Testimonios para la Iglesia, Vol. 6, p. 95-103, día 347

Institutos ministeriales

“Id y predicad el evangelio a todo el mundo, y predicad el evangelio a toda criatura”, es la orden del Salvador para sus obreros. Pero, se ha ignorado esta clara instrucción. Aunque la luz se ha dado repetidamente, se continúa llamando hombres desde sus campos de trabajo para que asistan durante muchas semanas a un instituto ministerial. Hubo un tiempo cuando esto era necesario, porque nuestra propia feligresía se opuso a la obra de Dios al rechazar la luz sobre la justificación por la fe en Cristo. Ellos debieron haber recibido e impartido ese mensaje con el corazón, la voz y la palabra impresa, porque esta es su única eficiencia. Debieron haber trabajado bajo la dirección del Espíritu Santo para dar la luz a otros. 

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La realización de tantos institutos bíblicos entre nuestro propio pueblo, no es sabia. El objetivo es bueno, pero hay una obra más urgente que cumplir: llevar la luz de la verdad a nuevas regiones, donde no ha penetrado. Los obreros retenidos para trabajar por los que ya tienen un conocimiento de la verdad, se colocan fuera de contacto con los inconversos. Al dedicar tanto tiempo, año tras año, a los institutos ministeriales, nuestros hermanos han descuidado campos que ya están listos para la siega. Personas ciegas espiritualmente, prejuiciadas por aquellos que representan incorrectamente la verdad, han quedado sin amonestar. ¡Oh, el descuido que será registrado contra individuos, organizaciones e iglesias en aquel día, cuando cada cual será juzgado de acuerdo a las obras hechas en el cuerpo! Entonces se verá cuán grande era la medida de responsabilidad por no haber extendido la obra a las regiones lejanas. 

La asistencia a tantos institutos no ha producido mayor beneficio a los mismos obreros. Los talentos se desarrollan mejor donde son más necesitados. Los ministros llamados de otros campos para asistir a institutos ministeriales, no están tan bien preparados para la obra como si se asignaran ellos mismos al trabajo consagrado en los campos de estudios, allí donde el estandarte de la verdad debe flamear bien alto. Si estudiaran la Palabra de Dios con un espíritu dócil, orando y velando en oración, y trabajando además de orar; los ángeles de Dios abrirían sus entendimientos para recibir la verdad en su hermosura.

Según se recibe el conocimiento de la verdad, permitid que esta se imparta a los que están en oscuridad, sin Dios y sin esperanza en el mundo. En dicha labor hay una variedad de percepciones con las cuales trabajar, y Dios bendecirá grandemente a sus siervos cuando acudan a él en busca de sabiduría. El Espíritu Santo vendrá a todos los que imploran la recepción del pan de vida para darlo a sus vecinos. 

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En vez de tener institutos para capacitar ministros para su trabajo, dadles la responsabilidad de laborar en lugares donde se han celebrado congresos campestres. Después de ser alimentados con el pan de vida por un milagro de la misericordia de Dios, permitidles trabajar para alimentar a otros.

Las cuantiosas sumas requeridas para los institutos ministeriales habrían dado mejores resultados si se hubieran gastado en sostener a los ministros en campos misioneros.

En el ministerio hay hombres de fe y oración que pueden decir: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo”. 1 Juan 1:1-3. Estos hombres deben instruir a otros. Dejad que los obreros se instruyan en el trabajo mismo en relación con obreros experimentados.

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Los bautismos

El significado del rito bautismalLos ritos del bautismo y de la Cena del Señor son dos columnas monumentales, una fuera de la iglesia y la otra dentro de ella. Sobre estos ritos, Cristo ha escrito el nombre del verdadero Dios. 

Cristo ha hecho del bautismo la señal de entrada en su reino espiritual. Ha hecho de él una condición positiva que todos deben cumplir si desean ser considerados bajo la autoridad del Padre, del Hijo y el Espíritu Santo. Antes que todo ser humano pueda hallar un hogar en la iglesia, antes de cruzar el umbral del reino espiritual de Dios, debe recibir la impresión del divino nombre: “Jehová, justicia nuestra”. Jeremías 23:6.

Por el bautismo se renuncia muy solemnemente al mundo. Los que son bautizados en el triple nombre, Padre, Hijo y Espíritu Santo, al comienzo mismo de su vida cristiana, declaran públicamente que han abandonado el servicio de Satán y que han llegado a ser miembros de la familia real, hijos del Rey Celestial. Han obedecido la orden: “Salid de en medio de ellos, y apartaos … y no toquéis lo inmundo”. Y para ellos se cumple la promesa: “Y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso”. 2 Corintios 6:17, 18.

La preparación para el bautismoLos candidatos para el bautismo necesitan una preparación más cabal. Necesitan ser instruidos más fielmente de lo que generalmente se los ha instruido. Los principios de la vida cristiana deben ser presentados claramente a los recién llegados a la verdad. Nadie puede depender de su profesión de fe como prueba que tiene una relación salvadora con Cristo. No hemos de decir solamente: Yo creo, sino practicar la verdad. Conformándonos a la voluntad de Dios en nuestras palabras, nuestro comportamiento y carácter, es como probamos nuestra relación con él. Cuando alguien renuncia al pecado, que es la trasgresión de la ley, su vida será puesta en conformidad con la ley, en perfecta obediencia. Esta es la obra del Espíritu Santo. La luz de la Palabra estudiada cuidadosamente, la voz de la conciencia, las súplicas del Espíritu; producen en el corazón verdadero amor a Cristo, quien se dio como sacrificio completo para redimir toda la persona: el cuerpo, el alma, y el espíritu. Y el amor se manifiesta por la obediencia. La línea de demarcación será clara entre los que aman a Dios y guardan sus mandamientos, y aquellos que no le aman y desprecian sus preceptos. 

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Los hombres y mujeres que sean fieles cristianos sentirán un interés intenso por impartir al alma convencida un correcto conocimiento de la justicia en Cristo Jesús. Algunos han permitido que el deseo de satisfacción egoísta lo domine todo en su vida; por estas almas los creyentes fieles deben velar como quienes tienen que dar cuenta. No deben descuidar la instrucción fiel, tierna y amante tan esencial para los jóvenes conversos, a fin de que la obra no sea hecha a medias. La primera experiencia debe ser correcta. 

Satanás quiere que nadie contemple la necesidad de una completa entrega a Dios. Cuando el alma no hace esta entrega y no abandona el pecado; los apetitos y pasiones lucharán por el predominio y las tentaciones confundirán la conciencia, de manera que la verdadera conversión no se realiza. Si todos tuvieran un concepto del conflicto que cada alma debe sostener con los agentes satánicos que están tratando de entrampar, seducir y engañar, habría una labor diligente mucho mayor en favor de los que son jóvenes en la fe.

Con frecuencia, esas almas, abandonadas a su propio criterio, son tentadas y no disciernen lo malo de la tentación. Se les debe decir que es un privilegio solicitar consejos. Permítaseles que busquen la sociedad de los que pueden ayudarles. Mediante su trato con los que aman y temen a Dios recibirán fuerzas.

Nuestra conversación con estas almas debe ser de un carácter espiritual y animador. El Señor nota los conflictos de todos los seres débiles que dudan y luchan, y ayudará a todos los que le invocan. Verán el cielo abierto delante de ellos, y los ángeles de Dios que bajan y suben por la escalera resplandeciente por la cual ellos están tratando de subir. 

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La obra de los padres

Los padres cuyos hijos deben ser bautizados tienen una obra que hacer, tanto en lo que se refiere a examinarse ellos mismos, como en cuanto a dar instrucciones fieles a sus hijos. El bautismo es un rito muy sagrado e importante, y su significado debe comprenderse cabalmente. Significa arrepentirse del pecado e iniciar una nueva vida en Cristo Jesús. No debe haber un indebido apresuramiento para recibir este rito. Calculen el costo tanto los padres como los hijos. Al consentir en que sus hijos sean bautizados, los padres se comprometen solemnemente a ser fieles mayordomos para estos hijos, a guiarlos en la edificación de su carácter. Se comprometen a cuidar con interés especial estos corderos del rebaño, a fin de que no deshonren la fe que profesan. 

Debe darse instrucción religiosa a los niños desde sus más tiernos años. Debe dárseles no con espíritu de condenación, sino con un espíritu alegre y feliz. Las madres necesitan estar en guardia constantemente, no sea que la tentación llegue a los niños en forma que no la conozcan. Los padres han de proteger a sus hijos con instrucciones sabias y placenteras. Como los mejores amigos de estos seres inexpertos, deben ayudarles en la obra de vencer, porque para ellos ser victoriosos lo significa todo. Deben considerar que sus amados hijos que están tratando de hacer lo recto son los miembros más jóvenes de la familia del Señor, y deben sentir un intenso interés por ayudarles a andar rectamente en la senda de la obediencia. Con amante interés debe enseñárseles día tras día lo que significa ser hijos de Dios y entregar la voluntad en obediencia a él. Enseñadles que la obediencia a Dios entraña obediencia a los padres. Esta debe ser una obra de cada día y hora. Padres, velad, velad, y orad, y haced de vuestros hijos vuestros compañeros.

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Cuando llega el período más feliz de su vida, y en su corazón aman a Jesús y desean ser bautizados, obrad fielmente con ellos. Antes que reciban el rito, preguntadles si es su propósito principal en la vida trabajar para Dios. A continuación explicadles cómo deben comenzar. Las primeras lecciones significan mucho. Con sencillez enseñadles a prestar su primer servicio a Dios. Presentadles esta obra de la manera que haga más fácil su compresión. Explicadles lo que significa darse al Señor: hacer exactamente lo que su Palabra indica, bajo el consejo de padres cristianos.

Después de trabajar fielmente, si estáis convencidos de que vuestros hijos comprenden el significado de la conversión y del bautismo, y de que están verdaderamente convertidos, sean bautizados. Pero, repito, ante todo preparaos vosotros mismos a fin de actuar como fieles pastores para guiar sus pies inexpertos por la senda estrecha de la obediencia. Dios debe obrar en los padres para que ellos puedan dar a sus hijos un buen ejemplo de amor, cortesía y humildad cristiana, y así, conseguir que efectúen una entrega completa del yo a Cristo. Si consentís en el bautismo de vuestros hijos y luego los dejáis hacer lo que ellos quieran, no sintiendo el deber especial de mantener sus pies en la senda recta, vosotros mismos sois responsables si pierden la fe, el valor y el interés en la verdad. 

La obra del pastor. Los candidatos adultos deben comprender mejor su deber que los jóvenes; pero el pastor de la iglesia tiene un deber que cumplir hacia estas almas. ¿Siguen ellos malas costumbres y prácticas? Es deber del pastor tener reuniones especiales con ellos. Déles estudios bíblicos, converse y ore con ellos, y muéstreles claramente lo que el Señor requiere de ellos. Léales la enseñanza de la Biblia acerca de la conversión. Muéstreles cuál es el fruto de la conversión, la evidencia de que aman a Dios. Muéstreles que la verdadera conversión es un cambio de corazón, de pensamientos, y propósitos. Han de renunciar a las malas costumbres. Han de desechar los pecados de la malicia, los celos y la desobediencia. Deben sostener una guerra contra toda característica mala. Entonces el que cree puede aceptar inteligentemente la promesa: “Pedid, y se os dará”. Mateo 7:7. 

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El examen de los candidatos

La prueba del discipulado no se aplica tan estrictamente como debiera ser aplicada a los que se presentan para el bautismo. Debe saberse si están tomando simplemente el nombre de adventistas del séptimo día, o si se colocan de parte del Señor para salir del mundo y separarse de él y no tocar lo inmundo. Antes del bautismo debe examinarse cabalmente la experiencia de los candidatos. Hágase este examen, no de una manera fría y manteniendo distancias, sino bondadosa y tiernamente, señalando a los nuevos conversos el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Hágase sentir a los candidatos para el bautismo los requerimientos del evangelio. 

Los recién convertidos a la fe necesitarán instrucción sonbre el asunto de la indumentaria. Óbrese con amor en el trato con los nuevos conversos. ¿Son vanidosos en el atavío? ¿Albergan orgullo en su corazón? La idolatría del atavío es una enfermedad moral. No debe ser introducida en la nueva vida. En la mayoría de los casos, la sumisión a los requerimientos del Evangelio exigirá un cambio decidido en la manera de vestir. 

No debe haber negligencia al respecto. Por amor a Cristo, cuyos testigos somos, debemos tratar de sacar el mejor partido de nuestra experiencia. En el servicio del tabernáculo, Dios explicó todo detalle concerniente a las vestiduras de los que ministraban delante de él. Esto nos enseña que él tiene una preferencia con respecto a la indumentaria de los que le sirven. Fueron muy específicas las instrucciones dadas acerca de las vestiduras de Aarón, porque eran simbólicas. Así la indumentaria de los que siguen a Cristo, debe ser simbólica. En todas las cosas, hemos de ser representantes de él. Nuestra apariencia en todo respecto debe caracterizarse por el aseo, la modestia y la pureza. Pero la Palabra de Dios no aprueba los cambios en el atavío, efectuados solamente para seguir la moda, a fin de conformarse al mundo. Los cristianos no han de adornar su persona con atavíos costosos o adornos caros. 

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La instrucción de la Escritura acerca de la indumentaria debe ser considerada cuidadosamente. Necesitamos comprender lo que el Señor del cielo aprecia, aun en lo referente al modo de vestir el cuerpo. Todos los que busquen sinceramente la gracia de Cristo, escucharán las preciosas palabras de instrucción inspiradas por Dios. Aun el modo de ataviarnos expresará la verdad del Evangelio.

Todos los que estudian la vida de Cristo y practican sus enseñanzas, llegarán a ser como él. Su influencia será como la de él. Revelarán corrección de carácter. Mientras andan en la humilde senda de la obediencia, haciendo la voluntad de Dios, ejercen una influencia que se hace sentir en favor del progreso de la causa del Señor y de la sana pureza de su obra. En estas almas cabalmente convertidas, el mundo debe ver un testimonio del poder santificador de la verdad sobre el carácter humano.

El conocimiento de Dios y de Jesucristo, expresado en el carácter, los exalta sobre todo lo que se estime en la tierra o en el cielo. Es la educación más elevada que existe. Es la llave que abre los portales de la ciudad celestial. Dios desea que todos los que se visten de Cristo por el bautismo posean este conocimiento. Y los siervos de Dios tienen el deber de presentar a estas almas el privilegio de su alta vocación en Cristo Jesús.

Administración del bautismo

Cuando sea posible, adminístrese el bautismo en un lago, o en un arroyo de agua corriente. Désele a la ocasión toda la importancia que se le pueda impartir. Los ángeles de Dios están siempre presentes en un servicio tal.

El que administra el rito del bautismo debe tratar de que esta ocasión ejerza una influencia solemne y sagrada sobre todos los espectadores. Cada rito de la iglesia debe ser dirigido de manera que su influencia sea elevadora. Nada debe hacerse en forma común o despreciable, ni ponerse al nivel de las cosas comunes. Es necesario enseñar a nuestras iglesias a tener mayor respeto y reverencia por el sagrado servicio de Dios. Mientras los predicadores dirigen los servicios relacionados con el culto de Dios, están educando y preparando a la gente. Los pequeños actos que educan, preparan y disciplinan el alma para la eternidad son de vastas consecuencias para elevar y santificar a la Iglesia. 

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En toda iglesia debe haber batas bautismales para los candidatos. Esto no debe considerarse como un desembolso innecesario. Es una de las cosas requeridas para acatar la orden: “Pero hágase todo decentemente y con orden”. 1 Corintios 14:40.

No es bueno que una iglesia dependa de batas prestadas por otra. Con frecuencia, cuando se necesitan no se los puede encontrar, por no haberlos devuelto alguien que los pidió prestados. Cada iglesia debe proveer al respecto para sus propias necesidades. Debe crearse un fondo con este fin. Si toda la iglesia participa en el gasto, no resultará una carga pesada. 

Las batas bautismales deben ser hechos de una tela apropiada, de algún color oscuro que el agua no dañe, y llevar pesas en la parte inferior. Deben ser vestiduras limpias, de buen corte, y hechas según un modelo aprobado. No debe intentarse adornarlas ni ponerles pliegues. Toda ostentación, sea de adorno o de otra clase, está completamente fuera de lugar. Cuando los candidatos se compenetran de lo que significa el rito, no desearán adornos personales. Nada debe haber, sin embargo, que sea desmañado o feo, pues ofendería a Dios. Todo lo relacionado con este santo rito debe revelar una preparación tan perfecta como sea posible. 

Después del bautismo

Los votos que asumimos con el bautismo abarcan mucho. En el nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, somos sepultados a la semejanza de la muerte de Cristo, y levantados a semejanza de su resurrección, y hemos de vivir una vida nueva. Nuestra vida debe quedar ligada con la vida de Cristo. Desde entonces en adelante el creyente debe tener presente que está dedicado a Dios, a Cristo y al Espíritu Santo. Debe subordinar a esta nueva relación todas las consideraciones mundanales. Ha declarado públicamente que ya no vive en orgullo y complacencia propia. Ya no habrá de vivir en forma descuidada e indiferente. Ha hecho un pacto con Dios. Ha muerto al mundo y debe vivir para Dios y dedicarle toda capacidad que él le haya concedido, sin perder jamás de vista el hecho de que lleva la firma de Dios; es un súbdito del reino de Cristo, participante de la naturaleza divina. Debe entregar a Dios todo lo que es y todo lo que tiene, empleando sus dones para gloria de su nombre. 

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