo, y Dios probaría su fidelidad y revelaría los secretos de sus corazones. Se revelarían su desconfianza, sospechas y celos, y se expondrían sus debilidades, para que pudieran verlas y comprenderse ustedes mismos, si quisieran. 

Los vi escuchando la conversación de hombres y mujeres, y vi que ustedes estaban sumamente complacidos en reunir sus puntos de vista e impresiones que fueran perjudiciales para nuestras labores. Algunos encontraban faltas en una cosa y otros en otra, como hicieron los murmuradores entre los hijos de Israel cuando Moisés era su dirigente. Algunos estaban censurando nuestra conducta, diciendo que no éramos tan conservadores como deberíamos serlo; que no tratábamos de agradar a la gente como podríamos hacerlo; que hablábamos demasiado directamente; que reprobábamos demasiado severamente. Algunos estaban hablando en cuanto al vestido de la hermana White, criticando insignificancias. Otros estaban expresando su insatisfacción con la conducta que seguía el hermano White, y se pasaban observaciones del uno al otro, cuestionando su comportamiento y encontrando faltas. Un ángel estaba ante estas personas, invisible para ellas, escribiendo diligentemente sus palabras en el libro que va a abrirse a la vista de Dios y de los ángeles. 

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Algunos están observando ansiosamente en busca de algo que les permita condenar a los esposos White, quienes han encanecido sirviendo a la causa de Dios. Algunos expresan su punto de vista de que el testimonio de la hermana White no puede ser digno de confianza. Esto es todo lo que algunas personas no consagradas desean. Los testimonios de reprensión han frenado su vanidad y orgullo; pero si se atrevieran, irían casi a cualquier extremo en materia de modas y orgullo. Dios les dará a todos una oportunidad tal para probarse ellos mismos y para desarrollar sus verdaderos caracteres.

Hace algunos años vi que aún tendríamos que enfrentar el mismo espíritu que surgió en Paris, Maine, y que nunca ha sido curado completamente. Ha estado inactivo, pero no está muerto. De tanto en tanto este espíritu de resuelta murmuración y rebeldía ha aflorado en diferentes individuos que en algún momento se han impregnado con su naturaleza malvada que nos ha seguido por años. Hermana A, en alguna medida usted ha acariciado este espíritu, y ha influido para moldear sus puntos de vista y sentimientos. Una infidelidad santurrona ha ido creciendo gradualmente en la mente de C, y ahora no es fácil, ni siquiera para ella, verse libre de la misma. Este mismo espíritu resuelto que mantuvo a D y a otros en Maine en un engaño fanático tan prolongado, contra toda influencia para guiarlos a la verdad, ha tenido una influencia poderosa, engañosa, sobre la mente de E en _____, y la misma influencia la ha afectado a usted. Usted era de ese temperamento calmo, decidido, inflexible que el enemigo podría afectar, y los mismos resultados, sólo que en un grado mayor, acompañarán a su influencia, si es errónea, como la que acompañó a la de la hermana E.

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Sentimientos de sospechas, celos e incredulidad han ido por años ganando poder sobre su mente. Usted odia los reproches. Es muy sensible, y simpatiza inmediatamente por alguien que es reprobado. Este sentimiento no es santificado y no está movido por el Espíritu de Dios. Hermano y hermana A, se me mostró que cuando este espíritu de crítica y murmuración se desarrolle en ustedes, cuando esto se manifieste y aparezca la levadura de insatisfacción, celos e incredulidad que ha sido una maldición en la vida de E y su esposo, nosotros tendríamos una obra que hacer para enfrentarla decididamente y no darle ningún cuartel a ese espíritu; y que hasta que esto se desarrollara, yo debería guardar silencio, porque hay un tiempo para hablar y un tiempo para guardar silencio. Vi que si una aparente prosperidad acompañara a las labores del hermano A, a menos que él fuera un hombre cabalmente convertido, estaría en peligro de perder su alma. No ha llegado a respetar la posición ni las labores de otros; considera que él no se compara con nadie.

Se me mostró que continuamente aumentarán las tentaciones respecto a las labores de los esposos White. Nuestra obra es una obra peculiar, es de un carácter diferente a la de cualquier otro que trabaja en el campo. Dios no llama a los ministros que tienen que trabajar sólo con palabra y doctrina para que hagan nuestro trabajo, ni nos llama a nosotros para que hagamos sólo el trabajo de ellos. Cada uno de nosotros tenemos, en algunos respectos, un trabajo distinto. Dios se ha agradado en abrirme los secretos de la vida interior y los pecados ocultos de su pueblo. Se me ha impuesto el desagradable deber de reprender los errores y revelar los pecados ocultos. Cuando he sido impulsada por el Espíritu de Dios a reprobar los pecados que otros no sabían que existían, esto ha agitado los sentimientos naturales en el corazón de los no santificados. Mientras que algunos han humillado sus corazones ante Dios, y con arrepentimiento y confesión han abandonado sus pecados, otros han sentido surgir en su corazón un espíritu de odio. Su orgullo ha sido lastimado cuando se ha reprobado su conducta. Abrigan el pensamiento de que es la hermana White quien los está lastimando, en vez de sentir gratitud a Dios que en su misericordia les ha hablado a través de su humilde instrumento, para mostrarles sus peligros y sus pecados, con el fin de que puedan ponerlos a un lado antes que sea demasiado tarde para corregir los errores. 

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Algunos están listos para preguntar: ¿Quién le dijo estas cosas a la hermana White? Incluso me han hecho la pregunta a mí: ¿Le dijo alguien estas cosas? Pude contestarles: Sí; sí, el ángel de Dios me ha hablado. Pero lo que ellos quieren decir es: ¿Los hermanos y hermanas han estado exponiendo las faltas de ellos? Para el futuro, no empequeñeceré los testimonios que Dios me ha dado, para hacer explicaciones que traten de satisfacer a esas mentes tan estrechas, sino que trataré todas esas preguntas como un insulto al Espíritu de Dios. Dios ha visto conveniente ponerme en una posición en la que no ha colocado a ningún otro en nuestras filas. Me ha impuesto cargas de reprensión que no ha dado a ninguna otra persona. Mi esposo ha permanecido a mi lado para respaldar los Testimonios y dar su voz en unión con el testimonio de reprensión. Ha sido obligado a asumir una posición firme para rechazar la incredulidad y rebelión, que ha sido audaz y desafiante, y que derribaría cualquier testimonio que yo pudiera dar, porque los que eran reprobados se sintieron heridos y profundamente afectados por el reproche dado. Esto es exactamente como Dios lo planeó. Era su propósito que ellos se sintieran afectados. Era necesario que se sintieran así antes que sus corazones orgullosos se entregaran a sus pecados, para que ellos limpiaran sus corazones y vidas de toda iniquidad.

En cada movimiento de avance que Dios nos ha guiado para que efectuemos, en cada paso ganado por el pueblo de Dios, han estado listas las herramientas de Satanás entre nosotros, para dar un paso atrás y sugerir dudas e incredulidad, y para arrojar obstáculos en nuestro camino, a fin de debilitar nuestra fe y valor. Hemos tenido que mantenernos como guerreros, listos para forzar y pelear nuestro camino en medio de la oposición que se ha levantado. Esto ha hecho que nuestro trabajo sea diez veces más difícil de lo que habría sido de otro modo. Hemos tenido que mantenernos firmes e inflexibles como una roca. Esta firmeza ha sido interpretada como terquedad y obstinación. Dios nunca planeó que nos desviáramos, primero a la derecha y luego a la izquierda, para complacer las mentes de hermanos no consagrados. Él planeó que nuestro camino fuera recto. Una persona y otra han venido a nosotros, profesando tener una gran preocupación por nosotros para que vayamos por este camino o aquel otro, contrarios a la luz que Dios nos ha dado. ¿Qué habría pasado si hubiéramos seguido esas luces falsas e impresiones fanáticas? Seguramente, en tal caso, nuestro pueblo no debería haber puesto su confianza en nosotros. Tuvimos que poner nuestros rostros como pedernal de parte de lo recto y luego continuar en el trabajo y el deber. 

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Algunos entre nosotros han estado siempre listos para llevar los asuntos a los extremos, para extralimitarse en el blanco. Los tales parecen estar sin un ancla. Han perjudicado grandemente la causa de la verdad. Hay otros que parece que nunca tienen una posición donde puedan permanecer firmes y seguros, listos para batallar si es necesario cuando Dios llama a soldados fieles para que estén en el puesto del deber. Están aquellos que nunca atacarán al enemigo cuando Dios requiere que lo hagan. No harán nada hasta que otros hayan peleado la batalla y ganado la victoria por ellos, y entonces estarán listos para compartir el botín. ¿Cómo puede Dios confiar en tales soldados? Son considerados como cobardes en su causa. 

Vi que este grupo no obtuvo ninguna experiencia para sí respecto a la guerra contra el pecado y Satanás. Estaban más inclinados a pelear contra los fieles soldados de Cristo que contra Satanás y su hueste. Si se hubieran ceñido la armadura y lanzado a la batalla, habrían ganado una experiencia valiosa que era su privilegio tener. Pero no tuvieron valor para contender por lo correcto, para arriesgar algo en la lucha, ni para aprender cómo atacar a Satanás y tomar sus baluartes. Algunos no tienen idea de cómo correr algún riesgo o aventurarse en algo. Pero alguien debe atreverse; alguien debe correr riesgos en esta causa. Aquellos que no se arriesgan ni se exponen a la censura estarán preparados para observar a los que llevan responsabilidades, y estarán listos, si hay algún asomo de oportunidad, para encontrar faltas en ellos y perjudicarlos, si pueden hacerlo. Ésta ha sido la experiencia del hermano y la hermana White en sus labores. Satanás y su hueste han estado en orden de batalla contra ellos, pero éstos no eran todos; cuando aquellos que deberían haberse colocado junto a ellos en la lucha los vieron sobrecargados y presionados sin medida, se dispusieron a unirse a Satanás en su obra para desanimarlos y debilitarlos y, de ser posible, expulsarlos del campo [de batalla]. 

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Hermano y hermana A, se me ha mostrado que cuando ustedes han viajado han sido admirados y altamente estimados, y tratados con mayor respeto y deferencia de lo que convenía para su bien. No es natural para ustedes tratar con igual respeto a aquellos que han llevado las cargas que Dios ha puesto sobre ellos en su causa y trabajo. A ustedes dos les encanta la comodidad que tienen. No se inclinan a desviarse de su camino [para ayudar a otros] o a sufrir inconvenientes. Desean que las cosas se dispongan a su conveniencia. Tienen una gran autoestima y opiniones exaltadas de sus logros. No han tenido que soportar preocupaciones y cargas que causan perplejidad, ni han tenido que tomar decisiones importantes que afectaran los intereses de la causa de Dios, como ha sido la suerte de mi esposo. Dios lo ha hecho a él un consejero de su pueblo, para orientar a jóvenes como usted, que son como niños en la verdad. Y cuando usted tome esa humilde posición—la cual un verdadero sentido de su real condición lo inducirá a tomar—, estará dispuesto a ser aconsejado. Es debido a las pocas responsabilidades que usted ha llevado que no comprende por qué el hermano White debiera sentir [la carga por la obra] más profundamente que usted. Existe sólo esta diferencia entre usted y él en este asunto: él ha invertido treinta de los mejores años de su vida en la causa de Dios, mientras que usted ha tenido apenas unos pocos años de experiencia, y comparativamente, no ha tenido que enfrentar ninguna de las penurias que él ha tenido que sufrir.

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Después que los que dirigieron esta obra trabajaron duramente para preparar la verdad y alistar la tarea para facilitarles todo a ustedes, usted la abraza y sale a trabajar, presentando los preciosos argumentos que otros, con ansiedad inexpresable, han investigado para usted. Mientras se ha hecho amplia provisión para usted en lo que se refiere a recursos materiales—sus salarios semanales seguros, no dejándole ninguna razón para sentir preocupación o ansiedad en esta área—, los pioneros de esta causa sufrieron privaciones de todo tipo. No tenían seguridad de nada. Dependían de Dios y de unos pocos [creyentes] leales que aceptaban sus labores. Mientras que usted tiene hermanos simpatizantes que lo sostienen y que aprecian plenamente su trabajo, los primeros obreros en esta causa no tenían sino muy pocos que los respaldaran. Podía contarse a todos en unos pocos minutos. Sabíamos lo que era estar hambrientos por falta de alimento y lo que era sufrir de frío por falta de vestimenta adecuada. Viajábamos toda la noche mediante transporte privado para visitar a los hermanos, porque no teníamos medios con los cuales sufragar los gastos de un hotel. Viajábamos largas distancias a pie, vez tras vez, porque no teníamos dinero para alquilar un carruaje. ¡Oh, cuán preciosa nos era la verdad! ¡Cuán valiosas las almas compradas por la sangre de Cristo! 

No nos quejamos por padecer sufrimientos en aquellos días de estrecha necesidad y perplejidad, lo que hacía necesario el ejercicio de la fe. Fueron los días más felices de nuestra vida. Allí aprendimos la sencillez de la fe. Allí, mientras estábamos en aflicción, probamos al Señor. Él era nuestro consuelo. Él era para nosotros como la sombra de un gran peñasco en tierra calurosa. Es desafortunado que usted, mi hermano, y nuestros ministros jóvenes en general, no hayan tenido una experiencia similar en privaciones, en pruebas y en necesidad; porque una experiencia tal sería para usted más valiosa que casas o tierras, oro o plata. 

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Cuando nos referimos a nuestra experiencia pasada de trabajo excesivo y de necesidades, de trabajar con nuestras manos para sostenernos y publicar la verdad al mismo comienzo de la obra, algunos de nuestros predicadores jóvenes de apenas unos pocos años de experiencia en la obra parecen sentirse molestos y nos acusan de jactarnos de nuestras propias obras. La razón de esto es que sus propias vidas han estado tan exentas de preocupaciones agobiadoras, de necesidades y renunciamiento, que no saben cómo simpatizar con nosotros, y el contraste no es compatible con sus sentimientos. El conocimiento de la experiencia de otros, que contrasta tan ampliamente con su propio curso de acción, no les permite ver sus labores en una luz tan favorable como ellos quisieran.

Cuando comenzamos este trabajo ambos teníamos una salud débil. Mi esposo era dispéptico; sin embargo, tres veces al día, con fe, le pedíamos a Dios fuerza. Mi esposo salía a cortar heno con su guadaña y, con la fuerza que Dios le daba en respuesta a nuestras oraciones previas, ganaba en la siega los medios suficientes para compramos ropa pulcra y sencilla, y para pagar nuestro pasaje a un Estado distante a fin de presentar la verdad a nuestros hermanos. 

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