Testimonios para la Iglesia, Vol. 5, p. 213-220, día 286

Cuando Cristo estaba por abandonar a sus discípulos, les dio el hermoso emblema de su relación con los creyentes. Había estado presentándoles la íntima comunión consigo mismo por la cual podrían mantener la vida espiritual cuando su presencia visible se retrajese. Para grabar la lección en sus mentes, les presentó la vid como el símbolo más llamativo y apropiado de esa comunión. 

Los judíos habían considerado siempre la vid como la más noble de las plantas, y una figura de todo lo que era poderoso, excelente y fructífero. “La vid -parece querer decir nuestro Señor- que vosotros estimáis tan altamente, es un símbolo. Yo soy la realidad; yo soy la vid verdadera. Como nación apreciáis la vid; como pecadores debierais apreciarme a mí por encima de todas las cosas terrenales. El sarmiento no puede vivir separado de la vid; tampoco podéis vivir vosotros a menos que permanezcáis en mi”. 

Todo seguidor de Cristo tiene un interés tan profundo en esta lección como los discípulos que escucharon sus palabras. En su apostasía, el hombre se enajenó de Dios. La separación es grande y temible; pero Cristo ha hecho provisión para una vez más unirnos con él. El poder del mal está tan identificado con la naturaleza humana, que ningún hombre puede vencer, excepto mediante la unión con Cristo. A través de esta unión recibimos fuerza moral y espiritual. Si tenemos el Espíritu de Cristo, rendiremos el fruto de la justicia, un fruto que será una honra y una bendición para la humanidad y glorificará a Dios.

El Padre es el cuidador de la viña. Con destreza y misericordia poda toda rama que da fruto. Quienes comparten el sufrimiento y el reproche de Cristo ahora, compartirán su gloria en el más allá. El “no se avergüenza de llamarlos hermanos”. Hebreos 2:12. Sus ángeles ministran en su favor. Su segunda aparición será como Hijo del hombre y de esta manera, aun en su gloria, se identifica con la humanidad. A los que se han unido a él les dice: “Aunque olvide ella [la madre, al hijo que dio a luz], yo nunca me olvidaré de ti. He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida; delante de mí están siempre tus muros”. Isaías 49:15, 16.

Oh, ¡qué maravillosos privilegios se nos otorgan! 

¿No nos esforzaremos con todo empeño para formar esta alianza con Cristo, único medio por el cual se pueden obtener estas bendiciones? ¿No nos desprenderemos de nuestros pecados por medio de la justicia, y de nuestras iniquidades volviéndonos al Señor? El escepticismo y la deslealtad se han difundido por todas partes. Cristo preguntó: “Cuando el Hijo del hombre venga, ¿hallará fe en la tierra?” La permanencia de nuestra fe es la condición de nuestra unión. 

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La unión con Cristo mediante una fe viviente es duradera; toda otra unión perecerá. Cristo nos escogió a nosotros primero pagando un precio infinito por nuestra redención; y el verdadero creyente escoge a Cristo como el primero, el último y el mejor en todo; pero esta unión tiene su precio. El ser orgulloso entra en una unión de dependencia total. Todos los que entran en esta unión han de sentir su necesidad de la sangre expiatoria de Cristo. Han de experimentar un cambio de corazón. Han de someter su voluntad a la voluntad de Dios. Se llevará a cabo una obra dolorosa de desprendimiento tanto como de acercamiento. El orgullo, el egoísmo, la vanidad, la mundanalidad -el pecado en todas sus formas—han de vencerse si hemos de entrar en unión con Cristo. La razón por la que muchos encuentran la vida cristiana tan lamentablemente dura y porque son tan veleidosos y variables, es que procuran vincularse a sí mismos con Cristo sin haberse primero desprendido de sus ídolos acariciados. 

Después que se ha formado la unión con Cristo, se ha de preservar sólo mediante la oración constante y el esfuerzo incansable. Hemos de resistir, negar y conquistar el yo. Por la gracia de Cristo, por medio del valor, la fe, y la vigilancia podremos ganar la victoria.

Los creyentes se hacen uno con Cristo, pero una rama no puede ser sostenida por otra. El alimento ha de obtenerse a través de una conexión vital con la vid. Hemos de sentir que dependemos totalmente de Cristo. Hemos de vivir por fe en el Hijo de Dios. Eso es lo que significa la amonestación: “Permaneced en mí”. La vida que vivimos en la carne no es para cumplir la voluntad humana o para complacer a los enemigos del Señor, sino para servir y honrar a Aquel que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros. Un mero asentimiento a esta unión, sin que los afectos estén desprendidos del mundo, sus placeres y disipaciones, sólo alienta al corazón hacia la desobediencia.

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Como pueblo estamos tristemente desprovistos de fe y amor. Nuestros esfuerzos son del todo demasiado débiles para un tiempo de peligro como el que estamos viviendo. El orgullo y la complacencia propia, la impiedad y la iniquidad que nos rodean ejercen cierta influencia sobre nosotros. Pocos comprenden la importancia que tiene el rehuir, hasta donde sea posible, todas las compañías que no favorecen la vida religiosa. Al elegir su ambiente, pocos son los que dan la primera consideración a la prosperidad espiritual. 

Los padres acuden con sus familias a las ciudades, porque se imaginan que allí es más fácil ganarse la vida que en el campo. Los hijos, no teniendo qué hacer cuando no están en la escuela, se educan en la calle. De las malas compañías adquieren hábitos de vicio y disipación. Los padres ven todo esto, pero la corrección de su error requeriría un sacrificio y permanecen donde están, hasta que Satanás obtiene pleno dominio de sus hijos. Mejor es sacrificar cualesquiera consideraciones mundanales, o aun todas ellas, antes que poner en peligro las almas preciosas confiadas a vuestro cuidado. Serán asaltadas por tentaciones, y se les debe enseñar a arrostrarlas; pero es vuestro deber suprimir toda influencia, romper todo hábito, cortar todo vínculo que os impidan realizar la entrega más libre, abierta y cordial de vosotros mismos y vuestras familias a Dios.

En vez de la ciudad atestada, buscad algún lugar retraído, donde vuestros hijos estarán, hasta donde se pueda, protegidos de la tentación, y allí educadlos para ser útiles. El profeta Ezequiel enumera así las causas que condujeron al pecado y la destrucción de Sodoma: “Soberbia, hartura de pan, y abundancia de ociosidad tuvo ella y sus hijas; y no corroboró la mano del afligido y del menesteroso”. Ezequiel 16:49. Todos los que quieran escapar a la suerte de Sodoma, deben rehuir la conducta que trajo los juicios de Dios sobre aquella ciudad perversa. 

Hermanos míos, estáis despreciando los más sagrados requerimientos de Dios porque descuidáis el consagraros vosotros y vuestros hijos a él. Muchos de vosotros estáis descansando en una falsa seguridad, absortos en intereses egoístas, y atraídos por los tesoros terrenales. No teméis mal alguno. El peligro parece estar muy lejos. Llegaréis engañados y seducidos a vuestra ruina eterna, a menos que os despertéis y con penitencia y profunda humillación, volváis al Señor.

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Una y otra vez se os ha dirigido la voz del cielo. ¿Le obedeceréis? ¿Escucharéis al Testigo fiel que os aconseja procurar el oro probado en el fuego, la vestidura blanca y el colirio? El oro son la fe y el amor; la vestidura blanca es la justicia de Cristo; el colirio es el discernimiento espiritual que os habilitará para rehuir los ardides de Satanás, para notar el pecado y aborrecerlo, para ver la verdad y obedecerla. 

El letargo mortífero del mundo paraliza vuestros sentidos. El pecado ya no os parece repulsivo porque Satanás os ha enceguecido. Pronto se han de derramar los juicios de Dios sobre la tierra. “Escapa por tu vida” (Génesis 19:17), es la amonestación de los ángeles de Dios. Se oyen otras voces que dicen: “No os excitéis; no hay causa de alarma especial”. Los que se sienten cómodos en Sion claman: Paz y seguridad, mientras que el cielo declara que una rápida destrucción está por sobrecoger al transgresor. Los jóvenes, los frívolos, los que aman los placeres, consideran estas advertencias como cuentos ociosos, y las rechazan como una broma. Los padres se inclinan a creer que sus hijos tienen razón en el asunto, y todos siguen durmiendo tranquilos. Así sucedió cuando fue destruido el mundo antiguo, y cuando Sodoma y Gomorra fueron consumidas por el fuego. En la noche anterior a su destrucción, las ciudades de la llanura se revolcaban en el placer. Se burlaron de Lot por sus temores y advertencias. Pero fueron estos escarnecedores los que perecieron en las llamas. Esa misma noche se cerró para siempre la puerta de la misericordia para los impíos y descuidados habitantes de Sodoma. 

Dios es quien tiene en sus manos el destino de las almas. No será siempre burlado; no permitirá que se juegue siempre con él. Sus juicios ya están sobre la tierra. Fieras y espantosas tempestades siembran la destrucción y la muerte en su estela. El incendio devorador arrasa el bosque desierto y la ciudad atestada. La tempestad y el naufragio aguardan a los que viajan en el mar. Accidentes y calamidades amenazan a todos los que viajan por tierra. Los huracanes, los terremotos, la espada y el hambre se siguen en rápida sucesión. Sin embargo, los corazones de los hombres se endurecen. No reconocen la voz de advertencia de Dios. No quieren huir al único refugio que hay para protegerse de la tormenta que se prepara.

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Muchos de los que han sido colocados sobre las murallas de Sion, para observar con ojo de águila la inminencia del peligro y elevar la voz de amonestación, están ellos mismos dormidos. Los mismos que debieran ser los más activos y vigilantes en esta hora de peligro, están descuidando su deber y trayendo sobre sí mismos la sangre de las almas.

Mis hermanos, cuidado con el corazón pecaminoso dominado por la incredulidad. La Palabra de Dios es clara y exacta en sus restricciones; como interfiere con vuestra complacencia egoísta, no la obedecéis. Los testimonios de su Espíritu os llaman la atención a las Escrituras, señalan vuestros defectos de carácter, y reprenden vuestros pecados; por lo tanto, no les hacéis caso. Y para justificar vuestro comportamiento caracterizado por el amor al placer, empezáis a dudar si los testimonios son de Dios. Si obedecierais sus enseñanzas, os convenceríais de su procedencia divina. Recordad que vuestra incredulidad no afecta su veracidad. Si provienen de Dios, ellos permanecerán. Aquellos que procuran disminuir la fe del pueblo de Dios en los testimonios, que han estado en la iglesia por los últimos 36 años, están peleando contra Dios. No es el instrumento a quien despreciáis, sino a Dios, quien os ha hablado mediante amonestaciones y reprensiones.

En la instrucción dada por nuestro Salvador a sus discípulos hay palabras de amonestación que se aplican de una manera especial a nosotros: “Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería ni embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día” Lucas 21:34. Velar, orar, obrar, esta es la verdadera vida de fe. “Orad en todo tiempo”, es decir, estad siempre en el espíritu de oración, y entonces estaréis listos para la venida de vuestro Señor.

Los centinelas son responsables por la condición del pueblo. Al permitirle la entrada al orgullo, la envidia, la duda, y otros pecados, habrá contienda, odio y toda obra mala. Jesús, el manso y humilde, pide que le permitáis entrar como huésped; pero teméis darle la entrada. El nos ha hablado tanto en el Antiguo como el Nuevo Testamento; todavía nos habla mediante su Espíritu y sus providencias. Sus instrucciones tienen como propósito hacer que los hombres sean leales a Dios y a sí mismos.

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Jesús asumió la naturaleza humana para dejar a la humanidad un modelo completo y perfecto. Es su intención hacernos como él es, leales en todo propósito, sentimiento y pensamiento: leales de corazón, alma y vida. Esto es cristianismo. Nuestra naturaleza caída ha de ser purificada, ennoblecida, y consagrada mediante la obediencia a la verdad. La fe cristiana nunca armonizará con los principios mundanos; la integridad cristiana se opone a todo engaño y fingimiento. El que alberga más el amor de Cristo en el corazón, el que refleja la imagen del Salvador más perfectamente, es a la vista de Dios la persona más leal, más noble y honorable sobre la faz de la tierra. 

La unidad cristiana

“Os ruego pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros disensiones, antes seáis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer”. 1 Corintios 1:10.

La unión hace la fuerza; la división significa debilidad. Cuando los que creen la verdad presente están unidos, ejercen una influencia poderosa. Satanás lo comprende bien. Nunca estuvo más resuelto que ahora a anular la verdad de Dios causando amargura y disensión entre el pueblo del Señor. 

El mundo está contra nosotros, y también las iglesias populares; las leyes del país pronto estarán contra nosotros. Si ha habido alguna vez un tiempo en que el pueblo de Dios debía unirse, es ahora. Dios nos ha confiado las verdades especiales para este, tiempo, para que las demos a conocer al mundo. El último mensaje de misericordia se está proclamando ahora. Estamos tratando con hombres y mujeres encaminados hacia el juicio. ¡Cuán cuidadosos debemos ser en toda palabra y acto para seguir de cerca al Dechado, a fin de que nuestro ejemplo conduzca a los hombres a Cristo! ¡Con qué cuidado debemos tratar de presentar la verdad, a fin de que los demás, contemplando su belleza y sencillez, sean inducidos a recibirla! Si nuestro carácter testifica de su poder santificador, seremos una luz continua para los demás: epístolas vivientes, conocidas y leídas de todos los hombres. No debemos dar ahora cabida a Satanás albergando desunión, discordia y disensión. 

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La preocupación manifestada por nuestro Salvador en su última oración antes de ser crucificado era que la unión y el amor existiesen entre sus discípulos. Teniendo delante de sí la agonía de la cruz, no se preocupaba por sí mismo, sino por aquellos a quienes debía dejar para que continuasen su obra en la tierra. Les esperaban las más severas pruebas; pero Jesús vio que su mayor peligro provendría de un espíritu de amargura y división. De allí que orase así: 

“Santifícalos en tu verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, también los he enviado al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en verdad. Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos. Para que todos sean una cosa; como tú oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean en nosotros una cosa: para que el mundo crea que tú me enviaste”. Juan 17:17-21. 

Esa oración de Cristo abarca a todos los que le habían de seguir hasta el fin del tiempo. Nuestro Salvador previó las pruebas y los peligros de su pueblo; no se olvidó de las disensiones y divisiones que distraerían y debilitarían a su iglesia. Nos consideró con interés más profundo y compasión más tierna que los que mueven el corazón de un padre terrenal hacia un hijo extraviado y afligido. Nos ordena que aprendamos de él. Solicita nuestra confianza. Nos aconseja que abramos nuestro corazón para recibir su amor. Se ha comprometido a ser nuestro ayudador. 

Cuando Cristo ascendió al cielo, dejó la obra en la tierra en las manos de sus siervos, los subpastores. “Y él mismo dio unos, ciertamente apóstoles; y otros, profetas; y otros, evangelistas; y otros, pastores y doctores; para perfección de los santos, para la obra del ministerio, para edificación del cuerpo de Cristo; hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo”. Efesios 4:11-13. 

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Al mandar a sus ministros, nuestro Salvador dio dones a los hombres, porque por su medio él comunica al mundo las palabras de vida eterna. Tal es el medio que Dios ha ordenado para la perfección de los santos en el conocimiento y la verdadera santidad. La obra de los siervos de Cristo no consiste simplemente en predicar la verdad, sino que también han de velar por las almas, como quienes han de dar cuenta a Dios. Deben reprender, corregir, exhortar con paciencia y doctrina. 

Todos los que han sido beneficiados por las labores del siervo de Dios, deben, según su capacidad, unirse con él para trabajar por la salvación de las almas. Tal es la obra de todos los verdaderos creyentes, tanto los ministros como el pueblo. Deben tener siempre presente ese gran objeto, tratando cada uno de ocupar su puesto debido en la iglesia, trabajando todos juntos en orden, armonía y amor.

No hay nada egoísta o estrecho en la religión de Cristo. Sus principios son difusivos y agresivos. Cristo la compara a la luz brillante, a la sal que preserva y a la levadura que transforma. Con celo, fervor y devoción, los siervos de Dios tratarán de diseminar, lejos y cerca, el conocimiento de la verdad; sin embargo, no descuidarán el trabajar por la fuerza y unidad de la iglesia. Velarán cuidadosamente, no sea que la diversidad y la división tengan oportunidad de infiltrarse.

Ultimamente se han levantado entre nosotros hombres que profesan ser siervos de Cristo, pero cuya obra se opone a la unidad que nuestro Salvador estableció en la iglesia. Tienen planes y métodos de trabajo originales. Desean introducir en la iglesia cambios de acuerdo con sus ideas de progreso, y se imaginan que así se obtendrían grandes resultados. Estos hombres necesitan aprender más bien que enseñar en la escuela de Cristo. Están siempre inquietos, aspirando a hacer alguna gran obra, realizar algo que les reporte honra. Necesitan aprender la más provechosa de todas las lecciones: la humildad y fe en Jesús. Algunos están vigilando a sus colaboradores y esforzándose ansiosamente para señalar sus errores, cuando debieran más bien tratar fervorosamente de preparar su propia alma para el gran conflicto que los espera. El Salvador les ordena: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”. Mateo 11:29. 

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