Testimonios para la Iglesia, Vol. 4, p. 622-631, día 261

Como cristianos no deberíamos aceptar ningún empleo sobre el que no podamos pedir la bendición del Señor. Hermanas, ¿tenéis la conciencia tranquila con los adornos innecesarios que ponéis sobre vuestros vestidos? Mientras desconcertáis la mente con fruncidos, lazos y cintas, ¿podéis elevar el alma en oración a Dios para que bendiga vuestros esfuerzos? El tiempo pasado de esta manera podría dedicarse a hacer el bien a otros y a cultivar vuestra mente. 

Muchas de nuestras hermanas son personas hábiles y si sus talentos se usaran para la gloria de Dios el éxito coronaría su labor de ganar almas para Cristo. ¿Acaso no serán responsables de las almas que pudieron haber salvado si sus vestidos no hubiesen sido extravagantes y las preocupaciones de este mundo no hubiesen paralizado y empequeñecido las facultades que Dios les había dado de tal manera que no sintieron la carga de la tarea? Satanás inventó la moda para mantener la mente de las mujeres tan ocupada con el tema del vestido que no pudiesen pensar en nada más. 

Las obligaciones de criar a sus hijos en la nutrición y la advertencia de Dios que recaen sobre las madres no se pueden cumplir si continúan vistiendo como ahora visten. No tienen tiempo para orar o escudriñar las Escrituras para poder entender la verdad y enseñarla a sus hijos. No sólo es un privilegio, sino una obligación que cada uno aumente diariamente el conocimiento de Dios y de la verdad. Pero Satanás alcanza su objetivo si puede inventar algo que atraiga de tal modo la mente que ese no pueda ser el caso. La razón por la que tantos descuiden la asistencia a las reuniones de oración y no deseen participar en los ejercicios religiosos es que sus mentes están dedicadas a otras cosas. Se conforman al mundo en el asunto del vestido. Mientras actúen así, las almas que deberían haber ayudado haciendo que su luz brillara en forma de buenas obras, se refuerzan en su incredulidad con la incoherente conducta de los que profesan ser cristianos. 

A Dios le agradaría ver a nuestras hermanas vestidas con ropas aseadas y sencillas, dedicándose fervientemente a la obra del Señor. No carecen de capacidad, y si diesen el uso debido a los talentos que ya poseen, su eficiencia aumentaría grandemente. Si el tiempo que ahora dedican al trabajo inútil lo consagrasen a escudriñar la Palabra de Dios y explicarla a otros, su propia mente se enriquecería con gemas de la verdad y se fortalecería a la vez que se ennoblecería, gracias al esfuerzo hecho para comprender las razones de nuestra fe. Si nuestras hermanas fuesen cristianas de acuerdo con la Biblia y concienzudas, si procuraran aprovechar toda oportunidad para iluminar a otras, veríamos que, por sus esfuerzos abnegados, decenas de almas abrazarían la verdad. Hermanas, en el día en que se haga el ajuste de cuentas, ¿sentiréis placer al repasar vuestra vida, o lamentaréis haber buscado la belleza exterior, mientras que descuidabais casi completamente la hermosura interior, la del alma? 

-623-

¿No tienen nuestras hermanas suficiente celo y valor moral para colocarse sin excusa de parte de la Biblia? El apóstol dio indicaciones muy explícitas acerca de este punto: “Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad”. 1 Timoteo 2:9-10. Aquí el Señor, por medo de su apóstol, habla expresamente en contra de que se lleve oro. Cuídense las personas de experiencia de no extraviar a otras por su ejemplo al respecto. Ese anillo que rodea su dedo puede ser muy sencillo, pero es inútil, y el llevarlo ejerce mala influencia sobre los demás. 

Especialmente las esposas de nuestros ministros deben tener cuidado de no apartarse de las claras enseñanzas de la Biblia con respecto al vestir. Muchas consideran que esas órdenes son demasiado anticuadas para que se les preste atención; pero el que las dio a sus discípulos, comprendía los peligros que entrañaría en nuestro tiempo el amor al vestido, y nos envió la consiguiente amonestación. ¿Le prestaremos atención y seremos sabios? La extravagancia en el vestir aumenta continuamente. Y no se ha llegado aún al fin. La moda cambia a cada momento, y nuestras hermanas la siguen, sin reparar en el gasto de tiempo y dinero. Se gastan en vestidos muchos recursos que debieran ser devueltos a Dios, el Dador de ellos.

-624-

El sencillo y limpio vestido de las clases más pobres a menudo aparece en claro contraste con el atavío de sus hermanas más adineradas y esa diferencia suele causar un sentimiento de incomodidad por parte de los pobres. Algunas intentan imitar a sus hermanas más ricas y fruncen, hacen volantes y encordonan telas de calidad inferior para aproximarse tanto como sea posible a ellas en el vestido. Las chicas pobres, que sólo reciben dos dólares por semana como remuneración por su trabajo gastarán todos los centavos en vestir como otras que no están obligadas a ganarse la vida. Esas jóvenes no tienen nada para poner en la tesorería de Dios. Su tiempo está tan ocupado en confeccionarse vestidos tan a la moda como el de sus hermanas que no tienen tiempo para mejorar la mente, con el estudio de la palabra de Dios, con la oración secreta o con la reunión de oración. La mente está completamente ocupada en planear cómo conseguir una apariencia semejante a la de sus hermanas. Para cumplir este fin se sacrifica la salud física, mental y moral. La felicidad y el favor de Dios se depositan en el altar de la moda. 

Muchas no asisten al servicio de culto del sábado porque su vestido parecería muy distinto en estilo y adorno al de sus hermanas cristianas. ¿Consideraréis, hermanas, estas cosas tal como son y os daréis cuenta de la gravedad de la influencia que ejercen sobre otras? Al andar por una senda prohibida inducen a otras a que emprendan el mismo camino de desobediencia y desviación. La sencillez cristiana se sacrifica por la apariencia externa. Hermanas, ¿cómo se puede cambiar esto? ¿Cómo podemos rescatarnos de la trampa de Satanás y romper las cadenas que nos han atado a la esclavitud de la moda? ¿Cómo recuperaremos las ocasiones perdidas? ¿Cómo pondremos nuestras facultades en acción saludable y vigorosa? Sólo hay un camino y es el de hacer de la Biblia nuestra norma de vida. Todos debemos trabajar honestamente para hacer el bien a los demás, vigilar en oración, tomar la cruz tanto tiempo olvidada y aceptar las advertencias y órdenes del que dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame”. Mateo 16:24.

Hermanas en Cristo, miraos al espejo, la ley de Dios, y probad vuestra conducta con los cuatro primeros mandamientos. Ellos definen explícitamente vuestro deber para con Dios. Y cualquier cosa que tienda a absorber la mente y a distraerla de Dios adopta la forma de un ídolo. El Dios verdadero y vivo es expulsado de los pensamientos y el corazón y el templo del alma es manchado con la adoración de otros dioses. “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:3), dice el mandamiento. Escudriñemos el corazón, comparemos la vida y el carácter con los estatutos y los preceptos de Jehová y luego corrijamos diligentemente los errores. 

-625-

Los últimos seis mandamientos especifican los deberes del hombre para con sus semejantes. Aquí se sacan a la luz solemnes obligaciones que cada día pisotean los que profesan guardar los mandamientos. Los que han recibido la luz de la gracia de Dios, que han sido adoptados en la familia real, no siempre deberían ser niños en la obra del Señor. Si aprovecharan sabiamente la gracia que han recibido, sus capacidades se aumentarían y sus conocimientos serían más extensos. Asimismo se les confiaría una medida aún mayor de poder divino. Al llevar a cabo esfuerzos sinceros y bien dirigidos para atraer a sus semejantes al conocimiento de la verdad, son hechos fuertes en el Señor. Por obrar justicia en la tierra recibirán la recompensa de la vida eterna en el reino del cielo. Este es el privilegio de nuestras hermanas. Cuando vemos que usan el tiempo y el dinero de Dios en una apariencia innecesaria en el vestido no podemos menos que advertirlas de que están rompiendo no sólo los primeros cuatro mandamientos, sino que también quebrantan los últimos seis. No hacen de Dios el supremo objeto de su adoración ni aman a sus prójimos como a ellas mismas. 

Cristo es nuestro ejemplo. Debemos tener el Modelo constantemente ante nosotros y contemplar el infinito sacrificio que hizo para redimirnos de la tiranía del pecado. Si mirándonos en el espejo nos vemos condenados, no continuemos con nuestra transgresión, sino que volvámonos y lavemos nuestras vestiduras del carácter en la sangre del Cordero para que puedan ser sin mancha. Digamos, como David: “Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley” Salmos 119:18. Aquellos a quienes Dios ha confiado tiempo y recursos para que puedan ser una bendición para la humanidad, pero que han despilfarrado esos dones innecesariamente,gastándolos en ellos y en sus hijos, deberán rendir una terrible cuenta en el mostrador de Dios.

-626-

“Porque he aquí, viene el día ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; aquel día que vendrá los abrasará, ha dicho Jehová de los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama”. Malaquías 4:1. El mundo incrédulo pronto tendrá algo en que pensar además del vestido y la apariencia. Cuando la desgracia y la incertidumbre separen sus mentes de esas cosas no tendrán nada a qué volverse. No son prisioneros de la esperanza y, en consecuencia, no se vuelven a la Fortaleza. Sus corazones se detendrán presa del temor y la aflicción. No han hecho de Dios su refugio y no será su consuelo. Se reirá de su calamidad y se burlará cuando venga su temor. 

Los observadores del sábado que han cedido a la influencia del mundo, han de ser probados. Están por sobrecogernos los peligros de los postreros días, y espera al profeso pueblo de Dios una prueba que muchos no han anticipado. Será probada la sinceridad de su fe. Muchos se han unido con los mundanos en el orgullo, la vanidad, y la búsqueda de placeres, lisonjeándose de que podían hacer esto y seguir siendo cristianos. Pero son estas complacencias las que los separan de Dios, y los hacen hijos del mundo. Cristo no nos dio un ejemplo tal. Únicamente los que se niegan a sí mismos, y viven una vida de sobriedad, humildad y santidad, siguen verdaderamente a Jesús; y los tales no pueden disfrutar de la compañía de quienes aman al mundo. 

Muchos se visten como el mundo, a fin de ejercer influencia sobre los incrédulos; pero en esto cometen un triste error. Si quieren ejercer una influencia verdadera y salvadora, vivan de acuerdo con su profesión de fe, manifiéstenla por sus obras justas, y hagan clara la distinción que hay entre el cristiano y el mundo. Sus palabras, su indumentaria y sus acciones deben hablar en favor de Dios. Entonces ejercerán una influencia santa sobre todos los que los rodeen, y aun los incrédulos conocerán que han estado con Jesús. Si alguno quiere que su influencia se ejerza en favor de la verdad, viva de acuerdo con lo que profesa e imite así al humilde Modelo.

El orgullo, la ignorancia y la insensatez son compañeros constantes. Al Señor le desagrada el orgullo manifestado entre su pueblo profeso. Le deshonra su conformidad con las modas malsanas, inmodestas y costosas de esta época degenerada.

-627-

La moda rige el mundo; y es un arma tiránica, que con frecuencia obliga a sus adeptos a someterse a los mayores inconvenientes e incomodidades. La moda impone tributos sin razón y cobra sin misericordia. Tiene un poder fascinador, y está siempre lista para criticar y para ridiculizar a los pobres si no siguen en su estela a cualquier costo, aun con el sacrificio de la vida misma. Satanás se regocija de que sus designios tengan tanto éxito, y la muerte se ríe del celo ciego y de la insensatez destructora de la salud de aquellos que adoran ante el altar de la moda. 

Para proteger al pueblo de la influencia corruptora del mundo, así como para promover la salud física y moral, se introdujo la reforma en el vestido. No se pretendía que fuera un yugo de servidumbre, sino una bendición. No se buscaba aumentar el trabajo, sino reducirlo; tampoco se quería incrementar el gasto en el vestido, sino el ahorro. Distinguiría al pueblo de Dios del resto del mundo y así serviría como barrera contra sus modas y futilidades. El que conoce el fin desde el principio, que entiende nuestra naturaleza y nuestras necesidades, el compasivo Redentor, vio el peligro y las dificultades y condescendió en darnos advertencia e instrucción respecto de los hábitos de vida, incluida la adecuada selección de alimentos y vestidos. 

Satanás constantemente seduce con nuevos estilos de vestido que son una ofensa para la salud moral y física. Disfruta cuando ve que quienes profesan ser cristianos aceptan apresuradamente las modas que inventa. La cantidad de sufrimiento que se crea con el vestido antinatural e insano es incalculable. Muchos son inválidos de por vida por cumplir con las demandas de la moda. Dislocaciones y deformidades, cáncer y otras terribles enfermedades son el resultado perverso del vestido a la moda.

Se ha adoptado más de un estilo en el vestido que era inadecuado e incluso ridículo porque estaba de moda. Entre esas modas perniciosas se encontraban los grandes miriñaques que, frecuentemente, causaban la exposición indecente de las personas. En contraste, se presentó un vestido modesto, limpio y decoroso que puso punto final al miriñaque y las faldas largas, y puso cobertura adecuada para los miembros. Pero la reforma en el vestido incluía más cosas que el acortamiento de la falda y la cobertura de los muslos. Incluía todos y cada uno de los artículos del vestido de una persona. Eliminaba el peso de las ancas suspendiendo la falda desde los hombros. Eliminaba los estrechos corsés que comprimían los pulmones, el estómago y los otros órganos internos e inducía la desviación de la columna vertebral, y una incontable serie de trastornos. La reforma del vestido dio una solución adecuada para la protección y el desarrollo de cada parte del cuerpo. 

-628-

La reforma del vestido demostró ser una bendición para los que la adoptaron de manera coherente, valorando sus ventajas y adoptando con alegría una posición contraria al orgullo y la moda. Cuando se llevaba a cabo con propiedad, el vestido era decoroso y coherente, por lo que las personas de mente cándida, aun la de aquellas que no pertenecen a nuestra fe, la aceptaban fácilmente.

Se planteará la pregunta: “¿Por qué se ha abandonado ese vestido y por qué razón se ha dejado de defender la reforma en el vestido?” Expondré brevemente aquí la razón de este cambio. Mientras muchas de nuestras hermanas aceptaron esta reforma por principio, otras se opusieron al estilo de vestido sencillo y saludable que defendía. Requería mucho esfuerzo introducir esta reforma entre nuestra gente. No bastaba con presentar ante nuestras hermanas las ventajas de un vestido así y convencerlas de que gozaría de la aprobación de Dios. La moda ejercía tal influencia sobre ellas que les costaba romper su control, aun cuando obedeciesen los dictados de la razón y la conciencia. Muchas que profesaron aceptar la reforma no llevaron a cabo ningún cambio en sus malos hábitos en la indumentaria, excepto el acortamiento de las faldas y la cobertura de las piernas.

Tampoco esto fue todo. Algunas que adoptaron la reforma no estaban satisfechas con ser ejemplo de las ventajas de tal vestido, dando explicaciones por haberlo adoptado cuando se les preguntaba y dejando aquí el asunto. Querían controlar la conciencia de otras. Si ellas lo llevaban, las otras también debían llevarlo. Olvidaron que ninguna mujer estaba obligada a aceptar la reforma en el vestido.

-629-

No era mi deber recomendar el tema a mis hermanas. Después de presentarlo ante ellas tal y como se me había mostrado, lo dejé a su conciencia. Las acciones de reforma siempre van acompañadas de sacrificio. Exigen que el amor por las comodidades, los intereses egoístas y el gusto por la ambición se sometan a los principios de la justicia. Quien tenga el valor de reformarse se encontrará con obstáculos. Se enfrentarán contra el conservatismo de quienes por negocio o placer se ponen en contacto con los adoradores de la moda y pierden el rango social con el cambio. 

Aquellas hermanas que constantemente urgían la reforma del vestido generaron muchos sentimientos de infelicidad. En el caso de las extremistas, esta reforma parecía ser el centro de su religión. Era tema de conversación y carga para el corazón. Sus mentes se desviaban de Dios y la verdad. No recibieron el espíritu de Cristo y manifestaron una gran falta de verdadera cortesía. En lugar de valorar el vestido por sus ventajas reales, parecían estar orgullosas de su singularidad. Quizá entre nosotros jamás surgió una cuestión que causara un desarrollo del carácter como la reforma en el vestido. 

Mientras muchas de las jóvenes adoptaron el vestido, algunas quisieron evitar la cruz permitiéndose adornos de más, convirtiéndolo así en una maldición más que en una bendición. Para las que lo vestían con reticencia, por sentido del deber, se convirtió en un pesado yugo. Otras, aparentemente las reformadoras más celosas, manifestaron una triste falta de orden y pulcritud. No estaba confeccionado de acuerdo con el modelo aprobado. Algunas llevaban un conjunto variado—el vestido confeccionado con una tela, la blusa con otra y aun los pantalones con otra—. Otras llevaban una falda muy larga, de modo que sólo se veía una pulgada de los pantalones y así el vestido quedaba desproporcionado y de mal gusto. Esos grotescos y desordenados vestidos desagradaban a muchas que de buen grado habrían aceptado un vestido adecuadamente reformado. 

Algunas estaban muy preocupadas porque no hice del vestido una cuestión probatoria y otras aún porque aconsejé que aquellas que tuvieran esposos o hijos incrédulos no lo adoptaran porque podría traer la infelicidad y ello contrarrestaría el bien derivado de su uso. Durante años llevé la carga de esta obra y trabajé por establecer una uniformidad en el vestido de nuestras hermanas. 

-630-

En una visión que el 3 de enero de 1875 se me concedió en Battle Creek se me mostró el estado de cosas que he representado aquí y que la gran diversidad en el vestido era perjudicial para la causa de la verdad. Lo que tenía que haber sido una bendición si se hubiera adoptado uniformemente y llevado con propiedad, se convirtió en un reproche y, en algunos casos, una desgracia. 

Algunas que llevaban el vestido suspiraban como si de una pesada carga se tratase, su corazón decía: “Cualquier cosa menos esto. Si se nos permitiera abandonar este estilo extraño estaríamos dispuestas a aceptar un vestido de longitud ordinaria sin adornos. Las piernas podrían estar cubiertas tan cálidamente como antes y podríamos disfrutar de todos los beneficios físicos. Preparar un vestido reformado requiere mucho tiempo”. Murmurando y quejándose destruían rápidamente la piedad vital.

No tenía ningún testimonio sobre el tema del vestido. No hice ninguna referencia a él, ni defendiéndolo ni condenándolo. El propósito de Dios era probar a los que profesaban ser su pueblo y revelar los motivos de su corazón. En las reuniones anuales raras veces tuve algo que decir al respecto. Evité todas las preguntas y no respondí ninguna carta.

Hace un año se me volvió a presentar el tema del vestido. Vi que nuestras hermanas se alejaban de la sencillez del evangelio. La mismas que sintieron que la reforma en el vestido exigía un trabajo innecesario y afirmaban que el espíritu del mundo no influiría sobre ellas ahora habían adoptado la moda que una vez condenaron. Sus vestidos estaban sobrecargados con todos los adornos mundanos innecesarios de manera indecorosa para los cristianos y en completa desviación con respecto a nuestra fe. 

De este modo se ha desarrollado el orgullo del corazón tolerado por un pueblo que profesa haber salido del mundo y haberse separado de él. La inspiración declara que la amistad del mundo está enemistada con Dios. Y, sin embargo, los que profesan ser su pueblo han gastado los recursos y el tiempo que Dios les dio en el altar de la moda. 

-631-

Nuestra gente ha retrocedido de manera constante en la obra de reforma. La sabiduría y el juicio parecen paralizados. El egoísmo y el amor por la ostentación han corrompido el corazón y deteriorado el carácter. Crece la inclinación a sacrificar la salud y el favor de Dios en el altar de la siempre cambiante y nunca satisfecha moda. 

No hay estilo de vestido más adecuado en el sanatorio que el vestido reformado. La idea que algunos sostienen de que afectaría la dignidad de esa institución es un error. Ese es precisamente el tipo de vestido que se esperaría encontrar allí y no debería ser descartado. Con esa ropa, las auxiliares podrían desempeñar sus funciones con mucho menos esfuerzo que el que ahora se requiere. Un vestido así predicaría su propio sermón a los devotos de la moda. El contraste entre su propia vestimenta insana, recargada y pesada y el vestido reformado, representado adecuadamente permite mayor comodidad en el movimiento de las piernas y sería más instructivo. Muchos de los pacientes habrían experimentado una gran mejoría de haber aceptado el vestido reformado. 

Lamentamos las influencias contrarias a este pulcro, modesto y saludable vestido. El corazón natural siempre defiende las costumbres mundanas; cualquier influencia se multiplica por diez si se ejerce en la dirección equivocada.

Mientras ninguna hermana se sintió obligada a adoptar el vestido reformado, nuestra gente podía y debería haber apreciado sus ventajas y, por tanto haberlo considerado una bendición. Ahora podemos ver los malos resultados de una conducta contraria. En el sanatorio, los médicos y los asistentes se han apartado en gran manera de las instrucciones de Dios al respecto del vestido. La sencillez es rara. En lugar de una indumentaria pulcra y sin adornos, descrita por la pluma de la Inspiración, es posible ver casi todos los estilos de vestir a la moda. Aquí, como en cualquier otra parte, los mismos que se quejaban del trabajo que exigía confeccionar un vestido reformado ahora han alcanzado límites insospechados en el adorno innecesario. Todo ello ocupa tanto tiempo y trabajo que muchos se ven obligados a alquilar sus servicios al doble del costo que resultaría si las vestiduras estuvieran confeccionadas con sencillez tal como sucede con las mujeres que profesan piedad. La confección de tales vestidos a la moda cuesta con frecuencia más que el vestido en sí. En los adornos a menudo se gasta el doble del material. Se ostentan el orgullo y la vanidad y se ve una gran falta de verdaderos principios. Si se sintieran a gusto con vestidos sencillos y limpios, muchas que dependen de su salario semanal podrían coserlo ellas mismas. Pero ahora eso es imposible y la factura de la modista se lleva una considerable suma de sus ya de por sí cortas ganancias. 

Posted in

admin