Testimonios para la Iglesia, Vol. 2, p. 408-416, día 117

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Cuando me fueron mostrados los peligros que corren los que profesan cosas mejores, y los pecados que existen entre ellos -una clase que no se sospecha que esté en peligro de ser afectada por estos pecados corruptores- sentí la necesidad de saber: ¿Quién, oh Dios, podrá mantenerse en pie cuando tú aparezcas? Sólo los que tienen las manos limpias y los corazones limpios soportarán el día de su venida. 

El Espíritu del Señor me impulsa a urgir a mis hermanas que profesan piedad a ser modestas en su apariencia y a actuar con un apropiado recato, con pudor y sobriedad. Las libertades que la gente se toma en esta era de corrupción no debieran ser norma para los seguidores de Cristo. Estas exhibiciones de familiaridad que están de moda no debieran existir entre los cristianos preparados para la inmortalidad. Si la lascivia, la contaminación, el adulterio, el crimen y el asesinato están en la orden del día entre los que no conocen la verdad, y se niegan a ser controlados por los principios de la Palabra de Dios, cuán importante sería que el grupo que profesa ser seguidor de Cristo, aliado de Dios y los ángeles, pudiera mostrarles un camino mejor y más noble. Cuán importante sería que por su castidad y virtud se ubicaran en marcado contraste con el grupo que es controlado por las bajas pasiones. 

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He preguntado: ¿Cuándo actuarán con corrección las hermanas jóvenes? Sé que no habrá un progreso decisivo hasta que los padres se den cuenta de la importancia de poner más cuidado en educar a su hijos correctamente. Enseñadles a actuar con recato y modestia. Educadlos para ser útiles, para ser ayuda y servir a los demás antes que para ser atendidos y servidos. 

Satanás controla las mentes de los jóvenes en general. No enseñáis a vuestras hijas a negarse y a controlarse a sí mismas. Las mimáis y fomentáis su orgullo. Les permitís hacer su voluntad hasta que llegan a ser tercas y obstinadas, y entonces no sabéis qué hacer para salvarlas de la ruina. Satanás las está llevando a ser objeto de escarnio en boca de los incrédulos por causa de su descaro y su falta de recato y femenina modestia. A los jóvenes también se los deja hacer su voluntad. Apenas tienen trece o catorce años y ya entablan relación con jovencitas de su edad, las acompañan a sus casas y les hacen el amor. Y los padres están tan completamente atados por su propia indulgencia y su amor equivocado por sus hijos que no se atreven a actuar decididamente para cambiar y controlar a sus muy precoces hijos en esta era disipada. 

Entre muchas Señoritas el tema de conversación es los jóvenes; entre los jóvenes, el tema es las Señoritas. “De la abundancia del corazón habla la boca”. Mateo 12:34. Conversan de las cosas en que su mente se ocupa comúnmente. El ángel registrador está escribiendo las palabras de estos jóvenes y Señoritas que son profesos cristianos. ¡Cómo se sentirán perturbados y avergonzados cuando se encuentren de nuevo en el día de Dios! Muchos niños son hipócritas piadosos. Los jóvenes que no profesan una religión tropiezan con estos hipócritas y son endurecidos, no respondiendo a ningún esfuerzo de parte de los que están interesados en su salvación. 

Debieran haber hombres escogidos en el corazón de la obra, hombres en quienes se pueda confiar que guarden el fuerte en cada emergencia, que sean desinteresados, que abunden en generosidad y toda buena obra, cuyas vidas estén escondidas en Dios, que consideren que una vida mejor es de más valor que la comida y el vestido. “¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?” Mateo 6:25. Dios necesita fieles centinelas en el mismo corazón de la obra, que amen a las almas por las que Cristo murió, y que lleven el peso de las almas agonizantes, poniendo la mira en la recompensa que será de ellos cuando entren en el gozo de su Señor y vean a las almas que ayudaron a salvar, vivir tanto como Dios viva, y ser felices, eternamente felices, en su glorioso reino. ¡Oh, que sólo pudiéramos hacer conciencia de su deber a los padres y las madres! ¡Oh, que pudieramos sentir el profundo peso de la responsabilidad que les cabe! Entonces podrían interceptar al enemigo y ganar preciosas victorias para Jesús. Los padres no tienen claro este asunto. Debieran investigar cuidadosamente sus vidas, analizar sus pensamientos y motivos, y ver si han sido prudentes en su proceder. Debieran observar cuidadosamente y ver si su ejemplo en conversación y conducta ha sido tal como el que desearían que sus hijos imitaran. Delante de sus hijos la pureza y la virtud debieran brillar en sus palabras y en sus actos. 

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Se me han mostrado familias donde el esposo y padre no ha mantenido ese recato, esa digna y divina hombría que conviene a un seguidor de Cristo. No ha sido bondadoso, tierno, cortés como debía serlo para con su esposa, a quien prometiera delante de Dios y los ángeles amar respetar, y honrar mientras ambos vivan. La joven empleada para los quehaceres se ha sentido libre y se ha atrevido a arreglarle su cabello y a ser tiernamente atenta, y él se siente complacido, tontamente complacido. En su amor y atenciones para con su esposa no es tan atento ni efusivo como lo fue en un tiempo. Estad seguros de que Satanás está obrando aquí. Respetad a vuestras mucamas, tratadlas bondadosamente, con consideración, pero no vayáis más allá. Que vuestra conducta sea tal que no favorezca la demasiada confianza por parte de ellas. Si, tenéis palabras de bondad y actos corteses que ofrecer, es siempre más seguro brindarlos a vuestra esposa. Será una gran bendición para ella y traerá alegría a su corazón, que a su vez se reflejará en vosotros. 

Se me ha mostrado también que la esposa se ha permitido brindar sus simpatías, interés y afecto a otros hombres, que pueden ser miembros de la familia. Ella hace de éstos sus confidentes, muestra preferencia por su compañía, y les cuenta sus problemas y quizás sus propios asuntos de familia. 

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Esto está mal. Satanás está detrás de esto; y a menos que os alarméis y os detengáis, os llevará a la ruina. Nunca seréis demasiado cuidadosos o reservados en este asunto. Si tenéis tiernas y amantes palabras y bondadosas atenciones que brindar, brindádselas al que habéis prometido delante de Dios y los ángeles amar, respetar y honrar mientras ambos viváis. ¡Oh, cuántas vidas se ven llenas de amargura por romper las murallas que protegen la vida privada de cada familia y que tienen por fin preservar su pureza y santidad! Un tercero llega a ser el confidente de la esposa, y ella expone delante de este amigo especial los asuntos privados de su familia. Esta es la estratagema de Satanás para separar los corazones del esposo y la esposa. ¡Oh, que esto pudiera cesar! ¡Cuántas palabras de advertencia se ahorrarían! Encerrad en vuestros problemas sólo a Dios. El puede daros un consejo recto y segura consolación, la cual será pura, y no causará amargura. 

Conozco un número de mujeres que piensan que su matrimonio es una desgracia. Han leído novelas hasta que su imaginación se ha enfermado, y viven en un mundo que ellas mismas han creado. Piensan que son mujeres sensibles, de una naturaleza refinada y superior, y se imaginan que sus esposos no son tan refinados, que no poseen estas cualidades superiores, y por lo tanto no pueden apreciar su propia supuesta virtud y refinamiento. En consecuencia estas mujeres piensan que son grandes víctimas, mártires. Hablan de esto y piensan en esto hasta que se transforman en maniáticas de este tema. Se imaginan que valen más que otros mortales, y que sus delicados sentimientos no se complacen con la compañía de seres comunes. Estas mujeres se comportan como tontas; y sus esposos están en peligro de pensar que realmente poseen una mente superior. 

De acuerdo con lo que el Señor me ha mostrado, la imaginación de las mujeres de esta clase ha sido pervertida por la lectura de novelas, la ensoñación, y la costumbre de construir castillos en el aire y de vivir en un mundo imaginario. No ocupan su mente en los deberes comunes y útiles de la vida. No llevan sus propias cargas que la vida pone en su camino, ni tratan de brindar a sus esposos un hogar feliz y alegre. Se apoyan en ellos para todo, y no llevan sus propias cargas. Esperan que otros adivinen sus deseos y los cumplan, mientras ellas se sienten libres para criticar y cuestionar como les plazca. Estas mujeres tienen un sentimentalismo enfermizo, piensan constantemente que no son apreciadas, que sus esposos no les brindan toda la atención que merecen. Se imaginan que son mártires. 

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La verdad es que, si quisieran mostrarse útiles su valor podría ser apreciado; pero cuando se comportan de tal modo que constantemente necesitan de la atención y simpatía de los demás, mientras que por otro lado no sienten la obligación de devolver la misma atención y simpatía, teniendo una actitud reservada, fría y esquiva, no ocupándose en ayudar a los demás ni demostrando simpatía por sus pesares, seguramente hay en sus vidas muy poco que tenga valor. Estas mujeres se han acostumbrado a pensar y actuar como si les hubieran hecho una gran concesión a los hombres con los que se casaron, y por consiguiente sus naturalezas refinadas nunca serían completamente apreciadas. Tienen una concepción completamente errada de las cosas. Son indignas de sus esposos. Aumentan costantemente la preocupación de ellos y son una carga para su paciencia, cuando podrían ser su ayuda, compartiendo las cargas de la vida con ellos, en vez de soñar con la vida irreal que se pinta en las novelas románticas. Quiera el Señor compadecerse de los hombres atados a máquinas tan inútiles, que sólo están dispuestas a ser servidas, a respirar, comer y vestirse. 

Estas mujeres que piensan que poseen una naturaleza tan sensible y refinada son esposas y madres inútiles. Frecuentemente se da el caso de que retraen sus afectos de sus esposos, quienes son hombres útiles y prácticos, y brindan su atención a otros hombres, y con su sentimentalismo enfermizo dependen de la simpatía de otros, les cuentan sus pruebas, sus problemas, sus aspiraciones de llevar a cabo alguna obra importante, y revelan el hecho de que su vida de casadas es un chasco, un obstáculo para la obra que esperaban hacer.

¡Oh, qué desdicha sufren familias que podrían ser felices! Estas mujeres son una maldición para ellas mismas y para sus esposos. Al suponer que son ángeles, pasan por tontas, y no son sino pesadas cargas. Dejan de lado las simples obligaciones de la vida que el Señor les ha encomendado, y están inquietas y quejosas, siempre en busca de una tarea fácil, más exaltada y más agradable. Aunque piensan que son ángeles, dejan ver, a pesar de todo, que son humanas. Son irritables, de mal genio, desconformes, celosas de sus esposos porque no dedican la mayor parte de su tiempo a atenderlas. Se quejan de que se las desatiende cuando sus esposos están haciendo justamente el trabajo que deben hacer. Satanás encuentra el camino abierto en estos casos. No obstante Satanás les dice que si tal persona fuera su esposo, serían felices. Son fáciles víctimas de las estratagemas de Satanás, y están listas para ser inducidas a deshonrar a sus esposos y transgredir la ley de Dios.

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Les diría a las mujeres con estas características: Podéis construir o destruir vuestra propia felicidad. Podéis hacer que vuestras vidas sean felices o insoportables. Vuestro proceder os traerá felicidad o desdicha. ¿Han pensado alguna vez estas personas que sus esposos se han de cansar de soportar su inutilidad, su irritabilidad, sus críticas, sus apasionados ataques de llanto cuando se imaginan que son tan dignas de lástima? Su temperamento irritable y su mal genio les sustrae los afectos de sus esposos y las lleva a buscar simpatía, paz y consuelo fuera de sus hogares. En ellos se respira una atmósfera envenenada, y su hogar es para ellas cualquier cosa excepto un lugar de descanso, paz y felicidad. El esposo está a merced de las tentaciones de Satanás, y coloca sus afectos en objetos prohibidos, y es atraído por el pecado y finalmente se pierde. 

Grande es la misión de las mujeres, especialmente de las que son esposas y madres. Pueden ser una bendición para los que las rodean. Pueden ejercer una influencia poderosa para el bien si hacen brillar su luz de modo que los demás puedan ser llevados a glorificar a nuestro Padre celestial. Las mujeres pueden tener una influencia transformadora si sólo están dispuestas a rendir sus caminos y su voluntad a Dios, y dejar que él controle sus mentes, afectos y ser. Pueden tener una influencia que tenderá a refinar y elevar a los que con ellas se relacionen. Pero este tipo de mujeres generalmente no son conscientes del poder que poseen. Ejercen una influencia inconsciente que parece emanar naturalmente de una vida santificada, de un corazón renovado. Es el fruto que brinda naturalmente el buen árbol plantado por la mano divina. Se olvida al yo, fusionado en la vida de Cristo. Ser ricas en buenas obras es tan natural para ellas como respirar. Viven para hacer el bien a los demás y sin embargo están dispuestas a decir: Somos siervas inútiles. 

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Dios le ha asignado a la mujer su misión; y si ella, humildemente, pero del mejor modo que pueda, hace de su hogar un cielo, cumpliendo con sus obligaciones para con su esposo e hijos fiel y amorosamente, tratando de hacer que su vida útil, pura y virtuosa emane continuamente una luz santa para iluminar a los que la rodean, está haciendo la obra que su Maestro le encomendó, y escuchará de sus divinos labios las palabras: Bien, buen siervo fiel, entra en el gozo de tu Señor. Estas mujeres que hacen voluntariamente lo que les viene a las manos, ayudando con alegría de espíritu a sus esposos a llevar sus cargas, e instruyendo a sus hijos para Dios, son misioneras en el más alto sentido. Se ocupan de un importante aspecto de la gran obra para una vida más elevada, y recibirán su recompensa. Se debe educar a los niños para el cielo y se los debe preparar para que brillen en las cortes del reino del Señor. Cuando los padres, especialmente las madres, comprendan el verdadero sentido de la obra importante y de responsabilidad que Dios les ha dado que hacer, no se ocuparán tanto de los asuntos que sólo conciernen a sus vecinos y con los que ellas no tienen nada que ver. No irán de casa en casa interesándose en los chismes de moda, deteniéndose en las faltas, equivocaciones e inconsecuencias de sus vecinos. Sentirán de tal modo su responsabilidad por el cuidado de sus propios hijos que no encontrarán tiempo para criticar a sus vecinos. Los chismosos y los cuenteros son una terrible maldición para el barrio y la iglesia. Dos tercios de todas las pruebas en la iglesia tienen esta causa. 

Dios quiere que todos cumplan fielmente sus obligaciones cotidianas. La mayor parte de los profesos cristianos descuidan este aspecto. Son los deberes cotidianos los que son especialmente desatendidos por la clase de gente que he mencionado: personas que se imaginan que pertenecen a un grupo de seres más refinados que los mortales que las rodean. El hecho de que piensen así es evidencia de que pertenecen a un grupo inferior, estrecho de mente, vanidoso y egoísta. Se sienten muy por encima de los modestos y humildes pobres a quienes nos dice Jesús que ha llamado. Siempre tratan de asegurarse una buena posición, de ganarse el aplauso, de obtener fama por realizar una gran obra que otros no pueden hacer. Pero las delicadas fibras de su refinada naturaleza se sienten incómodas al asociarse con los humildes y los desafortunados. Están completamente equivocadas. La razón por la que rehuyen estas obligaciones desagradables es que son tremendamente egoístas. Su apreciado yo es el centro de todas, sus acciones y motivos. 

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Se me señaló a la Majestad de los cielos. Cuando él, a quien los ángeles adoran, que era rico en honor, esplendor y gloria, vino a esta tierra y tomó la naturaleza del hombre, no presentó su naturaleza excelsa como excusa para mantenerse separado de los desafortunados. Al hacer su obra se lo vio entre los afligidos, los pobres, los angustiados y los necesitados. Cristo era la personificación del refinamiento y la pureza; su vida y carácter eran elevados; pero en su ministerio no se lo encontró entre hombres de altisonantes títulos, ni entre los más honorables de este mundo, sino con los despreciados y necesitados. “Viene -dice el divino Maestro-, a salvar lo que se había perdido”. Sí; la Majestad de los cielos siempre trabajó para ayudar a los que más necesitaban ayuda. Ojalá que el ejemplo de Cristo haga que esa clase de gente que está tan centrada en su propio pobre yo que considera indigno de su refinado gusto y elevada vocación ayudar a los más desamparados, se avergüence de las excusas que pone para no actuar. Estas personas se han ubicado por encima de su Señor, y al final se asombrarán cuando descubran que son más bajos que los más bajos de esa clase con la que sus personalidades refinadas y sensibles les disgusta mezclarse y por la que les desagrada trabajar. Es cierto que puede no siempre ser agradable unirse con el Maestro y llegar a ser cooperadores con él ayudando a la gente más necesitada; pero ésta es la obra para hacer la cual Cristo se humilló. ¿Es el siervo mayor que su Señor? El ha dado el ejemplo, y nos insta a que lo imitemos. Puede ser desagradable, sin embargo es nuestra obligación hacer esta obra.

Se necesitan hombres fieles y selectos a la cabeza de la obra. Los que no tienen experiencia en llevar responsabilidades y que no desean adquirirla, no debieran, bajo ningún concepto, ocupar esos puestos. Se necesitan hombres que velen por las almas como quienes tendrán que dar cuenta de ello. Se necesitan padres y madres de Israel para ocupar estos importantes puestos. Que los egoístas, los que se preocupan sólo por sí mismos, los avaros, los codiciosos, se ubiquen donde sus miserables rasgos de carácter no sean tan conspicuos. Cuanto más aislados estén, mejor para la causa de Dios. Hago un llamado al pueblo de Dios, dondequiera que se encuentren: Tomad conciencia de vuestro deber. Considerad seriamente que estamos realmente viviendo entre los peligros de los últimos días. 

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Espero que el caso de N. Fuller os despertará, padres y madres, y os hará ver la necesidad de una obra concienzuda en vuestros hogares, en vosotros mismos y vuestros hijos, de modo que ninguno de vosotros pueda ser engañado de tal modo por Satanás que considere el pecado como lo ha hecho este pobre hombre, digno de gran compasión. Los que han participado con él en el pecado, nunca hubieran sido abandonados para ser engañados y arruinados si hubiesen tenido un alto sentido de la virtud y la pureza, y hubieran sentido un constante y vivo horror por el pecado y la iniquidad. A pesar de que viven en el tiempo del mensaje más solemne que alguna vez se haya llevado a los mortales, presentando la ley de Dios como una prueba del carácter de los seres humanos y como el sello del Dios vivo, y proclaman este mensaje, transgreden sus santos preceptos. Las conciencias de los que hacen esto están cauterizadas y terriblemente endurecidas. Se han resistido a las influencias del Espíritu de Dios a tal punto que usan la verdad sagrada como un manto para esconder la deformidad de sus almas corruptas. Este hombre ha sido terriblemente engañado por Satanás. Ha estado al servicio de sus bajas pasiones mientras que profesaba estar consagrado a la obra de Dios, dedicado al sagrado ministerio. Ha considerado que gozaba de buena salud cuando en realidad estaba enfermo. 

Me he sentido muy preocupada al ver la poderosa influencia de los instintos animales en el control de hombres y mujeres de inteligencia y habilidad no comunes. Serían capaces de hacer una buena obra, de ejercer una influencia poderosa, si no estuvieran esclavizados por sus bajas pasiones. Mi confianza en la humanidad se ha visto terriblemente disminuida. Me ha sido mostrado que personas de aparentemente buen comportamiento, que no se toman injustificables libertades con el otro sexo, eran culpables de practicar el vicio secreto casi todos los días de sus vidas. No se han abstenido de practicar este terrible pecado ni siquiera durante las más solemnes reuniones. Han escuchado los más serios e impresionantes sermones sobre el juicio, que parecían llevarlos ante el tribunal de Dios, causándoles temor y temblor; sin embargo antes que pasara una hora, ya estaban practicando su favorito y cautivante pecado, corrompiendo sus propios cuerpos. Estaban tan esclavizados por este horrendo crimen que parecía faltarles el poder para controlar sus instintos. Hemos trabajado seriamente por algunos, hemos rogado, llorado y orado frente a ellos; sin embargo sabemos que en medio de todo nuestro sincero esfuerzo y angustia ha preponderado la fuerte tendencia pecaminosa y reincidieron. 

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