Testimonios para la Iglesia, Vol. 4, p. 490-499, día 248

No estudia la Biblia como debiera; por lo tanto, no se hace sabia en las Escrituras, ni se capacita cabalmente para toda buena obra. La lectura liviana fascina la mente y quita interés a la lectura de la Palabra de Dios. Procura hacer creer a otros que conoce las Escrituras; pero esto no puede ser porque su mente está llena de escoria. La Biblia requiere reflexión y escudriñamiento con oración. No basta con recorrerla superficialmente. Aunque algunos pasajes son demasiado claros para que se los entienda mal, otros son más intrincados y exigen estudio cuidadoso y paciente. Como el metal precioso oculto en las colinas y las montañas, es necesario buscar sus gemas de verdad y almacenarlas en la mente para uso futuro. ¡Ojalá que todos ejercitasen sus mentes tan constantemente en la búsqueda del oro celestial como en la del oro que perece! 

Cuando escudriñe las Escrituras con el ferviente deseo de aprender la verdad, Dios impartirá su Espíritu a su corazón e impresionará su mente con la luz de su Palabra. La Biblia es su propio intérprete, pues un pasaje explica otro. Comparando los textos que se refieren a los mismos temas, verá usted una belleza y una armonía que nunca soñó. No hay otro libro cuya lectura fortalezca, amplíe, eleve y ennoblezca la mente como la lectura del Libro de los libros. Su estudio imparte nuevo vigor a la mente, que así es puesta en contacto con temas que requieren reflexión fervorosa y es impulsada a orar a Dios para poder comprender las verdades reveladas. Si se deja que la mente trate temas comunes en vez de problemas difíciles y profundos, se estrechará hasta el nivel de los asuntos que contemple y perderá finalmente su poder de expansión. 

Lo más lamentable de su conducta es que sus errores y equivocaciones se reproducen en sus hijos. Su hija I está absorta en la lectura, sus facultades mentales están siendo perjudicadas, permanentemente perjudicadas, por seguir su ejemplo. Nunca sentirá gusto por los estudios ni será apta para ellos. Al principio de la vida la mente es moldeable. Siémbrese entonces la buena semilla en terreno abonado y dará fruto para vida eterna.

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Los hábitos formados en la juventud, aunque luego puedan ser modificados de algún modo, raramente cambian en esencia. La herencia de carácter que recibió al nacer ha moldeado toda su vida. El temperamento perverso de su padre se ve en sus hijos. La gracia de Dios puede vencer esas malas tendencias, pero será una batalla terrible. Así mismo sucede con sus hijos. Los consiente como se consiente a sí misma. No tiene fuerza para negar el apetito que desea y así carga terriblemente sus órganos digestivos. Nadie puede gozar de buena salud y tolerar sus caprichos como usted. 

Y lo mismo es cierto en el caso de sus hijos. La mala disciplina de su madre que, en lugar de ocuparse de ellos, los privó tanto tiempo de los cuidados de una madre, ha estado a punto de arruinarlos. Aun así, una dirección firme y recta todavía puede mejorarlos de manera importante. Aún no están fuera de control aunque sea más difícil conseguir hacer de ellos lo que podrían haber sido si sus padres hubieran obrado correctamente. Si lo desea, la madre puede ver el resultado de sus acciones o se puede reformar e intentar contrarrestar el mal hecho. La senda por la que sus hijos empiecen a andar ahora puede llevar al vicio o la virtud, al honor o a la infamia, al cielo o al infierno. La influencia de una madre que ora, que teme a Dios, durará toda la eternidad. Aunque muera, su obra resistirá el paso del tiempo. 

Hermano y hermana H, ninguno de ustedes se da cuenta de la triste condición de sus hijos. Hermano H, ha sido negligente a la hora de adoptar una posición firme para controlarlos. En gran medida, el menor de sus hijos gobierna toda la casa. La dirección de sus dos hijos mayores fue totalmente errónea. Mientras que algunas veces, el hermano H era demasiado severo y les exigía lo que no les habría exigido a sus propios hijos, su conducta, hermana H, era aún peor. Se ponía de parte de los niños en su presencia y encendía sus jóvenes corazones con deseos de venganza. Les dio lecciones de insubordinación y habló irrespetuosamente de su esposo delante de ellos. Esa conducta estaba calculada para conducirlos al menosprecio por la corrección. Así se dejó una huella indeleble en sus mentes. 

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Ahora usted empieza a ver en sus hijos mayores los resultados de esta educación. Aun así, continúa la misma tarea con los hijos que Dios a partir de entonces le confió para que los cuidara. Su espíritu contradictorio e incontrolable es como un veneno insidioso introducido en el sistema y sus amargos resultados saldrán a la luz, tarde o temprano. Está dejando una marca no sobre la arena, sino en la roca, que, años a venir, testificará de su obra. 

Hermana, no tiene una conciencia sensible. Considere detenidamente qué hábitos forma y ore sinceramente para que la sangre del Cordero libere su perverso carácter de su desviación. Antes de que usted pueda ver el reino de Dios, es preciso que la conciencia reciba luz, que las pasiones se contengan y que el alma dé cobijo al amor de la verdad. 

Toda su vida le han sido precisos principios fijos y estables. Satanás todavía está al acecho. Su única esperanza ahora es una profunda conversión a Dios. No se engañe, porque es imposible burlar a Dios. Si hoy se acabara su tiempo de gracia, no tengo esperanza de que usted se salvase. Su salud, física, mental y moral, depende del correcto gobierno de su temperamento. Sin duda alguna, se enfrentará a cosas que la irritarán y la pondrán a prueba; pero con la fuerza de Jesús podrá dominarse. Salomón pone al que se controla por encima del vencedor de una batalla: “Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad”. Proverbios 16:32. 

Al permitirse excitaciones indebidas ha establecido un estado de cosas en su sistema que, a menos que se cambie, le costará la vida. Maltrata a su esposo, le dice cosas que ninguna esposa responsable diría a su marido. Ha prevaricado una y otra vez y ha llegado tan lejos como ser culpable de falsedades deliberadas para conseguir sus fines. La característica principal de su familia es la determinación de salirse con la suya a toda costa.

La conducta del hermano H no ha sido la debida. Sus cambios de humor son muy fuertes y no ha sido capaz de mantener sus sentimientos bajo el control de la razón. Hermano H, su salud está gravemente perjudicada por el exceso de comida y comer en horas no adecuadas. Esto causa un acceso excesivo de sangre al cerebro. La mente se confunde y usted no tiene un control adecuado sobre usted mismo. Parece un hombre de mente desequilibrada. Sus movimientos son bruscos, se irrita con facilidad y ve las cosas de manera exagerada y distorsionada. Mucho ejercicio al aire libre y una dieta abstemia son esenciales para su salud. No coma más de dos veces al día. Si siente que debe comer por la noche, beba agua fresca y por la mañana se sentirá mucho mejor por no haber comido. 

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No permitan que sus hijos coman caramelos, fruta o frutos secos, o ningún otro alimento, entre las horas de las comidas. Para ellos, dos comidas al día es mejor que tres. Si los padres predican con el ejemplo, y siguen sus principios, los hijos pronto los seguirán. Las irregularidades en la comida destruyen el tono saludable de los órganos digestivos y cuando los niños se sienten a la mesa los alimentos que ingieren no son saludables; sus apetencias exigen lo que es más perjudicial para ellos. En muchas ocasiones sus hijos han sufrido fiebres y temblores, causados por comidas inadecuadas, cuyos responsables eran sus padres. Es deber de los padres procurar que sus hijos adquieran hábitos que favorezcan la salud y, así, eviten muchos problemas. 

El hermano H corre peligro de padecer apoplejía y, si continúa desobedeciendo las leyes de la salud, su vida puede acabar súbitamente. En sus manos está ser una familia feliz o miserable. Sus propias acciones determinarán el futuro. Ambos necesitan suavizar las asperezas de sus caracteres y decir palabras de las que no se tengan que avergonzar en el día de Dios. Establezcan como norma de vida avanzar en la senda del deber. Desafíen las múltiples tentaciones que los asaltarán y sean fieles a la conciencia y a Dios; así su camino será fácil para sus pies. Si discuten por cosas que no merecen discusión todo cuanto obtendrán serán problemas. La senda de justicia es senda de paz. Es tan llana que el humilde y temeroso de Dios puede andar por ella sin tropiezo ni giros retorcidos. Aunque es un camino estrecho, los hombres de distinto temperamento pueden andar uno al lado del otro si sólo siguen al Capitán de su salvación. Los que quieran seguir cargando con los malos rasgos de carácter y los hábitos egoístas no pueden andar por este sendero porque, para ellos, es demasiado estrecho.

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El Gran Pastor se esfuerza lo indecible por llamar por su nombre a sus ovejas e invitarlas a seguir sus pasos. Busca al errante. Enciende el faro de su palabra para advertirlos del peligro. Les habla desde el cielo con advertencias y reprensiones y los invita a regresar a la senda correcta. Quiere ayudar al descarriado con su presencia y levantarlo cuando cae. Sin embargo, muchos se han adentrado tanto en la senda del pecado que no escuchan la voz de Jesús. Abandonan todo cuanto puede darles paz y seguridad, se rinden a un falso guía y, presuntuosamente, corren víctimas de una ciega confianza en ellos mismos y se alejan cada vez más de la luz y la paz, de la felicidad y el sosiego.

Les imploro que acojan la luz que Dios les ha dado y se reformen. La cruz de Cristo es nuestra única esperanza. Nos revela la grandeza del amor de nuestro Padre y el hecho de que la Majestad del cielo se sometió al insulto, la burla, la humillación y el sufrimiento por el gozo de ver que las almas que perecen se salvan en su reino. Si ustedes aman a sus hijos, que sea su principal estudio cómo prepararlos para la vida futura e inmortal. Con las desdichadas disposiciones que ahora poseen, nunca verán el paraíso de Dios. Trabajen mientras es tiempo, rediman el tiempo y ganen la corona de gloria inmortal. Sálvense ustedes mismos y salven su familia, porque la salvación de las almas es preciosa. 

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Casamientos antibíblicos

Estamos viviendo en los postreros días, cuando la locura referente al matrimonio constituye una de las señales de la próxima venida de Cristo. No se consulta a Dios en estos asuntos. La religión, el deber y los principios son sacrificados para seguir los impulsos del corazón no consagrado. No debiera haber mucha ostentación y regocijo por la unión de los cónyuges. Ni siquiera hay un matrimonio de cada cien que resulte feliz, que lleve la sanción de Dios y coloque a los cónyuges en una posición que les permita glorificarlo mejor. Las malas consecuencias de los casamientos mal concertados son innumerables. Se contraen por impulso. Rara vez se piensa en considerar sinceramente el asunto y se tiene por anticuado consultar a los que tienen experiencia. 

En lugar del amor puro imperan el impulso y la pasión no santificada. Muchos ponen en peligro sus propias almas y atraen sobre sí la maldición de Dios al entablar relaciones matrimoniales simplemente para satisfacer su fantasía. Me han sido mostrados los casos de algunos de los que profesan creer la verdad y han cometido el gran error de casarse con personas incrédulas. Tenían la esperanza de que el cónyuge incrédulo aceptaría la verdad; pero éste después de alcanzar su objeto se halla más lejos de la verdad que antes. Y luego empiezan los trabajos sutiles, los esfuerzos continuos del enemigo para apartar al creyente de la fe. 

Muchos están perdiendo ahora su interés y confianza en la verdad porque se han relacionado íntimamente con la incredulidad. Respiran una atmósfera de duda y descreimiento. Ven y oyen la incredulidad y, finalmente, la aprecian. Algunos tienen el valor de resistir a estas influencias, pero en muchos casos su fe queda imperceptiblemente minada y finalmente destruida. Satanás ha tenido éxito en sus planes. Obró por medio de sus agentes de manera tan silenciosa que las vallas de la fe y la verdad han sido vencidas antes que los creyentes tuviesen la menor sospecha del lugar adonde iban. 

Es algo peligroso aliarse con el mundo. Satanás sabe muy bien que la hora del casamiento de muchos jóvenes, tanto de un sexo como del otro, cierra la historia de su experiencia religiosa y de su utilidad. Quedan perdidos para Cristo. Tal vez hagan durante un tiempo un esfuerzo para vivir una vida cristiana; pero todas sus luchas se estrellan contra una constante influencia en la dirección opuesta. Hubo un tiempo en que era para ellos un privilegio y un gozo hablar de su fe y esperanza; pero luego llegan a no tener deseo de mencionar el asunto, sabiendo que la persona a la cual han ligado su destino no se interesa por ello. Como resultado, la fe en la preciosa verdad muere en el corazón, y Satanás teje insidiosamente en derredor de ellos una tela de escepticismo. 

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Llevar a los excesos lo legítimo constituye un grave pecado. Los que profesan la verdad pisotean la voluntad de Dios al casarse con incrédulos; pierden su favor y hacen obras amargas, de las que habrán de arrepentirse. La persona incrédula puede poseer un excelente carácter moral; pero el hecho de que no haya respondido a las exigencias de Dios y haya descuidado una salvación tan grande, es razón suficiente para que no se verifique una unión tal. El carácter de la persona incrédula puede ser similar al del joven a quien Jesús dirigió las palabras: “Una cosa te falta” (Marcos 10:21), y esa cosa era la esencial. 

A veces se arguye que el no creyente favorece la religión, y que como cónyuge es todo lo que puede desearse, excepto en una cosa, que no es creyente. Aunque el buen juicio indique al creyente lo impropio que es unirse para toda la vida con una persona incrédula, en nueve de cada diez casos triunfa la inclinación. La decadencia espiritual comienza en el momento en que se formula el voto ante el altar; el fervor religioso se enfría y se quebranta una fortaleza tras otra, hasta que ambos están lado a lado bajo el negro estandarte de Satanás. Aun en las fiestas de boda, el espíritu del mundo triunfa contra la conciencia, la fe y la verdad. En el nuevo hogar no se respeta la hora de oración. El esposo y la esposa se han elegido mutuamente y han despedido a Jesús. 

Al principio el cónyuge no creyente no se opondrá abiertamente; pero cuando se presenta la verdad bíblica a su atención y consideración, surge en seguida el sentimiento: “Te casaste conmigo sabiendo lo que era, y no quiero que se me moleste. De ahora en adelante quede bien entendido que la conversación sobre tus opiniones particulares queda prohibida”. Si el cónyuge creyente manifiesta algún fervor especial respecto de su propia fe, ello puede ser interpretado como falta de bondad hacia el que no tiene interés en la experiencia cristiana. 

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El cónyuge creyente razona que, dada su nueva relación, debe conceder algo al compañero que ha elegido. Asiste a diversiones sociales y mundanas. Al principio lo hace de muy mala gana; pero el interés por la verdad disminuye, y la fe se trueca en duda e incredulidad. Nadie habría sospechado que esa persona que antes era un creyente firme y concienzudo que seguía devotamente a Cristo pudiese llegar a ser la persona vacilante y llena de dudas que es ahora. ¡Oh, qué cambio realizó ese casamiento imprudente! 

¿Qué debe hacer todo creyente cuando se encuentra en esa penosa situación que prueba la integridad de los principios religiosos? Con firmeza digna de imitación debe decir francamente: “Soy cristiano a conciencia. Creo que el séptimo día de la semana es el día de reposo bíblico. Nuestra fe y principios son tales que van en direcciones opuestas. No podemos ser felices juntos, porque si yo sigo adelante para adquirir un conocimiento más perfecto de la voluntad de Dios, llegaré a ser más diferente del mundo y semejante a Cristo. Si usted continúa no viendo hermosura en Cristo ni atractivos en la verdad, amará al mundo, al cual yo no puedo amar, mientras yo amaré las cosas de Dios que usted no puede amar. Las cosas espirituales se disciernen espiritualmente. Sin discernimiento espiritual usted no podrá ver los derechos que Dios tiene sobre mí, ni podrá comprender mis obligaciones hacia el Maestro a quien sirvo; por lo tanto le parecerá que yo le descuido por los deberes religiosos. Usted no será feliz; sentirá celos por el afecto que entrego a Dios; y yo igualmente me sentiré aislado por mis creencias religiosas. Cuando sus opiniones cambien, cuando usted responda a las exigencias de Dios y aprenda a amar a mi Salvador, podremos reanudar nuestras relaciones”.

El creyente hace así un sacrificio por Cristo que su conciencia aprueba, y demuestra que aprecia demasiado la vida eterna para correr el riesgo de perderla. Siente que sería mejor permanecer soltero que ligar sus intereses para toda la vida a una persona que prefiere el mundo a Cristo, y que lo apartaría de su cruz. Pero muchos no reconocen el peligro que entraña el conceder los afectos a personas incrédulas. En las mentes juveniles el matrimonio está revestido de romanticismo y es difícil despojarlo de ese carácter que le presta la imaginación, para hacer que la mente comprenda cuán pesadas responsabilidades entraña el voto matrimonial. Liga los destinos de dos personas con vínculos que sólo la muerte puede cortar.

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¿Podrá aquél que busca gloria, honra, inmortalidad y vida eterna unirse con otra persona que rehúsa alistarse con los soldados de la cruz de Cristo? Vosotros, los que profesáis elegir a Cristo como vuestro Maestro y obedecerlo en todas las cosas, ¿habréis de unir vuestros intereses con personas regidas por el príncipe de las potestades de las tinieblas? “¿Andarán dos juntos, sí no estuvieron de acuerdo?” “Si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra, de toda cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos” Amós 3:3; Mateo 18:19. ¡Pero cuán extraño es el espectáculo! Mientras una de las personas tan íntimamente unidas se dedica a la oración, la otra permanece indiferente y descuidada; mientras una busca el camino que lleva al cielo a la vida eterna la otra se encuentra en el camino anchuroso que lleva a la muerte. 

Centenares de personas han sacrificado a Cristo y el cielo al casarse con personas inconversas. ¿Pueden conceder tan poco valor al amor y a la comunión de Cristo que prefieren la compañía de pobres mortales? ¿Estiman tan poco el cielo que están dispuestos a arriesgar sus goces uniéndose con una persona que no ama al precioso Salvador? 

La felicidad y prosperidad de la vida matrimonial dependen de la unidad de los cónyuges. ¿Cómo puede armonizar el ánimo carnal con el ánimo que se ha asimilado el sentir de Cristo? El uno siembra para la carne, piensa y obra de acuerdo con los impulsos de su corazón; el otro siembra para el Espíritu, tratando de reprimir el egoísmo, vencer la inclinación propia y vivir en obediencia al Maestro, cuyo siervo profesa ser. Así que hay una perpetua diferencia de gusto, inclinación y propósito. A menos que el creyente gane al impenitente por su firme adhesión a los principios cristianos, lo más común es que se desaliente y venda esos principios por la compañía de una persona que no está relacionada con el Cielo. 

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Dios prohibió estrictamente que su antiguo pueblo formase alianzas matrimoniales con otras naciones. Se arguye ahora que esta prohibición tenía por objeto evitar que los hebreos se casasen con idólatras y se relacionasen con familias paganas. Pero los paganos estaban en una condición más favorable que los impenitentes de esta época quienes, teniendo la luz de la verdad, se niegan, sin embargo, con persistencia, a aceptarla. El pecador moderno es mucho más culpable que los paganos, porque la luz del Evangelio resplandece claramente en derredor de él. Viola su conciencia y es deliberadamente enemigo de Dios. La razón que Dios alegó al prohibir estos casamientos era: “Porque desviará a tu hijo de en pos de mí”. Deuteronomio 7:4. Los antiguos hijos de Israel que se atrevieron a despreciar la prohibición de Dios lo hicieron sacrificando los principios religiosos. Tomemos por ejemplo el caso de Salomón. Sus esposas apartaron su corazón de su Dios. 

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