Testimonios para la Iglesia, Vol. 4, p. 246-255, día 223

En el mismo principio del cuarto precepto, Dios dijo: “Acuérdate” (Éxodo 20:8), sabiendo que el hombre, dada la multitud de sus preocupaciones y dudas, se vería tentado a excusarse de satisfacer plenamente los requisitos de la ley, o, en el apremio de los negocios mundanos, se olvidaría de su importancia y santidad. “Seis días trabajarás, y harás toda tu obra” (Éxodo 20:9); es decir, los quehaceres usuales de la vida, que persiguen las ganancias mundanas o el placer. Estas palabras son muy explícitas; no puede haber error. Hermano K, ¿cómo se atreve a transgredir un mandamiento tan solemne e importante? ¿Ha hecho el Señor una excepción por la cual se lo exime de la ley que él dio al mundo? ¿Son sus transgresiones omitidas en libro de registro? ¿Ha convenido él en excusar su desobediencia cuando las naciones se presenten delante de él para el juicio? No se engañe ni por un momento con el pensamiento de que su pecado no traerá su merecido castigo. Sus transgresiones serán castigadas con la vara, porque usted tuvo la luz, y anduvo sin embargo en sentido completamente contrario a ella. “Porque el siervo que entendió la voluntad de su señor, y no se apercibió, ni hizo conforme a su voluntad, será azotado mucho”. Lucas 12:47.

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Dios dio al hombre seis días para que realizara su trabajo y llevara a cabo los quehaceres comunes de la vida; pero le pide un día que él puso aparte y santificó. Lo da al hombre como día en el cual pueda descansar de su trabajo y dedicarse al culto y al mejoramiento de su condición espiritual. ¡Qué flagrante ultraje es de parte del hombre robar el día santificado de Jehová y apropiárselo para sus propios propósitos egoístas!

Para el hombre mortal la más grosera presunción es aventurarse a hacer una especie de componenda con el Todopoderoso a fin de asegurar sus propios y mezquinos intereses temporales. Emplear ocasionalmente el sábado para los negocios seculares es una violación tan evidente de la ley como rechazarla enteramente; porque es hacer de los mandamientos del Señor un asunto de conveniencia. “Yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso” (Éxodo 20:5), resuena con voz de trueno desde el Sinaí. Aquel que declara que las debilidades de los padres serán castigadas en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que le aborrecen, y que manifestará misericordia en millares de generaciones a aquellos que le aman y guardan sus mandamientos no aceptará ninguna obediencia parcial, ni ningún interés dividido. No es asunto sin importancia robar a un vecino, y grande es el estigma impuesto al culpable de semejante acto; sin embargo, el que nunca defraudaría a sus semejantes, roba sin vergüenza alguna a su Padre celestial el tiempo que ha bendecido y apartado con un propósito especial.

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Estimado hermano, sus obras difieren de la fe que profesa, y su único argumento es la miserable excusa de la conveniencia. En tiempos pasados, los siervos de Dios fueron llamados a dar su vida para vindicar su fe. La conducta que lleva no armoniza con la de los mártires cristianos, que sufrieron hambre y sed, tortura y muerte, antes que renunciar a su religión o a los principios de la verdad.

Escrito está: “¿Qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?” Santiago 2:14. Cada vez que dedica sus manos a trabajar en sábado niega virtualmente su fe. Las Sagradas Escrituras nos enseñan que la fe sin obras es muerta, y que el testimonio de la propia vida proclama al mundo si se es fiel o no a la fe que se profesa. Su conducta rebaja la ley de Dios en la estima de sus amigos mundanos. Con ella les dice: “Podéis obedecer los mandamientos o no obedecerlos. Yo creo que la ley de Dios es, en cierto modo, obligatoria para los hombres; pero al fin y al cabo, el Señor no es tan escrupuloso como para exigir una observancia estricta de sus preceptos, y una transgresion ocasional no es castigada con severidad de su parte”.

Muchos, al excusarse por violar el sábado, se refieren a su ejemplo. Arguyen que si un hombre tan bueno, que cree que el séptimo día es el día de reposo, puede dedicarse a empleos mundanos en ese día cuando las circunstancias parecen requerirlo, seguramente ellos pueden hacer lo mismo sin ser condenados. Muchas almas lo enfrentarán en el día del juicio, y presentarán su influencia como argumento para explicar su desobediencia a la ley de Dios. Aunque esto no los disculpará de su pecado, será un terrible cargo en su contra.

Dios ha hablado, y quiere que el hombre obedezca. No pregunta si le es conveniente hacerlo. El Señor de la vida y la gloria no tuvo en cuenta su conveniencia o placer cuando dejó su puesto y elevada jerarquía para venir a ser varón de dolores y experimentado en quebranto, para aceptar la ignominia y la muerte a fin de librar al hombre de las consecuencias de su desobediencia. Jesús murió, no para salvar al hombre en sus pecados, sino de sus pecados. El hombre ha de abandonar el error de sus caminos, seguir el ejemplo de Cristo, tomar su cruz y seguirlo, negándose a sí mismo y obedeciendo a Dios a toda costa.

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Jesús dijo: “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se llegará al uno y menospreciará al otro: no podéis servir a Dios y a Mammón”. Mateo 6:24. Si somos verdaderos siervos de Dios, no habrá en nuestra mente duda alguna al respecto de si obedeceremos sus mandamientos o haremos que prevalezcan nuestros propios intereses temporales. Si los que creen en la verdad no son sostenidos por su fe en estos días comparativamente apacibles, ¿qué los sostendrá cuando venga la gran prueba y sea promulgado el decreto contra aquellos que no quieran adorar la imagen de la bestia ni recibir su marca en la frente o en la mano? Ese tiempo solemne no está lejos. En vez de volverse débiles e irresolutos, los hijos de Dios deben cobrar fuerzas y valor para el tiempo de la tribulación.

Jesús, nuestro gran Ejemplo, enseñó mediante su vida y su muerte la más estricta obediencia. El justo murió por los injustos, el inocente por los culpables, a fin de que se preservara el honor de la ley de Dios sin que el hombre pereciese para siempre. El pecado es la transgresión de la ley. Si el pecado de Adán produjo tan indecible sufrimiento y requirió el sacrificio del amado Hijo de Dios, ¿cuál será el castigo de los que, viendo la luz de la verdad, anulan el cuarto mandamiento del Señor?

Las circunstancias no justificarán que nadie trabaje el sábado por amor a la ganancia mundana. Si Dios excusa a un hombre, puede excusarlos a todos. ¿Por qué no habría de trabajar en sábado para ganarse la vida el hermano L, que es pobre, cuando al hacerlo podría sostener mejor su familia? ¿Por qué no podrían los otros hermanos, o todos nosotros, guardar el sábado únicamente cuando fuese conveniente hacerlo? La voz de Sinaí responde: “Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día será reposo para Jehová tu Dios”. Éxodo 20:9, 10.

Las malas acciones perpetradas por los que creen en la verdad causan gran debilidad a la iglesia. Son piedras de tropiezo en el camino de los pecadores y les impiden venir a la luz. Hermano, Dios lo llama a ponerse completamente de su lado y a dejar que sus obras muestren que usted respeta sus preceptos y tiene por inviolable el sábado. Lo invita a despertar, a reconocer su deber y a ser fiel a las responsabilidades que le incumben. Le dirige estas solemnes palabras: “Si retrajeres del sábado tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y al sábado llamares delicia, santo, glorioso de Jehová; y lo venerares, no haciendo tus caminos, ni buscando tu voluntad, ni hablando tus palabras; entonces te deleitarás en Jehová; y yo te haré subir sobre las alturas de la tierra, y te daré a comer la heredad de Jacob tu padre: porque la boca de Jehová lo ha hablado”. Isaías 58:13, 14.

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Como muchos de nuestros hermanos, usted se mezcla con los transgresores de la ley de Dios, mira los asuntos desde su punto de vista y cae en sus errores. Dios visitará con sus juicios a aquellos que profesan servirle y en realidad sirven a Mammón. Los que desprecian la orden expresa del Señor para obtener ventajas personales están acumulando desgracias futuras sobre sí mismos. La iglesia de _____ debe preguntarse detenidamente si no ha hecho del templo de Dios, como los judíos, un lugar de comercio. Cristo dijo: “Mi casa, casa de oración será llamada, mas vosotros cueva de ladrones la habéis hecho”. Mateo 21:13.

¿Acaso muchos de los nuestros no caen en el pecado de sacrificar su religión a la ganancia mundana, conservando una forma de piedad y, sin embargo, dedicando toda su mente a las ocupaciones temporales? Es preciso considerar la ley de Dios por encima de todo y obedecerla en el espíritu y en la letra. Si se considera livianamente la Palabra de Dios, pronunciada con pavorosa solemnidad desde el santo monte, ¿cómo se recibirán los testimonios de su Espíritu? Las mentes que están tan entenebrecidas que no reconocen la autoridad de los mandamientos del Señor, dados directamente al hombre, pueden recibir poco beneficio del débil instrumento elegido por él para instruir a su pueblo.

Hermano, su edad no lo dispensa de obedecer los mandatos divinos. Abrahán fue probado estrictamente en su vejez. Al afligido anciano le parecían terribles e inoportunas las palabras del Señor; pero no puso en duda su justicia ni vaciló en su obediencia. Podría haber alegado que era anciano y débil, y no podía sacrificar al hijo que era el gozo de su vida. Podría haber recordado al Señor que esta orden contrariaba las promesas que le había hecho respecto de su hijo. Pero Abrahán obedeció sin una queja ni un reproche. Su confianza en Dios fue absoluta.

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La fe de Abrahán debe ser nuestro ejemplo; sin embargo, cuán pocos soportarán pacientemente una simple reprensión por los pecados que hacen peligrar su bienestar eterno. Cuán pocos reciben la corrección con humildad y sacan un beneficio de ella. La exigencia de Dios respecto de nuestra fe, nuestros servicios y nuestros afectos debe recibir una respuesta alegre. Tenemos una deuda infinita para con el Señor y debemos cumplir sin vacilación el menor de sus requerimientos. Para violar los mandamientos, no es necesario que pisoteemos todo el código moral. Si despreciamos un precepto, somos transgresores de la ley sagrada. Pero si queremos ser fieles observadores de los mandamientos, debemos observar estrictamente todo lo que Dios nos ha impuesto.

Dios permitió que su propio Hijo sufriese la muerte en cumplimiento de la condena por la transgresión de la ley; por tanto, ¿cómo tratará a aquellos que, frente a toda esta evidencia, se aventuran en la senda de la desobediencia después de haber recibido la luz de la verdad? El hombre no tiene derecho a presentar su conveniencia o sus necesidades en este asunto. Dios proveerá; el que alimentó a Elías a orillas del arroyo, haciendo de un cuervo su mensajero, no dejará a sus fieles sufrir por falta de alimento.

El Salvador preguntó a sus discípulos, apremiados por la pobreza, por qué se acongojaban por lo que debían comer y cómo habían de vestirse. Les dijo: “Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni allegan en alfolíes; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No sois vosotros mucho mejores que ellas?” Mateo 6:26. Les señaló las hermosas flores, formadas y matizadas por la mano divina, diciendo: “Y por el vestido, ¿por qué os congojáis? Reparad los lirios del campo, cómo crecen; no trabajan ni hilan; mas os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria fue vestido así como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana es echada en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe?” Mateo 6:26, 28-30.

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¿Dónde está la fe del pueblo de Dios? ¿Porqué sienten sus miembros tanta duda y desconfianza respecto de Aquel que provee para sus necesidades y los sostiene por su fuerza? El Señor probará la fe de su pueblo; mandará reprensiones, que serán seguidas por aflicciones si no se escuchan estas advertencias. Quebrantará el fatal letargo del pecado a cualquier precio en aquellos que se han apartado de su fidelidad a él, y los despertará para que comprendan cuál es su deber.

Hermano, su alma debe ser vivificada y ampliada su fe. Ha justificado durante tanto tiempo su desobediencia por un motivo u otro, que su conciencia, arrullada en el descanso, ha cesado de recordarle sus errores. Ha seguido durante tanto tiempo su propia conveniencia respecto de la observancia del sábado, que su mente, encallecida, ya no es susceptible de ser impresionada respecto de su conducta desobediente; es más, por haberse puesto usted mismo en esa condición, es el máximo responsable. Empiece en seguida a obedecer los mandamientos divinos y a confiar en Dios. No provoque su ira, no sea que le visite con terrible castigo. Vuelva a él antes que sea demasiado tarde, y halle perdón para su desobediencia. Él es rico y abundante en misericordia; le dará su paz y aprobación si se allega a él con humilde fe.

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Soberbia en la iglesia y en la familia

Apreciado hermano M: Se me mostró en visión que tiene algunos defectos de carácter que deben ser corregidos. Sus sentimientos hacia su esposa, así como el modo que tiene de verla, no son correctos. No la valora correctamente. No le ha dicho las palabras de afecto y amor que ella merece. Su hombría no se verá menoscabada si la elogia por el cuidado que dedica a la familia y las cargas que éste conlleva.

Usted es orgulloso y exigente. Se fija en pequeñeces y habla de los errores insignificantes de su esposa y sus hijos. En pocas palabras: ansía medir sus conciencias según el rasero de la suya propia; trata de ser su conciencia. Su esposa tiene su propia identidad y nunca se fundirá con la de usted; tiene una individualidad que debe conservar porque ella es responsable de sus propios actos ante Dios. Hermano M, no puede hacerse responsable ante Dios por el carácter que desarrolle su esposa. Sólo ella cargará con esa responsabilidad. Dios quiere tanto influir en la conciencia de su esposa temerosa de Dios como en la de usted respecto de su esposa.

Exige demasiado a su esposa e hijos. Los censura en exceso. Bastaría con que mostrara un carácter alegre y feliz, que les hablase con amabilidad y ternura, para que la luz entrara a su morada y arrojara fuera las nubes de tristeza e infelicidad. Tiene una idea demasiado elevada de sus opiniones; ha adoptado posiciones extremas y no ha permitido que el juicio de su esposa tenga el peso que debería tener en su familia. Ni siquiera la ha respetado ni tampoco ha educado a sus hijos para que respeten sus juicios. No le ha permitido ser su igual y, en lugar de eso, ha tomado en sus manos las riendas del gobierno y el control, y se ha aferrado a ellas. Su disposición no es afectuosa ni compasiva. Esos son los rasgos del carácter que es preciso que cambie si su deseo es vencer y convertirse en una bendición de Dios para su familia.

Sus opiniones son muy rígidas y esto es una dificultad para su familia. Es preciso que la gracia de Dios ablande su corazón. El mismo amor que caracterizó las obras de Cristo debe morar en su corazón. El amor proviene de Dios. Es una planta de crecimiento celestial y no puede vivir y florecer en el corazón natural. Donde existe el amor hay verdad, vida y poder. Pero no puede vivir sin acciones; siempre que se ejercita aumenta y se expande. No se fija en los pequeños errores ni se apresura a reprochar las pequeñas equivocaciones. Tomará el control cuando la discusión y las palabras se muestren vanas e inútiles. El mejor método para reformar el carácter y regular la conducta de su familia es el principio del amor. Le dará fuerza y obrará lo que ni el dinero ni las potencias son capaces de obrar.

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Hermano, las palabras ásperas y crueles hieren y cortan. Le resulta muy fácil censurar y reprochar, pero así sólo conseguirá infelicidad. Si esas mismas palabras se las dijeran a usted, rápidamente se indignaría. Ha pensado que ser amable, tierno y compasivo es una debilidad, que hablar a su esposa con amabilidad, ternura y cortesía menoscaba su dignidad. Su idea de la masculinidad y la dignidad está equivocada. La inclinación a abstenerse de obrar con amabilidad es una debilidad manifiesta de su carácter. Lo que piensa que es una debilidad, Dios lo considera como la verdadera cortesía cristiana que debe ser ejercida por todos los cristianos; porque ese fue el espíritu que Cristo manifestó.

Su inclinación a la soberbia es muy fuerte y su opinión sobre sí mismo es mucho más elevada de lo que debiera ser. Con frecuencia adopta puntos de vista sobre las Escrituras que son extremadamente extravagantes y especulativos y se aferra a ellos con el mismo celo que los judíos se aferraban a sus tradiciones. Al no poseer un espíritu que se deje educar, está en constante peligro de crear problemas en la iglesia, a menos que ponga manos a la obra y corrija esos errores con la fuerza del poderoso Conquistador. Su caso es inquietante porque piensa que sabe más de esas cosas que sus hermanos y es muy difícil acercarse a usted. Tiene un espíritu farisaico de autojustificación que parece decir: “No se acerque, permanezca alejado; soy más santo que usted”.

No ha visto la corrupción de su propio corazón y no ha advertido que casi ha hecho de su vida un fracaso. Sus opiniones no pueden ni deben regir la iglesia de Dios. es preciso que cultive todas las gracias cristianas, en especial la caridad, que es sufrida, es benigna, que no tiene envidia, que no es jactanciosa ni se envanece, “no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo soporta”. 1 Corintios 13:5-7. “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas, vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos”. Colosenses 3:12-15.

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Por poco que alguno se desvíe de lo que usted piensa que debe ser lo correcto, no duda en reprochárselo y querer corregir la desviación con rudeza. Por un lado, sus maneras son arrogantes y dictatoriales, pronto a observar las faltas de su hermano; por otro, en cambio, no busca cuidadosamente en su propio corazón para encontrar las iniquidades que existen en su vida. Su indulgencia con sus apetitos y pasiones muestra su gran debilidad moral. La esclavitud del apetito por el tabaco ha tomado tal control sobre usted que aunque, una y otra vez, se determinara a vencer el hábito, no lo conseguiría. Ese mal hábito ha pervertido sus sentidos. Hermano, ¿dónde está la negación de sí mismo? ¿Dónde está la fuerza moral para vencer? Cristo venció por usted el poder del apetito en el desierto de las tentaciones, haciendo posible que Usted venza. Ahora debe presentar batalla. En nombre del Conquistador tiene la oportunidad de negar su apetito y obtener una victoria. Exige mucho a los demás; ¿qué está dispuesto a hacer para obtener la victoria sobre una concupiscencia que repugna, destruye la salud y contamina el alma? Debe presentar batalla. Nadie puede combatir por usted. Los demás pueden orar, pero la tarea es completamente suya.

El Señor le pide que abandone sus flirteos con el tentador y se purifique de toda inmundicia de la carne y el espíritu, perfeccionando la santidad de su temor de Dios. Apresúrese a eliminar los defectos de su carácter. Usted está en el taller de Dios. Si se somete al proceso de cortado, cuadrado y cepillado, para que los bordes ásperos sean eliminados y las superficies rugosas y los nudos sean desbastados y pulidos con la garlopa de Dios, su gracia le dará la forma adecuada para el edificio celestial. Pero si se aferra al yo y no está dispuesto a pasar por las pruebas del proceso de refinado, no habrá lugar para usted en esa estructura que se formará sin que se oiga el sonido de un solo martillo o una sola hacha. Si no transforma su naturaleza, si no se refina y se eleva mediante la verdad santificadora para los últimos días, no será digno de tener un lugar entre los puros y santos ángeles.

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¿Podrá darse el lujo de aferrarse a sus hábitos descarriados y, al fin, ser hallado entre los incrédulos sin santificar? ¿Se ve capaz de correr algún riesgo en este asunto? Hay demasiado en juego para que se aventure a proseguir con la conducta indulgente que ha seguido hasta ahora. No ha dudado en hablar de la verdad a los incrédulos, presentándola de forma agresiva y objetable, y esto ha causado muy mala influencia en sus mentes. Cuando los abogados de la verdad no son congruentes, Satanás se vale especialmente de ellos para provocar repulsa en aquellos que, de haber tenido una influencia adecuada, habrían recibido una impresión favorable. Suavice sus maneras; de modo que, cuando defienda la verdad, sea con espíritu manso.

“Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia”. 1 Pedro 3:5. La reverencia que aquí se menciona no es veneración o postración, sino comedimiento y cuidado extremo en exponer cada punto, para que no lleguemos a pronunciar una palabra necia o seamos víctimas de sentimientos enconados y, por ello, las mentes de nuestros oyentes perciban una mala impresión y se inclinen hacia la dirección equivocada. Todos tenemos gran necesidad de piadosa reverencia, humildad y mansedumbre para presentar correctamente la verdad de Dios.

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