Testimonios para la Iglesia, Vol. 5, p. 112-120, día 275

Mis hermanos, ¡ojalá pudiera hacer claro a vuestros sentidos entenebrecidos el peligro en que os encontráis! Cada acto, bueno o malo, prepara el camino para repetirse. ¿Cuál fue el caso de Faraón? La Sagrada Escritura declara que Dios endureció su corazón, y esta declaración se repetía cada vez que la luz brillaba al manifestarse el poder de Dios. Cada vez que rehusaba someterse a la voluntad de Dios, su corazón se endurecía más y se hacía menos sensible al Espíritu de Dios. Sembró la semilla de la obstinación, y Dios permitió que ésta echara raíz. Pudo haberlo impedido mediante un milagro, pero no era ése su plan. La dejó crecer y producir una cosecha según su especie comprobando así la veracidad del pasaje de la Escritura que dice: “Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”. Si un hombre siembra dudas, segará dudas. Al rechazar la luz primera y todo rayo subsiguiente, el faraón progresó de un grado de dureza hacia otro hasta que los cuerpos fríos e inertes de los primogénitos detuvieron su incredulidad y obstinación por sólo un instante; y luego, determinando que no accedería al propósito de Dios, siguió su curso voluntarioso hasta ser envuelto por las aguas del Mar Rojo.

Este caso quedó registrado para nuestro beneficio. Precisamente lo que ocurrió en el corazón de Faraón se llevará a cabo en toda alma que olvide atesorar la luz y andar prontamente en sus rayos. Dios no destruye a nadie. El pecador se destruye a sí mismo por medio de su propia impenitencia. Cuando una persona desatiende las invitaciones, reprensiones y amonestaciones del Espíritu Santo, su conciencia se cauteriza y al ser amonestado una vez más se le hará más difícil obedecer que antes; y sucesivamente ocurrirá lo mismo. La conciencia es la voz de Dios, la cual se escucha en medio de las pasiones humanas; cuando se resiste, se contrista al Espíritu de Dios. 

Queremos que todos comprendan la manera en que un alma es destruida. No es que Dios expida un decreto declarando que el hombre no se salvará; no envía una oscuridad impenetrable para la vista; pero el hombre resiste una sugerencia del Espíritu de Dios y ya habiendo resistido una vez, es menos difícil hacerlo la segunda, la tercera y menos aún la cuarta. Luego viene la cosecha producida por la semilla de incredulidad y resistencia. Oh, ¡qué cosecha más grande de indulgencia pecaminosa está siendo preparada para la hoz! 

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Cuando se descuidan hoy la oración secreta y la lectura de las Escrituras, mañana también podrán ignorarse con menos remordimiento de conciencia. Resultará una larga lista de omisiones, todo por causa de un solo grano sembrado en el terreno del corazón. Por el contrario, todo rayo de luz atesorado producirá una cosecha de luz. El resistir la tentación una vez dará poder para hacerle frente con mayor firmeza la segunda; cada nueva victoria que se obtenga sobre el yo suavizará el camino para triunfos más elevados y nobles. Cada victoria es una semilla que se siembra para vida eterna. 

Hay gran necesidad de obreros celosos, fieles y abnegados en nuestras iglesias a través de todo el país. No puede nadie trabajar en la escuela sabática o en la causa de la temperancia sin que recoja una abundante cosecha, no solamente en lo que al fin del mundo se refiere, sino en la vida presente también. Al esforzarse por llevar luz y bendición a los demás, sus propias ideas se harán más claras y amplias. Mientras más nos esforcemos por explicarle la verdad a otros, guiados por el amor por las almas, más clara se nos hará a nosotros mismos. La verdad se expande con nueva belleza y vigor ante el entendimiento del que la expone. 

Hay unos pocos obreros buenos en nuestra iglesia, y estas personas abnegadas nunca sabrán cuánto bien han hecho a través de sus perseverantes esfuerzos misioneros. Sin embargo, el Señor reclama para sí a un mayor número de hombres y mujeres que los que han respondido a sus demandas. Algunas de las piedras que componen el templo sagrado de Dios reflejan la luz que el Señor Jesucristo hace brillar sobre ellas, mientras que otras no emiten luz alguna, demostrando así que no son piedras vivas, escogidas y preciosas. No son personas devotas, no oran, son parlanchinas e irreligiosas. Los verdaderos cristianos imitarán el ejemplo que el Salvador les ha dado y serán mansos, humildes, pacientes, tiernos, accesibles, libres de pomposidad y obstinación.

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Peligros que encaran los jóvenes

El Sr. _____ tiene una disposición que Satanás maneja a su gusto con éxito admirable. Este es un caso que debe ser una lección para los jóvenes con relación al matrimonio. En la selección de un compañero, su esposa se dejó llevar por el sentimiento y los impulsos, y no por la razón y el buen juicio. ¿Fue su matrimonio el resultado de un amor verdadero? No, no; fue más bien el resultado del impulso, de una pasión no santificada. Ninguno de los dos estaba preparado para afrontar las responsabilidades de la vida conyugal. Cuando la novedad de un nuevo orden de cosas se disipó y el uno llegó a conocer al otro, ¿se hizo más fuerte su amor y se entrelazaron sus vidas en una bella armonía? Fue enteramente lo contrario. Comenzaron a acentuarse, mediante la repetición, los peores rasgos de sus caracteres, y, en lugar de ser su vida conyugal feliz, ha sido más bien una vida de crecientes dificultades, especialmente para la esposa. Dios en su infinita misericordia, la ha probado, le ha salvado la vida y extendido su tiempo de gracia, para que se haga apta para la vida futura. 

Su marido tiene un carácter lleno de defectos. Sin una transformación cabal por medio de la gracia de Dios, no estaría capacitado para unirse en matrimonio con ninguna mujer. Está tan abastecido de egoísmo, tan enteramente entregado a los hábitos de complacencia propia, desidia y holgazanería que realmente necesita ser disciplinado él mismo en lugar de desentenderse de la disciplina de su esposa o sus hijos. La mente de este hombre se forjó dentro de un molde inferior. Ha fomentado la brusquedad y otros rasgos de carácter objetables, hasta el punto que me fue presentado como persona que no tiene casi ninguna cualidad de carácter que pueda redimirlo. Hay una sola esperanza, y es que llegue a verse tal cual es y que de tal manera se desprecie y se repugne a sí mismo, que procure tener un corazón nuevo; que nazca de nuevo, y se convierta en un nuevo hombre en Cristo Jesús. Deberá transformarse en un hombre diligente. Sería una gran ventaja para él si fuera hacendoso. Su comportamiento ofende al Señor en el sentido de que atrae la tentación. Su brusquedad, sus amenazas, su espíritu indomable y descortés, harán que él sea una maldición para consigo mismo y para con los demás. Se ha portado de manera áspera y descortés con la madre de su esposa. Cómo evitar todo lo que cause disensión y cómo mantener inviolado el voto matrimonial, debiera ser de ahora en adelante la preocupación de toda una vida, tanto del esposo como de la esposa.

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Son precisamente estos matrimonios no santificados los que están engrosando las filas de los observadores del sábado. Dios anhela que sus hijos sean felices y, si ellos aprenden de él, los salvará de la miseria diaria que viene como consecuencia de estas uniones desdichadas. Muchos matrimonios nunca podrán producir otra cosa sino miseria; y, sin embargo, la mente de los jóvenes se encauza por este rumbo, porque Satanás los induce hacia allá, haciéndoles creer que para ser felices tienen que casarse, cuando no tienen la capacidad para dominarse a sí mismos o sostener una familia. Los que no están dispuestos a adaptarse al temperamento del otro para así evitar las desavenencias y contiendas, no debieran dar el paso; pero esta es una de las trampas seductoras de los últimos días, donde miles echan a perder su vida presente y futura. El ensueño, el romanticismo enfermizo, debieran evitarse como si fueran lepra. Muchos de los jóvenes de ambos sexos carecen de pudor; por lo tanto, es esencial la precaución. Un carácter virtuoso es el cimiento sobre el cual hay que construir; pero faltando el cimiento, el edificio es inservible. Quienes han conservado un carácter virtuoso, aunque carezcan de otras cualidades deseables, poseen verdadero valor moral. 

Para que la iglesia prospere, los miembros que la integran deben esmerarse por cultivar la preciosa planta del amor. Permitid que ella disfrute de todas las ventajas para que pueda florecer en el corazón. Todo verdadero cristiano debe desarrollar en esta vida las características del amor divino; ha de manifestar espíritu de tolerancia, de beneficencia, y estar libre de celos y envidia. Semejante carácter, desarrollado en palabra y en comportamiento, no repelerá y no será inaccesible, frío o indiferente a los intereses ajenos. La persona que cultiva la preciosa planta del amor será abnegada de espíritu, y no perderá el dominio propio bajo la provocación. No culpará a otros de malos motivos o intenciones, pero se lamentará profundamente cuando el pecado sea descubierto en cualquiera de los discípulos de Cristo.

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El amor no se ensalza. Es humilde; nunca hace que una persona se jacte o se exalte a sí misma. El amor hacia Dios y hacia nuestro prójimo no se revelará en actos precipitados ni nos hará dominantes, criticadores o dictatoriales. El amor no se envanece. El corazón en el cual reina el amor será guiado hacia un comportamiento bondadoso, cortés y compasivo hacia los demás, sean éstos o no de nuestro agrado, sea que nos respeten o que nos traten mal. El amor es un principio activo; nos hace tener presente siempre lo bueno que hay en los demás, guardándonos de esta manera de las acciones desconsideradas para que no perdamos de vista nuestro objetivo de ganar almas para Cristo. El amor no procura lo suyo. No inducirá a las personas a que busquen su propia comodidad y complacencia. Es la pleitesía que le rendimos al yo lo que a menudo nos impide crecer en amor. 

Hay hombres de cuna humilde y desconocidos, cuyas vidas Dios está dispuesto a aceptar y hacerlas plenamente útiles en la tierra y colmarlas de gloria en el cielo, pero Satanás trabaja persistentemente para derrotar sus propósitos y arrastrarlos a la perdición por medio de casamientos con personas cuyo carácter es tal, que los desvía completamente del camino de la vida. Son muy pocos los que salen triunfantes de esta clase de relación. Hermano _____, usted está dispuesto a experimentar y a intentar comprobar que es la excepción a la regla general. José fue uno de los pocos capaces de resistir la tentación. Logró demostrar que mantenía una singularidad de propósito para la gloria de Dios. Manifestó elevado respeto por la voluntad de Dios, lo mismo cuando ocupaba la celda de una cárcel que cuando estaba junto al trono. Su religión le acompañaba adondequiera que iba o en cualquier situación que fuese colocado. La verdadera religión posee un poder que todo lo compenetra; ennoblece todo lo que la persona hace. No hay que salirse del mundo para ser cristiano, pero su religión, con todas sus influencias santificadoras, puede ser introducida en todo lo que usted haga y diga. Manteniendo anclado el corazón en las cosas celestiales, podrá desempeñar bien los deberes que atañen a cualquier situación donde Dios lo haya colocado, rompiendo así el hechizo que se ha echado encima por causa de una insensata relación. Si hubiera seguido la luz, ahora sería usted capaz de librarse de las trampas que los que no disciernen la voluntad de Dios han puesto para cautivar su alma. 

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Otro punto sobresaliente en el carácter de José, digno de ser emulado por todo joven, es su profundo afecto filial. Al encontrarse con su padre, con sus ojos llenos de lágrimas, se abrazó afectuosa y amorosamente de su cuello. Al parecer sentía que todo lo que hiciera para brindarle comodidad a su padre no era suficiente, y lo cuidó durante sus últimos años con un amor tan tierno como el de una madre. No escatimó esfuerzo alguno para mostrarle respeto y amor en toda ocasión. José es un ejemplo de lo que debe ser un joven. Si manifestase usted amor hacia su madre, exhibiría un hermoso rasgo de carácter digno de ser aprobado por Dios.

La ausencia del respeto por el consejo de padres consagrados es uno de los grandes pecados de esta generación depravada. En nuestro país hay muchas vidas que están en tinieblas y que son desdichadas por haber dado un paso a ciegas. Por medio de un acto desobediente, muchos jóvenes han malogrado su vida entera y cargado de angustia el corazón de una madre amante. Dios no lo tendrá por inocente a usted si sigue este rumbo. Al despreciar el consejo de una madre temerosa de Dios, que gustosamente daría su vida por sus hijos, infringe el quinto mandamiento. No se da cuenta usted a dónde lo han de conducir sus pasos. 

Otra vez suplico en nombre del derecho y el amor de una madre. No puede haber ingratitud más vil que la que puntualiza el pecado de la desobediencia hacia una madre cristiana. En los días de su infancia indefensa, ella cuidó de usted; el cielo fue testigo de sus ruegos y lágrimas al cuidarlo con afecto. Fue por sus hijos que ella se afanó, t razó planes, pensó, oró y practicó la abnegación. A través de toda su vida, su leal corazón ha estado ansioso y preocupado por su bienestar. Sin embargo, ahora escoge usted su propio camino; sigue su propia ciega y pertinaz voluntad, no importándole la amarga cosecha que recogerá y el sufrimiento que le ocasionará. 

Su madre está achacosa. Ella lo necesita; cualquier atención que usted le brinde será algo precioso para ella. No puede contar con ninguno de sus hijos. Ellos no sienten obligación hacia ella; pero usted se dará cuenta que el privilegio que tiene ahora lo puede perder pronto. Sin embargo, no piense que si no ejerce su privilegio y deber como hijo, su madre ha de sufrir. Ella tiene amigos verdaderos que considerarían un honor asumir los deberes de los cuales usted se desentiende. Dios ama a su madre y cuidará de ella. Si sus propios hijos la desprecian, él hará que otros acudan a hacer la labor que ellos pudieron haber hecho, y que les hubiera proporcionado la bendición que les había sido ofrecida. Es un privilegio hacer que sus últimos días sean los mejores y más felices de todos.

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Claramente le digo que a Dios no le agrada su proceder. Todavía tiene que hacer frente a problemas que ahora usted no alcanza a discernir y los cuales puede evitar si escoge seguir el sabio consejo. Nuestro Salvador le ha hecho objeto de sus incansables esfuerzos y tierna solicitud para que usted sea sabio y no se arruine. Suspira por usted con una compasión y un amor sin límites, clamando: “¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!” Mateo 23:37. Su necio corazón ha despreciado el consejo de sus mejores amigos. Por causa de las serias y fieles amonestaciones que se han dado para protegerlo de los errores de toda su vida, usted ha creído que es un gran beneficio para la iglesia. Es cierto que es capaz de ser útil en Cristo Jesús; no obstante, el Señor y la iglesia pueden desenvolverse sin usted. Si así lo desea, puede unirse al ejército de los seguidores de Cristo; puede compartir sus conflictos y sus triunfos; pero si no escoge hacerlo, el ejército abnegado que marcha bajo la bandera ensangrentada de la cruz avanzará hacia una victoria segura y usted quedará a la zaga. Si escoge conducir su propia frágil barca a través de las aguas turbulentas de la vida, tendrá que dar cuenta de su osadía y será considerado culpable por los resultados. 

Si se diera cuenta cómo ya ha flaqueado usted con relación a sus principios, si pudiera ver el peligro en que están su honor y su honradez, vería que Dios no está con usted y que no debiera ocupar el puesto de responsabilidad que tiene; usted no es digno. Mi corazón se entristece de veras cuando me doy cuenta de lo que pudo haber llegado a ser si se hubiera entregado enteramente al Señor y visto entonces el poder que el enemigo ejercía sobre usted. 

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La obra de la escuela sabática es importante, y todos los que están interesados en la verdad deben esforzarse para hacerla prosperar. El Hno. _____ pudo haber servido bien en este ramo de la obra si él y otros en la iglesia hubieran seguido el camino recto; pero lo han alabado y engreído demasiado, lo cual casi lo ha destruido. El Señor puede obrar sin él, pero él no puede estar sin Dios. El Señor encomendará su obra a hombres de manos limpias y corazón puro; por lo tanto, es un honor llevar las responsabilidades de su causa. 

La obra de temperancia también merece nuestros mejores esfuerzos; pero debe ejercerse con gran cuidado para que las reuniones de temperancia sean lo más elevadas y ennoblecedoras que sea posible. Evitad la obra superficial y todo lo que sea de carácter teatral. Los obreros que se dan cuenta del solemne carácter de esta obra mantendrán normas elevadas; pero hay una clase de personas que no tienen respeto por la causa de la temperancia; su única preocupación es hacer alarde de su ingenio sobre el escenario. A los que son puros, a los considerados y los que entienden el propósito de la obra, se les debe animar a ocuparse en los grandes ramos de la obra de la reforma. Pueden no ser grandes en lo que al intelecto se refiere, pero si son puros y humildes, temerosos de Dios y leales, el Señor aceptará su servicio.

Con bastante frecuencia se organizan sociedades literarias; pero en nueve casos de cada diez, han resultado ser dañinas para las almas, en lugar de ser una bendición. Esto se debe a que se crea un vínculo con el mundo, o bien con una clase de personas cuya influencia e inclinación tiende siempre a apartarse de lo sólido para ir a lo superficial, de lo real a lo ficticio. Las sociedades literarias podrían ser de gran valor si fueran dirigidas por un elemento religioso; pero tarde o temprano, el elemento irreligioso está casi seguro de ganar la supremacía y de ejercer una influencia controladora. Lo mismo sucede con nuestras sociedades de temperancia. La solemnidad de la obra es completamente opacada por lo que es de carácter superficial y, por consiguiente, se presenta de continuo una tentación ante la juventud que anhelamos salvar.

Tenemos presentes los hechos. Los que entre nosotros portan las cargas están bajando a la tumba muda. Los miembros activos de la iglesia, los verdaderos obreros en toda labor de reforma, han pasado ya el apogeo de sus vidas, y están decayendo tanto en vigor físico como mental. Debiéramos estar anticipando con ansias quiénes serán los que han de tomar su lugar. ¿A quiénes se les encomendarán los intereses vitales de la iglesia? Con la más profunda preocupación nos debiéramos preguntar quiénes llevarán las responsabilidades de la causa de Dios cuando caigan los pocos portaestandartes que aún quedan. No podemos menos que poner la mira con ansias sobre los jóvenes de hoy día como aquellos que han de asumir estas cargas y sobre cuyos hombros recaerán las responsabilidades. Deben hacerse cargo del trabajo donde otros lo han dejado; y el camino por el cual se encaucen determinará si ha de prevalecer la moral, la religión y la piedad vital, o si la inmoralidad y la infidelidad han de corromper y malograr todo lo que sea de valor. La manera como se lleve el estandarte ahora, determinará cómo será el futuro.

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Padres, ¿no demostraréis ahora, por medio de vuestro comportamiento que los principios guiadores serán la sana reprensión, el buen orden, la armonía y la paz? ¿O será que aquellos cuyo rumbo en la vida demuestra que tienen mentes frívolas y que están bajos en la escala de los valores morales ejercerán una influencia que forje y controle? Dios llama a su pueblo creyente para que se vincule con él, que purifique su alma siguiendo humildemente los pasos de Jesús. Dios os llama para que os despojéis de vanas opiniones, de la vanidad en el vestir, de la exaltación propia, y que permitáis que las bondadosas y nobles facultades mentales se fortalezcan mediante el ejercicio. 

Los hombres y mujeres que profesan las verdades más solemnes que se hayan dado a los mortales, ¿se mantendrán fieles a sus principios? Tienen que hacerlo si es que han de influir para que el mundo reflexione seriamente; su indumentaria y conversación tienen que estar en armonía con su creencia especial. Los que son mayores han de educar a los que son jóvenes, por medio del precepto y del ejemplo, y han de enseñarles cómo cumplir lo que la sociedad y su Hacedor esperan de ellos. Sobre estos jóvenes se han de imponer serias responsabilidades. Lo que nos preguntamos es si serán capaces de gobernarse a sí mismos y de mantenerse firmes en la pureza de la hombría que Dios les ha dado, aborreciendo todo aquello que tenga sabor a libertinaje y discordia. 

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