Testimonios para la Iglesia, Vol. 2, p. 539-547, día 132

Los modales y la vestimenta de los ministros

(Efesios 3:6-7): “Los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio, del cual yo fui hecho ministro por don de la gracia de Dios que me ha sido dada según la operación de su poder”. 

“Del cual yo fui hecho ministro,” no meramente para presentar la verdad al pueblo, sino para llevarla a la práctica en la vida. 

“Y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas” vers. 9. Esto no se refiere meramente a las palabras que fluyen de la boca; no es simplemente ser elocuente en el habla y en la oración; sino que es dar a conocer a Cristo, tener a Cristo en nosotros, y darlo a conocer a los que nos escuchan. 

“A quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría -no como novicios, no en ignorancia-, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre; para lo cual también trabajo, luchando según la potencia de él, la cual actúa poderosamente en mí”. Colosenses 1:28-29. Es la obra de Dios, la gracia de Dios, experimentada y sentida, que hermosea la vida y las acciones, lo que ejerce sentidas impresiones sobre los oyentes.

Pero no sólo es esto. Hay cosas que considerar, en las que algunos han sido negligentes, pero que son de trascendencia, según la luz que me ha sido presentada. La gente queda impresionada por el porte del que habla desde el púlpito, por su actitud y por su modo de hablar. Si estas cosas están de acuerdo con la voluntad de Dios, la impresión que causen será favorable a la verdad; especialmente los que han estado oyendo fábulas, recibirán una impresión favorable. Es importante que los modales de los ministros sean modestos y dignos, en armonía con la santa y elevadora verdad que enseñan, de modo que se dé una impresión favorable a los que no tienen natural inclinación por la religión. 

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El cuidado en el vestir es un punto importante. En esto los ministros que creen en la verdad presente han sido deficientes. El vestir de algunos ha sido desprolijo. No sólo hubo falta de gusto y de orden en el arreglo de la ropa, para que siente bien a la persona, del color conveniente y apropiado para un ministro de Cristo, sino que la vestimenta de algunos ha sido desaliñada. Algunos ministros usan un chaleco claro, con un pantalón oscuro, o un chaleco oscuro con pantalón claro, sin gusto ni prolijidad en el vestir, cuando se presentan ante la gente. Estas cosas predican a la gente. El ministro les da un ejemplo de orden, y les brinda un modelo de apropiada prolijidad y gusto en el vestir, o les da lecciones de descuido y falta de gusto que ellos estarán en peligro de imitar. 

Las telas negras u oscuras son más apropiadas para un ministro que está en el púlpito y darán mejor impresión a la gente que la que daría la combinación de dos o tres diferentes colores en el atuendo. 

Me fueron señalados los hijos del antiguo Israel, y se me mostró que Dios había dado directivas específicas acerca de la tela y el estilo de ropa que debían usar los que ministraban ante él. El Dios del cielo, cuyo brazo mueve al mundo, quien nos da vida y salud, nos ha dado evidencia de que puede ser honrado o deshonrado por la vestimenta de los que ofician ante él. Dio indicaciones especiales a Moisés en cuanto a todo lo relacionado con su servicio. El dio instrucciones aun acerca del arreglo de sus casas, y especificó qué vestimenta debían usar los que habían de ministrar en su servicio. Habían de mantener el orden en todo y especialmente mantener la limpieza. 

Leed las instrucciones dadas a Moisés para que las hiciera saber a los hijos de Israel, cuando Dios estaba por descender al monte para enunciar ante ellos su santa Ley. ¿Qué órdenes dio a Moisés para que el pueblo cumpliera? Estar preparados para el tercer día, porque al tercer día, dijo él, Jehová descenderá a la vista de todo el pueblo sobre el monte Sinaí. Debía cercar el monte. “Y Jehová dijo a Moisés: Vé al pueblo y santifícalos hoy y mañana; y laven sus vestidos”. Éxodo 19:10. El grande y poderoso Dios que creó el hermoso Edén y todo lo que contenía, es un Dios de orden, y quiere que su pueblo sea limpio y ordenado. Ese poderoso Dios instruyó a Moisés a que ordenara al pueblo que lavara sus vestidos para que no hubiera impureza en sus ropas y en sus personas cuando se presentaran ante el Señor. Y Moisés desceñdió del moñte, y el pueblo lavó su ropa, de acuerdo a la orden de Dios. 

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Y para mostrar cuán cuidadosos debían ser con la limpieza, Moisés debía colocar una fuente entre el tabernáculo de la reunión y el altar, “y pondrás en ella agua y en ella se lavarán”. Y Moisés y Aarón, y los hijos de Aarón que ministraban ante el Señor, debían lavar sus manos y sus pies allí cuando entraban en el tabernáculo de la reunión, y cuando entraban en la presenciadel Señor. 

Este era el mandamiento del grande y poderoso Dios. No debía haber nada desaliñado ni desprolijo en los que se presentaban ante él cuando llegaban ante su santa presencia. Y ¿por qué era eso así? ¿Cuál era el objetivo de todo este cuidado? ¿Era meramente para que el pueblo fuera grato a la vista de Dios? ¿Era meramente para obtener su aprobación? La razón que me fue dada fue ésta: para que el pueblo recibiera la correcta impresión. Si los que ministraban en el servicio sagrado no manifestaban cuidado y reverencia por Dios en su vestimenta y porte, el pueblo perdería su respeto y reverencia hacia Dios y hacia su sagrado servicio. Si los sacerdotes mostraban gran reverencia por Dios, al ser muy cuidadosos y meticulosos cuando estaban en su presencia, daban al pueblo una exaltada idea de Dios y sus requisitos. Mostraba que Dios era santo, que su obra es sagrada, y en relación con ella todo debía ser santo, libre de toda impureza y suciedad; y que toda contaminación debía apartarse de los que se allegan a Dios. 

De acuerdo con la luz que me ha sido dada, ha habido un descuido en este sentido. Podría hablar de esto como lo presenta Pablo. Se lleva a cabo por medio del culto a la voluntad y el descuido del cuerpo. Pero esta humildad voluntaria, este culto a la voluntad y descuido del cuerpo, no es la humildad que tiene el sabor del cielo. Esa humildad se preocupará porque la persona, las acciones y el atuendo de todos los que predican la santa verdad de Dios, sean correctos y perfectamente apropiados, de modo que todo lo que esté en relación con nosotros acredite nuestra santa religión. El vestido mismo recomendará la verdad ante los incrédulos. Será un sermón en sí mismo. 

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Pero algunas cosas incorrectas acontecen en el sagrado púlpito. Un ministro que conversa con otro en el púlpito ante la congregación, que se ríe y parece no sentir el peso de la obra, o que carece del sentido solemne de su sagrada vocación, deshonra la verdad y rebaja las cosas sagradas al nivel de las cosas comunes. Este ejemplo tiende a quitar el temor de Dios de la gente y a desmerecer la sagrada dignidad del Evangelio por el que Cristo murió para magnificar. De acuerdo con la luz que me ha sido dada, sería agradable a Dios que los ministros se inclinaran tan pronto como suben a la plataforma, y solemnemente pidieran ayuda a Dios. ¿Qué impresión haría esto? Habría solemnidad y temor reverente en el pueblo. Su ministro está en comunión con Dios; se está encomendando a Dios antes de atreverse a presentarse ante el pueblo. Entonces la solemnidad descansa sobre el pueblo, y los ángeles de Dios se acercan más. Lo primero que deben hacer los ministros al subir a la plataforma es fijar su vista en Dios, y de ese modo decir a todos: Dios es la fuente de mi fortaleza. 

El ministro negligente en su vestimenta con frecuencia ofende a los que tienen buen gusto y una sensibilidad refinada. Los que son deficientes en esto debieran corregir sus errores y ser más circunspectos. Al fin la pérdida de algunas almas se atribuirá a la desprolijidad del ministro. La primera impresión sobre la gente fue desfavorable, porque de ningún modo podían relacionar su apariencia con las verdades que representaba. Su vestimenta estaba en su contra, y daba la impresión de que el pueblo que representaba era descuidado, que no cuidaban su vestimenta, y sus oyentes no querían tener nada que ver con esa clase de gente. 

En esto, según la luz que me ha sido dada, ha habido un manifiesto descuido en nuestro pueblo. Los ministros a veces se paran ante el púlpito con el cabello desordenado, con la apariencia de no haber usado el peine ni el cepillo por una semana. Se deshonra a Dios cuando los que están dedicados a su sagrado servicio descuidan de tal modo su apariencia. Antiguamente se requería que los sacerdotes estuvieran vestidos con un estilo particular para servir en el lugar santo y para cumplir su función de sacerdotes. Debían tener vestiduras de acuerdo con su obra, y Dios especificó claramente cuáles debían ser. La fuente estaba ubicada entre el altar y la congregación, para que antes de llegar a la presencia de Dios, a la vista de la congregación, pudieran lavar sus manos y sus pies. ¿Qué impresión daría esto al pueblo? Era para mostrarles que debía quitar toda partícula de polvo antes de poder entrar en la presencia de Dios; puesto que él es tan alto y santo, que a menos que ellos cumplieran estas condiciones, morirían.

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Pero observad el modo de vestir de algunos de nuestros ministros hoy. Algunos de los que ministran en las cosas sagradas se visten de tal forma, que en parte por lo menos destruyen la influencia de su trabajo. Hay una visible falta de gusto en el color y en la prolijidad. ¿Qué impresión da tal modo de vestir? Que la obra a la que se dedican no se considera más sagrada o elevada que el trabajo común, como arar el campo. Por su ejemplo el ministro rebaja las cosas sagradas al plano de las comunes. 

La influencia de tales predicadores no es agradable a Dios. Si por sus esfuerzos convencen a alguien para que reciba la verdad, con frecuencia imitará a su predicador y descenderá al mismo nivel que él. Será más difícil reformar a éstos, ubicarlos en una posición correcta, y enseñarles el verdadero orden y el amor por la disciplina, que trabajar para convertir a la verdad a hombres y mujeres que nunca la han escuchado. El Señor requiere que sus ministros sean puros y santos, para que representen correctamente los principios de la verdad en su propia vida, y por su ejemplo eleven a otros a su alto nivel. 

Dios requiere que todos los que profesan ser su pueblo elegido, aunque no sean maestros de la verdad, sean cuidadosos de preservar la limpieza y pureza personales, también la limpieza y el orden en sus casas y en su lugar de trabajo. Somos ejemplos para el mundo, epístolas vivientes conocidas y leídas por todos los hombres. Dios requiere que todos los que profesan piedad, y especialmente los que enseñan la verdad a los demás, se abstengan de toda apariencia de mal. 

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De acuerdo con la luz que he recibido, el ministerio es una función sagrada y exaltada, y los que aceptan este cargo debieran tener a Cristo en su corazón y manifestar un firme deseo de representarlo dignamente al pueblo en todos sus actos, en su vestir, en lo que hablan, y hasta en el modo en que lo dicen. Debieran hablar con reverencia. Algunos destruyen la solemne impresión que pueden causar en la gente, al levantar la voz a un tono muy alto, y vociferar y gritar la verdad. Cuando se la presenta de este modo, la verdad pierde mucho de su dulzura, su fuerza y solemnidad. Pero si la voz tiene el tono correcto, es solemne y modulada de tal modo que hasta llegue a ser conmovedora, producirá una impresión mucho mejor. Este era el tono en el cual Cristo enseñaba a sus discípulos. Los impresionaba con su solemnidad; él hablaba de un modo conmovedor. Pero dar fuertes voces, ¿qué impresión causa? No da a la gente una visión más exaltada de la verdad ni los impresiona más profundamente. Sólo causa una sensación desagradable en los oyentes y desgasta los órganos vocales del que habla. El tono de la voz tiene mucho que ver con el modo en que afecta el corazón de los oyentes. 

Muchos que podrían ser hombres útiles están gastando su fuerza vital y destruyendo sus pulmones y sus órganos vocales por su modo de hablar. Algunos ministros han desarrollado el hábito de recitar apresuradamente lo que tienen que decir, como si estuvieran repitiendo una lección y quisieran terminarla lo más pronto posible. Esta forma de hablar no es conveniente. Siendo cuidadoso, todo ministro puede acostumbrarse a hablar clara y efectivamente, en lugar de amontonar las palabras precipitadamente sin tomar tiempo para respirar. Debieran hablar moderadamente, de modo que los asistentes puedan fijar las ideas en su mente mientras él avanza en su sermón. Pero cuando se trata el asunto con tanta prisa, ellos no pueden retener los puntos en su mente, no tienen tiempo de recibir la impresión que es importante que tengan, ni dan tiempo para que la verdad los afecte como podría hacerlo. 

Producir la voz desde la garganta, en la extremidad superior de los órganos vocales, irritándolos todo el tiempo, no es el mejor modo de preservar la salud o aumentar la eficiencia de esos órganos. Debieran inspirar profundamente y dejar que la fuerza provenga de los músculos abdominales. Que los pulmones sean sólo el canal, pero no dependan de ellos para todo el esfuerzo. Si dejan que las palabras surjan de lo profundo, ejercitando los músculos abdominales, podrán hablar a miles de personas tan fácilmente como lo harían a diez.

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Algunos de nuestros predicadores se están perjudicando al hacer oraciones largas y tediosas y al hablar en voz muy alta, cuando un tono más bajo haría mejor impresión y ahorraría su esfuerzo. Pero, mientras continúan sin prestar atención a las leyes de la vida y de la salud, y siguen el impulso del momento, no culpen a Dios si se enferman. Muchos de ustedes pierden tiempo y esfuerzo en largos preliminares y excusas cuando comienzan a hablar. En lugar de disculparse porque están por dirigirse a la gente, debieran empezar como si Dios tuviera algo para transmitir por medio de ustedes: Algunos dedican casi media hora a pedir disculpas; así desperdician el tiempo, y cuando llegan al tema, en el que desean puntualizar ciertas verdades, la gente está cansada y no pueden ver su fuerza ni les impresiona. Debieran hacer que los puntos esenciales de la verdad presente queden tan claros como las señales de tránsito, de modo que el pueblo pueda entenderlos. Entonces verán los argumentos que quieren presentar y la posición que desean sustentar. 

Hay otros que se dirigen al pueblo en un tono plañidero. Su corazón no está suavizado por el Espíritu de Dios, y piensan que deben impresionar a la congregación con una apariencia de humildad. Tal comportamiento no exalta al ministro del Evangelio, sino que lo rebaja y lo degrada. Los ministros debieran presentar la verdad con el calor de la gloria. Debieran hablar de tal modo que representen correctamente a Cristo y preserven la dignidad que corresponde a sus ministros. 

Las largas oraciones de algunos ministros han sido un gran fracaso. Orar un largo rato, como lo hacen algunos, está del todo fuera de lugar. Lastiman la garganta y los órganos vocales, y luego hablan de enfermarse por su ardua labor. Se perjudican sin que sea necesario. Muchos piensan que la oración daña las cuerdas vocales más que hablar. Esto se debe a la posición antinatural del cuerpo y al modo de tener la cabeza. Pueden pararse y hablar, sin sentir molestia. La posición en la oración debiera ser perfectamente natural. Las oraciones largas cansan, y no están de acuerdo con el Evangelio de Cristo. Media hora, o aun un cuarto de hora es demasiado tiempo. Unos pocos minutos son suficientes para presentarse ante Dios y decirle lo que desean; y conseguirán que la gente los siga sin cansarse ni disminuir su interés en la devoción y la oración. Así pueden ser renovados y fortalecidos, en lugar de quedar agotados. 

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Muchos han errado al hacer largas oraciones y largas predicaciones, en tono alto y forzando la voz, en una tensión antinatural y un tono antinatural. El ministro se cansa sin necesidad y realmente extenúa a la gente por medio de un duro y trabajoso esfuerzo, que es del todo innecesario. Los ministros debieran hablar de un modo que alcance e impresione a la gente. Las enseñanzas de Cristo eran impresionantes y solemnes; su voz era melodiosa. Y, ¿no debiéramos nosotros, así como Cristo, esforzarnos para que nuestra voz sea melodiosa? El tenía una influencia poderosa, porque era el Hijo de Dios. Estamos tan por detrás de él y somos tan deficientes, que aunque hagamos lo mejor que podamos, nuestros esfuerzos serán pobres. No podemos lograr ni podemos poseer la influencia que él tenía; pero, ¿por qué no debiéramos educarnos para llegar tan cerca del Modelo como nos sea posible, para poder tener la mayor influencia posible sobre la gente? Nuestras palabras, nuestras acciones, nuestro porte, nuestro vestido, todo debiera predicar. No sólo con nuestras palabras debiéramos predicar a la gente, sino todo lo referente a nuestra persona debiera ser un sermón para ellos, para dar una impresión correcta, y que la verdad hablada pueda ser llevada por ellos a sus hogares. Así nuestra fe causará mejor impresión a la comunidad.

Nunca tuve una idea más cabal que la que tengo hoy del carácter exaltado de la obra, de su santidad y de la importancia de ser aptos para ella. Veo la necesidad en mí misma. Tengo que hacer un nuevo reajuste, recibir una santa unción, o no podré continuar instruyendo a otros. Debo estar segura de que estoy andando con Dios. Debo saber que entiendo el misterio de la piedad. Debo saber que la gracia de Dios está en mi propio corazón, que mi propia vida está de acuerdo con su voluntad, que estoy andando en sus pisadas. Entonces mis palabras serán verdaderas y mis acciones correctas. 

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Hay otro punto que casi había olvidado. Es la influencia que el predicador debiera ejercer en su ministerio. Su obra no consiste simplemente en hablar desde el púlpito. Sólo comienza allí. Debiera visitar a las diferentes familias, y llevar a Cristo allí, llevar sus sermones allí, llevarlos en sus acciones y sus palabras. Cuando visita a una familia debiera averiguar cuál es su condición. ¿Es él el pastor del rebaño? La obra del pastor no se hace toda desde el púlpito. Debiera hablar con todos los miembros del rebaño, con los padres para conocer su posición y con los hijos para conocer la de ellos. Un ministro debiera alimentar al rebaño del cual Dios lo ha hecho mayoral. Sería agradable ir a casa y estudiar; pero si hacen esto en perjuicio de la obra que Dios les ha encomendado, hacen mal. Nunca entren a un hogar sin reunirlos a todos, y postrarse y orar con ellos antes de salir. Interésense por la salud de sus almas. ¿Qué hace un buen médico? Se interioriza de los detalles del caso, luego procura administrar los medicamentos. Así mismo el médico del alma debiera interiorizarse de las enfermedades espirituales que afligen a los miembros de su rebaño, luego administrarles los medicamentos apropiados, y pedirle al gran Médico que venga en su ayuda. Dénles la asistencia que necesitan. Esos ministros recibirán todo el respeto y el honor que se debe a los ministros de Cristo. Y al trabajar por los demás, mantendrán viva su propia alma. Deben extraer fortaleza de Dios con el fin de impartir fortaleza a los que ellos han de ayudar. 

Quiera el Señor ayudarnos a buscarlo con todo el corazón. Necesito saber que diariamente recojo los rayos divinos de gloria, que emanan del trono de Dios y surgen del rostro de Jesucristo, y los esparzo en mi camino. Quiero ser toda luz en el Señor. 

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