Testimonios para la Iglesia, Vol. 2, p. 504-512, día 128

Infidelidad en la mayordomía

Estimado Hno. K,

Algunas cosas me preocupan, y siento el deber de escribirle al hermano L y a usted. Le he relatado la esencia del asunto, pero como estoy aún preocupada, le escribo. 

Se me mostró que para usted el yo y el mío están en primer lugar. Se ha ocupado tanto de usted mismo que no ha quedado lugar para que el Señor obrara en su favor. Usted no le ha dado esa oportunidad. En gran medida, él ha dejado que el hermano L y usted trabajaran de acuerdo a su propio criterio, para que pudieran convencerse de que su sabiduría es necedad. No han trabajado por los intereses de las viudas y los huérfanos, como el Señor ha encomendado especialmente a sus seguidores; tampoco han hecho suyos los casos de los pobres del Señor, tomando interés especial en ellos, ni han procurado glorificar a Dios y magnificar su nombre; por lo tanto el Señor ha permitido que usted y el hermano L siguieran el proceder que eligieron. El les ha permitido cuidarse. Sus propios intereses egoístas han sido el fundamento de sus acciones, y cosecharán lo que han sembrado. Vi que ciertamente recibirán la recompensa que tarde o temprano se obtiene por servir a los propios intereses egoístas. “Da cuenta de tu mayordomía”. Deben prestar atención a esto. Son responsables ante Dios por la obra que les ha sido confiada, que vergonzosamente han descuidado para servirse a ustedes mismos. 

Si hubieran intentado mostrarse aprobados ante Dios, buscando el reino de los cielos y la justicia de Cristo, hubieran estado haciendo las obras de Cristo. Los pobres, las viudas, los huérfanos, hubieran despertado en ustedes la más tierna compasión y simpatía; se hubieran interesado en ellos y los habrían tratado como desearían que su esposa e hijos fueran tratados si quedaran afligidos y dependiendo de las frías mercedes del mundo o de los insensibles, indiferentes profesos cristianos. Ha habido en ustedes un triste, insensible, indiferente descuido de los desafortunados. Han estado sirviendo su propio interés, sin importarles la gran necesidad de los demás. Dios no puede bendecirlos hasta que no vean su pecado en estas cosas.

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Vi que la obra del Señor no ha sido más sagrada a la vista de ustedes que sus propios asuntos. No han comprendido las cosas eternas. El Señor ha enviado advertencias y reprensiones para despertar en ustedes el sentido de su deber, haciéndoles saber lo que se espera de ustedes, pero no han atendido esas advertencias. No se han dado cuenta de que estaban tratando con Dios. Le han robado a Dios y se han servido a ustedes mismos. 

Muchos han enviado en buena fe a la oficina fondos que les costó sacrificio obtener. Algunos, tanto hombres como mujeres, han trabajado duramente, y han consagrado al Señor los recursos obtenidos por un trabajo duro y la más estricta economía, y los han enviado a la tesorería para el avance de la causa. Viudas pobres han enviado casi todo su sostén, confiando en que Dios las cuidaría, y esos recursos han sido consagrados con oraciones y lágrimas, pero enviados con gozo, creyendo que estaban ayudan- do en la gran obra de salvar almas. Algunas familias pobres han vendido su única vaca, privándose ellos y sus pequeños de leche, pensando que estaban haciendo un sacrificio para Dios. Enviaron su dinero a la tesorería de buena fe. El egoísmo y la mala ad- ministración han contribuido a malgastar esos fondos. Dios con- sidera responsables a los que se les confió su administración. Pronto se escuchará: “Da cuenta de tu mayordomía”. Quiera el Señor ayudarles a librarse de toda mancha. 

Battle Creek, Míchigan,

17 de enero de 1870.

Sensibilidad equivocada

Estimada Hna. M,

SU caso me preocupa, y no puedo evitar poner por escrito mis conclusiones de lo que he visto con respecto a usted. Estoy convencida que está a la deriva en la bruma y las tinieblas. Usted no ve las cosas en la luz correcta. Cierra sus ojos para no ver su propio caso, excusándose así: “No hubiera hecho esto o aquello si no hubiese sido por ciertas influencias de personas que me llevaron a proceder de ese modo”. 

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Usted continuamente culpa a las circunstancias, lo que es nada menos que culpar a la providencia. Está continuamente buscando a alguien o algo para tomar el lugar del chivo expiatorio, a quien pueda culpar por haberla hecho sentir o hablar de un modo indigno de un cristiano. En lugar de sencillamente censurarse por sus defectos, usted censura a las circunstancias y la ocasión que la llevaron a desarrollar los rasgos de su carácter que yacen dormidos o escondidos bajo la superficie, a menos que surja algo que los despierte y los ponga en acción. Entonces aparecen con toda su deformidad y fuerza.

Se engaña con la idea de que esos rasgos desagradables no existen, hasta que se encuentra en situaciones que la hacen actuar y hablar de un modo que los revela ante todos. No está dispuesta a ver y confesar que es su naturaleza carnal la que todavía no ha sido transformada y puesta en sujeción a Cristo. Todavía no se ha crucificado a sí misma. 

A veces pasa días y semanas sin manifestar el mal espíritu que llamo impaciencia, y un espíritu dictatorial, un deseo de controlar a su esposo. Su deseo de ejercer autoridad y de convencer a otros de sus ideas casi la ha arruinado a usted y a él. A usted le gusta hacer sugerencias y mandar a otros. Le gusta hacerles sentir y ver que tiene la mejor luz, y es especialmente guiada por Dios. Si no lo creen así, empieza a hacer conjeturas y siente celos e intranquilidad; se siente insatisfecha y extremadamente triste. 

Nada despierta tan rápidamente los malos rasgos de su carácter como que se objete su sabiduría y criterio al ejercer autoridad. Su temperamento fuerte y dominante, que parecía dormido, se despierta en su mayor energía. Entonces el yo la controla, y no le queda más razonamiento imparcial y juicio calmo que a un demente. Con toda fuerza el yo lucha por la supremacía, y se requiere la mente más firme para restringirla. Después que su ataque de locura ha pasado, entonces permite que se cuestione su comportamiento. Pero está lista para justificarse aduciendo que es tan sensible, siente tan profundamente y sufre tanto. Vi que todo esto no la excusará a la vista de Dios. Usted confunde el orgullo con la sensibilidad. El yo es dominante. Cuando se crucifique a sí misma, entonces esa sensibilidad u orgullo, morirá; hasta que esto suceda, usted no será una cristiana. Ser cristiano es ser como Cristo, poseer un espíritu humilde, manso y sosegado que soporta la contradicción sin enfurecerse o enloquecer. Si se rasgara el disfraz que la cubre y se viera como Dios la ve, no intentaría justificarse sino que caería quebrantada ante Cristo, el único que puede quitar los defectos de su carácter y luego restaurarlo. 

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Convocaciones

Dios mandó a los israelitas que se reunieran ante él en períodos determinados, en el lugar que él eligiera, y que observaran días especiales en los que no debían hacer ningún trabajo innecesario, sino dedicar el tiempo a considerar las bendiciones que él les había prodigado. En estas ocasiones especiales debían traer presentes, ofrendas voluntarias, y ofrendas de acción de gracias al Señor, de acuerdo con la bendición que él les hubiera dado. El siervo y la sierva, el extranjero, el huérfano y la viuda, habían de regocijarse de que Dios, por su propio y maravilloso poder, los había sacado de la servidumbre humillante para traerlos al gozo de la libertad. Se les ordenó que no se presentaran ante el Señor con las manos vacías. Debían traer presentes de gratitud a Dios por las continuas misericordias y bendiciones que les prodigara. Estas ofrendas variaban de acuerdo con el valor que los donantes daban a las bendiciones de que tenían el privilegio de gozar. Así el carácter de la gente se revelaba claramente. Los que daban alto valor a las bendiciones que Dios les concedía traían ofrendas de acuerdo a su modo de apreciarlas. Los que tenían las facultades morales embotadas por el egoísmo y un amor idólatra por los favores recibidos, más bien que inspirados por un amor ferviente hacia su dadivoso Benefactor, traían ofrendas magras. Así revelaban su corazón. Además de estas festividades religiosas especiales, de alegría y regocijo, la nación judía debía conmemorar anualmente la Pascua. El Señor pactó que si eran fieles en la observancia de sus requerimientos, él bendeciría todas sus ganancias y toda la obra de sus manos.

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Dios no quiere menos de su pueblo en estos últimos días, en sacrificios y ofrendas, que lo que requirió de la nación judía. Los que él ha bendecido con suficiencia, y aun la viuda y el huérfano, no debieran olvidarse de sus bendiciones. Especialmente los que Dios ha prosperado debieran ofrecerle las cosas que son de él. Debieran presentarse ante él con un espíritu de sacrificio y entregar sus ofrendas de acuerdo con las bendiciones que él les ha prodigado. Pero muchos a quienes Dios prospera manifiestan una vil ingratitud hacia él. Si sus bendiciones se derraman sobre ellos, y él aumenta sus riquezas, transforman esas dádivas en cuerdas que los atan al amor por sus posesiones; permiten que los negocios mundanos se posesionen de sus afectos y de su ser entero, y descuidan la devoción y los privilegios religiosos. No pueden permitirse dejar la atención de sus negocios y presentarse ante Dios ni siquiera una vez al año. Transforman las bendiciones de Dios en una maldición. Sirven a sus propios intereses temporales y descuidan los requisitos de Dios. 

Hay hombres ricos que permanecen en casa año tras año, absortos en sus preocupaciones e intereses mundanos, pensando que no pueden hacer el pequeño sacrificio de asistir a las reuniones anuales para adorar a Dios. El los ha bendecido con bienes materiales y los ha rodeado de abundantes beneficios; sin embargo retienen las pequeñas ofrendas que él requiere. Les gusta servirse a sí mismos. Sus almas serán como el árido desierto, sin el rocío ni la lluvia del cielo. El Señor les ha brindado la preciosa bendición de su gracia. Los ha librado de la esclavitud del pecado y de la servidumbre del error, y ha descubierto la gloriosa luz de la verdad presente ante su entenebrecida comprensión. ¿Y estas evidencias del amor y la misericordia de Dios no requieren gratitud? Los que profesan creer que el fin de todas las cosas está cerca, ¿no lograrán ver su propio interés espiritual? ¿Esperan que sus intereses eternos se cuiden por sí mismos? La fortaleza espiritual no vendrá sin un esfuerzo de su parte. 

Muchos de los que profesan anhelar la venida de nuestro Señor, son buscadores ansiosos que se preocupan por hallar ganancias mundanales. No pueden discernir su interés eterno. Se esfuerzan por lo que no satisface. Gastan su dinero en lo que no es pan. Se esfuerzan por contentarse con los tesoros que han acumulado en la tierra, que han de perecer. Y descuidan la preparación para la eternidad, que debiera ser la primera y única ocupación real en la vida. 

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Que todos los que puedan asistan a estas reuniones anuales. Todos debieran sentir que Dios requiere esto de ellos. Si no se apropian de los privilegios que él ha provisto para que puedan fortalecerse en él y en el poder de su gracia, se volverán más y más débiles, y tendrán cada vez menos deseos de consagrar todo a Dios. Venid, hermanos y hermanas, a estas sagradas convocaciones para encontrar a Jesús. El vendrá a la fiesta. Estará presente y hará en favor de ustedes lo que más necesiten. No debieran considerar a sus granjas de mayor valor que los intereses más altos del alma. Todos los tesoros que ustedes poseen, por muy valiosos que sean, no serían suficientemente preciosos como para comprarles paz y esperanza, que son virtudes inapreciables aunque costaran todo lo que se tiene aunado a los esfuerzos y sufrimientos de toda una vida. Una firme y clara conciencia de las cosas eternas, y un corazón deseoso de rendir todo a Cristo, son bendiciones de más valor que todas las riquezas y placeres y glorias de este mundo. 

Estos congresos son importantes. Tienen su costo. Los siervos de Dios consumen su vida para ayudar al pueblo, mientras que muchos de ellos parece que no necesitaran ayuda. Por miedo de perder un poco de ganancia de este mundo, algunos dejan que estos preciosos privilegios pasen de largo como si fueran de poca importancia. Que todos los que profesan creer en la verdad respeten cada privilegio que Dios les ofrece para obtener una visión más clara de su verdad, sus requerimientos y la preparación necesaria para su vida. Lo que él requiere es una confianza en Dios tranquila, alegre y obediente.

No necesitan recargarse con una ansiedad inquietante y cuidados innecesarios. Trabajen para el día, haciendo con fidelidad la obra que la providencia de Dios les señala, y él se ocupará de ustedes. Jesús profundizará y ampliará sus bendiciones. Deben esforzarse si desean alcanzar al fin la salvación. Asistan a estas reuniones dispuestos a trabajar. Dejen de lado las preocupaciones del hogar, y acudan a encontrar a Jesús y lo hallarán. Vengan con sus ofrendas de acuerdo con las bendiciones de Dios. Muestren su gratitud a su Creador, el Dador de todos sus beneficios, por medio de una ofrenda voluntaria. Que ninguna persona que posee recursos asista con las manos vacías. “Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde”. Malaquías 3:10. 

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Número 20—Testimonio para la iglesia

Las reuniones sociales

Recibí hace poco una carta de un hermano a quien respeto en gran manera, en la cual me preguntaba cómo deben dirigirse las reuniones. Deseaba saber si se deben ofrecer muchas oraciones en sucesión, y luego descansar unos momentos, y hacerse otra vez unas cuantas oraciones.

Por la luz que he recibido al respecto, he decidido que Dios no exige que, cuando nosotros nos reunimos para rendirle culto, hagamos tediosos y cansadores estos momentos, permaneciendo de rodillas largo tiempo, escuchando varias largas oraciones. Aquellos cuya salud es débil no pueden soportar este recargo sin agotarse y cansarse hasta el extremo. El cuerpo se cansa al permanecer postrado demasiado tiempo; y lo peor es que la mente se cansa de tal manera por el ejercicio continuo de la oración, que no se obtiene ningún refrigerio espiritual y el tiempo pasado en las reuniones está más que perdido. Los asistentes se cansan mental y físicamente, y no obtienen fortaleza espiritual. 

Las reuniones para el público y las de oración no deben ser tediosas. Si es posible, todos deben llegar puntualmente a la hora señalada; y a los morosos que lleguen con media hora o quince minutos de atraso no se los debe esperar. Aun cuando no haya más de dos presentes, ellos pueden pedir el cumplimiento de la promesa. La reunión debe iniciarse a la hora señalada, si es posible, sean pocos o muchos los presentes. Debe ponerse a un lado la formalidad y la fría rigidez, y todos deben cumplir puntualmente con su deber. En las ocasiones comunes, no debe hacerse oración durante más de diez minutos. Después que ha habido un cambio de posición y el ejercicio del canto o de la exhortación ha aliviado la monotonía, entonces si algunos se sienten inducidos a hacerlo, permítaseles orar. 

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Todos debieran considerar como un deber cristiano el hacer oraciones cortas. Presentad al Señor exactamente lo que queréis, sin recorrer todo el mundo. En la oración privada, todos tienen el privilegio de orar todo el tiempo que deseen, y de ser tan explícitos como quieran. Pueden orar por todos sus parientes y amigos. La cámara secreta es el lugar donde se han de contar todas las dificultades, pruebas y tentaciones particulares. La reunión para adorar a Dios en conjunto no es el lugar donde se hayan de revelar las cosas privadas del corazón.

¿Cuál es el objeto que se tiene al reunirse? ¿Es para informar a Dios, instruirle, diciéndole en oración todo lo que sabemos? Nos reunimos para edificarnos unos a otros mediante el intercambio de pensamientos y sentimientos, para obtener fuerza, luz y valor al conocer mejor nuestras esperanzas y aspiraciones mutuas; y al elevar con fe nuestras oraciones fervientes y sentidas, recibimos refrigerio y vigor de la fuente de nuestra fuerza. Estas reuniones deben ser momentos muy preciosos y deben ser hechas interesantes para todos los que tienen placer en las cosas religiosas. 

Temo que algunos no presentan sus dificultades a Dios en oración particular, sino que las reservan para la reunión de oración, y allí elevan sus oraciones de varios días. A los tales se los puede llamar asesinos de reuniones públicas y de oración. No emiten luz; no edifican a nadie. Sus oraciones heladas y sus largos testimonios de apóstatas arrojan una sombra. Todos se alegran cuando han terminado, y es casi imposible desechar el enfriamiento y las tinieblas que sus oraciones y exhortaciones imparten a la reunión. Por la luz que he recibido, entiendo que nuestras reuniones deben ser espirituales, sociales y no demasiado largas. La reserva, el orgullo, la vanidad y el temor del hombre deben quedar en casa. Las pequeñas diferencias y los prejuicios no deben ir con nosotros a estas reuniones. Como en una familia unida, la sencillez, la mansedumbre, la confianza y el amor deben reinar en el corazón de los hermanos y las hermanas que se reúnen para ser refrigerados y vigorizados al unir sus luces. 

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