Testimonios para la Iglesia, Vol. 4, p. 450-459, día 244

Todas las manos de nuestras agencias deberían disponerse en la condición más favorable para la formación de hábitos buenos y correctos. Cada día, varias veces, se deberían consagrar unos momentos dorados y preciosos a la oración y el estudio de las Escrituras, ni que sea sólo memorizar un texto, para que en el alma haya vida espiritual. Los múltiples intereses de la causa nos dan alimento para reflexionar e inspirar nuestras oraciones. La comunión con Dios es esencial para la salud espiritual y es la única vía de adquisición de la sabiduría y el correcto juicio tan necesarios en el desempeño de cada deber. 

La fortaleza adquirida mediante la oración a Dios, unida al esfuerzo individual por formar lamente en la reflexión y las responsabilidades, prepara a la persona para los deberes diarios y mantiene el espíritu en paz en cualquier situación, por más dura que sea. Las tentaciones a las que estamos expuestos diariamente hacen de la oración una necesidad. Para que el poder de Dios pueda guardarnos por la fe, los deseos de la mente deberían ascender continuamente en oración silenciosa pidiendo ayuda, luz, fuerza y sabiduría. Pero la meditación y la oración no deben ocupar el tiempo del aprovechamiento fiel y honesto del tiempo. La oración y el trabajo son precisos para perfeccionar el carácter cristiano. 

Debemos vivir una vida de doble aspecto. Debe ser una vida de meditación y acción, de oración silenciosa y de trabajo honesto. Todos los que han recibido la luz de la verdad deberían sentir que es su deber extender los rayos de luz sobre la senda del impenitente. Deberían ser testigos de Cristo en nuestras agencias así como en la iglesia. Dios nos exige que seamos epístolas vivientes, conocidas y leídas por todos los hombres. El alma que se vuelve a Dios en busca de fuerza, apoyo y poder mediante la oración diaria y sincera tendrá nobles aspiraciones, claras percepciones de la verdad y el deber, elevados propósitos de acción y un hambre y una sed de justicia continuas. Al mantener la unión con Dios seremos capaces de difundir a otros, mediante nuestras relaciones con ellos, la luz, la paz, y la serenidad que gobiernan nuestro corazón y seremos para ellos un ejemplo de fidelidad inquebrantable a los intereses de la obra en la que participamos. 

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En muchos que trabajan en nuestras agencias hay una ausencia casi absoluta del amor y el temor de Dios. El yo gobierna, el yo controla y Dios y el cielo apenas entran en la mente. Si esas personas pudieran ver que se encuentran en el límite mismo del mundo eterno y que sus intereses futuros se determinarán por sus acciones presentes, habría un notable cambio en todas las manos empleadas en esas agencias. 

Pero muchos que participan de la sagrada tarea de Dios están paralizados por los engaños de Satanás. Duermen un sueño hipnótico. Los días y los meses pasas y ellos permanecen despreocupados como si no hubiera Dios, ni futuro, ni cielo, ni castigo por el abandono del deber o por evitar las responsabilidades. Pero se acerca el día en que se decidirán todos los casos según las obras. Muchos tienen un registro terriblemente destacado en el Libro Mayor del Cielo. 

Cuando esos obreros acepten su responsabilidad, cuando pongan sus almas contaminadas ante Dios y su clamor se aferre sinceramente a su fuerza, sabrán por ellos mismos que Dios escucha y responde las oraciones. Cuando se despierten verán qué han perdido con su indiferencia y su infidelidad. Entonces sabrán que sólo habrán alcanzado un nivel muy bajo cuando, de haber cultivado y aprovechado la mente y sus capacidades, podrían haber tenido una experiencia rica y podrían haber sido instrumentos de salvación de sus semejantes. Y, aun cuando se lleguen a salvar, verán por toda la eternidad las oportunidades perdidas durante el tiempo de gracia. 

Los que están empleados en las agencias han descuidado demasiado los privilegios religiosos. Nadie que trate esos privilegios con indiferencia debería entrar en la obra de Dios porque todas esas personas se unen a los ángeles malvados y son una nube de tinieblas, una piedra de tropiezo para otros. Para conseguir que la obra sea un éxito, cada departamento de las agencias debe gozar de la presencia de ángeles celestiales. Cuando el Espíritu de Dios obre en el corazón, limpiando el templo del alma de su desviación mundana y amor del placer, todos asistirán a la reunión de oración, fieles en el cumplimiento de su deber y ansiosos por cosechar las ganancias que puedan obtener. El obrero fiel por el Maestro aprovechará cada oportunidad para ponerse bajo los rayos de luz que descienden del trono de Dios y esa luz se reflejará sobre otros.

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No sólo es preciso asistir fielmente a la reunión de oración, sino que, con una frecuencia semanal, se debería llevar a cabo una reunión de alabanza. En ella se debería hablar de la bondad y las múltiples gracias de Dios. Si expresásemos nuestro agradecimiento por las bendiciones recibidas con la misma libertad con que hablamos de nuestros pesares, de nuestras dudas y de la incredulidad, traeríamos el gozo al corazón de otros en lugar de arrojar sobre ellos el desaliento y la tiniebla. Los quejosos y murmuradores, que siempre ven el desaliento en el camino y hablan de pruebas y dificultades deberían contemplar el infinito sacrificio que Cristo hizo por ellos. Entonces podrán valorar todas las bendiciones a la luz de la cruz. Mientras miren a Jesús, Autor y Fin de nuestra fe, que ha sido traspasado por nuestros pecados y cargado con nuestro sufrimiento, encontraremos una causa para la gratitud y la alabanza y nuestros pensamientos y deseos se someterán a la voluntad de Cristo. 

En las bendiciones que nuestro Padre celestial nos ha otorgado podemos discernir innumerables pruebas de un amor que es infinito y una tierna compasión que sobrepasa el amor suspirante de una madre por su hijo descarriado. Cuando estudiemos el carácter divino a la luz de la cruz veremos misericordia, ternura y perdón mezcladas con equidad y justicia. Como el apóstol Juan exclamaremos: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios”. 1 Juan 3:1. En medio del trono veremos las marcas en las manos, en los pies y en el costado del sufrimiento que reconcilió al hombre con Dios y a Dios con el hombre. La misericordia inigualable nos revela un Padre infinito, que mora en una luz inalcanzable, y sin embargo, nos recibe por los méritos de su hijo. La nube de venganza que sólo amenazaba con miseria y desesperación, a la luz reflejada de la cruz revela la escritura de Dios: “Vive, pecador, vive. Almas penitentes y creyentes, vivid. He pagado el rescate”. 

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Debemos reunirnos entorno a la cruz. Cristo crucificado debe ser el tema de nuestra contemplación, de nuestra conversación y de nuestra emoción más jubilosa. Debemos tener estas citas especiales con el propósito de mantener fresco en nuestro pensamiento todo aquello que recibimos de Dios y expresar nuestra gratitud por su gran amor y nuestro deseo de confiarlo todo en la mano que fue clavada en la cruz por nosotros. Aquí debemos aprender a hablar la lengua de Canaán, a cantar los cánticos de Sión. Por el misterio y la gloria de la cruz podemos valorar en su justa medida al hombre y ver y sentir la importancia de trabajar por el prójimo para que pueda ser elevado al trono de Dios. 

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El carácter sagrado de los votos

La breve pero terrible historia de Ananías y Safira ha sido registrada por la pluma inspirada para beneficio de todos los que profesan seguir a Cristo. Esta lección importante no ha pesado lo suficiente en la mente de nuestro pueblo. Será provechoso para todos considerar reflexivamente la naturaleza de la grave ofensa por la cual aquellos culpables recibieron un castigo ejemplar. Esta señalada evidencia de la justicia retributiva de Dios es terrible, y debe inducir a todos a temer repetir el pecado que produjera semejante castigo. El egoísmo era el gran pecado que había torcido el carácter de esa pareja culpable. 

Juntamente con otros, Ananías y su esposa Safira habían tenido el privilegio de oír el evangelio predicado por los apóstoles. El poder de Dios acompañaba la palabra hablada, y una profunda convicción se apoderó de todos los presentes. La influencia enternecedora de la gracia de Dios los indujo, en su corazón, a renunciar a su egoísta posesión de bienes terrenales. Mientras se hallaban bajo la influencia directa del Espíritu de Dios hicieron la promesa de dar al Señor ciertas tierras; pero cuando ya no estaban bajo esa influencia celestial, la impresión era menos fuerte y empezaron a dudar y a rehuir el cumplimiento de la promesa que habían hecho. Pensaron que se habían apresurado demasiado y desearon reconsiderar el asunto. Así abrieron una puerta por la cual Satanás entró en seguida, y obtuvo el dominio de su mente. 

Este caso debe ser una advertencia a todos para que se guarden contra el primer ataque de Satanás. Primero albergaron la codicia. Luego, avergonzados de que sus hermanos supiesen que su alma egoísta lloraba lo que habían dedicado y prometido solemnemente a Dios, practicaron el engaño. Hablaron del asunto entre sí, y deliberadamente decidieron retener una parte del precio de la tierra. Cuando se los declaró culpables de su mentira, su castigo fue la muerte instantánea. Sabían que el Señor a quien habían defraudado los había escudriñado, pues Pedro dijo: “¿Por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios”. Hechos 5:3, 4.

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Era necesario un ejemplo especial para guardar a la joven iglesia contra la desmoralización; porque su número aumentaba rápidamente. De este modo se dio una advertencia a todos los que profesaban a Cristo en aquel entonces, y a todos los que más tarde habían de profesar su nombre, respecto de que Dios requiere fidelidad en el cumplimiento de los votos. Pero a pesar de este notable castigo del engaño y la mentira, los mismos pecados han sido con frecuencia repetidos en la iglesia cristiana, y están muy difundidos en nuestra época. Se me ha mostrado que Dios dio ese ejemplo como amonestación a todos los que se viesen tentados a actuar de manera similar. El egoísmo y el fraude se practican diariamente en la iglesia, al retener ésta los recursos que Dios exige, robándole así y poniéndose en conflicto con los arreglos que él ha hecho para difundir la luz y el conocimiento de la verdad por toda la anchura y longitud de la tierra.

Dios, en sus sabios planes, hizo depender el avance de su causa de los esfuerzos personales de su pueblo, y de sus ofrendas voluntarias. Aceptando la cooperación del hombre en el gran plan de redención, le confirió señalada honra. El ministro no puede predicar a menos que se lo envíe. La obra de dispensar luz no incumbe sólo a los ministros. Cada persona, al llegar a ser miembro de la iglesia, se compromete a ser representante de Cristo y a vivir la verdad que profesa. Los que siguen a Cristo deben llevar adelante la obra que él les dejó cuando ascendió al cielo. 

Las instituciones que son instrumentos de Dios para llevar a cabo su obra en la tierra deben ser sostenidas. Deben erigirse iglesias, establecerse escuelas y proporcionarse a las casas editoras las cosas necesarias para hacer una gran obra en la publicación de la verdad que ha de ser proclamada a todas partes del mundo. Estas instituciones son ordenadas por Dios y deben ser sostenidas por los diezmos y las ofrendas generosas. A medida que la obra se amplía, se necesitarán recursos para hacerla progresar en todos sus ramos. Los que han sido convertidos a la verdad y han sido hechos participantes de su gracia, pueden colaborar con Cristo dándole ofrendas y sacrificios voluntarios. Cuando los miembros de la iglesia desean que no se hagan más pedidos de recursos, dicen virtualmente que se conformarían con que la causa no progresase.

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“E hizo Jacob voto, diciendo: ‘Si fuere Dios conmigo, y me guardare en este viaje en que voy, y me diere pan para comer y vestido para vestir, y si volviere en paz a casa de mi padre, Jehová será mi Dios. Y esta piedra que he puesto por señal, será casa de Dios; y de todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti’”. Génesis 28:20-22. Las circunstancias que indujeron a Jacob a hacer un voto al Señor eran similares a las que inducen a los hombres y las mujeres a hacerle votos en nuestro tiempo. Mediante un acto pecaminoso había obtenido la bendición que le había prometido la segura palabra de Dios. Al hacer esto había mostrado gran falta de fe en el poder de Dios para ejecutar sus propósitos por desalentadoras que fuesen las apariencias del momento. En lugar de obtener el puesto que codiciaba, se vio obligado a huir para salvar su vida de la ira de Esaú. Con sólo el bastón que tenía en la mano, tenía que viajar centenares de kilómetros por un país desolado. Había perdido el valor, y se sentía lleno de remordimiento y timidez, y trataba de evitar a los hombres, no fuese que su hermano airado pudiese seguirle el rastro. No tenía la paz de Dios para consolarlo; porque le acosaba el pensamiento de que había perdido el derecho a la protección divina. 

El segundo día de su viaje se acerca a su fin. Se siente cansado, hambriento y sin hogar, y le parece que Dios le ha abandonado. Sabe que ha traído todo esto sobre sí mismo por su mala conducta. Le rodean sombrías nubes de desesperación, y le parece ser un paria. Su corazón está lleno de un terror sin nombre y apenas se atreve a orar. Pero está tan completamente solo que siente la necesidad de la protección divina como nunca antes. Llora y confiesa sus pecados ante Dios, y suplica que le dé alguna evidencia de que no le ha abandonado completamente. Pero su cargado corazón no halla alivio. Ha perdido toda confianza en sí mismo, y teme que el Dios de sus padres lo haya rechazado. Pero ese Dios misericordioso se compadece del pobre hombre desamparado y pesaroso, que allega las piedras para formar su almohada y tiene tan sólo el pabellón de los cielos como tejado. 

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En una visión nocturna ve una escalera mística, cuya base descansa en la tierra, y cuya cúspide alcanza a la hueste estrellada, a los más altos cielos. Los mensajeros celestiales suben y bajan por esta escalera de brillo deslumbrante, mostrándole la senda que comunica el cielo con la tierra. Oye una voz que le renueva la promesa de misericordia, protección y bendiciones futuras. Cuando Jacob despierta de este sueño dice: “Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía”. Génesis 28:16. Mira en derredor suyo como esperando ver a los mensajeros celestiales; pero únicamente ve las borrosas líneas de los objetos de la tierra; y los cielos, que resplandecen con las gemas de luz, responden a su ferviente y asombrada mirada. La escalera y los brillantes mensajeros han desaparecido y sólo en su imaginación puede ver la gloriosa Majestad que se hallaba en su cumbre.

Jacob quedó abrumado por el profundo silencio de la noche, y con la vívida impresión de que se encontraba en la inmediata presencia de Dios. Su corazón estaba lleno de gratitud por no haber sido destruido. Ya no pudo dormir esa noche; llenaba su alma una profunda y ferviente gratitud, mezclada con santo gozo. “Y se levantó Jacob de mañana, y tomó la piedra que había puesto de cabecera, y la alzó por señal, y derramó aceite encima de ella”. Génesis 28:18. Y allí hizo su solemne voto a Dios. 

Jacob hizo ese voto mientras se hallaba refrigerado por los rocíos de la gracia y vigorizado por la presencia y la seguridad de Dios. Después que hubo pasado la gloria divina, tuvo tentaciones, como los hombres de nuestra época, pero fue fiel a su voto y no quiso albergar pensamientos referentes a la posibilidad de quedar libre de la promesa que había hecho. Podría haber razonado de manera muy similar a como lo hacen los hombres de hoy, diciéndose que esta revelación era tan sólo un sueño, que estaba muy excitado cuando formuló ese voto y por tanto no necesitaba cumplirlo; pero no obró así.

Transcurrieron largos años antes que Jacob se atreviera a volver a su país; pero cuando lo hizo, cumplió fielmente su deuda para con su Señor. Había llegado a ser rico, y una suma muy grande de sus propiedades pasó a la tesorería del Señor.

En nuestra época, muchos fracasan donde Jacob tuvo éxito. Aquellos a quienes Dios concedió más riquezas se inclinan con más intensidad a retener lo que tienen, porque deben dar una suma proporcional a su propiedad. Jacob dio el diezmo de todo lo que tenía y luego, reconociendo que antes lo había empleado para su uso personal, dio al Señor el beneficio de lo que había usado para sí durante el tiempo que había estado en un país pagano y no podía pagar su voto. Esto sumaba una cantidad elevada, pero no vaciló; no consideraba suyo, sino como del Señor, lo que había consagrado a Dios. 

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Según la cantidad concedida será la requerida. Cuanto mayor sea el capital confiado, más valioso es el don que Dios requiere que se le devuelva. Si un cristiano tiene diez o veinte mil dólares, las exigencias de Dios son imperativas para él, no sólo en cuanto a dar la proporción de acuerdo con el sistema del diezmo, sino en cuanto a presentar sus ofrendas por el pecado y agradecimiento a Dios. La dispensación levítica se distinguía de una manera notable por la santificación de la propiedad. Cuando hablamos del diezmo como norma de las contribuciones judaicas a los propósitos religiosos, no lo hacemos con pleno conocimiento de causa. El Señor mantenía sus requerimientos por encima de todo lo demás, y en casi todo hacía que los israelitas se acordaran de su Dador, pidiéndoles que le devolviesen algo. Se les pedía que pagasen rescate por su primogénito, por las primicias de sus rebaños y por las primeras gavillas de su mies. Se les requería que dejasen las esquinas de sus campos para los indigentes. Cuanto caía de su mano al segar debía quedar para los pobres, y una vez cada siete años debían dejar que las tierras produjesen espontáneamente para los menesterosos. Luego, había ofrendas de sacrificio, ofrendas por el pecado, y la remisión de todas las deudas cada séptimo año. Había también numerosos gastos destinados a la hospitalidad y los donativos para los pobres, y además, pesadas contribuciones sobre las propiedades.

En épocas fijas, a fin de conservar la integridad de la ley, se le preguntaba al pueblo si había cumplido fielmente sus votos o no. Unos pocos, de conciencia sensible, devolvían a Dios alrededor de la tercera parte de todos sus ingresos para beneficio de los intereses religiosos y para los pobres. Estas exigencias no se hacían a una clase particular de gente, sino a todos, siendo lo requerido proporcional a la cantidad que se poseía. Además de todos estos donativos sistemáticos y regulares, había objetos especiales que exigían ofrendas voluntarias, como cuando se edificó el tabernáculo en el desierto, y el templo en Jerusalén. Dios hacía esas substracciones tanto para beneficiar al pueblo mismo como para sostener el servicio del culto.

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Entre nuestro pueblo debe haber un despertar acerca de este asunto. Son sólo pocos los hombres que sienten remordimiento de conciencia si descuidan su deber en cuanto a la beneficencia. Muy pocos sienten remordimiento de alma por robar diariamente a Dios. Si un cristiano, deliberada o accidentalmente, paga a su vecino menos de lo que le debe o se niega a cancelar una deuda honorable, su conciencia lo perturbará, a menos que esté cauterizada; no podrá descansar aun cuando nadie sepa del asunto sino él. Hay muchos votos descuidados y promesas que no han sido pagadas, y sin embargo, cuán pocos afligen sus ánimos pensando en el asunto; cuán pocos sienten la culpabilidad de esta violación de sus deberes. Debemos sentir nuevas y más profundas convicciones al respecto. La conciencia debe ser despertada, y el asunto debe recibir sincera atención, porque habrá que dar cuenta de ello a Dios en el último día, y sus exigencias han de ser cumplidas. 

Las responsabilidades del negociante cristiano, por grande o pequeño que sea su capital, estarán en exacta proporción con los dones que haya recibido de Dios. El engaño de las riquezas ha arruinado a millares y decenas de millares. Estos ricos se olvidan de que son mayordomos y de que se acerca rápidamente el día en que se les dirá: “Da cuenta de tu mayordomía”. Lucas 16:2. Según se demuestra en la parábola de los talentos, cada uno es responsable del sabio empleo de los dones que le han sido concedidos. El pobre de la parábola, por haber recibido el don menor, sentía menos responsabilidad y no empleó el talento a él confiado; por lo tanto fue echado a las tinieblas de afuera. 

Dijo Cristo: “¡Cuán difícil les es entrar en el reino de Dios, a los que confían en las riquezas!” Marcos 10:24. Y sus discípulos se quedaron asombrados de su doctrina. Cuando un ministro que ha trabajado con éxito en ganar almas para Jesucristo abandona su obra sagrada para obtener ganancias temporales, se le llama apóstata y habrá de dar cuenta a Dios por los talentos a los cuales dio mala aplicación. Cuando hombres de diferentes vocaciones: agricultores, mecánicos, abogados, etc., se hacen miembros de la iglesia, vienen a ser siervos de Cristo; y aunque sus talentos sean completamente diferentes, su responsabilidad en cuanto a hacer progresar la causa de Dios por el esfuerzo personal y con sus recursos, no es menor que la que descansa sobre el predicador. El ay que caerá sobre el ministro si no predica el evangelio, caerá tan seguramente sobre el negociante, si él, con sus diferentes talentos, no coopera con Cristo en lograr los mismos resultados. Cuando se le presente esto a cada individuo, algunos dirán: “Dura es esta palabra” (Juan 6:60); sin embargo, es veraz aunque sea contradicha continuamente por la práctica de hombres que profesan seguir a Cristo.

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