Testimonios para la Iglesia, Vol. 6, p. 272-280, día 365

Nuestro deber hacia la familia de la fe

Nuevos observadores del sábado

En nuestro medio hay siempre dos clases de pobres: los que se arruinan por su propia conducta indisciplinada y continúan en su desobediencia; y los que por amor de la verdad se encuentran en aprietos. Debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, y si lo hacemos obraremos correctamente con ambos grupos bajo la dirección y el consejo de la sana prudencia. 

No cabe la menor duda que a los pobres del Señor se les debe ayudar en todos los casos cuando sea para su beneficio. 

Dios quiere que su pueblo revele a un mundo pecaminoso que él no lo ha dejado perecer. Debemos esmerarnos en ayudar a los que por causa de la verdad son expulsados de sus casas y obligados a sufrir. Cada vez más, habrá necesidad de corazones liberales, abiertos y generosos; corazones que llenos de compasión, se encarguen de esas personas a quienes el Señor ama. Los pobres que haya en el pueblo de Dios no deben dejarse sin que sus necesidades sean suplidas. Debe hallarse alguna manera por la cual puedan ganarse la vida. A algunos será necesario enseñarles a trabajar. Otros que trabajan mucho y están recargados hasta lo sumo para sostener sus familias, necesitarán auxilio especial. Debemos interesarnos en esos casos, y ayudarles a conseguir trabajo seguro. Debiera haber un fondo para ayudar a estas familias pobres dignas, que aman a Dios y obedecen sus mandamientos.

Debe ejercerse cautela para que los recursos que se necesitan para esta obra no se desvíen hacia otros fines. Auxiliar a los pobres que, por observar los mandamientos de Dios, se ven obligados a padecer necesidad, es cosa muy diferente de lo que sería abandonarlos para ayudar a personas blasfemas que pisotean la ley de Dios; y él ve la diferencia. Los observadores del sábado no deben pasar por alto a los dolientes y los menesterosos del Señor, para asumir la carga de sostener a quienes continúan desobedeciendo los mandamientos de Dios, a los que se han acostumbrado a esperar ayuda de cualquiera que los quiera socorrer. Esta no es la debida clase de obra misionera. No está en armonía con el plan de Dios. 

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Dondequiera que se establezca una iglesia, sus miembros deben hacer una obra fiel por los creyentes menesterosos. Pero no deben parar ahí. Deben ayudar también a otros, sin tener en cuenta su fe. Como resultado de un esfuerzo tal, algunos de estos recibirán las verdades especiales para este tiempo. 

Los pobres, los enfermos y los ancianos

“Cuando haya en medio de ti menesteroso de alguno de tus hermanos en alguna de tus ciudades, en la tierra que Jehová tu Dios te da, no endurecerás tu corazón, ni cerrarás tu mano contra tu hermano pobre: sino abrirás a él tu mano liberalmente, y en efecto le prestarás lo que necesite, Guárdate de tener en tu corazón pensamiento perverso, diciendo: Cerca está el año séptimo, el de la remisión; y miras con malos ojos a tu hermano menesteroso para no darle: Porque él podrá clamar contra ti a Jehová, y se te contará por pecado. Sin falta le darás, y no serás de corazón mezquino cuando le des: porque por ello te bendecirá Jehová tu Dios en todos tus hechos, y en todo lo que emprendas mano. Porque no faltarán menesterosos de en medio de la tierra; por eso yo te mando, diciendo: Abrirás tu mano a tu hermano, al pobre, y al menesteroso en tu tierra”. Deuteronomio 15:7-11. 

Por ciertas circunstancias, algunos de los que aman y obedecen a Dios, se empobrecen. Los hay que no son cuidadosos ni saben administrar sus cosas. Otros son pobres por causa de enfermedad y desgracia. Cualquiera que sea la causa, sufren necesidad y auxiliarlos es una parte importante de la obra misionera. 

Todas nuestras iglesias debieran cuidar de sus propios pobres. Debemos expresar nuestro amor a Dios haciendo bien a los menesterosos y dolientes de la familia de la fe, cuyas necesidades conocemos y debemos atender. Cada persona tiene la obligación especial ante Dios de compadecerse de los pobres dignos. No se los debe pasar por alto con ningún pretexto. 

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Pablo escribió a la iglesia de Corinto: “Asimismo, hermanos, os hacemos saber la gracia de Dios que ha sido dada a las iglesias de Macedonia; que en grande prueba de tribulación, la abundancia de su gozo y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad. Pues doy testimonio de que con agrado han dado conforme a sus fuerzas, y aun más allá de sus fuerzas; pidiéndonos con muchos ruegos, que les concediésemos el privilegio de participar en este servicio para los santos. Y no como lo esperábamos, sino que a sí mismos se dieron primeramente al Señor, y luego a nosotros por la voluntad de Dios; de manera que exhortamos a Tito, para que tal como comenzó antes, asimismo acabe también entre vosotros esta obra de gracia”. 2 Corintios 8:1-6. 

Jerusalén había sufrido hambre, y Pablo sabía que muchos de los cristianos habían sido esparcidos, y que los que permanecían iban a quedar probablemente privados de la simpatía de la gente y expuestos a la enemistad religiosa. Por lo tanto, exhortó a las iglesias a enviar ayuda pecuniaria a sus hermanos de Jerusalén. La cantidad recogida por las iglesias excedió lo que esperaban los apóstoles. Constreñidos por el amor de Cristo, los creyentes dieron liberalmente y se llenaron de gozo por haber podido expresar de esa manera su gratitud al Redentor y su amor hacia los hermanos. Tal es la verdadera base de la caridad según la Palabra de Dios. 

Se hace constantemente hincapié en la necesidad de cuidar a nuestros hermanos y hermanas ancianos que no tienen hogares. ¿Qué puede hacerse por ellos? La luz que el Señor me ha dado ha sido repetida: No es lo mejor establecer instituciones para el cuidado de los ancianos, a fin de que puedan estar acompañados. Tampoco se los debe despedir de la casa para que los atiendan en otra parte. Que los miembros de cada familia atiendan a sus parientes. Cuando esto no sea posible, la obra incumbe a la iglesia, y debe ser aceptada como un deber y privilegio. Todos los que tienen el espíritu de Cristo considerarán a los débiles y ancianos con respeto y ternura especiales. 

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Dios permite que sus pobres estén dentro de cada iglesia. Siempre los habrá entre nosotros, y el Señor coloca sobre los miembros de cada iglesia una responsabilidad personal en lo referente a cuidarlos. No debemos transferirla a otros. Debemos manifestar hacia los que están entre nosotros el mismo amor y simpatía que Cristo manifestaría si estuviese en nuestro lugar. Esto nos disciplinará y preparará para trabajar en las actividades de Cristo. 

El pastor debería instruir a las diversas familias y animar a la Iglesia para que atienda a sus propios enfermos y pobres. Debe poder ejercitar las facultades que Dios ha dado a los hermanos, y si una iglesia está recargada en este respecto las otras iglesias debieran acudir en su auxilio. Los miembros de la iglesia deben mostrar tacto e ingenio para cuidar de estos hijos del Señor. Renuncien a lujos y adornos inútiles, a fin de poder acomodar a los menesterosos que sufren. Al hacer esto, pondrán en práctica la instrucción dada en el capítulo 58 de Isaías, y recibirán la bendición prometida allí. 

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Nuestro deber hacia el mundo

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito”. “No envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”. Juan 3:16, 17. El amor de Dios abarca a toda la humanidad. Cristo, al enviar a sus discípulos, dijo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”. Marcos 16:15. 

Cristo quería que se hiciera en favor de los hombres una obra mayor que la que se había realizado hasta entonces. No quería que tanta gente eligiera permanecer bajo la bandera de Satanás y quedara registrada entre los rebeldes contra el gobierno de Dios. El Redentor del mundo no quería que la herencia que él había comprado viviera y muriera en sus pecados. ¿Por qué, entonces, son tan pocos los alcanzados y salvados? Es porque muchos de los que profesan ser cristianos imitan la manera de obrar del gran apóstata. Millares de los que no conocen a Dios podrían hoy regocijarse en su amor si los que dicen servirle obraran como Dios obró. 

Las bendiciones de la salvación, tanto temporales como espirituales, son para toda la humanidad. Son muchos los que se quejan de Dios porque hay tanta necesidad y dolor en el mundo; pero Dios nunca quiso que existiera esta miseria ni que algunos tuvieran exceso de lujos, mientras que los hijos de otros lloraran por pan. El Señor es un Dios benévolo. Hizo abundante provisión para satisfacer las necesidades de todos, y por medio de sus representantes, a quienes ha confiado sus bienes, quiere que las necesidades de todas sus criaturas sean suplidas.

Los que creen la Palabra de Dios lean las instrucciones contenidas en Levítico y Deuteronomio. Allí verán qué clase de educación se daba a las familias de Israel. Si bien el pueblo elegido por Dios debía destacarse y ser santo, separado de las naciones que no le conocían, tenía que tratar bondadosamente al extranjero. No debía despreciarlo porque no pertenecía a Israel. Los israelitas tenían que amar al extranjero, porque Cristo moriría tan ciertamente por él para salvarlo como lo haría para salvar a Israel. En sus fiestas de agradecimiento, cuando ellos recordaban las bendiciones de Dios, el extranjero debía ser bienvenido. En el tiempo de la cosecha, había que dejar en el campo una porción para el extranjero y el pobre. Así los extranjeros también participaban de las bendiciones espirituales de Dios. El Señor Dios de Israel ordenó que fuesen aceptados si decidían formar parte de la sociedad que lo reconocían como Señor. De esta manera, conocerían la ley de Jehová y lo glorificarían mediante su obediencia.

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Dios también desea hoy que sus hijos compartan sus bendiciones con el mundo, tanto en las cosas espirituales como en las temporales. Las preciosas palabras que siguen acerca del Salvador se dijeron para beneficio de cada discípulo de todas las épocas: “Ríos de agua viva brotarán de su corazón”. Juan 7:38. 

Pero en vez de compartir los dones de Dios, muchos de los profesos cristianos se enfrascan en sus propios y mezquinos intereses y privan egoístamente a sus semejantes de las bendiciones de Dios. 

Mientras que en su providencia Dios ha cubierto la tierra con sus bondades, y llenado sus almacenes con provisiones para sustentar la vida, por todas partes hay necesidades y miseria. Una Providencia generosa ha puesto en las manos de sus agentes humanos bienes abundantes para suplir las necesidades de todos, pero los mayordomos de Dios son infieles. En el mundo que profesa ser cristiano se gasta en extravagante ostentación lo suficiente para suplir las necesidades de todos los hambrientos y vestir a todos los desnudos. Muchos de los que han tomado sobre sí el nombre de Cristo están gastando su dinero en placeres egoístas, en la satisfacción de los apetitos carnales, en bebidas alcohólicas y en exquisitos manjares, en casas extravagantes, ropas y muebles lujosos, mientras que apenas echan una mirada de compasión y dirigen una palabra de simpatía a los que sufren. 

¡Cuánta miseria existe en el corazón mismo de nuestros países llamados cristianos! Pensemos en la condición de los pobres en nuestras grandes ciudades. Allí hay multitudes que no reciben siquiera el cuidado o la consideración que se otorga a las bestias. Hay miles de niños miserables, haraposos y hambrientos, con el vicio y la degradación escritos en el rostro. Hay familias hacinadas en miserables tugurios, muchos de los cuales son sótanos oscuros que chorrean humedad y suciedad. En esos terribles lugares nacen niños que en su infancia y juventud no ven nada atractivo, ni perciben una vislumbre de las hermosas cosas naturales que Dios creó para deleitar los sentidos. Se deja a estos niños criarse y amoldar su carácter con la maldad, la miseria y los malos ejemplos que los rodean. Oyen el nombre de Dios solamente en blasfemias. Las palabras impuras, los efluvios del alcohol y el tabaco, la degradación moral de toda clase es lo que sus oídos y sus ojos perciben, y pervierten sus sentidos. Desde estas moradas miserables muchos que no saben nada de la oración claman por alimento y ropa.

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Nuestras iglesias tienen que hacer una obra de la cual muchos no tienen idea, una obra apenas iniciada. “Porque tuve hambre” dice Cristo “y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí”. Mateo 25:35, 36. Algunos piensan que todo lo que se espera de ellos es que den dinero para esta obra; pero están en un error. El dinero donado no puede reemplazar el ministerio personal. Es bueno que demos de nuestros recursos, y muchos más debieran hacerlo; pero se requiere de todos un servicio personal de acuerdo a sus fuerzas y oportunidades. 

La obra de atender a los menesterosos, los oprimidos, los dolientes, los indigentes, es la obra que cada iglesia que cree la verdad para este tiempo debiera haber estado haciendo desde hace mucho. Debemos manifestar la tierna simpatía del samaritano y suplir las necesidades físicas, alimentar a los hambrientos, traer a los pobres sin hogar a nuestras casas, pedir a Dios cada día la gracia y la fuerza que nos habiliten para llegar a las mismas profundidades de la miseria humana y ayudar a quienes no pueden ayudarse. Cuando hacemos esta obra, encontramos el momento oportuno para presentar a Cristo crucificado. 

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Cada miembro de la iglesia debe considerar que tiene el deber especial de trabajar por los que viven en su vecindario. Estudiad la mejor manera de ayudar a los que no tienen interés en las cosas religiosas. Mientras visitáis a vuestros amigos y vecinos, manifestad interés en su bienestar espiritual, tanto como en el temporal. Presentad a Cristo como el Salvador que perdona el pecado. Invitadlos a vuestra casa, y leed con ellos la preciosa Biblia y los libros que explican sus verdades. Esto, unido a himnos sencillos y oraciones fervientes, conmoverá su corazón. Enséñese a los miembros de la iglesia a hacer esta obra. Es tan importante como salvar a las almas sin luz en el extranjero. Mientras algunos se ocupan de las almas de países lejanos, que todos los que permanecen en su país se preocupen y trabajen con igual diligencia por la salvación de quienes los rodeen. 

Las horas que con tanta frecuencia se dedican a las diversiones que no renuevan el cuerpo ni el alma, debieran dedicarse a visitar a los pobres, los enfermos y los dolientes, o a ayudar a algún necesitado.

Al tratar de ayudar a los pobres, los despreciados y los abandonados, no trabajéis como si estuvierais subidos en los zancos de vuestra dignidad y superioridad, porque en tal caso nada lograríais. Sed verdaderamente convertidos y aprended de Aquel que es manso y humilde de corazón. Debemos recordar siempre al Señor. Como siervos de Cristo, digamos con frecuencia, no sea que lo olvidemos: “He sido comprado con precio”.

Dios no sólo pide nuestra benevolencia, sino también nuestra buena disposición, nuestras palabras animadoras, nuestro apretón de manos. Mientras visitamos a los afligidos hijos de Dios, hallaremos a algunos que han perdido la esperanza. Devolvámosles la alegría. Hay quienes necesitan el pan de vida; leámosles la Palabra de Dios. Sobre otros se extiende una tristeza que ningún bálsamo ni médico terrenal puede curar; oremos por ellos, y llevémoslos a Jesús. 

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En ocasiones especiales, algunos ceden a un sentimentalismo que los lleva a realizar acciones impulsivas. Creen que con eso prestan un gran servicio a Cristo, pero no es así. Su celo muere pronto, y descuidan su responsabilidad de prestar un servicio a Cristo. Lo que Dios acepta no es un servicio espasmódico; no son arrebatos de actividad emotiva lo que puede ser de beneficio para nuestros semejantes. Esos esfuerzos para hacer bien causan con frecuencia mayor perjuicio que beneficio. 

Los métodos para ayudar a los menesterosos deben considerarse con cuidado y oración. Debemos pedir sabiduría a Dios, porque él sabe mejor que los mortales cortos de vista cómo debe cuidarse a las criaturas que él hizo. Hay quienes dan indiscriminadamente a todo el que solicita su ayuda. En esto se equivocan. Al tratar de ayudar a los menesterosos, debemos esmerarnos por darles la ayuda debida. Ciertas personas se convertirán en un objeto central de caridad mientras se les ayude. Dependerán de otros mientras vean algo de lo cual puedan aprovecharse. Dándoles más tiempo y atención que lo debido, podemos estimular su ociosidad, incapacidad, extravagancia e intemperancia. 

Cuando damos a los pobres debemos preguntarnos: “¿Estoy estimulando la prodigalidad? ¿Estoy ayudándolos o perjudicándolos?” Nadie que puede ganarse la vida tiene derecho a depender de los demás.

La expresión: “El mundo me tiene que sostener”, tiene en sí la esencia de la mentira, del fraude y del robo. El mundo no tiene que sostener a nadie que pueda trabajar y ganarse la vida. Pero si alguno llega a nuestra puerta y pide alimento, no debemos despedirlo hambriento. Su pobreza puede ser el resultado de la desgracia.

Debemos ayudar a los que, con familias numerosas que sostener, tienen que luchar constantemente con la debilidad y la pobreza. Más de una madre viuda, con sus niños sin padre, trabaja más de lo que sus fuerzas le permiten a fin de conservar a sus pequeñuelos consigo y proveerles alimento y ropa. Muchas madres que están en esta situación han muerto por exceso de trabajo. Cada viuda necesita el consuelo de las palabras alentadoras, y muchas son las que debieran recibir ayuda material. 

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