Testimonios para la Iglesia, Vol. 5, p. 528-536, día 319

Reuniones de juntas

Los que integran nuestras juntas necesitan sentarse diariamente a los pies de Cristo y aprender en su escuela a ser mansos y humildes de corazón. En vista de que ellos mismos son hombres débiles y sujetos al error, debieran albergar sentimientos de bondad y piedad hacia los que han cometido errores. No están preparados para tratar justamente a los demás, para amar la misericordia y manifestar la verdadera cortesía que caracterizó la vida de Cristo, a menos que vean la necesidad de estar en unión con él. Los fiduciarios siempre deben darse cuenta de que están bajo el escrutinio de los ojos divinos y que su naturaleza humana los llevará a cometer errores al trazar planes, a menos que estén ligados completamente a Dios y procuren que les elimine todas las deficiencias de su carácter. Es menester ponerse a la altura de la norma divina. 

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Todo el que participa en las juntas necesita buscar la forma más efectiva de obtener la sabiduría del cielo. La gracia transformadora de Cristo debiera sentirse en cada reunión. Entonces la influencia del Espíritu de Cristo que obra en el corazón de los presentes dará un giro correcto a su obra. Extinguirá las acciones tumultuosas y eliminará perfectamente los efectos profanos de esa mundanalidad que hace que los hombres se vuelvan cortantes, criticones, abusivos y listos para acusar. 

Cuando hay reuniones de estos concilios, se ofrecen unas cuantas palabras de oración formal; pero el corazón de los presentes no se coloca en armonía con Dios mediante la oración ferviente e importuna, ofrecida con fe viva, con un espíritu humilde y contrito. Si los fiduciarios se desconectan del Dios de la sabiduría y del poder, no podrán mantener en su trato con los demás esa integridad noble que Dios requiere. Sin la sabiduría divina, su propio pensamiento se hilvanará en las decisiones que hagan. Si estos hombres no se mantienen en comunicación con Dios, Satanás de seguro estará presente en sus concilios y se aprovechará de su estado falto de consagración. Se cometerán actos de injusticia porque Dios no está presidiendo. El Espíritu de Cristo ha de ser una fuerza constante y gobernante sobre el corazón y la mente. 

Debéis llevar al Señor con vosotros a cada uno de vuestros concilios. Si lográis tener su presencia en vuestras reuniones, cada transacción será considerada concienzudamente y con oración. Cada motivación carente de principio será reprimida, y la rectitud caracterizará todas vuestras deliberaciones tanto en asuntos pequeños como grandes. Buscad primeramente el consejo de Dios porque esto es necesario para que podáis de una manera apropiada consultaros entre sí. 

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Es preciso que veléis para que el ajetreo de la vida no ocasione el descuido de la oración cuando más necesitáis la fuerza que ella os proveería. La santidad está en peligro de ser forzada fuera del alma por el afán excesivo de los negocios. Es un gran mal negarle al alma la fuerza y la sabiduría celestiales que esperan ser reclamadas por vosotros. Necesitáis esa iluminación que sólo Dios es capaz de dar. Nadie está capacitado para atender sus negocios a menos que tenga esta sabiduría.

Desde que la Asociación Publicadora fue establecida, de vez en cuando he recibido luz cuando se han presentado dudas e incertidumbres, y el Señor a menudo ha señalado principios que deben ser observados por todos los obreros. Durante la experiencia temprana de la obra, las graves responsabilidades que descansan sobre los hombros de los que ocupan puestos de confianza nos fueron presentadas continuamente y buscamos al Señor entre tres y cinco veces al día, rogándole que nos diera sabiduría de lo alto para que pudiésemos cuidar de una manera santificada los intereses de la causa de Dios y de su pueblo escogido. 

Es de lo más falaz dejar al Señor fuera de vuestras juntas y depender de la sabiduría de los hombres. En vuestros puestos de confianza vosotros habéis de ser, en un sentido especial, la luz del mundo. Debéis sentir un deseo profundo de colocaros en contacto con el Dios de la sabiduría, de la luz, y del conocimiento, para que seáis conductos de luz. Hay que considerar intereses importantes, que tienen que ver con el adelanto y la prosperidad de la causa de la verdad presente. ¿Cómo pues, seréis vosotros capaces de hacer decisiones correctas, de trazar planes sabios y de impartir el sabio consejo a no ser que estéis vinculados con la Fuente de toda sabiduría y justicia? Las transacciones administrativas en vuestros concilios se han llevado a cabo de una manera demasiado liviana. Habéis dado lugar en estas importantes reuniones al lenguaje común, a declaraciones comunes, y a comentarios acerca de las acciones de los demás. Debéis recordar que el Dios eterno está de testigo en todas estas reuniones. El ojo de Jehová, que todo lo ve, mide cada una de vuestras decisiones y son comparadas con su santa ley, su gran norma de justicia. Aquellos que ocupan puestos de consejeros deben ser hombres de oración, hombres de fe, hombres libres de egoísmo, hombres que no se atrevan a confiar en su propia sabiduría humana, sino que oren con fervor pidiendo iluminación con respecto a la mejor manera de llevar a cabo los asuntos que han sido confiados en sus manos. 

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Reglamentos mundanos

Los reglamentos adoptados por los hombres de negocios del mundo no debieran ser los que los administradores de nuestras instituciones adopten. La política egoísta no procede del cielo, es terrenal. En este mundo el lema principal es: “El fin justifica los medios”, y esto se puede notar en todos los ambientes de negocios. Es algo que ejerce influencia en todos los niveles de la sociedad, en los grandes concilios de las naciones y dondequiera que el Espíritu de Cristo no constituye el principio gobernante. La prudencia, la cautela, el tacto y la destreza deben ser cultivados por todos los que están relacionados con la oficina de publicaciones y los que sirven en nuestro colegio y sanatorio. Sin embargo, las leyes del bien y la justicia no deben dejarse de lado y no debiera prevalecer el principio de que cada uno logrará el éxito de su ramo de trabajo sin considerar los demás ramos. Los intereses de todos deben cuidarse celosamente para asegurarse que no sean traspasados los derechos de ninguna persona. En el mundo, el dios del comercio es demasiado a menudo el dios del fraude, pero no debiera ser así entre los que se dedican a la obra del Señor. La norma mundana no debe ser la norma de los que se relacionan con las cosas sagradas. 

Cuando las escenas del juicio fueron presentadas ante mí, los libros en que están registradas las acciones de los hombres revelaron el hecho de que el trato de algunos que profesan santidad en nuestras instituciones, seguía las normas de los mundanos y no estaba estrictamente de acuerdo con la gran norma de justicia de Dios. Las relaciones de los hombres en su trato mutuo, especialmente los que participan en la obra de Dios, es algo que me ha sido presentado de una manera bien completa. Vi que no debiera hacerse ningún trato mezquino ni astuto entre hermanos que representan instituciones importantes que tal vez sean diferentes en carácter, pero que de todos modos son ramos de la misma obra. Deben mantener un espíritu noble y magnánime. El espíritu de la avaricia no debe hallar lugar en sus transacciones. La causa de Dios no adelantará por medio de ninguna acción de su parte que sea contraria al espíritu y el carácter de Cristo. Una manera de actuar egoísta de parte de uno provocará la misma disposición en otros, pero la manifestación de la liberalidad y la verdadera cortesía a su vez despertará el mismo espíritu y agradaría a nuestro Padre celestial. 

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La política mundanal no debe clasificarse con la sana discreción, aunque a menudo se confunde con ella. Es una especie de egoísmo, no importa la causa en que sea empleada. La discreción y el sano juicio nunca se manifiestan con estrechez en sus operaciones. La mente que se rige por ellos posee ideas abarcantes y no se estrecha hasta el punto de concentrarse en un solo objeto. Ve todas las cosas desde todo punto de vista. Pero la política, o manera de proceder mundana, tiene una visión de corto alcance. Está siempre buscando oportunidades para sacar algún provecho. Aquellos que siguen este plan de acción mundanal, están engrandeciéndose a sí mismos y quitándole al mismo tiempo el fundamento al edificio del vecino. Cada estructura debe edificarse sobre un fundamento correcto para que pueda prevalecer. 

Los derechos de autor por libros publicados

Los que se dedican al trabajo mental poseen un capital dado por Dios. El resultado de su estudio pertenece a Dios, no al hombre. Si el obrero da fielmente a su empleador el tiempo por el cual recibe su pago, entonces el empleador no puede exigir más de él. Y si por medio de un diligente y cuidadoso aprovechamiento del tiempo preparase material adicional digno de publicarse, es propiedad suya para usarlo de la manera que él crea más conveniente en el servicio de la causa de Dios. Si cede todo, menos una pequeña regalía, habrá hecho una buena labor en favor de los que manejan la publicación del libro y no se le debe exigir nada más. Dios no ha otorgado a la junta de publicaciones la responsabilidad de ser conciencia de los demás. No deben insistir en hacer que las personas se ajusten a sus estipulaciones.

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Los autores son responsables ante Dios por el uso que hagan de sus recursos. Siempre habrá muchos pedidos de dinero. Existe la necesidad de entrar en campos misioneros, lo cual requiere muchos gastos. Aquellos a quienes Dios ha encomendado talentos, deben invertirlos conforme a su habilidad, porque les corresponde hacer su parte para fomentar estos intereses. Los miembros de la junta, al decidir por su cuenta que todas las ganancias derivadas de los libros denominacionales deben regresarse a la Asociación de Publicaciones y sus agentes, y que los autores, después de habérseles pagado por el tiempo y el costo de escribir un libro, deben rehusar su derecho a una parte de las ganancias, han emprendido una labor que no podrán llevar a cabo. Estos autores de libros tienen tanto interés en la causa de Dios como los que integran la junta de fiduciarios. Algunos de ellos han estado vinculados a la obra casi desde su mismo comienzo. 

Se me ha manifestado que hay hombres pobres cuyo único medio de ganarse la vida es mediante el trabajo mental; y que también hay hombres de negocios relacionados con nuestras instituciones que no han crecido con ellas y que no han tenido el beneficio de toda la instrucción que Dios ha impartido en repetidas ocasiones concerniente a su administración. No han incorporado la verdadera religión al Espíritu de Cristo en sus negocios. Por lo tanto, la Asociación de Publicaciones no debería convertirse en una potencia que todo lo controla. El talento individual y los derechos individuales deben respetarse. Si se hacen arreglos para invertir todos los recursos provenientes del talento personal en la Asociación de Publicaciones, otros intereses importantes quedarían paralizados. 

Dios ha dado una tarea a cada hombre. A algunos les ha dado talentos de recursos e influencia; y aquellos que llevan en su Corazón los intereses de la causa de Dios reconocerán su voz que les dice lo que deben hacer. Se preocuparán de impulsar la obra allí donde necesite ser impulsada. 

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Se me ha señalado varias veces que ha habido un espíritu mezquino y poco generoso con el hermano H desde el mismo comienzo de su trabajo en Battle Creek. Me causa tristeza expresar la razón. Fue porque llegó allí como extraño y en un estado de pobreza. Debido a que era pobre fue colocado en puestos desagradables y se le hizo sentir su pobreza. Hombres conectados con nuestras instituciones han pensado que podían imponerle sus condiciones y él ha pasado un tiempo muy desagradable. Hay capítulos tristes en su experiencia que no se hubieran convertido en historia si sus hermanos hubiesen sido bondadosos y lo hubieran tratado en forma cristiana. La causa del Señor debe estar siempre libre de la menor injusticia y ningún acto vinculado con ella debiera tener ni siquiera en el grado más mínimo, sabor de mezquindad u opresión.

El Señor cuida los intereses de cada persona. Siempre fue el amigo de los pobres. Hay una falta extraordinaria de amor como el de Cristo en los corazones de casi todos los que tratan con las cosas sagradas. Diría a mis hermanos en todo lugar: ¡Cultivad el amor de Cristo! Es algo que debe brotar del alma del cristiano como corrientes de agua en el desierto, refrescantes y embellecedoras, que traen felicidad, paz y gozo a su propia vida y a las vidas de los demás. “Ninguno vive para sí” Romanos 14:7. Si se manifiesta la menor opresión a los pobres, o si se les trata injustamente, ya sea en cuestiones pequeñas o grandes, Dios pedirá cuentas al opresor.

No procuréis crear condiciones que no son justas y razonables con el pastor J o el profesor H, ni con ninguna otra persona que esté haciendo trabajo intelectual. No los instéis u obliguéis a aceptar las condiciones impuestas por los que no saben nada de la elaboración de libros. Estos hombres tienen conciencia y son responsables ante Dios por el capital que se les ha encomendado y por el uso que hagan de él. Vosotros no habéis de servirles de conciencia a ellos. Ellos desean ejercer el privilegio de invertir sus recursos, que han adquirido por medio de su ardua labor, en el debido tiempo y lugar que el Espíritu de Dios les indique.

Mis hermanos deben recordar que la causa de Dios abarca más que la casa publicadora de Battle Creek y las demás instituciones establecidas en ese lugar. Nadie sabe mejor que el hermano J cómo se originó esa oficina. El ha estado vinculado con la obra de publicaciones desde su mismo comienzo, cuando estaba oprimida por la pobreza; cuando la comida sobre nuestras mesas apenas alcanzaba para satisfacer las necesidades del cuerpo, porque había que practicar la abnegación con respecto a nuestro régimen y salario, para que nuestro periódico pudiera subsistir. Esto era positivamente necesario en aquel entonces y si las circunstancias lo requiriesen, los que pasamos por esa experiencia estaríamos dispuestos a hacer lo mismo otra vez. 

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Es impropio que los que no han experimentado estas pruebas, sino que han ingresado en la obra en su prosperidad actual, insten a los antiguos obreros a someterse a arreglos que éstos consideran injustos. El hermano J ama la causa de Dios y está dispuesto a invertir sus recursos para adelantarla dondequiera sea necesario hacerlo. Entonces, dejad que esta preocupación de recibir y disponer de los recursos descanse allí donde pertenece: sobre los hombros de los individuos a quienes Dios ha encomendado talentos de influencia y capacidad. Estos son los responsables ante Dios por ello. Ni la Asociación Publicadora ni sus obreros principales deberán apoderarse de la mayordomía de estos autores.

Si a la junta le fuese posible conseguir que los hermanos H y J aceptasen sus ofertas, ¿no se sentirían defraudados estos autores? ¿No se abriría ante ellos una puerta de tentación que estorbaría la simpatía y la armonía de acción? Si los gerentes se apoderasen de todas las ganancias, eso no sería provechoso para la causa, pero acarrearía una serie de males que serían desastrosos para la Asociación Publicadora. Fomentaría el espíritu de intolerancia que hasta cierto punto ya se manifiesta en sus concilios. Satanás anhela que se posesione de los hombres que están vinculados con este sagrado mensaje de verdad un espíritu de estrechez y orgullo, el cual Dios no puede aprobar. 

Los mismos principios que se aplican a la obra en nuestras instituciones de Battle Creek, se aplican de igual manera al campo en general. He aquí algunas citas extraídas de una carta que escribí al hermano K el 8 de noviembre de 1880: 

“Hay un amplio campo para los obreros, pero muchos sobrepasan la sencillez de la obra. Este es el tiempo para trabajar yseguir el sabio consejo de Dios. Si usted permite que personas no consagradas se unan a la labor de las misiones y de las escuelas sabáticas, la obra se convertirá en una mera forma. Los obreros de todas partes del campo deben estudiar cómo trabajar en forma económica y con la sencillez de Cristo y saber cómo trazar los planes más eficaces para la ganancia de almas. 

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“Estamos en peligro de abarcar más territorio y de emprender más empresas que las que podemos atender con éxito. Existe el peligro de que se desatiendan algunos aspectos importantes de la obra por causa del cuidado exagerado con que se tratan otros. El intentar una cantidad de trabajo tan pesada que nada se pueda hacer perfectamente, es un mal plan. Debemos marchar hacia adelante, pero no excedemos tanto por encima de la sencillez de la obra que se haga imposible atender todas las empresas sin tener que sacrificar a nuestros mejores ayudantes para mantener las cosas en buen orden. La vida y la salud tienen que respetarse.

“Aunque debemos estar siempre listos para seguir la providencia de Dios cuando abre las puertas de la oportunidad, no debiéramos trazar planes más grandes que la ayuda y los recursos de que disponemos para llevarlos a cabo con éxito. Debemos mantener el interés, y aumentarlo en las empresas que ya hemos comenzado. 

“Aunque constantemente se presentan mayores planes y campos más extensos, tiene que haber una visión más amplia con respecto a la selección y preparación de los obreros que han de trabajar para ganar almas a la verdad. Hay que animar a nuestros obreros jóvenes a que hagan la obra con energía y se eduquen para llevarla a cabo con sencillez y perfección. Me sorprende ver cuán poco se aprecia a nuestros ministros jóvenes y cuán poco ánimo se les infunde. Sin embargo, algunos de ellos se aferran a la obra y hacen cualquier cosa y todo lo que pueden con abnegación y de una manera desinteresada.

“La falta de liberalidad y el trato deshonesto no deben entrar en los arreglos que se hagan con los obreros, encumbrados o humildes… Hay que seguir más el camino de Cristo y menos el del yo. La crítica constante debe evitarse. Todo obrero debe cultivar la simpatía, la compasión y el amor. A menos que Jesús entre y tome posesión del corazón, a menos que el yo sea subyugado y Cristo sea exaltado, no prosperaremos como pueblo. Le imploro, hermano mío, a que haga su obra enteramente para Dios y que no trace demasiados planes, sino que se esmere porque la obra se lleve a cabo de una manera circunspecta y tan cabalmente que pueda perdurar”. 

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La influencia cristiana en el hogar y en la iglesia

Estimados hermano y hermana L,Siento un peso sobre mi corazón por causa de vosotros. Lo que necesitáis es la gracia transformadora de Dios en vuestros corazones. Necesitáis el Espíritu de Jesús. Deberíais aprender la mansedumbre y la humildad en la escuela de Cristo. No sentís la necesidad de una profunda devoción y por esta causa estáis engañándoos a vosotros mismos. Estáis demorando las decisiones que deberíais estar haciendo de inmediato para vuestro propio bien y el de los demás. Dios exige que cada persona cumpla su deber. Pide el corazón entero, y todos nuestros afectos. No es de su agrado que profesemos un conocimiento de Jesucristo y de su verdad y que no llevemos fruto. El requerimiento es exactamente el mismo tanto para los preparados como los sin preparación, los ricos o los pobres. 

Cada uno es llamado a desempeñarse conforme a la capacidad que Dios le ha dado. Debe rendir fielmente su servicio o manchará su conciencia y pondrá su alma en peligro. Nadie puede arriesgarse a perder el cielo. Recordad las palabras que Cristo dirigió a sus seguidores: “Vosotros sois la luz del mundo”. Dios espera que quienes conocen el camino se lo señalen a otros. Ha encomendado a los hombres el tesoro de su verdad. Lo que necesitamos es confianza y fe en Dios. La gracia interior se manifestará en las acciones exteriores. Necesitamos aquel espíritu que demuestre a otros que hemos estado aprendiendo en la escuela de Cristo y que imitamos el modelo que nos ha sido dado. Nos hace falta un corazón que no se enorgullezca vanamente, una mente no asentada en el yo. Cada uno debe sentir un constante deseo de bendecir a otros. Dios toma nota de nuestros humildes esfuerzos que ante su vista son preciosos. Ambos necesitáis más devoción en el hogar, un gozo lleno de dulzura y satisfacción, desprovisto de crítica, displicencia y severidad. Que la bondad y el amor sean la norma en el seno de vuestro hogar. Cualquiera que no deje resplandecer la luz de la verdad en su hogar deshonra a nuestro Salvador. 

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