Testimonios para la Iglesia, Vol. 3, p. 557-568, día 192

Se me mostró que la conducta de mi esposo no ha sido perfecta. Ha errado algunas veces en murmurar y en reprender en forma demasiado severa. Pero por lo que he visto, no ha cometido faltas tan grandes en este respecto como muchos han supuesto y como yo algunas veces he temido. Job no fue entendido por sus amigos. Les devuelve con firmeza sus reproches. Les muestra que si ellos están defendiendo a Dios al declarar su fe en él y al expresar su conciencia de pecado, él tiene un conocimiento más profundo y cabal de ello que el que ellos jamás han tenido. “Consoladores molestos sois todos vosotros”, es la respuesta que dirige a sus críticas y censuras. “También yo—dice Job—podría hablar como vosotros, si vuestra alma estuviera en lugar de la mía; yo podría hilvanar contra vosotros palabras, y sobre vosotros mover mi cabeza”. Pero declara que no haría esto. “Yo—dice—os alentaría con mis palabras, y la consolación de mis labios apaciguaría vuestro dolor”. Job 16:2, 4, 5. 

Hermanos y hermanas que poseen buenas intenciones, pero que tienen conceptos estrechos y miran sólo lo externo, pueden tratar de ayudar en cosas acerca de las cuales no tienen verdadero conocimiento. Su experiencia limitada no puede discernir los sentimientos de un alma que ha sido urgida por el Espíritu de Dios, que ha sentido en lo profundo ese amor e interés ferviente e inexpresable por la causa de Dios y por las almas, que ellos jamás han experimentado, y que ha llevado cargas en la causa de Dios que ellos jamás han levantado.

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Algunos amigos carentes de previsión y de experiencia, no pueden, con su visión estrecha, apreciar los sentimientos de alguien que ha estado en íntima armonía con el alma de Cristo en relación con la salvación de otros. Aquellos que quisieran decir que son sus amigos malentienden sus motivos e interpretan erróneamente sus actos, hasta que, como Job, él prorrumpe en una ferviente oración: Sálvame de mis amigos. Dios toma el caso de Job en sus manos. Su paciencia ha sido severamente probada; pero cuando Dios habla, todos sus sentimientos quisquillosos cambian. La justificación propia que él sentía que era necesaria para resistir la condenación de sus amigos no es necesaria ante Dios. Él nunca juzga mal; nunca yerra. Dice el Señor a Job: “Cíñete ahora como varón”, y Job tan pronto oye la voz divina inclina su alma con un sentido de su pecaminosidad, y dice ante Dios: “Me aborrezco y me arrepiento, en polvo y en ceniza”. Job 38:3; 42:6 (NRV). 

Cuando Dios ha hablado, mi esposo ha oído su voz; pero sobrellevar la condenación y las imputaciones de sus amigos que no parecen discriminar, ha sido una gran prueba. Cuando sus hermanos hayan soportado bajo las mismas circunstancias, y hayan llevado las responsabilidades que él ha llevado, con tan poco aliento y ayuda como él ha tenido, entonces podrán comprender cómo sostener, cómo consolar, cómo bendecir, sin torturar sus sentimientos con imputaciones y censuras que él de ninguna manera merece. 

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Pedidos de recursos

Se me mostró que ha habido resultados desdichados de los urgentes pedidos de recursos que se han hecho en nuestros campestres. Se ha insistido demasiado en este asunto. Muchos hombres de recursos no habrían hecho nada si sus corazones no hubieran sido ablandados y derretidos bajo la influencia de los testimonios que se les presentaron. Pero los pobres han sido afectados profundamente y, en la sinceridad de sus almas, han prometido recursos que habrían deseado dar, pero que eran incapaces de pagar. En muchos casos los pedidos urgentes de recursos han dejado una impresión errónea en algunas mentes. Algunos han pensado que el dinero era el asunto principal de nuestro mensaje. Muchos han ido a sus casas bendecidos porque habían donado para la causa de Dios. Pero hay mejores métodos de levantar recursos, por ofrendas voluntarias, que mediante pedidos urgentes en nuestras grandes asambleas. Si todos siguiéramos el plan de benevolencia sistemática, y si nuestros obreros que distribuyen publicaciones y hacen obra misionera fueran fieles en sus respectivos territorios de la obra, la tesorería estaría bien suplida sin esos urgentes pedidos en nuestras grandes asambleas.

Pero ha habido un gran descuido del deber. Muchos han retenido recursos que Dios reclama como suyos, y al hacerlo han robado a Dios. Sus corazones egoístas no han dado la décima parte de todos sus ingresos, que Dios reclama. Ni tampoco han venido a las reuniones anuales con sus ofrendas voluntarias, sus ofrendas de gratitud, y sus ofrendas por el pecado. Muchos han venido ante el Señor con las manos vacías. “¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas. Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado. Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde”. Malaquías 3:8-10. 

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Recaerá el pecado sobre nosotros como pueblo si no hacemos los esfuerzos más fervientes para cerciorarnos de quiénes son los que han donado para los diferentes proyectos y que son demasiado pobres como para dar algo. Todo lo que ellos, en la liberalidad de sus almas, han dado les debería ser devuelto con un regalo adicional para aliviar sus necesidades. La recolección de dinero ha sido llevada a extremos. Ha dejado una mala impresión en muchas mentes. Hacer pedidos urgentes no es el mejor plan para reunir fondos. Se ha manifestado una indiferencia para investigar los casos de los pobres y devolverles lo que han dado para que no sufran por las necesidades de la vida. Un descuido de nuestro deber en este respecto, de familiarizarnos con las necesidades de los menesterosos y aliviarlos de sus necesidades apremiantes devolviéndoles recursos que han sido dados para promover la causa de Dios, sería de nuestra parte descuidar a nuestro Salvador en la persona de sus santos. 

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Nuestro deber hacia los desafortunados

Se me han mostrado algunas cosas con referencia a nuestro deber hacia los desafortunados, que siento la responsabilidad de escribirlas ahora.

Vi que en la providencia de Dios las viudas y los huérfanos, los ciegos, los sordos, los cojos y los afligidos en una diversidad de formas, han sido colocados en estrecha relación cristiana con su iglesia, para probar a su pueblo y desarrollar su verdadero carácter. Los ángeles de Dios están observando para ver cómo tratamos a estas personas que necesitan nuestro apoyo, amor y benevolencia desinteresada. Así es como Dios prueba nuestro carácter. Si profesamos la verdadera religión de la Biblia, sentiremos que tenemos con Cristo una deuda de amor, bondad e interés en favor de sus hermanos; y no podemos menos que evidenciar nuestra gratitud por el amor inmensurable que nos mostró mientras éramos pecadores indignos de su gracia, teniendo un profundo interés y un amor desinteresado por aquellos que son nuestros hermanos y que son menos afortunados que nosotros. 

Los dos grandes principios de la Ley de Dios son el amor supremo a Dios y el amor desinteresado a nuestros prójimos. Los primeros cuatro mandamientos y los últimos seis dependen, o se originan, en estos dos principios. Cristo explicó al intérprete de la ley quién era su prójimo en la ilustración del hombre que viajaba de Jerusalén a Jericó y que cayó en manos de ladrones, y a quien le robaron, lo golpearon y lo dejaron medio muerto. El sacerdote y el levita vieron a este hombre sufriendo, pero sus corazones no simpatizaron con sus necesidades. Lo evitaron pasando de largo. El samaritano vino por ese camino, y cuando vio la necesidad de ayuda que tenía el desconocido, no preguntó si era un familiar o si era de su país o credo, sino que se puso en acción para ayudar al sufriente, porque había una tarea que necesitaba hacerse. Lo alivió lo mejor que pudo, lo puso sobre su propia bestia, y lo llevó a una posada e hizo provisión para sus necesidades a sus propias expensas. Este samaritano, dijo Cristo, fue el prójimo de aquel que cayó entre ladrones. El levita y el sacerdote representan a una clase de miembros de iglesia que manifiestan indiferencia precisamente hacia aquellos que necesitan su compasión y sus apoyo. Esta clase de gente, no obstante su puesto en la iglesia, son transgresores de los mandamientos. El samaritano representa a una categoría de cristianos que son verdaderos ayudadores de Cristo y que imitan su ejemplo al hacer el bien. 

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A los que se compadecen de los desafortunados, los ciegos, los cojos, los afligidos, las viudas, los huérfanos y los necesitados, Cristo los representa como guardadores de los mandamientos, que tendrán vida eterna. Hay una gran falta de religión personal y de un sentido de obligación individual para sentir los pesares de otros y para trabajar con benevolencia desinteresada por la prosperidad de los desafortunados y afligidos. Algunos no tienen experiencia en estas obligaciones. Toda su vida han sido como el levita y el sacerdote, que pasaron de largo junto al camino. La iglesia tiene un trabajo que hacer, el cual, si no se hace, les acarreará tinieblas. La iglesia como conjunto e individualmente debiera examinar fielmente sus motivos y comparar sus vidas con la vida y las enseñanzas del único Modelo correcto. Cristo considera todos los actos de misericordia, benevolencia y cuidadosa consideración por los desafortunados, los ciegos, los cojos, los enfermos, las viudas y los huérfanos como hechos a él mismo; y estas obras están preservadas en los registros celestiales y serán recompensadas. Por otra parte, se escribirá un registro en el libro contra los que manifiestan la indiferencia del sacerdote y el levita hacia el desafortunado, y aquellos que se aprovechan de los infortunios de otros y aumentan su aflicción a fin de sobresalir egoístamente. Dios seguramente retribuirá cada acto de injusticia y cada manifestación de indiferencia negligente y de descuido de los afligidos que hay entre nosotros. Finalmente cada uno será recompensado según hayan sido sus obras.

Se me mostró que el hermano E no ha sido tratado con justicia por sus hermanos. Los hermanos F, G y otros siguieron un curso de conducta hacia él que desagradaba a Dios. El hermano F no tenía ningún interés especial en el hermano E, excepto cuando pensaba que podía aprovecharse de él. Se me mostró que algunos consideraban al hermano E como una persona mezquina y deshonesta. A Dios le desagrada este juicio. El hermano E no habría tenido dificultades y habría tenido recursos para sostenerse abundantemente si no hubiera sido por la conducta egoísta de sus hermanos que tenían visión y propiedades, y que trabajaban contra él tratando de encauzar sus aptitudes para beneficio de su propio interés egoísta. Aquellos que se aprovechan del estudio empeñoso de un hombre ciego y procuran beneficiarse con sus inventos, están robando y son virtualmente violadores del mandamiento. 

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Hay algunos en la iglesia que profesan estar guardando la Ley de Jehová, pero que son transgresores de esa Ley. Son hombres que no disciernen sus propios defectos. Poseen un espíritu egoísta, mezquino y ciegan sus ojos a su pecado de codicia, que la Biblia define como idolatría. Hombres de esta índole pueden haber sido estimados por sus hermanos como cristianos sumamente ejemplares; pero el ojo de Dios lee el corazón y discierne los motivos. Él ve lo que el hombre no puede ver en los pensamientos y el carácter. En su providencia coloca a estas personas en puestos que con el tiempo revelarán los defectos de su carácter, para que si desean verlos y corregirlos puedan hacerlo. Hay algunos que toda su vida han buscado su propio interés y han estado absortos en sus propios planes egoístas y han estado ansiosos de beneficiarse sin pensar mucho si otros se sentirían afligidos o perplejos por cualquier acción o plan que ellos tengan. El interés egoísta avasalla la misericordia y el amor de Dios. El Señor a veces permite que esta clase de personas continúe con su conducta egoísta estando ellos ciegos espiritualmente, hasta que sus defectos sean evidentes a todos los que tienen discernimiento espiritual y ellos evidencien con sus obras que no son cristianos genuinos. 

Hombres que tienen propiedades y una medida de salud, y que disfrutan de la inestimable bendición de la vista, tienen toda ventaja posible sobre un hombre ciego. Muchos caminos les están abiertos en su carrera comercial que están cerrados para un hombre que ha perdido su vista. Las personas que disfrutan del uso de todas sus facultades no debieran buscar su propio interés egoísta y privar a un hermano ciego de una pizca de su oportunidad para tener entradas. El hermano E es un hombre pobre. Es un hombre débil; también es un hombre ciego. Ha tenido un intenso deseo de ayudarse a sí mismo y, aunque vive bajo el peso de dolencias desalentadoras, su aflicción no ha secado los impulsos generosos de su alma. En sus circunstancias limitadas ha tenido corazón para hacer y ha hecho más a la vista de Dios por aquellos que estaban en necesidad de ayuda que muchos de sus hermanos que están bendecidos con el don de la vista y que tienen una buena propiedad. El hermano E tiene un capital en su sagacidad comercial y su facultad inventiva. Él ha trabajado esforzadamente con la elevada esperanza de inventar un negocio mediante el cual podría sostenerse a sí mismo y no depender de sus hermanos. 

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Quisiera que todos pudiéramos ver como Dios ve. Quisiera que todos pudiéramos comprender cómo Dios mira a esos hombres que profesan ser seguidores de Cristo, y que tienen la bendición de la vista y la ventaja de poseer recursos, y que sin embargo envidian la pequeña prosperidad que disfruta un pobre ciego, y quisieran beneficiarse, aumentar su reserva de recursos, a expensas de su hermano afligido. Esto es considerado por Dios como un robo y como la manifestación más criminal de egoísmo, y es un pecado agravante, que él seguramente castigará. Dios nunca olvida. No examina estas cosas con ojos humanos y con un juicio humano frío e insensible. Ve las cosas no desde el punto de vista mundano, sino desde el punto de vista de la misericordia, la compasión y el amor infinito. 

El hermano H trató de ayudar al hermano E, pero no con motivos desinteresados. Al principio se despertó su compasión. Vio que el hermano E necesitaba ayuda. Pero pronto perdió su interés y ganaron fuerza sentimientos egoístas, hasta que la conducta de sus hermanos trajo como consecuencia que el hermano E se viera perjudicado antes que beneficiado. Estas cosas han desanimado grandemente al hermano E y han tendido a sacudir su confianza en sus hermanos. Como resultado estos asuntos lo han involucrado en deudas que él no pudo pagar. Cuando comprendió los sentimientos egoístas que algunos de sus hermanos tenían hacia él, esto lo afligió y a veces lo perturbó. A veces sus sentimientos han sido casi incontrolables al comprender su condición desvalida, sin vista, sin recursos, sin salud, y con algunos de sus hermanos trabajando en contra de él. Esto ha aumentado grandemente su aflicción y ha producido un efecto terrible sobre su salud. 

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Se me mostró que el hermano E tiene algunas buenas cualidades mentales que podrían ser mejor apreciadas si poseyera más dominio propio y no se alterase. Cada exhibición de impaciencia y de mal humor habla en contra de él, y es aprovechada al máximo por algunos que son culpables de pecados mucho más serios a la vista de Dios. Los principios del hermano E son buenos. Tiene integridad. No es un hombre deshonesto. No defraudaría a nadie conscientemente. Pero tiene faltas y pecados que deben ser vencidos. Él, al igual que otros hombres, tiene que lidiar con la naturaleza humana. Demasiado a menudo es impaciente y a veces, arrogante. Debiera albergar un espíritu más amable y cortés y cultivar gratitud de corazón hacia aquellos que se han interesado en su caso. Por naturaleza tiene un temperamento impetuoso cuando es incitado repentinamente o se lo provoca en forma irrazonable. Pero, a pesar de esto, tiene una disposición para hacer lo recto, y siente arrepentimiento sincero hacia Dios cuando reflexiona sobre sus errores. 

Si ve que sus hermanos están inclinados a hacerle justicia, él será generoso para perdonar y suficientemente humilde como para desear la paz, aunque tenga que hacer grandes sacrificios para obtenerla. Pero se excita fácilmente; es de un temperamento nervioso. Él necesita la influencia subyugadora del Espíritu de Dios. Si aquellos que están listos para censurarlo consideraran sus propios errores y bondadosamente pasaran por alto las faltas de él tan generosamente como debieran, manifestarían el espíritu de Cristo. El hermano E tiene una tarea que hacer para vencer. Sus palabras y su modo de tratar a otros debieran ser gentiles, amables y agradables. Debiera precaverse estrictamente contra todo lo que tenga sabor de un espíritu dictatorial o de modales o palabras altaneras.

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Si bien Dios es amigo del ciego y el desdichado, no excusa sus pecados. Les requiere que venzan y perfeccionen un carácter cristiano en el nombre de Jesús, quien obtuvo la victoria en su favor. Pero Jesús se compadece de nuestras debilidades y está listo para dar fuerzas a fin de soportar las pruebas y resistir las tentaciones de Satanás, si echamos todas nuestras cargas sobre él. Se envía a ángeles para ministrar a los hijos de Dios que son físicamente ciegos. Hay ángeles que cuidan sus pasos y los salvan de mil peligros, los cuales, sin que ellos lo sepan, asedian su camino. Pero su Espíritu no los acompañará a menos que alberguen un espíritu de bondad y busquen seriamente ejercer control sobre su naturaleza y colocar sus pasiones y cada facultad en sumisión a Dios. Deben cultivar un espíritu de amor y controlar sus palabras y acciones.

Se me mostró que Dios requiere de su pueblo que sean mucho más compasivos y considerados hacia los infortunados que lo que son. “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo”. Santiago 1:27. Aquí se define la religión genuina. Dios requiere que la misma consideración que debiera darse a la viuda y al huérfano sea dada al ciego y a los que sufren bajo la aflicción de otras debilidades físicas. La benevolencia desinteresada es muy rara en esta época del mundo.

Se me mostró, en el caso del hermano E, que aquellos que de cualquier forma lo trataran injustamente y lo desanimaran en sus esfuerzos por ayudarse a sí mismo, o que, codiciando la prosperidad del pobre ciego, se aprovecharan de su situación inferior, acarrearían sobre ellos mismos la maldición de Dios, quien es el amigo del ciego. Se dieron órdenes especiales a los hijos de Israel con referencia al ciego: “No oprimirás a tu prójimo, ni le robarás. No retendrás el salario del jornalero en tu casa hasta la mañana. No maldecirás al sordo, y delante del ciego no pondrás tropiezo, sino que tendrás temor de tu Dios. Yo Jehová. No harás injusticia en el juicio, ni favoreciendo al pobre ni complaciendo al grande; con justicia juzgarás a tu prójimo”. Levítico 19:13-15. “Maldito el que redujere el límite de su prójimo. Y dirá todo el pueblo: Amén. Maldito el que hiciere errar al ciego en el camino. Y dirá todo el pueblo: Amén. Maldito el que pervirtiere el derecho del extranjero, del huérfano y de la viuda. Y dirá todo el pueblo: Amén”. Deuteronomio 27:17-19.

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Es extraño que profesos cristianos hagan caso omiso de las enseñanzas claras y positivas de la Palabra de Dios y no sientan remordimiento de conciencia. Dios coloca sobre ellos la responsabilidad de cuidar del infortunado, el ciego, el cojo, la viuda y el huérfano; pero muchos no hacen el menor esfuerzo por tenerlo en cuenta. A fin de salvar a los tales, Dios frecuentemente los pone bajo la vara de la aflicción y los coloca en situaciones similares a las que ocupaban las personas que necesitaban comprensión y apoyo, pero que no lo recibieron de sus manos.

Dios considerará responsable a la iglesia, como un cuerpo, por la conducta equivocada de sus miembros. Si se permite que en cualquiera de sus miembros exista un espíritu egoísta e indiferente hacia el infortunado, la viuda, el huérfano, el ciego, el cojo, o aquellos que están enfermos en su cuerpo o en su mente, él ocultará su rostro de su pueblo hasta que cumplan con su deber y quiten el mal que hay entre ellos. Si cualquiera que profesa el nombre de Cristo representa mal a su Salvador olvidándose de su deber hacia el afligido, o si en cualquier forma procuran sacar ventaja de la lesión de los desafortunados, robándoles así de sus recursos, el Señor considera a la iglesia responsable por el pecado de sus miembros hasta que hayan hecho todo lo que pueden para remediar el mal existente. Él no oirá la oración de su pueblo mientras el huérfano, el cojo, el ciego y el enfermo que están entre ellos sean descuidados. 

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La frase “estar del lado del Señor” significa más que meramente repetirla en la reunión. El lado del Señor es siempre el lado de la misericordia, la compasión y la solidaridad con el sufriente, como se verá en el ejemplo que nos es dado en la vida de Jesús. Se nos requiere que imitemos su ejemplo. Pero hay algunos que no están del lado del Señor en cuanto a estas cosas; están del lado del enemigo. Al darles a sus oyentes una ilustración sobre este tema, Jesús dijo: 

“De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis. Entonces también ellos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, o en la cárcel, y no te servimos? Entonces les responderá diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis. E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna”. Mateo 25:40-46. 

Aquí en su sermón Cristo se identifica con la humanidad sufriente e inculca claramente en todos nosotros la verdad de que la indiferencia o la injusticia hechas al menor de sus santos son hechas a él. Aquí está el lado del Señor, y cualquiera que esté en el lado del Señor, que venga con nosotros. El amado Salvador es herido cuando herimos a uno de sus humildes santos.

El justo Job se lamenta por sus aflicciones y defiende su causa cuando es acusado injustamente por uno de sus consoladores. Dice: “Yo era ojos al ciego, y pies al cojo. A los menesterosos era padre, y de la causa que no entendía, me informaba con diligencia; y quebrantaba los colmillos del inicuo, y de sus dientes hacía soltar la presa”. Job 29:15-17. 

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