Testimonios para la Iglesia, Vol. 1, p. 514-521, día 059

Conflictos y victoria

Experiencias desde el 26 de abril al 20 de octubre de 1867

Regresamos al norte, y en el camino tuvimos una buena reunión en West Windsor. Después de llegar al hogar tuvimos reuniones en Fairplains y Orleans, y también dedicamos alguna atención al asunto de la construcción, plantamos una huerta y pusimos uvas, moras, frambuesas, y fresas. Entonces, en compañía de una buena delegación, regresamos a la Asociación General en Battle Creek.

El primer sábado del viaje lo pasamos en Orleans y ayunamos. Fue un día de gran solemnidad; procuramos humillarnos delante de Dios, y con corazones y espíritus contritos y muchas lágrimas, todos oramos fervientemente para que Dios nos bendijera y fortaleciera para hacer su voluntad en la reunión. Teníamos alguna fe y esperanza que en aquella reunión nos veríamos libres de nuestra cautividad.

Cuando vinimos a Battle Creek encontramos que nuestros esfuerzos previos no habían alcanzado lo que habíamos esperado. Rumores y celos existían todavía. Mi alma se llenó de intensa angustia, y lloré a viva voz por unas horas, incapaz de refrenar mi dolor. En conversación con un amigo con el cual me había relacionado por veintidós años, me relató informes que había escuchado, de que mi esposo y yo éramos extravagantes gastando los recursos. Me di a la tarea de examinar en qué había sido extravagante. El mencionó la compra de una silla costosa. Entonces le relaté las circunstancias. Mi esposo se sentía extenuado, y le resultaba extremadamente agotador y aun doloroso sentarse por largo tiempo en una mecedora ordinaria, y por esta razón pasaba la mayor parte del tiempo acostado en la cama o el sofá. Yo sabía que de ese modo no podría recobrar sus fuerzas y le rogaba que se pasara más tiempo sentado, pero la silla era una objeción.

En mi viaje hacia el este para estar junto al lecho de mi padre agonizante, dejé a mi esposo en Brookfield, Nueva York, y mientras me encontraba en Utica busqué una silla tipo sofá con resortes. Los fabricantes no tenían ninguna en el almacén hecha al precio que estaba dispuesta a pagar, que eran alrededor de quince dólares, pero me ofrecieron una silla excelente por diecisiete dólares, que tenía rodillos en vez de columpio, y estaba valorada en treinta dólares. Yo sabía que esta era la silla ideal. Pero el hermano que estaba conmigo me urgió a esperar y ordenar una silla que costaría solamente tres dólares menos. La silla que se ofrecía por diecisiete dólares tenía el valor real; pero seguí el juicio de otro, esperé mientras armaban la silla más barata, pagué por ella y la hice entregar a mi esposo. Tuve que hacerle frente en Wisconsin y Iowa al informe respecto a nuestra extravagancia en la compra de esta silla. Pero ¿quién puede condenarme? Si tuviera que hacer lo mismo nuevamente, lo haría de la misma manera, excepto en lo siguiente: confiaría en mi propio juicio y compraría una silla que costara unos pocos dólares más y que fuera doblemente útil que la que compré. Satanás algunas veces influye tanto sobre las mentes como para destruir todo sentimiento de misericordia o compasión. El hierro parece penetrar el corazón, y desaparece tanto lo humano como lo divino.

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También me llegaron informes de que una hermana había dicho en Memphis y Lapeer que la iglesia de Battle Creek no tenía la más mínima confianza en el testimonio de la señora White. Se formuló la pregunta si eso se refería al testimonio escrito. La respuesta fue, No, no a las visiones que se han publicado, pero a los testimonios expresados en reunión con la iglesia, porque su vida contradice los mismos. Nuevamente solicité una entrevista con unos pocos hermanos y hermanas seleccionados y de experiencia, incluyendo las personas que habían hecho circular esos informes. En la reunión les pedí que me mostraran dónde era que mi vida no coincidía con mis enseñanzas. Si mi vida había sido tan inconsecuente que justificaba la aseveración de que la iglesia de Battle Creek no tenía la más mínima confianza en mi testimonio, no podía ser un asunto difícil presentar las pruebas de mi actuación carente de cristianismo. No pudieron producir nada para justificar las aseveraciones hechas, y confesaron que estaban todos equivocados respecto a los informes circulados y que sus sospechas y celos eran infundados. En forma espontánea perdoné a los que nos habían injuriado y les dije que todo lo que les pedía era que contrarrestaran la influencia que habían ejercido contra nosotros, y quedaría satisfecha. Prometieron hacerlo, pero no lo han cumplido.

Muchos otros rumores contra nosotros, todos totalmente falsos o grandemente exagerados, fueron esparcidos libremente, comentados en los hogares de diferentes familias durante el tiempo de las reuniones, y la mayoría nos miraba, especialmente a mi esposo, con sospecha. Algunas personas de influencia se manifestaban dispuestas a aplastarnos. Estábamos en necesidad; mi esposo había tratado de vender algún equipo y se pensó que estaba equivocado al hacer esto. Había expresado su consentimiento a que sus hermanos le ayudaran a reponer la pérdida de nuestra vaca, y esto se había visto como un grave pecado. Suponiendo que nuestra propiedad de Battle Creek estaba prácticamente vendida, compramos en Greenville y empezamos a construir. Pero la venta en Battle Creek se demoró, y en nuestra estrecha posición, mi esposo escribió a varios hermanos para conseguir dinero prestado. Lo condenaron por esto y lo acusaron del pecado de codiciar el dinero. Y al hermano ministro más activo en esa tarea se le escuchó decir: “No queremos que el Hno. E compre la propiedad del Hno. White porque queremos su dinero para el Instituto de Salud”. ¿Qué podíamos hacer? No podíamos acudir a ningún lado, pero fuimos culpados.

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Solamente 65 horas antes que mi esposo cayera enfermo, se mantuvo hasta la medianoche en una casa de culto haciendo llamados para obtener trescientos dólares con el fin de terminar de pagar la capilla; y para respaldar su llamada encabezó la subscripción con diez dólares de su parte y otros diez de mi parte. Antes de la medianoche, la suma había sido casi alcanzada. El anciano de la iglesia era un viejo amigo, y en nuestra extrema necesidad y sin amigos, mi esposo le escribió diciéndole que estábamos en necesidad y que si la iglesia quería devolver ahora los veinte dólares, nosotros los recibiríamos. Para el tiempo de las reuniones de la Asociación General, este hermano nos llamó e hizo del asunto una falta muy grave. Pero antes de venir a nuestra casa, se había dejado contagiar por la infección general. Sentimos estas cosas muy profundamente y si no hubiéramos sido sostenidos en forma especial por el Señor, no habríamos podido dar nuestro testimonio en la Asociación General con grado alguno de libertad.

Antes de regresar de la Asociación General, los Hnos. Andrews, Pierce y Bourdeau, tuvieron una sesión especial de oración en nuestro hogar, en la cual todos fuimos grandemente bendecidos, especialmente mi esposo. Esto lo animó para regresar a nuestra nueva residencia. Entonces comenzó su agudo sufrimiento por problemas de la dentadura y también nuestras labores informadas en la Review. En su condición desdentada solamente dejó de predicar una semana, pero trabajó en Orange y Wright, en la iglesia de la casa, en Greenbush y Bushnell, predicando y bautizando como antes.

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Después de regresar de la Asociación General, una gran incertidumbre me sobrecogió en relación con la prosperidad de la causa de Dios. Vinieron dudas a mi mente que no habían existido seis meses antes. Vi al pueblo de Dios participando del espíritu del mundo, imitando sus modas y poniéndose por encima de la sencillez de nuestra fe. Parecía que la iglesia de Battle Creek se apartaba de Dios y era imposible levantar su sensibilidad. En Battle Creek los testimonios que Dios me había dado tuvieron una mínima influencia, y allí se les prestó menos atención que en cualquier otra parte del campo. Yo temblaba por la causa de Dios. Sabía que el Señor no había olvidado a su pueblo, pero que sus pecados e iniquidades los habían separado de él. Battle Creek es el gran corazón de la obra. Cada pulsación la sienten los miembros del cuerpo en todo el campo. Si este gran corazón tiene salud, una circulación vital se sentirá a través de todo el cuerpo de los observadores del sábado. Si el corazón está enfermo, la condición debilitada de cada aspecto de la obra lo confirmará.

Mi interés está en esta obra; mi vida está enlazada con ella. Cuando Sión prospera, soy feliz; si languidece, estoy triste, débil, desanimada. Vi que el pueblo de Dios estaba en condición alarmante, y que Dios les estaba retirando su favor. Yo ponderaba este cuadro triste día y noche e imploraba en amarga angustia: “Oh, Señor, no entregues al desdén tu herencia. Que los paganos no digan: ¿Dónde está su Dios?” Sentí que se me había desligado de todos los que dirigen la obra y estaba virtualmente sosteniéndome sola. No me atrevo a confiar en nadie. He despertado a mi esposo en la noche diciéndole: “¡Tengo miedo de convertirme en una infiel!” Entonces clamaba al Señor para que me salvara por su propio brazo poderoso. No podía ver que mis testimonios fuesen apreciados y tenía el pensamiento de que tal vez mi obra en la causa había llegado a su fin. Teníamos citas en Bushnell, pero le dije a mi esposo que no podía ir. Poco después fue al correo y regresó con una carta del Hno. Matteson que contenía el siguiente sueño:

“Querido Hno. White,

“Que la bendición de Dios sea con usted y que estas líneas le encuentren prosperando aún y mejorando su salud y fortaleza espiritual. Me siento muy agradecido al Señor por sus bondades hacia usted y confío que todavía pueda disfrutar perfecta salud y libertad en la proclamación del último mensaje.

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“He tenido un sueño muy significativo acerca de usted y la Sra. White, y siento que es mi deber relatárselo, tanto como puedo recordar. Soñé que se lo conté a la Hna. White, al igual que su interpretación, la cual me fue revelada también en el sueño. Cuando desperté, algo me urgió a levantarme y escribir todos los detalles, a fin de no olvidarlos; pero descuidé hacerlo, en parte porque estaba cansado, y en parte porque pensé que no era nada más que un sueño. Pero viendo que nunca había soñado con ustedes antes, y que este sueño era tan inteligente, y tan íntimamente asociado con ustedes, he llegado a la conclusión que debo contárselo. Todo lo que puedo recordar es lo siguiente: “Me encontraba en una casa grande donde había un púlpito como los que usamos en nuestros lugares de reunión. En dicho púlpito había muchas lámparas encendidas. Estas lámparas necesitaban ser suplidas de aceite constantemente, y un número considerable de nosotros nos ocupábamos en llevar aceite y llenarlas. El Hno. White y su compañera estaban bastante ocupados y noté que la Hna. White ponía más aceite que ningún otro. Entonces el Hno. White fue a una puerta que daba a un almacén, donde había muchos barriles de aceite. El abrió la puerta, entró y la Hna. White lo siguió. Justamente entonces un grupo de personas llegó con una gran cantidad de una substancia negra que parecía hollín y la amontonó toda sobre los Hnos. White, cubriéndolos completamente. Me sentí muy agobiado y procuré con ansia ver cuál sería el fin de estas cosas. Podía ver que el Hno. y la Hna. White luchaban denodadamente para librarse del hollín; y después de una prolongada lucha salieron más brillantes que nunca, y los malvados hombres y el hollín desaparecieron. Entonces los Hnos. White se ocuparon nuevamente, con más empeño que antes, en suplir de aceite las lámparas, pero la Hna. White llevaba todavía la delantera.

“Soñé que la interpretación era la siguiente: Las lámparas representaban al pueblo remanente. El aceite era la verdad y el amor celestiales, de los cuales el pueblo de Dios necesita una constante provisión. Las personas que suplían el aceite a las lámparas eran los siervos de Dios que trabajaban en la cosecha. ¿Quiénes eran los que formaban el grupo de malvados? No podría decir en particular, pero eran hombres inspirados por el diablo, quien dirigía sus satánicas influencias, especialmente contra los Hnos. White. Estos se vieron en gran dificultad por un tiempo, pero finalmente fueron librados por la gracia de Dios y sus propios y dedicados esfuerzos. Finalmente el poder de Dios reposó sobre ellos, y desempeñaron una parte prominente en la proclamación del último mensaje de misericordia. Pero la Hna. White tenía una provisión más abundante de sabiduría divina y de amor que el resto no poseía. Este sueño ha fortalecido mi confianza de que el Señor los dirigirá a ustedes para terminar la obra de restauración que han comenzado, y que gozarán una vez más del Espíritu de Dios como en el pasado, y aun en mayor abundancia. No olviden que la humildad es la puerta que conduce a la rica fuente de la gracia de Dios. Que Dios le bendiga a usted y a su esposa e hijos y nos conceda vernos en el reino celestial. Suyo en los lazos del amor cristiano,

“John Matteson”.

“Oakland, Wisconsin, 15 de julio de 1867”.

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Este sueño me levantó un tanto el ánimo. Tenía confianza en el Hno. Matteson. Antes de conocerlo en persona, su caso me fue revelado en visión, en contraste con aquel de F de Wisconsin. Este último era totalmente indigno de llevar el nombre de cristiano, y mucho más de ser un mensajero; pero se me mostró al Hno. Matteson como uno que poseía humildad y que, si sostenía su consagración, sería calificado para dirigir las almas al Cordero de Dios. El Hno. Matteson no tenía conocimiento de mis aflicciones mentales. Nunca nos habíamos escrito, y el sueño que venía de él, en el tiempo apropiado, me pareció como la mano de Dios que se extendía para ayudarme.

Teníamos la preocupación de construir con dinero prestado, lo que nos causaba perplejidad. Cumplimos con nuestras citas y trabajamos afanosamente durante todo el verano. Debido a la necesidad de fondos, nos unimos para trabajar en el campo, cavando la tierra con azadón, cortando y almacenando heno. Tomé la horca y amontoné la parva, mientras mi esposo con sus débiles brazos me tiraba el heno. Tomé la brocha y pinté gran parte del interior de nuestra casa. Ambos nos agotamos demasiado en esto. Finalmente me debilité al punto de no poder hacer más. Varias mañanas me desmayé, y mi esposo tuvo que asistir a la reunión campestre de Greenbush sin mí. Nuestro viejo y áspero carruaje nos había estado casi matando a nosotros y a los caballos. Los largos viajes en él, y el trabajo de las reuniones, así como las preocupaciones y faenas del hogar, eran demasiado para nosotros y temí haber llegado al fin de mis esfuerzos. Mi esposo trató de animarme y me urgió a empezar de nuevo, cumpliendo los compromisos en Orange, Greenbush e Ithaca. Finalmente resolví empezar, y, si no me sentía peor, continuar el viaje. En mi coche viajé 17 kilómetros arrodillada sobre una almohada y recostada mi cabeza sobre otra puesta sobre las piernas de mi esposo. El manejaba y me sostenía. La siguiente mañana me sentí un poco mejor y decidí continuar. Dios nos ayudó a hablar con poder a la gente en Orange, y se hizo una gloriosa obra por los que se habían descarriado y por los pecadores. En Greenbush se me concedió libertad y fuerza. En Ithaca el Señor nos ayudó para hablar a una gran congregación a la cual no habíamos hablado antes.

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En nuestra ausencia, los hermanos King, Fargo, y Maynard decidieron que por misericordia a nosotros y a los caballos, deberíamos tener un carruaje liviano y cómodo; así que de regreso, llevaron a mi esposo a Ionia y compraron el que ahora tenemos. Era justo lo que necesitábamos y me hubiera ahorrado mucho agotamiento al viajar en el calor del verano.

En esta ocasión recibimos fervorosas solicitudes para asistir a convocaciones en el Oeste. Al leer estas conmovedoras peticiones, derramamos nuestras lágrimas sobre ellas. Mi esposo me decía: “Elena, no podemos asistir a estas reuniones. A lo sumo yo podría cuidar de mí mismo en un viaje de tal magnitud, y si te desmayaras, ¿qué podría hacer yo? Pero, Elena, debemos ir”; y al hablar de esa manera, sus emociones acompañadas de lágrimas le ahogaban la voz. En respuesta, mientras consideraba nuestra débil condición, y el estado de la causa en el Oeste, y sintiendo que nuestros hermanos necesitaban nuestro ministerio, yo decía: “Jaime, no podemos asistir a estas reuniones en el Oeste, pero debemos hacerlo”. Entonces, varios de nuestros fieles hermanos, viendo nuestra condición ofrecieron acompañarnos. Esto era todo lo que se necesitaba para tomar la decisión. En nuestro nuevo coche salimos de Greenville el 29 de agosto para asistir a la convocación general en Wright. Nos seguían otros cuatro carruajes. El viaje fue cómodo y muy placentero en compañía de esos bondadosos hermanos. La reunión fue victoriosa.

El 7 y 8 de septiembre disfrutamos una preciosa temporada en Monterrey con los hermanos del condado de Allegan. Allí nos encontramos con el Hno. Loughborough, quien había empezado a captar las injusticias existentes en Battle Creek y se lamentaba por la participación que había tenido en ellas, que habían hecho daño a la causa y traído crueles preocupaciones sobre nosotros. Por pedido nuestro nos acompañó a Battle Creek. Pero antes de salir de Monterrey, nos relató este sueño:

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“Cuando el Hno. y la Hna. White vinieron a Monterrey el 7 de septiembre, me pidieron que los acompañara a Battle Creek. Vacilé respecto a ir con ellos, pensando que era un deber seguir atendiendo los intereses de Monterrey y pensando, como se lo expresé a ellos, que en Battle Creek la oposición era escasa. Después de orar por varios días sobre el asunto, una noche me dispuse a descansar pidiéndole ansiosamente al Señor luz sobre el asunto.

“Soñé que me encontraba con muchos miembros de la iglesia de Battle Creek viajando en un tren. Los vagones eran tan bajos, que casi no podía mantenerme de pie en ellos. Todos estaban mal ventilados y hedían como si no hubieran sido ventilados por meses. La ruta sobre la cual íbamos era áspera y a veces los vagones se sacudían con violencia, algunas veces haciendo que nuestro equipaje se cayera, y otras haciendo caer a algunos de los pasajeros. Teníamos que estar parando para recoger nuestros pasajeros y equipaje o para reparar los rieles. Algunas veces parecía que sólo trabajábamos y avanzábamos muy poco o nada. En verdad éramos un grupo de viajeros dignos de lástima.

“De pronto llegamos a una mesa giratoria, suficientemente grande como para contener todo el convoy. Los Hnos. White estaban allí y cuando salí del tren, dijeron: ‘Este tren va en dirección completamente equivocada. Hay que volverlo en sentido contrario’. Tanto el Hno. White como la Hna. White se apoderaron de los manubrios que movían la maquinaria para hacer girar la mesa y tiraron con todas sus fuerzas. Ningún hombre trabajó tan fuerte impulsando un carro manual como lo hicieron ellos en los manubrios de la tornamesa. Me detuve y observé hasta que vi que el tren empezaba a dar la vuelta, entonces hablé en alta voz y dije: ‘Está moviéndose’, y me uní para ayudarles. Le presté poca atención al tren; estábamos determinados a llevar a cabo nuestro trabajo de hacer girar la mesa.

“Cuando habíamos cumplido nuestra tarea, miramos hacia arriba, y todo el tren estaba transformado. En vez de los vagones de pasajeros bajos, mal ventilados en los cuales habíamos estado yendo, había vagones amplios, altos, bien ventilados, con ventanas grandes y claras, completamente adornados e iluminados en una muy espléndida forma, más elegante que ningún hotel o carro Pullman que haya visto. La línea férrea estaba nivelada, suave y firme. El tren estaba lleno de pasajeros cuyos rostros se veían alegres y felices, aunque mostraban una expresión de confianza y solemnidad. Todos parecían expresar la mayor satisfacción por el cambio que había ocurrido y la mayor confianza en la exitosa travesía del tren. Los Hnos. White iban a bordo esta vez, y su semblante rebosaba de gozo santo. Al empezar el tren a moverse, yo estaba tan rebosante de gozo que desperté, con la impresión en mi mente que el tren tenía que ver con la iglesia de Battle Creek y con asuntos relacionados con la causa en ese lugar. Mi mente estaba perfectamente clara respecto a mi deber de ir a Battle Creek y dar una mano de ayuda a la obra allá. Me siento contento porque he estado aquí para ver cómo la bendición del Señor acompaña las arduas labores del Hno. y la Hna. White al poner los asuntos en orden. J. N. Loughborough”.

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Tatiana Patrasco