Testimonios para la Iglesia, Vol. 4, p. 412-420, día 240

Todos los que están relacionados con nuestro colegio deben ser hombres y mujeres temerosos de Dios, así como estar llenos de su amor. Deberían conseguir que su religión sea atractiva para los jóvenes que acceden a la esfera de su influencia. Los profesores y los maestros deberían sentir constantemente su dependencia de Dios. Su labor está en este mundo, pero la Fuente de la sabiduría y el conocimiento de quien deben beber constantemente está en lo alto. El yo no debe obtener el dominio. El Espíritu de Dios debe estar al control. Deben andar humildemente con Dios y deben sentir su responsabilidad, la cual no es menor que la del ministro. La influencia que los profesores y los maestros ejercen sobre los jóvenes de nuestro colegio los acompañará allí donde vayan. De ese colegio debería salir una sagrada influencia que combatiera la tiniebla moral que existe en todas partes. Cuando el ángel de Dios me mostró que era preciso fundar una institución para la educación de nuestros jóvenes, vi que sería uno de los mayores medios ordenados por Dios para la salvación de las almas. 

Quienes deseen tener éxito en la educación de los jóvenes deben aceptarlos como son, no tratarlos según lo que debieran ser o lo que serán cuando su formación haya terminado. Los alumnos obtusos serán una prueba para ellos y deberán soportar pacientemente su ignorancia. Su trato con los alumnos sensibles y nerviosos deberá ser tierno y muy amable, recordando que más adelante deberán encontrarse con ellos ante el trono del juicio de Cristo. El sentido de sus propias imperfecciones debería empujar constantemente a los profesores para que acaricien sentimientos de tierna comprensión e indulgencia para con los que están luchando con esas mismas dificultades. Podrán ayudar a sus alumnos no reprimiendo sus defectos, sino corrigiendo fielmente los errores de tal manera que el reprendido se una aún más estrechamente al corazón del maestro. 

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Dios ha unido a los jóvenes y a los viejos con la ley de la mutua dependencia. Los educadores de los jóvenes deberían sentir un interés abnegado por los corderos del rebaño siguiendo el ejemplo que Cristo nos dio con su vida. Hay muy poca ternura compasiva y demasiada dignidad rígida de juez severo. Todos deberían recibir justicia exacta e imparcial, porque esta es la exigencia de la religión de Cristo. Pero siempre se debería recordar que la firmeza y la justicia tienen una hermana que se llama misericordia. Mostrarse distante ante los alumnos, tratarlos con indiferencia, ser inaccesible, arisco y censurador es contrario al espíritu de Cristo.

Cada uno de nosotros necesita abrir el corazón al amor de Dios para vencer la soberbia y la aspereza y permitir que Jesús entre para tomar posesión del alma. El educador de jóvenes hará bien en recordar que a pesar de todas las ventajas que le otorgan la edad, la educación y la experiencia sigue sin ser un perfecto vencedor. Él mismo se equivoca y comete errores. Como Cristo lo trata, así debería él esforzarse por tratar a los jóvenes que están a su cuidado, que han gozado de menos facilidades y han sufrido un entorno menos favorable que el suyo. Cristo ha tenido paciencia con los descarriados y toda su manifiesta perversidad y rebelión. Su amor por el pecador no se enfría, sus esfuerzos no cesan y no lo abandona a los azotes de Satanás. Ha abierto los brazos para volver a dar la bienvenida al descarriado, al rebelde e incluso al apóstata. De palabra y de acción, los maestros deben representar a Cristo en la educación y la formación de los jóvenes; así, en el día del juicio no serán avergonzados al encontrarse ante sus alumnos y la historia del gobierno que ejercieron en ellos.

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Una y otra vez, el educador ha introducido en el aula la sombra de tinieblas que ha juntado sobre su alma. Se ha fatigado en demasía y está nervioso, o la dispepsia lo ha teñido todo con un tono sombrío. Entra en el aula con los nervios desquiciados o el estómago irritado. Nada parece que le complazca, piensa que sus alumnos sólo son capaces de ser irrespetuosos con él y reparte ásperas críticas y censuras a diestra y siniestra.

Los hombres y las mujeres de experiencia deben entender que esta es una época de especial peligro para los jóvenes. Las tentaciones los rodean por todas partes, y si bien es fácil navegar a favor de la corriente, se requiere un gran esfuerzo para remar contra la marea de maldad. Satanás se esfuerza de manera calculada para mantener a la juventud en el pecado porque así está más seguro de ganar al hombre. El enemigo de las almas está lleno de un intenso odio contra todos los que se ponen en una situación favorable para recibir la luz del cielo. Sabe que cualquier movimiento que hagan para ponerse en contacto con Dios les dará poder para resistir sus maquinaciones. Los que se sienten cómodos con sus pecados están seguros bajo su bandera. Pero tan pronto como hacen esfuerzos para romper su poder, se enciende su furor y empieza a trabajar para torcer, si es posible, los propósitos de Dios.

Si la influencia de nuestro colegio es la que debería ser, los jóvenes que están en él estarán capacitados para discernir a Dios y glorificarlo en toda su obra. Mientras estén ocupados cultivando las facultades que Dios les ha dado se prepararán para rendirle un servicio aún más eficaz. El intelecto santificado, abrirá los tesoros de la palabra de Dios y juntará sus preciosas gemas para presentarlas a otras mentes y moverlas también a buscar las profundas cosas de Dios. El conocimiento de la riqueza de su gracia ennoblecerá y enaltecerá el alma humana y mediante la conexión con Cristo será partícipe de la naturaleza divina y obtendrá poder para resistir los envites de Satanás. 

El hecho de que el conocimiento solo, puesto en manos del enemigo de todo bien, puede ser un poder que los destruya debe quedar grabado en la mente de los alumnos. Quien finalmente se declaró en rebeldía fue un ser muy inteligente que ocupó una posición muy elevada entre la multitud de ángeles y más de una mente privilegiada está ahora cautiva de su poder. El conocimiento santificado que Dios imparte es de la mejor calidad y hablará de su gloria.

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La labor de los maestros de nuestro colegio será ardua. Entre los que asisten a la escuela habrá algunos que no son sino agentes de Satanás, no tienen respeto por las normas de la escuela y desmoralizan a todos los que se relacionan con ellos. Después de que los maestros hayan hecho todo cuanto puedan para reformar a esta clase de alumnos, después de que, mediante el esfuerzo personal, las súplicas y la oración, se hayan esforzado por acceder a ellos y aun así rechazan todos los esfuerzos hechos en su favor y persisten en su conducta pecaminosa, será necesario separarlos de la escuela para que otros no se contaminen con su perversa influencia.

Para mantener una disciplina adecuada y, al mismo tiempo, ejercer un amor compasivo y la ternura por las almas de los que estén a su cuidado, el maestro necesita un aporte constante de sabiduría y gracia de Dios. Es preciso mantener el orden. Pero los que aman a las almas, la adquisición de la sangre de Cristo, deberían hacer lo indecible por salvar a los descarriados. A menudo, esos pobres pecadores están perdidos en las tinieblas y el engaño siguiendo su propio camino y los que deberían ayudarlos les permiten que avancen solos hacia su ruina. Muchos excusan su descuido de esos despreocupados e incontrolados refiriéndose a los privilegios religiosos de Battle Creek. Dicen que si tales privilegios no los llaman al arrepentimiento nada será capaz de hacerlo. Las oportunidades de asistir a la escuela sabática y escuchar los sermones pronunciados desde el púlpito son, de hecho, preciosos privilegios. Aun así es posible que pasen inadvertidos, mientras que si alguien verdaderamente interesado se acercase a esas almas con amor y compasión podría conseguir alcanzarlas. Se me ha mostrado que el esfuerzo personal, llevado a cabo con juicio, tendrá una influencia elocuente sobre esos casos considerados tan rebeldes. Es probable que no todos tengan un corazón tan duro como aparentan. Nuestra gente de Battle Creek debería interesarse profundamente por los jóvenes que la providencia de Dios ha puesto bajo su influencia. Hemos visto que se ha hecho un buen trabajo por la salvación de muchos que han acudido a nuestro colegio; con todo, es posible conseguir más con el esfuerzo personal. 

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El amor egoísta al “yo y lo mío” impide que muchos cumplan sus deberes con respecto a otros. ¿Acaso piensan que toda la tarea que se les ha encomendado es en beneficio de ellos mismos y de sus hijos? Cristo dice: “En cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis”. Mateo 25:45. ¿Acaso vuestros hijos son más valiosos a los ojos de Dios que los hijos de vuestros vecinos? Dios no hace acepción de personas. Debemos hacer todo cuanto podamos para salvar las almas. Ninguna debe ser olvidada por causa de su cultura o su formación religiosa defectuosas, o porque sus hijos son menos favorecidos. Si esos descarriados y olvidados hubiesen disfrutado de los mismos privilegios domésticos podrían haber mostrado mucha más nobleza de alma y un mayor talento para la utilidad que muchos de los que han sido protegidos día y noche con los cuidados más exquisitos y el amor más desbordante. Los ángeles se apiadan de esas ovejas descarriadas; los ángeles lloran mientras los ojos humanos están secos y los corazones humanos se cierran contra ellos. Si Dios no me hubiera dado otra tarea, la ocupación de mi vida habría sido preocuparme por aquellos por los cuales los demás no se molestan en salvar. En el día de Dios alguien será considerado responsable de la pérdida de estas queridas almas. 

Los padres que han descuidado las responsabilidades que Dios les ha encomendado se enfrentarán a su descuido en el juicio. Entonces el Señor preguntará: “¿Dónde están los hijos que os di para que los formarais para mí? ¿Por qué no están a mi derecha?” Muchos padres verán entonces que el amor insensato cegó sus ojos ante las faltas de sus hijos y permitió que desarrollaran caracteres deformes, inadecuados para el cielo. Otros verán que no prestaron atención a sus hijos ni les dedicaron tiempo, amor y ternura; su desidia hizo de sus hijos lo que son. Los maestros verán dónde pudieron haber trabajado por el Maestro intentando salvar los casos aparentemente incorregibles que desecharon en los tiernos años de la juventud. Y los miembros de iglesia verán que podrían haber hecho un buen servicio al Maestro ayudando a aquellos que más lo necesitaban. Mientras prodigaban su interés y su amor a sus familias había muchos jóvenes inexpertos que podrían haber sido llevados a sus corazones y sus casas y cuyas preciosas almas se podrían haber salvado con interés y un cuidado amable. 

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Los educadores deberían saber cómo salvaguardar la salud de sus alumnos. Deberían disuadirlos de fatigar la mente con demasiados estudios. Si dejan el colegio conociendo mucha ciencia pero con una constitución debilitada, sería mejor que jamás hubiesen ingresado en la escuela. Algunos padres piensan que la educación de sus hijos es muy cara y los presionan para que estudien. Los alumnos están deseosos de estudiar mucho para completar su formación en el menor tiempo posible. Los profesores han permitido que algunos avancen demasiado deprisa. Mientras algunos necesitan que se los empuje, otros precisan que se los frene. Los alumnos deben ser siempre diligentes pero no deben embutir sus mentes de manera que se conviertan en dispépticos intelectuales. Los estudios no deben presionarlos tanto que descuiden el cultivo de las buena maneras; y, por encima de todo, no deben permitir que nada interfiera en el tiempo que dediquen a la oración porque los pone en contacto con Jesucristo, el mejor maestro que jamás haya conocido el mundo. En ningún caso deben privarse de los privilegios religiosos. Muchos alumnos han hecho de sus estudios el primer gran objetivo y han descuidado la oración, a la vez que se han ausentado de la escuela sabática y las reuniones de oración. Al descuidar sus deberes religiosos han regresado a sus casas alejados de Dios. Se ha descuidado una de las partes más importantes de su educación. La base de todo conocimiento verdadero no debería ser considerada como algo secundario. “El temor de Jehová es el principio de la sabiduría”. Proverbios 9:10. “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia”. Mateo 6:33. Esto no debe ocupar el último lugar, sino el primero. El alumno debe tener la posibilidad de familiarizarse con su Biblia. Necesita tiempo para ello. Un alumno que haga de Dios su fuerza, que es inteligente en el conocimiento de Dios revelado en su palabra, pone los cimientos de una buena educación.

Dios ha establecido que el colegio de Battle Creek alcance una cota más elevada de cultura moral e intelectual que cualquier otra institución del mismo tipo en nuestro país. Los jóvenes deben aprender la importancia de cultivar sus facultades físicas, mentales y morales para que sean capaces de alcanzar los más altos logros en la ciencia, y por medio del conocimiento de Dios, se puedan educar para glorificarlo, de manera que puedan desarrollar caracteres simétricos y así estar totalmente preparados para ser útiles en este mundo y ganar la adecuación moral para la vida inmortal.

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Ojalá pudiera encontrar las palabras para expresar la importancia de nuestro colegio. Todos deberíamos sentir que es uno de los instrumentos por medio de los cuales Dios se revela al hombre. Los maestros pueden hacer un trabajo mayor de lo que hasta ahora habían calculado. La mente se moldea y el carácter se desarrolla con maestros de experiencia interesados. Aun cuando estén marcados con la mayor de las imperfecciones, con temor de Dios, se deberían favorecer y fortalecer todos los esfuerzos para desarrollar las más altas facultades. Las mentes de muchos de los jóvenes son ricas en talentos que permanecen inútiles porque no se les ha dado oportunidad de desarrollarlos. Sus facultades físicas se han fortalecido con el ejercicio; pero las cualidades de la mente permanecen ocultas porque el discernimiento y el tacto dado por Dios al educador no las han sabido poner en funcionamiento. Es preciso que los jóvenes reciban ayudas para el desarrollo; es necesario que se los estimule, se los aliente y se les mueva a acción. 

Se necesitan obreros en todo el mundo. La verdad de Dios debe ser llevada a otros países para que pueda iluminar a los que están en tinieblas. Dios exige que en este aspecto se muestre un celo infinitamente mayor que el que se ha mostrado hasta ahora. Como pueblo, estamos casi paralizados. No hacemos ni la vigésima parte de bien que podríamos hacer porque el egoísmo y la soberbia dominan a la mayor parte de nosotros. La causa de Dios necesita ahora un intelecto cultivado porque los novicios no pueden hacer el trabajo aceptablemente. Dios ha diseñado nuestro colegio como un instrumento para desarrollar obreros que no lo avergüencen. Hasta ahora no se ha imaginado la altura que puede alcanzar un hombre con una cultura adecuada. Entre nosotros se encuentran hombres cuyas capacidades son superiores a la media. Si sus talentos se pusieran a trabajar tendríamos veinte ministros donde ahora tenemos uno.

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Los maestros no deben pensar que su deber ha terminado cuando sus alumnos han recibido instrucción en las ciencias. Deben darse cuenta de que tienen el más importante campo misionero del mundo. Si las capacidades de todos los que se han alistado como instructores se usan de la manera en que Dios desea, serán los misioneros de más éxito. Es preciso recordar que los jóvenes forman hábitos que, en nueve de cada diez casos, decidirán su futuro. La influencia de las compañías con que se rodeen, las amistades que entablen y los principios que adopten los acompañarán a lo largo de toda la vida. 

Es un hecho terrible que debería hacer temblar el corazón de los padres que los colegios a los cuales se envía a los jóvenes de nuestro tiempo para que cultiven la mente pongan en peligro la moral. Como un joven inocente que es puesto con delincuentes reincidentes aprende lecciones de criminalidad que jamás se habrían soñado, los jóvenes de mente pura, por medio de su relación con compañeros del colegio cuyos hábitos están corrompidos, pierden su pureza de carácter y se vuelven viciosos y degradados. Los padres deberían apercibirse de sus responsabilidades y entender lo que hacen al enviar a sus hijos a colegios de los que no pueden esperar nada más que vuelvan sin moral. El colegio de Battle Creek debe tener un tono moral más elevado que cualquier otro colegio del país, de manera que la seguridad de los hijos que se le confíen para su cuidado no corra peligro. Si los maestros desempeñan su labor con temor de Dios, trabajando con el espíritu de Cristo por la salvación de las almas de los alumnos, Dios coronará sus esfuerzos con el éxito. Los padres temerosos de Dios estarán más preocupados por el carácter que sus hijos se lleven a casa que por el éxito y el avance en los estudios. 

Se me mostró que Dios había designado nuestro colegio para cumplir la gran tarea de la salvación de las almas. Sólo cuando están bajo el control total del Espíritu de Dios, los talentos de una persona son útiles en su totalidad. Los preceptos y los principios de la religión son los primeros pasos en la adquisición de conocimiento y son la base misma de la educción. El Espíritu de Dios debe vitalizar el conocimiento y la ciencia para que sirvan a los objetivos más nobles. Sólo un cristiano puede hacer un uso correcto del conocimiento. Para que pueda ser apreciada completamente, la ciencia debe ser contemplada desde un punto de vista religioso. El corazón que está ennoblecido por la gracia de Dios puede comprender mejor el valor real de la educación. Los atributos de Dios, tal como se ven en las obras que él creó, sólo se pueden apreciar si conocemos al Creador. Para llevar a los jóvenes a la fuente de la verdad, al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, los maestros además de estar familiarizados con la teoría de la verdad, deben tener un conocimiento empírico de la vía de santidad. El conocimiento es potencia cuando se une con la verdadera piedad. 

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Deberes de los padres para con el colegio

Nuestros hermanos y hermanas de todas partes deben sentir que es su deber sostener esta institución que Dios ha ideado. Algunos de los alumnos regresan a casa murmurando y quejándose, y ciertos padres y miembros de la iglesia prestan oído atento a sus declaraciones exageradas y unilaterales. Sería bueno que considerasen que la historia tiene dos fases; pero en vez de hacerlo así, permiten que estos informes parciales levanten una valla entre ellos y el colegio. Empiezan luego a expresar temores, dudas y sospechas acerca de la manera en que se dirige el mismo. Una influencia tal ocasiona gran daño. Las palabras de descontento se difunden como una enfermedad contagiosa, y es difícil contrarrestar la impresión causada en el espíritu. La historia se amplía con cada repetición, hasta que adquiere proporciones gigantescas, cuando una investigación revelaría el hecho de que no hubo culpa de parte de los maestros o profesores. Simplemente estaban cumpliendo su deber al poner en vigencia las reglas que deben practicarse en la escuela para que ésta no se desmoralice. 

Los padres no actúan siempre con prudencia. Muchos exigen que los demás sigan sus ideas, y se impacientan si no lo consiguen; pero cuando se requiere que sus propios hijos observen los reglamentos de la escuela, y estos niños se impacientan bajo la necesaria restricción, con demasiada frecuencia esos padres, que profesan amar y temer a Dios, se ponen de parte de los hijos en vez de reprenderlos y corregir sus defectos. A menudo esto resulta ser el punto decisivo en el desarrollo del carácter de sus hijos. Se violan las reglas y el orden, y se pisotea la disciplina. Los niños desprecian la restricción, y se les permite hablar despectivamente de las instituciones de Battle Creek. Bastaría con que los padres reflexionaran para que pudieran ver el mal resultado de su conducta. Sería de veras algo admirable si en una escuela de cuatrocientos alumnos, dirigidos por hombres y mujeres sujetos a las flaquezas de la humanidad, cada paso que se diera fuese tan perfecto y exacto que no se lo pudiera criticar.

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