Testimonios para la Iglesia, Vol. 1, p. 330-337, día 036

La falta de abnegación que se observa en algunos de sus siervos desagrada a Dios. No sienten preocupación por la obra. Causan la impresión de encontrarse en un estupor como el de la muerte. Esta falta de abnegación y perseverancia asombra y avergüenza a los ángeles. Mientras el Autor de nuestra salvación trabajaba y sufría por nosotros, se negó a sí mismo hasta el punto en que la totalidad de su vida fue una sucesión ininterrumpida de trabajo y privación. Pudo haber pasado sus días terrenos en medio del ocio y la abundancia, y disfrutar de los placeres de la vida; pero no satisfizo su conveniencia personal. Vivió para hacer bien a otros. Sufrió para salvar a otros del sufrimiento. Soportó hasta el final y completó la obra que se le había encomendado. Y todo eso, para salvarnos de la ruina. Y en la actualidad, ¿podría ser que nosotros, los indignos objetos de un amor tan grande, busquemos en esta vida una posición mejor que la que se le dio a nuestro Señor? Cada momento de nuestra vida hemos participado de las bendiciones de su gran amor, y por esta misma razón no podemos comprender plenamente las profundidades de ignorancia y miseria de las que hemos sido rescatados. ¿Podemos contemplar a Aquel que fue traspasado por nuestros pecados sin estar dispuestos a beber con él la amarga copa de humillación y aflicción? ¿Podemos contemplar a Cristo crucificado y desear entrar en su reino por otra vía que no sea la de gran tribulación?

No todos los predicadores se han dedicado de corazón a realizar la obra de Dios, en la forma como él lo requiere. Algunos han considerado que la suerte de los predicadores es dura, porque tenían que estar separados de su familia. Ellos olvidan que antes era más difícil trabajar que ahora. Antes había sólo pocos amigos de la causa. Ellos olvidan a los obreros sobre quienes Dios depositó el peso de la obra en el pasado. Entonces había un número reducido de personas que aceptaban la verdad como resultado de tanto esfuerzo. Los siervos elegidos por Dios lloraban y oraban para tener una comprensión clara de la verdad, y sufrían privaciones y gran negación de sí mismos a fin de llevar la verdad a otros. Avanzaron paso a paso a medida que las providencias de Dios señalaban el camino. No se preocupaban de su conveniencia personal ni retrocedían ante las dificultades. Dios, por medio de estos hombres, preparó el camino e hizo que la verdad resultara clara para el entendimiento de cualquier persona sincera. Todo quedó preparado para los ministros que desde entonces han recibido la verdad, pero algunos de ellos no han tomado sobre sí la carga de la obra. Buscan una suerte más fácil, una posición que requiera menos renunciamiento de sí mismos. Este mundo no es un lugar de descanso para los cristianos, y mucho menos para los ministros elegidos por Dios. Olvidan que Cristo dejó sus riquezas y su gloria en el cielo, y vino a este mundo para morir, y que él nos ha ordenado amarnos unos a otros así como él nos ha amado. Han olvidado a aquellos de quienes el mundo no era digno, que andaban vestidos con pieles de ovejas y cabras, y que fueron afligidos y atormentados.

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Se me hizo recordar el caso de los valdenses y lo que habían sufrido por su religión. Estudiaron concienzudamente la Palabra de Dios y vivieron de acuerdo con la luz que resplandecía sobre ellos. Fueron perseguidos y echados de sus hogares; fueron privados de sus posesiones que habían adquirido con mucho esfuerzo, y sus casas fueron quemadas. Huyeron a las montañas, donde sufrieron penalidades increíbles. Soportaron hambre, fatiga, frío y desnudez. La única ropa que muchos de ellos podían conseguir eran pieles de animales. Pero esos cristianos esparcidos y sin hogar se reunían para unir sus voces en himnos y alabanza a Dios por ser considerados dignos de sufrir por el nombre de Cristo. Se animaban y alegraban mutuamente, y estaban agradecidos aun por sus moradas miserables. Muchos de sus hijos enfermaron y murieron de hambre y frío, pero sus padres no pensaron ni por un momento renunciar a su religión. Valoraban el amor y el favor de Dios muy por encima de la tranquilidad y la holgura mundanas. Recibieron consuelo de Dios y con agradable anticipación contemplaron el premio y la recompensa futuros.

También se me recordó el caso de Martín Lutero, a quien Dios preparó para que realizara una obra especial. ¡Cuánto apreciaba él el conocimiento de la verdad revelada en la Palabra de Dios! Su mente anhelaba intensamente un fundamento seguro sobre el cual edificar su esperanza de que Dios sería su Padre y el cielo su hogar. La nueva y preciosa luz que lo había iluminada desde la Palabra de Dios, tenía para él un valor incalculable, y pensaba que si lograba difundirla, podría convencer al mundo. Se expuso a la ira de una iglesia caída y fortaleció a los que con él se alimentaban de las exquisitas verdades contenidas en la Palabra de Dios. Lutero fue el instrumento elegido por Dios para arrancar las vestiduras de hipocresía de la iglesia papal y dejar en descubierto su corrupción. Alzó valerosamente su voz, y con el poder del Espíritu Santo divulgó y reprobó los pecados de los dirigentes populares. Se dieron proclamas que instaban a la gente a matarlo en el lugar donde lo encontraran; así quedó a la merced de gente supersticiosa que obedecía a la cabeza de la Iglesia Romana. Pero Lutero no estimó valiosa su vida. Sabía que no estaba seguro en ninguna parte, y sin embargo eso no le hizo temblar. La luz que había visto y de la que se había alimentado, era vida para él, y la consideraba de más valor que todos los tesoros terrenos. Sabía que esos tesoros perecerían; pero las ricas verdades abiertas a su entendimiento y que obraban en su corazón, vivirían, y si las obedecía, lo conducirían a la inmortalidad.

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Cuando fue llamado a comparecer en Augsburgo para responder de su fe, obedeció. Ese hombre solitario que había provocado la ira de los sacerdotes y el pueblo, fue acusado ante aquellos que habían hecho temblar al mundo; era un humilde cordero rodeado por leones furiosos. Sin embargo, se mantuvo imperturbable; y con santa elocuencia, que sólo la verdad puede inspirar, presentó las razones de su fe. Sus enemigos procuraron mediante diversos modos silenciar al valeroso abogado de la verdad. Comenzaron halagándolo y prometiéndole honra y gloria. Pero la vida y los honores carecían de valor para él si es que debía comprarlos sacrificando la verdad. La Palabra de Dios brillaba en su entendimiento cada vez con mayor nitidez y claridad, lo que le hacía comprender mejor los errores, corrupciones e hipocresía del papado. Sus enemigos procuraron a continuación intimidarlo y hacerlo retractarse de su fe, pero él se mantuvo valientemente en defensa de la verdad.

Estaba dispuesto a morir por su fe, si Dios así lo requería; pero nunca renunciaría a ella. Dios le preservó la vida. Envió a sus ángeles a que lo asistieran y frustraran la rabia y los propósitos de sus enemigos, y a que lo sacaran con bien del tormentoso conflicto.

El poder sereno y digno de Lutero humilló a sus enemigos e infligió un terrible golpe al papado. Hombres poderosos y orgullosos decidieron que debía expiar con su sangre el daño que había provocado a su causa. Trazaron sus planes, pero Uno más poderoso que ellos estaba a cargo de Lutero. Su obra no había concluido. Los amigos de Lutero apresuraron su partida de Augsburgo. Se alejó del enemigo en la noche, montado en un caballo sin brida, y él iba desprovisto de armas, botas y espuelas. Prosiguió su viaje con mucha fatiga, hasta que se encontró entre sus amigos.

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Nuevamente se exacerbó la indignación del papado, por lo que resolvieron acallar la boca de ese intrépido abogado de la verdad. Lo conminaron a que compareciera en Worms, decididos a hacerle rendir cuentas de su locura. Aunque Lutero estaba débil de salud, no por eso se excusó. Conocía muy bien los peligros que le aguardaban. Sabía que sus poderosos enemigos adoptarían todas las medidas posibles para silenciarlo. Clamaban por su sangre con tanta saña como los judíos lo habían hecho por la sangre de Cristo. Pero él confiaba en el Dios que había preservado la vida de los tres ilustres jóvenes hebreos que fueron echados en el horno encendido. No sentía ansiedad ni preocupación por sí mismo. No luchaba por su propia vida, sino que su gran preocupación era que la verdad, que él consideraba tan preciosa, no fuera expuesta a los insultos de los impíos. El estaba preparado para morir antes que permitir que sus enemigos triunfaran. Cuando entró en Worms, miles de personas lo rodearon y acompañaron. Los emperadores y otros dirigentes importantes no habían sido escoltados por un séquito mayor. Había intenso entusiasmo; y una persona, con voz penetrante y plañidera, entonó un canto fúnebre para advertirle de lo que le esperaba. Pero el Reformador había previsto el costo y estaba preparado para sellar su testimonio con su sangre, si así lo disponía Dios.

Lutero estaba por presentarse ante una asamblea muy imponente para dar cuenta de su fe, y se volvió a Dios con fe en busca de fortaleza. Su valor y su fe fueron probados por un corto período. Se le presentaron peligros en diversas formas, y él se entristeció. Espesas nubes lo rodearon y ocultaron de él el rostro de Dios. Anhelaba avanzar con la confiada seguridad de que Dios estaba con él. No podía sentirse satisfecho hasta sentir que Dios lo acompañaba. Con sollozos entrecortados dirigió su angustiada oración al Cielo. Por momentos flaqueaba su espíritu, mientras en su imaginación sus enemigos se multiplicaban a su alrededor. El peligro que corría le hacía temblar. Vi que Dios en su sabia providencia lo preparó en esta forma para que no olvidara en quién debía confiar, y que no debía lanzarse impremeditadamente al peligro. Como instrumento suyo, Dios lo estaba preparando para la gran obra que le aguardaba.

La oración de Lutero fue escuchada. Recuperó su valor y su fe cuando se enfrentó a sus enemigos. Humilde como un cordero compareció entre los grandes hombres del mundo, quienes como lobos furiosos, fijaron sus ojos en él con la esperanza de deslumbrarlo con su poder y grandeza; pero él se había aferrado a la fortaleza de Dios, de modo que no sentía temor. Habló con tanta majestad y poder que sus enemigos no pudieron hacer nada contra él. Dios hablaba por medio de Lutero, y había reunido a emperadores y sabios, para deshacer su sabiduría públicamente, y para que todos vieran la fortaleza y firmeza de un hombre débil cuando se apoyaba en Dios, su Roca eterna.

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La actitud tranquila de Lutero contrastaba notablemente con la pasión y la ira manifestadas por los así llamados grandes hombres. No pudieron amedrentarlo para que se retractara de la verdad. Con noble sencillez y serena firmeza se mantuvo inconmovible como una roca. La oposición de sus enemigos, su ira y sus amenazas, como poderosa ola se abalanzaron contra él, pero fueron a deshacerse inofensivamente a sus pies. Lutero permaneció inconmovible. Quedaron mortificados al ver que su poder, que había hecho temblar a reyes y nobles, fuera despreciado de esa manera por un hombre humilde, y anhelaron hacerle sentir su ira torturándolo hasta hacerlo morir. Pero Uno que es más poderoso que los potentados del mundo, se había hecho cargo de este valeroso testigo. Dios tenía una obra para él. Todavía debía sufrir por la verdad. Tenía que verla abrirse paso entre sangrientas persecuciones. Debía verla vestida de cilicio y vituperada por fanáticos. Debía vivir para justificarla y defenderla cuando las poderosas autoridades del mundo procuraran destruirla. Debía vivir para verla triunfar y abatir los errores y supersticiones del papado. Lutero ganó una victoria en Worms, la cual debilitó al papado y se difundió por otros reinos y naciones. Este fue un golpe efectivo en favor de la Reforma.

Se me presentó el caso de los ministros que predican la verdad presente en contraste con los líderes de la Reforma; especialmente la vida dedicada y fervorosa de Lutero fue comparada con las vidas de algunos de nuestros predicadores. Demostró su perdurable amor por la verdad mediante su valor, su serena firmeza y su abnegación. Soportó pruebas y sacrificios, y a veces sufrió la más profunda angustia de espíritu, mientras defendía la verdad; y sin embargo no se quejó. Fue perseguido como bestia salvaje, pero lo sufrió todo gozosamente por amor a Cristo.

El último mensaje de misericordia se ha confiado a los humildes y fieles siervos de Dios de la actualidad. Dios ha conducido a los que no desechan las obligaciones, ha colocado responsabilidades sobre ellos, y por su intermedio ha presentado a su pueblo un plan de dadivosidad sistemática en el cual todos pueden participar y trabajar en armonía. Este sistema se ha puesto en práctica y ha funcionado en forma totalmente satisfactoria. Ha permitido sustentar con liberalidad a los predicadores y la causa. En cuanto los predicadores abandonaron su oposición y dejaron de ser estorbos, los miembros respondieron sinceramente al llamamiento y valoraron el sistema. Todo se facilita y resulta beneficioso para los predicadores, lo que les permite trabajar libres de preocupaciones. Nuestros hermanos han aceptado el sistema de la dadivosidad con una actitud de buena voluntad e interés que no se encuentra en ninguna otra clase de personas. Pero Dios manifiesta su desagrado con los predicadores que ahora se quejan y no emplean la totalidad de sus energías en la promoción de esta obra tan importante. Aunque no tienen excusas, algunos están engañados y piensan que están sacrificando demasiado y pasando un tiempo difícil, cuando en realidad no saben nada de lo que es el sufrimiento, la negación de sí mismo y la necesidad. Es posible que con frecuencia se sientan cansados; pero se sentirían igualmente fatigados si dependieran del trabajo manual para obtener su sustento.

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Algunos han pensado que sería más fácil para ellos trabajar con sus manos, y con frecuencia han expresado su preferencia de hacer eso. Tales personas ignoran de qué están hablando. Se están engañando a sí mismos. Algunos tienen familias que les resulta muy caro sostener, y no tienen habilidad como administradores. No comprenden que están en deuda con la causa de Dios por sus hogares y todo lo que poseen. No han comprendido lo que cuesta vivir. Si se dedicaran a realizar trabajos manuales no estarían libres de preocupaciones y cansancio. Mientras trabajan para sostener a su familia no podrían sentarse a disfrutar del calor de una estufa. El hombre que trabaja manualmente para sustentar a los suyos, dispone sólo de pocas horas, llenas de fatiga, para dedicarlas a su familia en el hogar. Algunos ministros detestan el trabajo diligente, por lo que han manifestado sentimientos de insatisfacción, lo cual no es razonable. Dios ha registrado todo pensamiento, palabra y sentimiento de queja. El cielo es insultado por esta manifestación de debilidad y falta de dedicación a la causa de Dios.

Algunos han escuchado al tentador y han expresado su incredulidad, y así han perjudicado la causa. Satanás se siente con derechos sobre ellos, porque no se han librado de su trampa. Se han comportado como niños que ignoran totalmente las artimañas del tentador. Han tenido experiencia suficiente y debieran haber comprendido su forma de actuar. El ha infiltrado sus mentes con dudas, y en vez de rechazarlas de inmediato, han razonado y dialogado con el archiengañador, y han escuchado su argumentación, como si la serpiente antigua los hubiera fascinado. Unos pocos pasajes bíblicos que no fueron perfectamente explicados a su satisfacción bastaron para sacudir la estructura de la verdad y oscurecer los hechos más claros de la Palabra de Dios. Estos hombres son mortales que están en el error. Carecen de sabiduría y conocimiento perfectos de las Escrituras. Algunos pasajes han sido puestos fuera del alcance de la mente humana, hasta que Dios elija el tiempo apropiado para revelarlos, según su propia sabiduría. Satanás ha estado conduciendo a algunos por una senda que termina inevitablemente en la infidelidad. Han permitido que su incredulidad anuble la armoniosa y gloriosa cadena de la verdad, y han actuado como si fuera prerrogativa suya resolver todos los pasajes difíciles de las Escrituras, y si nuestra fe no les permitía que lo hicieran, la han considerado fallada.

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Vi que quienes tienen un corazón maligno que abriga la incredulidad dudarán y considerarán que dudar de la Palabra de Dios es un acto de nobleza y virtud. Los que consideran que el uso de argucias o sutilezas es una virtud, encontrarán amplia oportunidad para no creer en la inspiración y la verdad de la Palabra de Dios. Dios no obliga a nadie a creer. Pueden elegir confiar en las evidencias que él se ha complacido en dar, o bien pueden dudar, cavilar y perecer.

Se me mostró que los que se encuentran perturbados por dudas e infidelidad, no debieran ir a trabajar por otros. Lo que se está en la mente inevitablemente saldrá al exterior; pero no comprenden el efecto de una insinuación o de la expresión de una duda insignificante. Satanás convierte eso en una flecha dentada. Obra como un veneno de acción lenta, el cual envenena todo el organismo antes de que la víctima se percate del peligro que corre; socava un organismo vigoroso y finalmente causa la muerte. Eso sucede con el veneno de la duda y la incredulidad en los hechos contenidos en la Biblia. Alguien que posee influencia sugiere a otras personas lo que Satanás le ha insinuado, a saber, que un pasaje bíblico contradice a otro; y así, alardeando de sabiduría, como si hubiera descubierto algún misterio maravilloso que había permanecido oculto de los creyentes y los santos desde antiguo, arroja densas tinieblas en otras mentes. Así pierden el sabor grato que antes sentían por la verdad y se convierten en infieles. Todo eso es el resultado de unas pocas palabras pronunciadas descuidadamente, las que tenían un poder oculto porque parecían formar parte de un misterio.

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Esta es la obra de un espíritu maligno y astuto. Los que son asediados por las dudas y que tienen dificultades que no pueden resolver, no debieran arrojar la misma confusión sobre otras mentes débiles. Algunos han insinuado o expresado abiertamente su incredulidad y la han divulgado, sin imaginar los efectos resultantes. En algunos casos las semillas de incredulidad han producido efecto inmediato, mientras que en otros han permanecido enterradas durante largo tiempo, hasta que la persona se ha desviado y dado lugar al enemigo, por lo que la luz de Dios ha sido quitada de él y ha caído bajo las poderosas tentaciones satánicas. Entonces las semillas de infidelidad que habían sido sembradas tanto tiempo antes han brotado. Satanás las nutre para que den fruto. Cualquier cosa que proceda de ministros que debieran andar en la luz ejerce una poderosa influencia. Y cuando no han permanecido en la diáfana luz de Dios, Satanás los ha usado como instrumentos y por su intermedio ha disparado sus dardos encendidos a las mentes que no estaban preparadas para resistir lo que procedía de sus pastores.

Vi que los ministros, como el pueblo, tienen ante ellos una lucha en la que deben resistir a Satanás. El ministro profesional de Cristo se encuentra en una posición temible cuando sirve a los propósitos del tentador al escuchar sus insinuaciones y dejar que cautive la mente y guíe los pensamientos. El pecado más lastimoso a la vista de Dios es dar expresión a la incredulidad y arrastrar otras mentes hacia el mismo tenebroso canal, permitiendo así que Satanás realice un doble propósito al tentarlos. Desestabiliza la mente de aquel cuyo comportamiento han estimulado sus tentaciones, y luego lo insta a desestabilizar las mentes de muchas personas.

Ya es tiempo de que los vigías de los muros de Sión comprendan la responsabilidad y el carácter sagrado de su misión. Debieran sentir que existe una maldición sobre ellos si no realizan la obra que Dios les ha encomendado. Si son infieles ponen en peligro la seguridad del rebaño de Dios, hacen peligrar la causa de la verdad y la exponen al ridículo de los enemigos. ¡Oh, qué obra es ésta! Ciertamente ella recibirá la recompensa que merece. Algunos ministros, como también miembros, necesitan convertirse. Necesitan ser deshechos para luego ser formados de nuevo. Su obra entre las iglesias está más que perdida, y en su condición presente llena de debilidad y vacilación, agradaría más a Dios que cesaran en sus esfuerzos por ayudar a otros y trabajaran con sus manos hasta quedar convertidos. Entonces podrían fortalecer a sus hermanos.

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Tatiana Patrasco