Testimonios para la Iglesia, Vol. 1, p. 195-203, día 021

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Pero si bien es cierto que el pueblo de Dios está justificado en su esfuerzo por asegurar la propiedad de la iglesia por medios legales, debieran cuidar de mantener su carácter peculiar y santo. Vi que personas no consagradas se aprovecharían de la posición que la iglesia ha tomado recientemente: se extralimitarán, llevarán las cosas hasta posiciones extremas y dañarán la causa de Dios. Algunos actuarán sin sabiduría ni juicio, iniciarán juicios legales que habrían podido evitarse, se mezclarán con el mundo, participarán de su espíritu e influirán en otros para que también sigan su ejemplo. Un cristiano profeso que actúa imprudentemente hace mucho daño a la causa de la verdad presente. El mal se arraiga con más facilidad que el bien, y florece cuando el bien y la justicia languidecen por no recibir una nutrición cuidadosa.

Se me llamó la atención hacia el pasado y vi que en cada paso importante, en cada decisión efectuada o punto ganado por el pueblo de Dios, se han levantado algunos y han llevado los asuntos hasta los extremos; han actuado en forma extravagante, lo cual ha disgustado a los creyentes, han puesto en dificultades al pueblo de Dios y han desprestigiado la causa de Dios. El pueblo que Dios está conduciendo en estos últimos días será afligido por tales cosas. Pero se evitará mucho mal si los ministros de Cristo mantienen unidad de pensamiento, si permanecen unidos en sus planes de acción y en sus esfuerzos. Si se mantienen juntos, si se apoyan unos a otros y reprueban fielmente el mal, harán que éste pronto desaparezca. Pero Satanás ha controlado demasiado estos asuntos. Hay miembros de iglesia, y aun predicadores, que han simpatizado con personas desleales que han sido reprochadas por sus errores, lo cual ha producido como resultado división en los sentimientos. El que ha salido a cumplir su desagradable deber reprochando fielmente el error y el mal, se siente afligido y herido porque no recibe plena simpatía de sus hermanos en la predicación. Vuelve desanimado después de haber cumplido esos dolorosos deberes, deja caer su cruz y retiene los testimonios definidos y directos. Su alma queda envuelta en tinieblas y la iglesia sufre por faltar precisamente el testimonio que Dios se había propuesto que viviera entre su pueblo. Se cumple el propósito de Satanás cuando se suprime el testimonio fiel. Los que simpatizan fácilmente con el mal lo consideran como virtud pero no comprenden que están ejerciendo una influencia desorganizadora y que ellos mismos están ayudando a llevar a cabo los planes de Satanás.

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Vi que muchas almas habían sido destruidas por sus hermanos que habían simpatizado fácilmente con ellas, cuando su única esperanza consistía en que se les ayudara a ver y comprender el resultado completo de sus males. Pero al aceptar ansiosamente la simpatía de sus hermanos imprudentes, reciben la impresión de que han sido maltratados; y si intentan volver sobre sus pasos para enmendarse, lo hacen sin mucho interés. Dividen el asunto para que satisfaga sus sentimientos naturales, culpan al que los ha reprochado y así solucionan el asunto. No examinan su situación hasta el fondo, no la remedian, por lo que vuelven a caer en el mismo mal porque no se les permitió que comprobaran el resultado total de su conducta errada, ni que se humillaran a sí mismos delante de Dios y le permitieran que él los restaurara. Los que han manifestado falsa simpatía han obrado en directa oposición al parecer de Cristo y de los ángeles ministradores.

Los ministros de Cristo debieran levantarse y dedicarse con todas sus energías a llevar a cabo la obra de Dios. No se excusa a los siervos de Dios si ellos retienen los testimonios directos. Debieran censurar y desaprobar el mal y no permitir que un hermano viva en pecado. A continuación deseo presentar una parte de una carta que escribí al hermano C:

“Se me mostraron algunas cosas con respecto a usted. Vi que el testimonio vivo y certero había sido anulado en la iglesia. Usted no ha estado en armonía con el testimonio directo. Usted se ha resistido a combatir decididamente el mal, y se ha molestado con los que se sentían compelidos a hacerlo. Los miembros desleales han gozado de su simpatía. Esto ha tendido a convertirlo a usted en un hombre débil. Usted no se ha mantenido unido con el testimonio definido y directo que debiera haberse presentado claramente a la persona implicada.

“No se excusa a los siervos de Dios si retienen el testimonio directo. Deben censurar y desaprobar el mal y no permitir que exista pecado en un hermano. Con frecuencia usted ha extendido sus manos para proteger a las personas de la censura que merecían y la corrección que el Señor se proponía que recibieran. Si esas personas no logran reformarse, eso se acredita a su cuenta. En lugar de vigilar las señales de peligro y de hacérselas saber, usted ha ejercido su influencia contra los que han seguido sus convicciones acerca del deber y reprobado y amonestado a los que yerran.

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“Estos son tiempos peligrosos para la iglesia de Dios, y el mayor peligro actual es el autoengaño. Personas que profesan creer la verdad están ciegas a su propio peligro y errores. Han alcanzado la norma de piedad establecida por sus amigos y ellos mismos están en comunión con sus hermanos y se encuentran satisfechos, pero en realidad no alcanzan a satisfacer la norma del Evangelio establecida por nuestro Señor divino. Si consienten que haya iniquidad en sus corazones, el Señor no los escuchará. Pero en el caso de muchos, no sólo consienten la iniquidad en el corazón, sino que la llevan a cabo abiertamente en la vida; sin embargo, en muchos casos los pecadores no son reprochados.

“Se me llamó la atención a _____. Los sentimientos que usted entonces manifestaba eran errados. Debiera haberse mantenido lado a lado con el pastor D y haber llevado a cabo la obra debida, tomando en cuenta y reprochando los errores individuales. Debido a su falta de valor moral para reprochar el mal, usted ha echado sobre el pastor D la carga que usted mismo merecía. Usted ha ejercido influencia sobre otros. La buena obra que Dios se había propuesto que usted cumpliera para con ciertas personas no fue llevada a cabo, y esas personas han sido llenadas de orgullo por Satanás. Si usted se hubiera mantenido de parte del consejo de Dios en ese momento, se habría ejercido una influencia positiva en la causa de Dios. El Espíritu del Señor ha sido afligido. Y esta falta de unión desanima a los obreros a quienes Dios ha encargado de presentar los reproches.

“Se me mostró que usted ha estado equivocado al simpatizar con E. La conducta que usted ha adoptado con respecto a él ha dañado su influencia y ha perjudicado mucho la causa de Dios. Es imposible que los miembros de la iglesia de Dios se mantengan en comunión con E. El se ha colocado en un lugar en el que no puede ser ayudado por la iglesia, donde la iglesia no puede tener comunión con él ni él tener voz en la iglesia. Se ha ubicado en ese lugar a pesar de que tenía luz y verdad. Ha elegido tercamente su propio comportamiento y ha rehusado escuchar el reproche. Ha seguido las inclinaciones de su corazón corrompido, ha violado la santa ley de Dios y ha acarreado oprobio sobre la causa de la verdad presente. Si alguna vez se arrepiente sinceramente, la iglesia no debe ocuparse de su caso. Si va al cielo debe hacerlo solo, sin la comunión de la iglesia. El reproche de Dios y de la iglesia debe permanecer permanentemente sobre él, para que la norma de moralidad no sea rebajada hasta el polvo. El Señor siente desagrado por su proceder en estas cosas.

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“Usted ha dañado la causa de Dios; su comportamiento obstinado ha herido los corazones del pueblo de Dios. Su influencia estimula una actitud de negligencia en la iglesia. Usted debiera escuchar el testimonio vivo y directo. Apártese del camino de la obra de Dios y no se interponga entre Dios y su pueblo. Usted ha descartado durante mucho tiempo el testimonio definido y se ha opuesto a la severa censura que Dios le envía para desaprobar sus males individuales. Dios está corrigiendo, probando y purificando a su pueblo. Apártese del camino para no poner estorbos a su obra. El no aceptará un testimonio suave. Los ministros deben dar su advertencia en alta voz y no callar. El Señor le ha dado un poderoso testimonio, calculado para fortalecer a la iglesia y despertar a los incrédulos. Pero usted debe corregir sus deficiencias, porque en caso contrario su testimonio carecerá de poder y su influencia perjudicará a la causa de Dios. La gente lo mira a usted como un ejemplo. No la engañe. Deje que su influencia se ejerza para corregir los males que existen en su familia y en la iglesia”.

Se me mostró que el Señor está reviviendo el testimonio vivo y directo, que contribuirá a desarrollar el carácter y a purificar la iglesia. Pero mientras se nos ordena que nos separemos del mundo, no es necesario que nos convirtamos en personas ásperas y ordinarias, que nos rebajemos a un nivel de vulgaridad y presentemos nuestras observaciones con rudeza. La verdad tiene el propósito de elevar al que la recibe, de refinar su gusto y santificar su juicio. Debiera efectuarse un esfuerzo constante para imitar al grupo con el que esperamos unirnos pronto, es decir, los ángeles de Dios que nunca han caído en pecado. El carácter debe ser santo, los modales deben ser agradables y las palabras sin engaño, y así seguiremos avanzando paso a paso hasta que estemos preparados para la traslación.

Deberes para con los hijos

Se me ha mostrado que generalmente los padres no se han conducido debidamente para con sus hijos. No los han refrenado como debieran haberlo hecho, sino que les han permitido manifestar orgullo y seguir sus propias inclinaciones. Antiguamente, la autoridad paterna era respetada; los hijos estaban entonces sujetos a sus padres, y los temían y reverenciaban; pero en estos últimos días el orden ha sido invertido. Algunos padres están sujetos a sus hijos. Temen contrariar su voluntad, y por lo tanto ceden a lo que les exigen. Pero mientras que los hijos están bajo el techo de sus padres y dependen de ellos, deben estar sujetos a su voluntad. Los padres deben obrar con decisión, requiriendo que se acate lo que ellos consideran correcto.

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Elí podría haber reprendido a sus hijos perversos, pero temía desagradarles. Los dejó persistir en su rebeldía, hasta que llegaron a ser una maldición para Israel. Se exige que los padres refrenen a sus hijos. La salvación de éstos depende en gran parte de la conducta seguida por los padres. En su amor y ternura equivocados, muchos padres miman a sus hijos para perjuicio de éstos, fomentan su orgullo, y los atavían con adornos que los envanecen e inducen a pensar que el traje es lo que hace a un caballero o a una dama. Pero una corta relación con ellos convence a quienes los tratan de que una hermosa apariencia no es suficiente para ocultar la deformidad del corazón desprovisto de las gracias cristianas, pero lleno de amor propio, altanería, y pasiones sin freno. Los que aman la mansedumbre, la humildad y la virtud, deben huir de tal sociedad, aun cuando sea la de hijos de observadores del sábado. Su compañía es deletérea; su influencia conduce a la muerte. Los padres no se dan cuenta de la influencia destructora que ejerce la semilla que están sembrando. Ella brotará y dará un fruto que hará a los hijos despreciar la autoridad paterna.

Aunque sean adultos, se requiere de los hijos que respeten a sus padres, y que se preocupen por su comodidad. Deben seguir los consejos de padres piadosos, y no han de pensar que porque han cumplido algunos años más ya no tienen obligaciones para con ellos. Hay un mandamiento que encierra una promesa para los que amen a su padre y a su madre. En estos postreros días, los hijos se distinguen tanto por su desobediencia y falta de respeto, que Dios lo ha notado especialmente. Ello constituye una señal de que el fin se acerca y demuestra que Satanás ejerce un dominio casi completo sobre la mente de los jóvenes. Muchos no respetan ya las canas. Se considera que eso es anticuado; que es una costumbre que data de los tiempos de Abraham. Dijo Dios: “Yo lo he conocido, sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí”. Génesis 18:19.

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Antiguamente, no se permitía a los hijos que se casaran sin el consentimiento de sus padres. Los padres elegían los cónyuges de sus hijos. Se consideraba delito que los hijos contrajesen matrimonio por su propia responsabilidad. Primero se presentaba el asunto ante los padres, y ellos debían considerar si la persona que iba a ser puesta en íntima relación con ellos era digna, y si las partes contrayentes podían sostener una familia. Se consideraba de suma importancia que ellos, como adoradores del verdadero Dios, no se uniesen en matrimonio con gente idólatra, a fin de que sus familias no fuesen apartadas de Dios. Aun después que los hijos se habían casado, se hallaban bajo la más solemne obligación para con sus padres. Su juicio no era considerado aun entonces como suficiente sin el consejo de los padres, y se les exigía que respetasen y acatasen sus deseos, a menos que éstos se opusieran a los requisitos de Dios.

También fue llamada mi atención a la condición de los jóvenes en estos últimos días. No se ejerce dominio sobre los niños. Padres, debéis principiar vuestra primera lección de disciplina cuando vuestros hijos son aún niños mamantes en vuestros brazos. Enseñadles a conformar su voluntad a la vuestra. Esto puede hacerse con serenidad y firmeza. Los padres deben ejercer un dominio perfecto sobre su propio genio, y con mansedumbre, aunque con firmeza, doblegar la voluntad del niño hasta que no espere otra cosa sino el deber de ceder a sus deseos.

Los padres no empiezan a tiempo, no subyugan la primera manifestación del mal genio del niño, y éste nutre una terquedad que aumentará con el crecimiento y se fortalecerá a medida que él mismo adquiera fuerza. Algunos niños piensan que por ser ya mayorcitos es la cosa más natural que se los deje hacer su propia voluntad y que sus padres se sometan a sus deseos. Ellos esperan que sus padres los sirvan. Las restricciones los impacientan, y cuando ya tienen bastante edad para ayudar a sus padres, no llevan las cargas que debieran llevar. Se les ha eximido de las responsabilidades, y se vuelven inútiles para el hogar y para cualquier ambiente. No tienen poder de resistencia. Los padres han llevado las cargas, y los han dejado crecer ociosos, sin hábitos de orden, laboriosidad ni economía. No se los ha habituado a la abnegación, sino que se los ha mimado y echado a perder. Sus apetitos han sido fomentados; y llegan a la edad adulta con la salud debilitada. Sus modales y comportamiento no son agradables. Son desdichados ellos mismo, y hacen desdichados a cuantos los rodean. Y mientras los hijos son aún niños, mientras necesitan ser disciplinados, se les deja salir en grupos y buscar la sociedad de los jóvenes, y unos ejercen una influencia corruptora sobre otros.

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La maldición de Dios descansará seguramente sobre los padres infieles. No sólo están ellos plantando espinas que los habrán de herir aquí, sino que deberán arrostrar su propia responsabilidad cuando se abra el juicio. Muchos hijos se levantarán en el juicio y condenarán a sus padres porque no los reprendieron, y los harán responsables de su destrucción. La falsa simpatía y el amor ciego de los padres los impulsa a excusar y a no corregir las faltas de sus hijos, y como consecuencia éstos se pierden, y la sangre de sus almas recaerá sobre los padres infieles.

Los niños que son así criados sin disciplina, tienen que aprenderlo todo cuando profesan seguir a Cristo. Toda su experiencia religiosa queda afectada por la crianza que han recibido en su niñez. Muchas veces aparece el mismo carácter voluntarioso, la misma falta de abnegación, la misma impaciencia bajo los reproches, el mismo amor propio y mala voluntad para aceptar los consejos ajenos, o para recibir la influencia de los juicios ajenos, la misma indolencia, el mismo espíritu de rehuir las cargas y de negarse a llevar responsabilidades. Todo esto se ve en su relación con la iglesia. Para los tales es posible vencer; pero ¡cuán dura es la lucha que les aguarda y cuán severo el conflicto! ¡Cuán duro es pasar por el curso de disciplina cabal necesario para alcanzar la elevación del carácter cristiano! Sin embargo, si llegan a vencer al fin, les será permitido ver, antes de ser trasladados, cuánto se acercaron al precipicio de la destrucción eterna, por haberles faltado la debida preparación en la juventud, por no haber aprendido a someterse en la niñez.

La dadivosidad sistemática

Se me llamó la atención a los hijos de Israel de la antigüedad. Dios requería de todos ellos, tanto de los pobres como de los ricos, un sacrificio que estuviera de acuerdo con la forma como él los había prosperado. No excusaba a los pobres porque no poseían los bienes de sus hermanos ricos. Se requería que manifestaran economía y abnegación. Y si había algunos que eran tan pobres que les resultaba completamente imposible llevar una ofrenda al Señor, si la enfermedad o el infortunio los había privado de la capacidad de dar, se requería que los ricos les ayudaran a llevar una ofrenda humilde, para que no se presentaran con las manos vacías delante del Señor. Esta disposición preservaba el interés mutuo.

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Algunos no se han unido en el plan de la dadivosidad sistemática, excusándose porque tenían deudas. Sostienen que primero deben llegar a un estado en el que “no le deban nada a nadie”. Pero el hecho de que se encuentren en deuda no constituye una excusa para ellos. Vi que debían dar a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios. Algunos tienen mucho cuidado de no “deber a nadie nada”, y piensan que Dios no puede requerir nada de ellos hasta que hayan pagado todas sus deudas. En esto se engañan a sí mismos. Dejan de dar a Dios lo que le pertenece. Todos deben llevar una ofrenda adecuada delante de Dios. Los que están endeudados debieran descontar de sus entradas lo que deben pagar y luego deben dar en proporción a lo que les queda.

Algunos han sentido una obligación sagrada hacia sus hijos. Deben dar una parte a cada uno, pero no logran reunir recursos para ayudar a la causa de Dios. Se excusan diciendo que tienen un deber hacia sus hijos. Eso puede ser así, pero su primer deber es hacia Dios. Dad a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios. No robéis a Dios reteniendo vuestros diezmos y ofrendas. El primer deber sagrado consiste en dar a Dios una parte adecuada de los recursos. Que nadie procure con sus pretensiones induciros a robar a Dios. Que vuestros hijos no roben vuestra ofrenda del altar de Dios para usarla en beneficio propio.

Vi que en tiempos antiguos la codicia de algunos los inducía a retener una buena parte de sus recursos; con eso presentaban una ofrenda mezquina. Eso se registraba en el cielo, por lo que la maldición caía sobre su cosecha y sus rebaños proporcionalmente a lo que habían retenido. En el caso de algunos, su familia era afligida con enfermedades. Dios no estaba dispuesto a aceptar una ofrenda imperfecta. Debía ser sin tacha, la mejor del rebaño, y los frutos debían ser las primicias del campo. Debía ser una ofrenda voluntaria si deseaban tener la bendición del Señor sobre su familia y sus posesiones.

Se me presentó el caso de Ananías y Safira para ilustrar lo que hacen los que evalúan su propiedad por debajo de su valor real. Ananías y Safira pretendieron dar al Señor una ofrenda voluntaria de sus posesiones. Pedro dijo: “¿Vendisteis en tanto la heredad?” La respuesta de Safira fue: “Sí, en tanto”. Hechos 5:8. Algunos en este tiempo maligno no considerarían eso una mentira. Pero así lo considera el Señor. La habían vendido en tanto, y en mucho más. Habían fingido dedicarlo todo a Dios. A él se lo habían encubierto y su retribución no tardó en llegar.

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Vi que mediante el plan de la dadivosidad sistemática se prueban los corazones. Es una prueba de vigencia permanente. Lo hace a uno comprender lo que tiene en su propio corazón y ver si predomina la verdad o el amor al mundo. Esta es una prueba para los que son egoístas y codiciosos por naturaleza. Estos tasarán sus posesiones en muy poco. En eso actúan con fingimiento. Dijo el ángel: “Maldito el que hace engañosamente la obra del Señor”. Los ángeles observan el desarrollo del carácter, y el informe de las acciones de tales personas es llevado al cielo por los mensajeros celestiales. Algunos serán castigados por Dios por estas cosas, y sus entradas serán rebajadas para que armonicen con los cálculos que ellos han hecho acerca del valor de sus bienes. “Hay quienes reparten, y les es añadido más, y hay quienes retienen más de lo que es justo, pero vienen a pobreza. El alma generosa será prosperada; y el que saciare, él también será saciado”. Proverbios 11:24-25.

Se requiere de todos que se interesen en esta obra. Los que usan tabaco, té y café debieran poner de lado esos ídolos, y colocar en la tesorería del Señor lo que gastan en ellos. Algunos nunca han efectuado un sacrificio por la causa de Dios, y están dormidos concerniente a lo que Dios requiere de ellos. Algunas de las personas más pobres tendrán una gran lucha para negarse esos estimulantes. Este sacrificio individual no se requiere porque la causa de Dios sufre por falta de recursos. Pero todo corazón será probado, todo carácter será desarrollado. Es un principio que debe ser observado por el pueblo de Dios. El principio viviente debe manifestarse en la vida.

“¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas. Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado. Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde. Reprenderé también por vosotros al devorador, y no os destruirá el fruto de la tierra, y vuestra vid en el campo será estéril, dice Jehová de los ejércitos”. Malaquías 3:8-11. Vi que este pasaje bíblico se había aplicado erróneamente al acto de hablar y orar en una reunión. Esta profecía tiene una aplicación especial en los últimos días, y enseña al pueblo de Dios su deber de entregar una parte de sus recursos como ofrenda voluntaria al Señor.

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Tatiana Patrasco